El dispositivo de poder del coronavirus, la gran reclusión y la emergencia de un nuevo ciclo histórico

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Dr. Isaac Enríquez Pérez, Académico en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Twitter: @isaacepunam

Í  N  D  I  C  E

  1. Coronavirus, desinfodemia y apocalipsis mediático
  2. Desinfovirus, retorno al futuro y reivindicación del conocimiento razonado
  3. Crisis epidemiológica e inoperancia y postración del Estado
  4. Coronavirus, capitaloceno, aporofobia y bumerán de la naturaleza
  5. Coronavirus, miedo, crisis del capitalismo y (des)orden mundial
  6. Los flagelos sociales encubiertos y silenciados con la pandemia
  7. Coronavirus, fallos prospectivos y cuando el futuro nos alcanza
  8. Coronavirus, crisis sanitaria y esclerosis del sistema político mexicano 
  9. Coronavirus, crisis de Estado y urgencia de reforma fiscal en México
  10. La construcción mediática del coronavirus y los intereses creados detrás de la gran reclusión

 

  1. Coronavirus, desinfodemia y apocalipsis mediático

Espectáculos masivos cancelados, sean deportivos, artísticos o musicales; torneos de fútbol como la Eurocopa de Naciones y la Copa América, pospuestos para el año 2021; monedas depreciadas, petróleo abaratado, y mercados de valores dinamitados y con sus indicadores en estrepitosa caída; cruceros en pleno viaje sometidos a cuarentena; calles vacías en las principales capitales europeas, chinas y estadounidenses; fronteras cerradas y aeropuertos vacíos; millones de seres humanos aislados, confinados y en cuarentena; colegios, universidades, bibliotecas y museos cerrados; compras de pánico y estanterías vacías en los almacenes de autoservicio; y miedo diseminado desde las estructuras del poder mediático y desde los grupos reaccionarios que hacen botín político de la crisis epidemiológica.

Seriamos irresponsables en extremo si adoptásemos ideologías de la conspiración y la propaganda, capaces de sentenciar –sin argumentos fidedignos– que las epidemias contemporáneas son fruto de artimañas de laboratorio para generar y diseminar armas biológicas. Mucho menos damos fe de que esta arma biológica fuese inoculada por los Estados Unidos en China a través de agentes militares con miras a desestabilizar al gigante asiático, o que la nación asiática se beneficiase –tras controlar la enfermedad en las últimas semanas– con la caída mundial de los mercados bursátiles; o que laboratorios judíos se encuentren lucrando con la epidemia tras crear el virus; o que el agente patógeno escapase del laboratorio de un instituto de investigaciones radicado en la ciudad china de Wuhan; o que sea una "farsa" más de la oposición demócrata (Donald Trump, dixit). Sea desde la reacción o desde el progresismo, ello es un primer síntoma de manipulación mediática. Aunque todo puede ocurrir en un mundo convulso donde se exploran todas las posibilidades para afianzar y extender los mecanismos de poder y dominación, no nos apegamos a esas ideas en tanto no exista contrastación empírica fiable y documentada. Independientemente del "misterioso" origen del virus, el mal está instalado entre nosotros, y no resta más que comprenderlo en su complejidad histórica y en sus manifestaciones e impactos sociales. 

Tampoco contamos –como analistas o columnistas– con los suficientes conocimientos biológicos, médicos y técnicos para explicar la génesis e irradiación de una pandemia como la detonada por el coronavirus SARS-CoV-2. De ahí que centremos la atención en las dimensiones políticas, económicas y mediáticas que subyacen en la génesis de la declarada pandemia, así como en el tratamiento faccioso de un problema que, en principio, es epidemiológico.

El miedo y el pánico a la peste y a la muerte es, a lo largo de la historia, un síntoma congénito de la degradación de la humanidad. El triunfo de la muerte, obra pintada en 1562 por Pieter Brueghel, "El Viejo", ofrece testimonio de ello. De ser considerada la peste –a lo largo del belicoso y oscurantista feudalismo europeo– como un castigo divino para alcanzar el cielo, ese miedo cruza a las sociedades contemporáneas, pese a los avances científico/tecnológicos que no nos inmunizan contra los riesgos.

Los virus y sus amenazas marchan a la par de las sociedades humanas y su dispersión es parte de las mismas relaciones sociales que, cada vez más, tienden a intensificarse a escala global. Plagas, gripes, pestes, viruelas, son una constante histórica de la humanidad; y, en su andar, aflora la irracionalidad humana que puede rayar en la locura. Sin embargo, se pierde de vista que los virus y las bacterias son consustanciales a la capacidad de adaptación y co-evolución de los organismos vivos, así como a los equilibrios ambientales y sanitarios. Lo que altera estos equilibrios es la contradictoria y destructiva relación sociedad/naturaleza. Allí están como ejemplos contemporáneos de esta convivencia y desafíos las epidemias del VIH/SIDA, el ébola, la influenza A/H1N1, la gripe aviar o el Síndrome Agudo Respiratorio Severo (SARS). O las 650 mil muertes causadas anualmente por la gripe común en el mundo, que son, en sí, más alarmantes que la infección del Covid-19, pero que son silenciosas o silenciadas. 

En su novela titulada La peste (1947), Albert Camus –al referirse a la epidemia de cólera desatada en la ciudad de Orán tras la invasión y colonización de Argelia por parte de los franceses– señala que estos flagelos marchan a contracorriente de toda ley histórica determinista y de todo orden preconcebido al alterarse súbitamente la vida cotidiana de las sociedades y al aflorar, a los ojos de todos, aquello que asumíamos como invisible o inexistente.

La peste negra o peste bubónica fue el contrapeso a la sobrepoblación, hacinamiento y pobreza de la Europa medieval. Entre 1347 y 1353 dio muerte a alrededor de 50 millones de personas y, con ello –tras la escasez de fuerza de trabajo–, derrumbó al feudalismo y a sus instituciones esclerotizadas y asediadas por el cuestionamiento y desconfianza de la población. Se arguye que los viajes de marineros y las relaciones comerciales entre Europa y Asia fueron la correa de transmisión. El Decamerón, escrito entre 1351 y 1353 por Giovanni Boccaccio es fiel testimonio de la devastación que la enfermedad bacteriana dejó en Florencia, al matar a uno de cada cinco habitantes de esa ciudad. El historiador francés, Fernand Braudel, en Civilización material, economía y capitalismo, siglos XV-XVII (tomo I), habla de una hidra de mil cabezas que conforma una estructura cotidiana en la vida de las sociedades humanas. Esa hidra –nos cuenta el historiador– desapareció a más de la mitad de la población europea de aquella época; al tiempo que confinó y segregó en las ciudades a los pobres, mientras los pudientes huían a sus casas de campo. 

Para el siglo XVIII, la viruela, dio muerte y desfiguró el rostro y el cuerpo de millones de habitantes. En las comarcas latinoamericanas, los europeos fueron beneficiarios de este mal –que viajó de un continente a otro– al contagiar y matar a millones de defensores de los imperios azteca e inca. La reducción de las poblaciones nativas en estos señoríos fue notable desde el siglo XVI. 

A la llamada gripe española, acaecida entre 1918 y 1920, se le atribuyen entre 40 y 100 millones de muertos en el mundo, destacando personas jóvenes y adultas, así como animales (gatos y perros). Una cantidad de defunciones que, incluso, superó a los muertos durante la Primera Gran Guerra, finalizada en ese primer año. 

En medio de la vorágine propia de la era de la información y del avance científico y tecnológico, irrumpe el coronavirus SARS-CoV-2, como un recordatorio al carácter diminuto y efímero de lo humano que, en su afán de dominarlo todo a través de la ilusión del progreso, es subsumido en su intento. Entre las causas profundas que radicalizan la actual pandemia del Covid-19, destacan las siguientes:

La actual pandemia es una expresión de la devastación ambiental que, si continúan las tendencias actuales, se torna irreversible en el mediano plazo. La misma Organización de las Naciones Unidas (ONU), reconoce que la destrucción y urbanización de los hábitats naturales de los animales por efecto de la mano del hombre, conduce a que los agentes patógenos sean transmitidos de manera acelerada a los ganados y poblaciones humanas. Esto es, existe un origen zoonótico al provenir de animales silvestres o domésticos, mutar y luego infectar a seres humanos. A ello contribuyen, también, la densidad poblacional; la contaminación del aire, agua y suelos; la pérdida de biodiversidad; la expansión de la agroindustria y la ampliación de la frontera agrícola y ganadera; la engorda y crianza industrial de aves, peces, vacas y cerdos, y el uso de antibióticos y antivirales para su inducido crecimiento y posterior comercialización; el tráfico y comercio ilegal de fauna silvestre; la expansión territorial de especies silvestres invasoras; y el cambio climático, que –por ejemplo– aumentó las temperaturas hasta en diez grados en naciones como España durante el mes de marzo del presente año. 

Este capitaloceno (término introducido por Jason W. Moore por oposición a la noción de antropoceno) que amenaza con una sexta extinción, es la expresión de una crisis civilizatoria que subsume la naturaleza al irrestricto imperativo del afán de lucro y la acumulación de capital desbocada y concentrada en pocas manos. Al sentirse amenazada y depredada, la naturaleza reacciona en una especie de efecto bumerán contra quienes la expolian y subsumen. 

La misma irradiación irrestricta y anárquica de flujos globales, sean de capitales, mercancías, símbolos, información, conocimientos, personas y enfermedades, intensifica la exposición de las sociedades locales/nacionales a riesgos de distinta índole. La globalización nos recuerda que, pese a las tendencias neoaislacionistas, la tierra es nuestra patria común y que aquello que consideramos ajeno y distante, en realidad está introyectado en nuestra convivencia inmediata y cotidiana, pese a que emerja a miles de kilómetros de distancia. Ello muestra que los problemas públicos son comunes y los desafíos son compartidos a escala planetaria. De ahí la importancia de pensar al mundo de hoy como una totalidad sistémica e interrelacionada.

Otro aspecto que subyace a la actual crisis epidemiológica es el fundamentalismo de mercado y la exclusión social que le es consustancial. Particularmente, la austeridad fiscal aplicada a los sistemas de salud (los casos de Italia y España son emblemáticos) condujo a que en una década Italia cancelara 70 mil camas de hospital, dejara en situación de abandono a las pequeñas clínicas, y redujese el gasto sanitario respecto a la media europea. Por su parte, España, a principios de año, reduce en más de 18 mil empleados la plantilla laboral de los servicios sanitarios, y profundiza las condiciones de precariedad laboral en el sector. El desmantelamiento y privatización de facto de los sistemas sanitarios (en España, por ejemplo, 30 % del gasto en salud es privado), colocó a las sociedades en una situación de indefensión y limitadas respuestas ante las epidemias. En general, la Unión Europea transitó de 574 camas de hospital por cada 100 mil habitantes en 2006, a 504 (318 camas para el caso de Italia) en el año 2017. En Estados Unidos, el abandono del sistema sanitario se acentúa en las regiones rurales y en los asilos de ancianos; por no mencionar que la industria farmacéutica dejó de invertir –por la limitada rentabilidad– en la investigación básica para nuevos antivirales y antibióticos. Es la transición de la salud como derecho social a la salud como negocio privado. 

Este desbordamiento de los servicios sanitarios tras el contagio rápido y masivo, acontecido durante las últimas semanas, bien podría detonar una crisis de legitimidad entre los Estados que sean incapaces de hacer frente a la pandemia. 

A la par del individualismo hedonista y el fetiche del consumismo, la desigualdad (según la UNICEF, 3 000 millones de personas no disponen de agua potable y jabón para atender la emergencia sanitaria) se expande y hace de la atomización, la desconfianza y la indiferencia, los dispositivos principales para implosionar la cohesión social y el sentido de comunidad. De ahí que el panóptico digital no sólo vigila, aísla y confina, sino que desinforma y emplea el miedo y el pánico como dispositivos de control social e inmovilización política. Al tiempo que hace de la vulnerabilidad humana un escenario apocalíptico que escapa enteramente a las voluntades del ciudadano. 

La declaratoria de varios gobiernos en el mundo marcha en ese sentido. "Estado de calamidad pública" (Brasil); "Estado excepcional de catástrofe" (Chile); "Estado de excepción y toque de queda" (Italia); "Estado de alarma" (España); "soy un presidente en tiempos de guerra" contra "un enemigo externo e invisible" como el "virus chino" (Donald Trump). Son solo algunas connotaciones que remiten a un furibundo retorno del Leviatán, que se muestra dispuesto –en medio de la crisis sanitaria– a declarar un Estado de excepción dictatorial y a enseñar los dientes de la represión y la manu militari. Aflorando con ello una limitación de las libertades humanas fundamentales, en medio del pánico colectivo y el aislamiento forzado. En el caso de China e Israel, el monitoreo de teléfonos, propiedad de enfermos de coronavirus, es una constante por parte de los servicios policíacos y de inteligencia. Parece ser que, vaciado el discurso del terrorismo como enemigo imaginario, es necesario construir una nueva narrativa de seguridad nacional. 

Este Leviatán, en realidad, se muestra obsequioso con las grandes corporaciones privadas y con los agentes financieros. En un ejercicio de cuantiosas transferencias de recursos públicos a manos empresariales, se perfila una socialización de las pérdidas privadas, acompañada de una reconcentración de la riqueza en pocas manos. Paquetes iníciales de rescate por 850 mil millones de dólares (50 mmdd serán para las aerolíneas) anunciados por el gobierno estadounidense; el gobierno español hizo lo propio al anunciar 200 mil millones de euros, en tanto que Alemania apostó por 300 mil millones de euros en un principio. Por no mencionar las cuantiosas erogaciones que realizarán los sistemas públicos de sanidad para beneficiar a las corporaciones farmacéuticas con la compra masiva de vacunas y medicamentos. 

Instalada mediáticamente la idea de que la crisis y la recesión económica serán provocadas por la pandemia del Covid-19, se pierde de vista –intencionadamente– que estos flagelos económicos se arrastran desde tiempo atrás. Esto es, la recesión económica que se cierne sobre el mundo, no es causada por una pandemia, sino por el cambio de patrón energético (las resistencias que genera la transición de la economía fosilizada a las energías alternativas); la "economía de casino" y la desenfrenada hiperespeculación algorítmica controlada por computadoras programadas con antelación; y el largo túnel sin salida seguido desde la crisis inmobiliaria y financiera estallada en el 2008. La pandemia sólo agravará el panorama desolador marcado como tendencia signada por la desaceleración económica mundial acarreada desde el pasado inmediato. Esta idea inoculada en el imaginario social es parte del apocalipsis mediático desatado, y se convierte en pretexto para prever que con esta crisis se perderían –según la Organización Internacional del Trabajo– hasta 25 millones de empleos y serán frenadas las cadenas globales de valor y suministro, con profundos impactos en el sector servicios y una caída generalizada del PIB mundial de hasta 2 o 3 puntos porcentuales según prevén conservadoramente el Banco Mundial y la OCDE (otros, como el especialista en historia económica Albrecht Ritschl, hablan de una caída del 20 %). 

Lo que evidencia esta nueva crisis sanitaria del Covid-19 es una crisis institucional global que se agudiza con la incapacidad e inoperancia de los Estados para responder a las necesidades sociales básicas. Ante ello, el expediente que resta es el policíaco/represivo fundamentado en la desinformación y el miedo generalizado. Instalado el miedo, lo siguiente es el conflicto; y ello se pierde de vista, en medio de la obsesión por hacerse de legitimidad y consentimiento. 

Un Estado minusválido en sus funciones sociales esenciales, aflora como complemento de una red de organismos internacionales incapaces de cohesionar a los líderes políticos y de hacer valer los acuerdos y normas suscritos en los foros y cumbres.

En el ámbito de los mass media, el ciberleviatán y la plaza pública digital, son escenario de rumores, noticias falsas, ideologías de la conspiración, y mentiras de distinta índole, generando con ello una epidemia de ansiedad,  angustia y terror que explota la incertidumbre, la vulnerabilidad, el síndrome de la desconfianza y la sospecha, y la impotencia de la población. Esta desinfodemia (una especie de peste de la desinformación y del pánico) es el signo de una (in)cultura política que hace del miedo terrorífico un dispositivo de control social. A su vez, procediendo como verdaderos especialistas científicos en virus, los medios masivos de difusión convencionales, medran con esa situación y la llevan al extremo apocalíptico tras monotematizar y manipular la agenda pública. El negacionismo es otro flagelo que se une a ello, reduciendo la razón y la ciencia a meros ornatos fútiles a los cuales infligir denostación pública y un castigo presupuestario desde el Estado. 

La crisis sanitaria evidencia también la reafirmación de los prejuicios y la tentación de recurrir, una vez más, a la estigmatización, el racismo y la xenofobia, que nutren nacionalismos y regionalismos. La búsqueda insaciable de "culpables" diseminadores del virus, no solo se da en la escala de países, sino en las cotidianas relaciones cara a cara de los individuos. Atizando con ello el fuego de la segregación social. El monarca francés Felipe VI hablaba de un viento corrompido proveniente del mundo islámico, para explicar la peste negra del siglo XIV. Hoy se usa la pandemia como mecanismo de disputas y reclamos diplomáticos entre Estados ("China es la causante de la aparición del coronavirus"; “Europa no actuó con firmeza ante el avance de la epidemia”). Todo ello muestra el poder de contagio del miedo y el sectarismo. 

En suma, la actual pandemia es un radical cuestionamiento al ideal de progreso y al proceso civilizatorio arraigado en el capitalismo. De ahí que la humanidad esté obligada a (re)pensar sus formas de organización social y económica; la relación sociedad/naturaleza; la ausencia de liderazgos políticos; y las posibilidades de una renovada cultura política que subvierta el carácter faccioso de la prensa y las redes sociodigitales. Ello supone, también, reivindicar el conocimiento científico y el periodismo de investigación, sin que ambos sean capturados por intereses creados. La voz de inmunólogos, neumólogos, epidemiólogos, virólogos, alergólogos e infectólogos, es importante para revertir el camino ganado por la percepción –negativa, por supuesto– construida mediáticamente y la marginación del mundo de lo fáctico que torna irrelevante a la verdad. 

Amerita (re)pensar el sentido de la cooperación, la ética de la compasión, la empatía, y desmontar esos discursos que invisibilizan y silencian a los excluidos, vulnerables y marginados. Ante un virus que se contagia exponencialmente con facilidad y celeridad y ante el cual no se conocen aún mecanismos de prevención y cura, cabe pensar desde el Estado y la sociedad, en los migrantes, los presos, los homeless o indigentes sin techo, los ancianos, los animales domesticados, que lo mismo radican en las naciones desarrolladas como en el inframundo del subdesarrollo. El continente africano es el otro gran pendiente en medio de la vorágine de la pandemia.   

El filósofo Baruch Spinoza (1632-1677) reflexionaba sobre la tensión y la relación mutua entre el miedo y la esperanza, como sentimientos o pasiones primarias entrelazados que conducen a la esclavitud voluntaria en aras de lograr la preservación de la vida. Aunque afirmaba que sin miedo no hay esperanza, y sin esperanza no hay margen para el miedo, cabe postular la necesidad de anteponer el pensamiento utópico en medio de la oscuridad y la incertidumbre. Más urgente resulta esta reivindicación, si lo que está por abrirse es un nuevo ciclo histórico para la humanidad.

 

  1. Desinfovirus, retorno al futuro y reivindicación del conocimiento razonado

En momentos de crisis sistémica, la primera víctima masacrada por los cañones y balas del rumor y el miedo, es la verdad y el conocimiento reposado.

"En el hombre hay más cosas dignas de admiración

que de desprecio"

(Albert Camius, La peste).

 

El mundo contemporáneo se rige por un rumbo incierto y volátil que, en su maremágnum, tiende a perder sentido ante nuestros ojos y parámetros mentales. La instauración de esta era de la incertidumbre, no sólo dinamitó aquello que considerábamos como dado y seguro; sino que también arraigó incredulidad y descrédito respecto a la ciencia. Como parte de este síndrome de la desconfianza –que es, en sí, una desconfianza hacia “el otro”–, se impusieron los demagogos que masacran y trivializan la palabra, y que se tornan vendedores de humo desde las cavernas de la reacción o del progresismo, aún sin ser especialistas en casi nada más que la calumnia y la intriga.

Este negacionismo –financiado, sobre todo, por la decadente industria petrolera– es una especie de desprecio hacia el conocimiento razonado, sistematizado y riguroso, que lo mismo proviene de las clases dirigentes, que de los sectores populares, en sus afanes por trivializar la verdad. El fundamento de esta actitud displicente es el arribo de un mundo post-factual, regido no por los hechos susceptibles de contrastación y confirmación, sino por el resorte de las pulsiones y emociones más primitivas de los individuos. El mundo fenoménico da paso a los llamados “hechos alternativos” (los “alternative facts” de Kellyanne Conway, consejera presidencial de Donald Trump) que encubren la mentira y el engaño maniqueista.

El rumor y la mentira tornaron al conocimiento en un objeto de desprestigio y de un desdén posmoderno que crucifica y lapida la razón y toda posibilidad de certeza. Subsumido al individualismo hedonista que traza, desde la burbuja del narcicismo privado, los contornos de su propio mundo a medida, imagen y semejanza, el conocimiento es sitiado, lo mismo por comentócratas, que por ocultos líderes del rumor y el miedo que pululan en la plaza pública digital.

En esta juerga que opaca la luz de la razón, se encubre que las epidemias en el mundo contemporáneo son una responsabilidad compartida, colectiva o antropogénica, pues no ocurren al azar, de manera fortuita o casual, por accidente, o por mandato y castigo divino. Somos sociedades y seres interconectados por la intensidad de las relaciones sociales y su desanclaje de los espacios locales. Y ello acerca los problemas públicos que se suscitan al otro lado del planeta.

La actual emergencia sanitaria provocada por el SARS-CoV-2, es parte de un cambio civilizatorio que rompe con el falso confort y mediante el cual nos enteramos, como humanidad, que es imposible imponerle nuestros tiempos y deseos a la naturaleza. La angustia nos enfrenta a la desilusión generada por la sensación de que no poseemos –tal como lo creíamos– el control sobre todo lo que nos rodea. El síndrome de la desconfianza pronuncia más ese abismo; al tiempo que rompe el sentido de comunidad y nos aleja de "el otro".

Vivimos tiempos de tergiversación semántica, en la cual predomina una erosión y destrucción del sentido y significación de las palabras. Si el conocimiento y la experiencia son devaluados, se entroniza el prejuicio, la falsedad y la emoción pulsiva por encima de la razón informada. Más aún, la autocomplacencia ante la ignorancia tecnologizada, se impone ante el conocimiento y el razonamiento precisos que revelan nuestras flaquezas. Por ejemplo, se da por hecho incuestionable que el coronavirus es el causante de la crisis económico/financiera global que se augura y ya se cierne en el mundo; sin embargo, un virus no pone en predicamento al capitalismo solo porque sí, sino que éste, ya padecía una esclerosis o una enfermedad endémica y terminal: el fundamentalismo de mercado y su incapacidad para inaugurar nuevos mecanismos de acumulación de capital. Ascendido al piso de terapia intensiva, este capitalismo rentista y especulativo, no saldrá del coma inducido y de su fase de contagio ni con los cuantiosos recursos presupuestales canalizados desde los Estados hegemónicos. 

Con el confinamiento forzado, no sólo se rompe el sentido de comunidad, sino que se extienden exponencialmente los abismos entre el Estado inoperante y la sociedad en urgencia. Roto el pacto social entre el Estado, el capital y la fuerza de trabajo, suscrito durante la segunda posguerra, y erosionados los mecanismos tradicionales de intermediación social –como el sindicalismo y los partidos políticos–, el individuo quedó a expensas del mercado y de sus dispositivos de control social. Sus derechos sociales –como la atención sanitaria y la seguridad social– mutaron, con el fin de ese pacto, en servicios mercantilizados. Y, en ese contexto, la desconfianza y la sospecha no sólo atizan el miedo, sino que fragmentan la comunidad y agrandan las garras coercitivas del aparato estatal.

La pandemia del Covid-19 evidencia varias certezas: en este cambio de ciclo histórico para la humanidad, todo dejará de ser igual a como lo fue antes del brote epidémico. Pero no ocurrirán estas transformaciones epocales porque el virus las gestase, sino porque desde hace décadas se perfilaban tendencias sistémicas (recurrentes crisis económico/financieras; endeudamiento; lucha por los recursos naturales y la transición energética; cambio climático y degradación terminal de la naturaleza) que se aceleran, acentúan y agravan con la pandemia.

Que la naturaleza se muestre implacable en sus reacciones, es también una certeza que no es posible ignorar o negar como humanidad. Menos aún cuando el vigente patrón de acumulación se fundamenta en la expoliación y destrucción ambiental, rompiendo con toda posibilidad de equilibrio en los ecosistemas. En esta lógica donde priva la obsolescencia tecnológica programada, el fetiche de lo material es elevado por el consumismo al Olimpo de los incuestionables dioses del mercado. Pero esta (in)satisfacción efímera e ilimitada, es justo la que agudiza la contradictoria relación sociedad/naturaleza.

De golpe, una epidemia global se postra ante nosotros y desafía nuestros sentidos. Sustraídos de nuestra virtualidad cotidiana, esta generación se enfrenta, tal vez por vez primera, al carácter real y letal de la misma realidad que nos abruma, pero que deambula soterrada, silenciada y encubierta por los dispositivos electrónicos que tornan irreales y sinsentido a los hechos y su entorno.

A su vez, la histeria colectiva, las noticias falsas o la desinfodemia, la conspiranoia y el racismo, se conjugan, y hacen de la praxis política un espectáculo y una parodia. El debate de ideas y la valoración de posibles escenarios alternativos de mejora, son diluidos por la ignorancia tecnologizada y la denostación del conocimiento razonado.

Esta pandemia tiene su correlato en la magnificación y diseminación de la superexplotación tecnocapitalista, la desigualdad social, y la vulnerabilidad entre las familias y los individuos. Principalmente, la privatización de los servicios sanitarios y la flexibilización y precarización de las relaciones laborales, informalizaron y desprotegieron a la fuerza de trabajo nativa y –sobre todo– migrante. Ello, al calor del “austericidio”, fue el correlato del ataque a los Estados de bienestar en el norte del mundo y a los Estados desarrollistas en regiones como la latinoamericana. Los sistemas de salud –en tanto sistema inmunológico de una sociedad– fue erosionado sistemáticamente bajo el imperativo de la disciplina fiscal.

Más que el conocimiento, es la mentira derivada del rumor (las compras de pánico como falsa seguridad; el prejuicio y la discriminación como prácticas cotidianas), la que dispone las condiciones para la gestación del miedo y el inmediato disciplinamiento y control del cuerpo y la conciencia. Si a los seres humanos, en esencia gregarios, se les aísla y atomiza, mayor será su sensación de vulnerabilidad y psicosis tecnificada. De allí al "sálvese quién pueda", existe un corto paso que nos conduce al abismo. A su vez, este individualismo tiene implícita la desigualdad respecto a la pandemia; sea en las posibilidades de los individuos para su tratamiento sanitario o en las condiciones materiales para atemperarla y enfrentar el confinamiento. Los grandes perdedores serán, una vez más, los desempleados, los homeless, los sin seguro médico privado, y los pobres, que deambulan –como en la pintura Fondo congelados de Diego Rivera– en el inframundo del capitalismo.

Una suerte de epidemia de generalizada psicosis, coloca a los individuos y sociedades en la zozobra, la incertidumbre, la soledad y la tristeza. Se obvia que el estacionamiento económico tocó fondo desde hace tiempo y no existen márgenes del capitalismo para una nueva fase expansiva. El mito del crecimiento ilimitado tiene como condicionante la destrucción de la naturaleza y la imposibilidad de extender la mercantilización fuera de la vía láctea; en tanto que el estancamiento se cierne como una verdad revelada que eclipsa el paralelismo entre placer y consumo. Otras formas de organización social estamos obligados a construir, antes de que la humanidad sucumba ante la bola de nieve del colapso ambiental y (des)civilizatorio. 

El virus cognitivo –o, mejor dicho, el virus anticognitivo– que marcha a la par de la expansión de la pandemia, irradia significaciones que subsumen la razón y anteponen los instintos primarios: la resignación se impone y suplanta al futuro; la mentira a la verdad; el rumor al conocimiento razonado; la acumulación desmedida a la necesidad; el miedo a la libertad; la incertidumbre a lo previsible. La muerte se impone como desafío último de la especie humana. Y si existe peligro de muerte, este virus cognitivo –apoyado por los dispositivos tecnofinancieros y comunicacionales– entroniza la noción de un Estado biotecnototalitario de excepción que garantice, a cualquier coste, la preservación de la integridad física, aún a expensas del control e inmovilización de los cuerpos y la instauración del etnonacionalismo supremacista, xenófobo y neoaislacionista.

En momentos de crisis sistémica, la primera víctima masacrada por los cañones y balas del rumor y el miedo, es la verdad y el conocimiento reposado. De esta crisis sanitaria, puede despuntar una nueva narrativa de miedo patológico hacia el cuerpo de "el otro", signado por el aislamiento, la amenaza y la vulnerabilidad imaginaria que lapida la experiencia y lo observable. La lucha contra esta narrativa solo podría fraguarse desde el conocimiento razonado y sistematizado, que suprima la resignación y nos retorne al futuro como posibilidad para la construcción de escenarios alternativos. Más que una "dictadura de bata blanca" y el cerco policiaco/militar, lo que precisan los tiempos actuales es la convergencia de especialistas procedentes de múltiples disciplinas científicas que hagan valer su voz y conocimientos, sin sujetarse a intereses creados. Ello se correspondería con una renovada cultura ciudadana que reivindique a la praxis política como arena para la construcción de soluciones ante los acuciantes problemas públicos. ¿Será que las ciencias, las humanidades y las artes estarán a la altura las circunstancias históricas?

 

  1. Crisis epidemiológica e inoperancia y postración del Estado

Las epidemias no son un accidente histórico, ni una calamidad de origen divino, son construcciones sociales, un bumerán resultado de la alteración acelerada de la de por sí contradictoria y destructiva relación sociedad/naturaleza.

 

Los cientos de cuerpos muertos por el coronavirus SARS-CoV-2 y otras enfermedades, acumulados en las casas o tirados y quemados en las calles de Guayaquil (Ecuador), evidencia –como caso extremo– no solo el desbordamiento de una crisis sanitaria que se propaga de manera acelerada a escala global, sino la inoperancia del Estado y las instituciones públicas para prevenir e intentar resolver los problemas públicos en las distintas naciones del mundo.

Las epidemias no son un accidente histórico, ni una calamidad de origen divino. Son construcciones sociales, un bumerán resultado de la alteración acelerada de la de por sí contradictoria y destructiva relación sociedad/naturaleza. Sin embargo, se agravan o atemperan los efectos de las crisis sanitarias, según las formas en que una sociedad nacional se organiza políticamente para enfrentarlas y atenuarlas. Si un Estado se orienta a erosionar derechos básicos como la salud y a desmantelar el sistema e infraestructura que atiende esa necesidad, su capacidad de respuesta será insuficiente y corre el riesgo de ser rebasado por el colapso que causen la cantidad de enfermos que asisten a los hospitales de alta especialidad. En cambio, si un Estado –el caso de Alemania o Nueva Zelanda– es capaz de adoptar, de manera oportuna, medidas de contención y control a partir de un sistema de salud pública dotado de gratuidad y cobertura universal, los efectos, en términos de vidas perdidas y de pacientes recuperados satisfactoriamente, seguirán una trayectoria favorable. Es la densidad institucional y la capacidad de organización de una sociedad lo que marcará la diferencia al final del túnel oscuro por el que nos conduce la pandemia. 

Prácticamente en todo el mundo, desde Wuhan hasta Madrid, desde Bérgamo hasta Guayaquil, desde Nueva York hasta Seúl, los Estados se tornaron inoperantes y postrados de cara a la crisis sanitaria que se cierne. La incapacidad de sus instituciones y sus sistemas de salud para prevenir la emergencia y alcances del Covid-19, se explica por el sistemático y premeditado debilitamiento y desmantelamiento del sector público para atender y resolver los problemas sociales y para –a partir de ello– generar confianza y legitimidad entre la ciudadanía. En el fondo de ello está la ruptura del pacto social de la segunda posguerra entre el Estado, el capital y la fuerza de trabajo, y el fin de la sociedad salarial que garantizó seguridad social y derechos básicos para la clase trabajadora.

Más aún, la postración del Estado tras su privatización, conduce a que, en medio de la crisis sanitaria y tras el triunfo del fundamentalismo de mercado, se radicalicen las ancestrales desigualdades de las naciones. Esto es, en aquellas sociedades deshilvanadas, desestructuradas y polarizadas por la desigualdad y la pobreza, la pandemia azotará con mayor fuerza, cual látigo sobre las espaldas de los individuos y familias. Como en la “Peste en Roma” pintada por Jules Elie Delaunay, la marginación, las epidemias y la muerte caminan de la mano. 

Las ausencias del Estado no solo incrementan el riesgo de vulnerabilidad en los ciudadanos, sino que también socavan la cohesión social y el sentido de comunidad. La entronización de la ética del individualismo hedonista, competitivo y rapaz, así como de su consustancial racionalidad cuantitativista, evidencia que la acumulación de capital se impone sobre la vida misma; y que ello deriva en riesgos derivados de las reacciones de la naturaleza asediada por la explotación irracional y desmedida. Si el Estado y la red de organismos internacionales que le dan forma a la acción colectiva global, no logran apreciar, contener o erradicar los efectos negativos derivados de la racionalidad instrumental propia de la acumulación de capital, es necesario repensar y replantearse el tipo de instituciones que forja una sociedad cuando éstas no logran preservar la integridad física y la vida de los ciudadanos.

Otro síntoma de ello, en el contexto de la irradiación global de la pandemia, es la incapacidad para articular acuerdos y medidas transnacionales. Ante problemas que tienen resortes globales, lo que predomina son respuestas locales/nacionales inconexas y fragmentadas. Ello supone fallos y contradicciones en la institucionalidad global y la ausencia de regímenes internacionales que faciliten la cohesión, el acuerdo y la acción en torno a problemas que afectan a todo el mundo, en tiempo real y de manera simultánea. El caso de los últimos desencuentros en el seno de la Unión Europea es un botón de muestra de ello.

El campo laboral es el eslabón más frágil de esta postración del Estado. Ese eslabón, si bien no fue implosionado por la pandemia del Covid-19, sí es debilitado, aún más, por el freno de la actividad económica. Cabe hacer una acotación: la crisis de la economía mundial no fue gestada por la emergencia sanitaria, sino que aquella incubaba los gérmenes de sus propias contradicciones desde, al menos, la década de los setenta y, más en específico, desde el 2008/2009. 

Díez millones de desempleados estadounidenses acumulados durante la segunda quincena de marzo y a la espera de otros cinco millones más a sumarse durante los primeros días del mes de abril. Desde que fue decretado el Estado de alarma en España (12 de marzo), se sumaron a las filas del desempleo alrededor de 900 000 personas; acumulando un total de 3.5 millones de ciudadanos sin puestos de trabajo. Se corre el riesgo de que el virus del desempleo y la precariedad laboral sean más agresivos que la misma pandemia, puesto que radicalizará la exclusión social y la desigualdad económica.

El fondo de los cambios en el campo laboral se relaciona con la transición organizacional y tecnológica que supone la automatización de los procesos de trabajo y las posibilidades que abre para la reducción de costes en las empresas. Desde la producción manufacturera, la captura de datos, la contabilidad y la nómina, hasta el trabajo periodístico, la abogacía, la banca comercial, los restaurantes y los supermercados, los servicios de transporte, los agentes de ventas, la medicina, la odontología y las cirugías, y muchos otros oficios y profesiones, se realizan ya a través de robots autónomos, inteligencia artificial, realidad virtual, algoritmos programados, tecnología 5G aplicada al internet móvil de alta velocidad, y del análisis de big data y el almacenamiento en nubes digitales. La destrucción de empleos y la supresión de funciones laborales es la constante de estos cambios y, de momento, afecta a los trabajadores manuales o de oficina, y con limitadas cualificaciones que realizan labores repetitivas, rutinarias y carentes de creatividad e innovación.

El desempleo tecnológico generará una serie de conflictos y convulsiones sociales a lo largo del siglo XXI, pues según varios estudios, el mundo del trabajo –durante las siguientes décadas– enfrentará riesgos severos. Carl Benedikt Frey y Michael Osborne, académicos de la Universidad de Oxford, publicaron un estudio en el 2013 (titulado The Future of Employment: How susceptible are jobs to computerisation?) donde plantean la proyección de que hacia el 2033 Estados Unidos perderá el 47% de los puestos de trabajo como consecuencia de la automatización. Otros estudios como el The Future of Jobs Report 2018 –difundido por el Foro Económico Mundial–, aseguran que la automatización eliminará 75 millones de empleos hacia el año 2025; y, a su vez, se gestarán 133 millones de nuevas funciones laborales ejecutadas por trabajadores dotados de una mayor especialización y la formación de nuevas habilidades para atender labores como el diseño, la programación de software, el análisis de datos, el ejercicio del pensamiento crítico y la inteligencia social. Otro estudio realizado por el McKinsey Global Institute en el año 2017, titulado Jobs lost, jobs gained: Workforce transitions in a time of automation, proyectaba que entre 400 y 800 millones de personas serán desplazados de sus empleos hacia el año 2030, y unos 375 millones de ciudadanos no encontrarán puestos laborales debido a que no cuentan con habilidades y capacitación.   

¿Por qué viene a cuento el tema del desempleo tecnológico en el contexto de la crisis epidemiológica? Es posible manejar una hipótesis de trabajo al respecto: la profundización de la crisis económico/financiera global, acelerada –que no gestada– por la pandemia del Covid-19, se fundamentará en la destrucción masiva de empleos, con miras a transitar a un renovado patrón de acumulación capaz de prescindir de amplios segmentos de la clase trabajadora; especialmente de la dedicada al hacer y mover cosas. El pretexto para ello es la magnificación mediática y apocalíptica de un problema sanitario que ofrece las condiciones para infundir el miedo, el pánico, el individualismo y la inmovilización y hasta indiferencia de la población de cara a los cambios profundos que se avecinan.

La ecuación es elemental: si se reduce el crecimiento del PIB, cae el empleo; al aumentar el desempleo, se masifica la pobreza y la desigualdad. Las ausencias del Estado a nivel mundial –de cara a la pandemia– obvian la crisis y el conflicto social que surja de todo esto. A lo más que reaccionan es a diseñar y aprobar cuantiosos paquetes de estímulo y rescate de las grandes empresas, en un ejercicio de transferencia de la riqueza pública a manos privadas. En el caso de Estados Unidos se aprobaron, a finales de marzo, 2.2 billones de dólares, destinados a exentar de impuestos a las empresas, a otorgar subsidios a los oligopolios, a canalizar créditos con interés cero para empresas en situación de quiebra, y a conceder cheques de 1200 dólares a alrededor de 100 millones de ciudadanos. Por su parte, la Reserva federal comprará bonos del tesoro, hipotecarios y de deuda por un monto de 700 000 millones de dólares. En Gran Bretaña, se otorgan subsidios y exenciones fiscales a la nómina de las empresas; en tanto que el gobierno alemán piensa en un paquete de 150 000 millones de euros dirigidos a las grandes empresas manufactureras exportadoras. Ello no detendrá la segura recesión económica mundial, pues aunque el Estado invierta, el consumo de las familias está frenado. Las expansiones fiscales implican monetizar la deuda parta financiar la inversión pública; y aunque ello supone ir a contracorriente de la austeridad fiscal, la hiperinflación y el endeudamiento caerá como un grillete sobre las sociedades nacionales, en un ejercicio de socialización de las pérdidas, tras privatizarse los beneficios.

De ahí que otro de los escenarios que es posible postular de cara a la crisis epidemiológica,  consiste en una radicalización del aislacionismo, el nativismo, y el nacionalismo; y aunque el Estado tendrá mayores potestades en el proceso económico, ello no supondrá que el fundamentalismo de mercado se repliegue, pero sí que el endeudamiento público –contraído con la banca privada– sea el eje rector del “rescate del capitalismo”.

En el caso de sociedades subdesarrolladas como México, nos enfrentamos a un posible panorama adverso de cara a la crisis epidemiológica. Con un Estado privatizado, canibalizado, deshuezado y debilitado fiscalmente, sus ausencias tienden a radicalizarse ante las posibilidades de enfrentar escenarios como los de Italia, España, Estados Unidos o Ecuador, que nos hacen mirar el futuro de lo que aquí puede llegar a ocurrir. Pocos son los márgenes de maniobra si una sociedad es invadida por el pensamiento parroquial y la ocurrencia; como en el caso del arzobispo de la diócesis de Toluca que –en un ataque de soberbia– alquiló un helicóptero para arrojar agua bendita sobre el Valle del Lerma, en una especie de fumigación celestial dirigida a desterrar el peligro de la peste. Lejos estamos de un sistema de salud universal dotado de calidad en sus servicios, así como del ejercicio de políticas contraciclicas que se fundamenten en una nueva fiscalidad capaz de considerar una reforma tributaria progresiva. Urgente paso de cara a la caída abismal del precio internacional del barril de petróleo. Menos aún se cuenta con una cultura política que no apueste a la polarización y a que le vaya mal al país. Cualesquiera que sean los costos de la crisis epidemiológica, el Estado será incapaz de asumirlo y de revertir sus efectos sociales negativos. Un paso también urgente para enfrentar la profundización de la crisis económica que se cierne, será adoptar un amplio y ambicioso programa de construcción de infraestructura básica; medida que brilla por su ausencia.

A grandes rasgos, lo que el mundo contemporáneo precisa es de un nuevo pacto social que trascienda la disyuntiva de "la bolsa o la vida". Esto es, que anteponga la vida humana a la racionalidad cuantitativista de la acumulación del capital. Es urgente asumir que estamos ante una confusión epocal y ante un radical cambio de ciclo histórico de la humanidad. Si el Estado está postrado y sitiado de cara a ello –y no conforme con su inoperancia y ausencias, obliga al confinamiento de los ciudadanos–, cabe abrir la posibilidad de pensar en una nueva civilización que reivindique la esperanza y el conocimiento razonado más allá de intereses creados y de la explotación ilimitada de una naturaleza que hoy día reacciona a través de la mutación de un virus. Aunque bien cabe preguntarse lo siguiente: ¿la ciencia estará a la altura de las circunstancias y podrá brindar las respuestas intelectuales y las habilidades técnicas para atemperar y revertir los lacerantes sociales derivados de este cambio de época?

 

  1. Coronavirus, capitaloceno, aporofobia y bumerán de la naturaleza

“No es posible resolver los problemas del mundo con el mismo

modo de pensamiento con el que fueron creados”

(Albert Einstein).

Que con la pandemia actual y el confinamiento de los humanos, ejemplares de la fauna tomen las ciudades y los niveles de contaminación atmosférica disminuyan, es una muestra de los frágiles equilibrios naturales trastocados y alterados –a lo largo de décadas– por la relación contradictoria sociedad/naturaleza. Jabalíes caminando por las calles desiertas de Barcelona; un puma por las avenidas de Santiago de Chile; pavorreales deambulando por las calles de Madrid; gamos descansando en las aceras de Harold Hill (Inglaterra); patos y cisnes nadando en ríos europeos; cabras tomando el sol en la Iglesia de la Santísima Trinidad en Llandudno (Gales); ciervos caminando por calles de Nara (Japón); o vacas transitando por las avenidas de Nueva Delhi, son evidencia de ese retorno de los animales a hábitats de los que fueron despojados.

2016 y 2019 fueron los años más calurosos registrados en la historia de la humanidad. El cambio climático es un fenómeno que trastoca los equilibrios naturales; sin embargo, no es el único. Catástrofes de la naturaleza como los incendios forestales que –entre 1997 y1998 y a causa del calor– destruyeron 9 millones de hectáreas de selvas y bosques de la Amazonia, Centroamérica, México e Indonesia; la canícula experimentada en Europa durante el 2003 y los cerca de 30 mil muertes que dejó a su paso; el huracán Katrina y otros más que durante el año 2005 golpearon las costas estadounidenses, devastando sus ciudades y la economía regional; entre el 2011y el 2013, murieron millones de cabezas de ganado y fue estropeada la actividad agrícola en las regiones del sur de los Estados Unidos y el norte de México como consecuencia de una agresiva sequía; en tanto que el 2019 fue un año signado por masivos incendios forestales que afectaron la Amazonia, Australia, California y Siberia.

Estas catástrofes naturales se entrelazan con pandemias (gripe porcina, gripe aviar, por ejemplo) originadas en la destrucción –a través de la ganadería intensiva– del medio natural de animales silvestres portadores de virus y bacterias; el uso de agroquímicos nocivos en los alimentos que llegan a la mesa de las familias; y las actividades agroindustriales orientadas a la producción masiva de huevo y carne porcina y avícola.

Lo anterior no remite a eventos casuales o meros accidentes, sino que se relacionan estrechamente con la mano del hombre y, particularmente, con la lógica contradictoria, explotadora y depredadora del patrón de acumulación imperante. Toda destrucción de la naturaleza deja grietas en la tierra y revierte sus efectos sobre la vida humana misma. Estas reacciones de la naturaleza no son causadas por el conjunto de la humanidad, sino por la lógica de un proceso (des)civilizatorio que privilegia el extractivismo y la superexplotación de la clase trabajadora y del medio natural. Se trata de un modelo de sociedad estratificado, concentrador y desigual controlado por el 1% de la población mundial, que devasta el medio natural y reproduce la marginación, la exclusión social y la desigualdad.

En esta contradictoria y destructiva relación sociedad/naturaleza, más que antropoceno (concepto popularizado por el Premio Nobel Paul J. Crutzen), vivimos la era del capitaloceno (término éste último introducido por Jason W. Moore), traducida en una crisis civilizatoria que subsume la naturaleza al irrestricto imperativo del afán de lucro y la acumulación de capital desbocada y concentrada en pocas manos (según OXFAM, 70 millones de seres humanos poseen una riqueza mayor que siete mil millones de habitantes). Capitaloceno y no antropoceno es la categoría adecuada para remitirnos a la devastación ambiental movida por el desbocado afán de lucro y ganancia. La naturaleza es condición básica de la sociedad y la vida; destruirla, socava a la humanidad y al mismo capitalismo; y ello se pierde de vista en las concepciones de las élites políticas y empresariales. En el capitaloceno –que cierne una sexta extinción sobre la humanidad– no basta con comprender la génesis y consecuencias del cambio climático. Lo verdaderamente relevante es adoptar políticas de Estado y modificar sustancialmente el estilo de vida y los patrones de producción y consumo. La esperanza radica en que la presente pandemia contribuya a abrir el pensamiento para asimilar los alcances y desafíos que impone esta destrucción masiva de la naturaleza.

Las consecuencias de la pandemia del Covid-19 evidenciarán un cambio civilizatorio de enormes proporciones. No solo representará la crisis y decadencia del actual patrón de acumulación extractivista y depredador, y de las formas de Estado hasta ahora conocidas, sino que redundará en la emergencia de nuevas instituciones, narrativas y significaciones que, en sus causas y efectos, se magnificarán con la globalización, la densidad urbana, la ganadería intensiva y las migraciones.

A su vez, la pandemia acelera tendencias como el nativismo y el neoaislacionismo; la postración del Estado como forma de organización social capaz de resolver los problemas públicos y de emprender una acción colectiva global para hacer frente a problemas complejos de alcances también globales; la crisis de legitimidad de sus instituciones; la irradiación de sentimientos y odios xenófobos, etarios, homófobos, y otros nuevos que –como en el caso de México– laceran y discriminan a médicos, enfermeras y ancianos. Detrás de estos fenómenos subyace la era de la incertidumbre y el síndrome de la desconfianza, que acompañan al individualismo hedonista y a esa misma postración del Estado. 

Esta crisis institucional se evidencia en la saturación de los hospitales y morgues de ciudades como Nueva York que, ante las cuantiosas muertes de las últimas semanas, se recurre a fosas comunes en Hart Island para sepultar los muertos causadas por el coronavirus SARS-CoV-2.

El fetichismo del Producto Interno Bruto (PIB) como símbolo numérico de la creación y crecimiento de riqueza, conduce a considerar la dimensión cuantitativista de la crisis epidemiológica y sus efectos económicos. Es una manifestación más del capitaloceno y de la falta de consideración respecto a la vida humana. A infinidad de analistas no les importa, en sí, el costo sanitario y económico que asuman los individuos y familias, sino las variaciones de este indicador en el tiempo y los recursos presupuestales necesarios para restablecer su tendencia al alza y hacer de la aritmética y la estadística la ciencia que orienta las decisiones públicas. En una exaltación de la aporofobia –término introducido por la filosofa española Adela Cortina, para referirse al rechazo, odio y discriminación hacia los pobres–, preocupa el “rescate” de las empresas privadas con recursos públicos, pero no los 2000 millones de individuos que laboran en la informalidad, ni los 17 millones de desempleados sumados en Estados Unidos durante marzo y los primeros días de abril, o los 14 millones de despedidos en América Latina.

De ahí que se perfile la tendencia de un nuevo (des)orden mundial no sin el capitalismo, sino con un reformismo ultraconservador de este modo de producción y de su proceso civilizatorio fundamentado, cada vez más, en el egoísmo atomizado y tecnologizado, y en un Estado movido por el endeudamiento masivo, el aislacionismo, el nacionalismo económico, y la restricción de las libertades fundamentales, y dirigido por élites políticas nativistas, conservadoras y xenófobas. Las políticas anticíclicas, que se regirán por las masivas transferencias de recursos públicos a manos privadas, serán una constante para fortalecer a la banca y a los monopolios manufactureros. Pero estas estrategias, adoptadas por quienes originaron la crisis económica de los últimos lustros, ni de lejos, serán algo similar a las funciones del Estado keynesiano del siglo XX. El nuevo tipo de Estado que se perfila se regirá por la biopolítica, el panóptico digital y la adopción de dispositivos tecnológicos para controlar la mente y los cuerpos de los ciudadanos. El modelo chino, dotado de una aplicación llamada Suishenban y movida por el big data y la geolocalización, y mediante el cual se ejerció la contención de la pandemia y la identificación de la temperatura de los ciudadanos enfermos, será exportado a otras naciones, con la consecuente pérdida de libertades tras la inoculación del virus del miedo y el pánico y la aplicación irrestricta de la manu militari. Por su parte, las relaciones internacionales tenderán a fragmentarse y la cooperación interestatal a diluirse en un mar de acciones estatales inconexas regidas por el "sálvese quien pueda". Los problemas públicos y las crisis serán globales y no transitorios, sino sistémicos; pero la actitud y aptitud para emprender una acción colectiva global, brillarán por su ausencia debido a la incapacidad, descrédito e ilegitimidad de los Estados y los organismos internacionales, cada vez más atacados por las posturas neoaislacionistas.

El presente lapidario, instaurado por la crisis sanitaria, se torna futuro que transformará radicalmente las relaciones sociales e interestatales. De cara al confinamiento masivo, la esclerosis de las instituciones, y las noticias falsas que pulsan el botón instintivo y primario del miedo, únicamente resta la reivindicación del pensamiento razonado, de la cultura política y el ejercicio de los derechos ciudadanos, con miras a perfilar un nuevo contrato social en las naciones y en el ámbito de las relaciones económicas y políticas internacionales. Se trata de un cambio de ciclo histórico, que –si no se actúa en sentido contrario– prolongará la decadencia del capitalismo y de sus entramados institucionales. Y los pueblos están llamados a levantar su voz y a organizarse para tomar decisiones.                 

 

  1. Coronavirus, miedo, crisis del capitalismo y (des)orden mundial

Un cambio de ciclo histórico con procesos que nos obligan a pensar en formas distintas y alternativas de organización de la vida social, que no se fundamente en el productivismo y eficientismo económico.

En otros ensayos sobre el tema, publicados anteriormente en esta editorial, tratamos de trazar algunos escenarios futuros respecto a la sociedad y al mundo que emergerán a raíz de la ruptura sistémica y (des)civilizatoria y de los procesos sociales acumulados durante las últimas tres décadas, y que muestran su rostro más frontal y acabado con la actual crisis epidemiológica global. Estas transformaciones comienzan a perfilarse en las relaciones cara a cara de los individuos, en el conjunto del Estado-nación, y en el ámbito de las relaciones económicas y políticas internacionales.

En principio, no existe sensación más poderosa que se inocule hasta las entrañas de los seres humanos que el miedo y, particularmente, el temor a perder la vida o al peligro que suponga daños a la integridad física. El miedo –cual bestia devoradora y desbocada que ataca al personaje de “El grito” pintado por Edvard Munch– nubla y eclipsa la ecuanimidad, el razonamiento y el entendimiento; aviva las emociones primarias y los instintos más básicos, hasta alcanzar niveles de alucinación y desquiciamiento. El miedo, a su vez, es el fundamento del poder, pero nada garantiza que éste sea capaz de controlar a aquel cuando es soltado sin responsabilidad, ni escrúpulos. Más aún, en situaciones límite que suponen riesgos, peligros y vulnerabilidad, los seres humanos suelen perder el control de la situación y de sus decisiones. Identificadas (construidas) las víctimas y sembrado el miedo desde el rumor fundado o infundado, lo que está por venir es la inoculación del odio y la búsqueda de un enemigo real o imaginario a quien volcar ese odio. Es así como opera históricamente el complejo militar/comunicacional/cinematográfico y, con la irradiación global de un virus que amenaza a la vida humana, no es la excepción. Si las masas se sugestionan con la sensación contagiosa del miedo, la individualidad, la reflexión y el libre albedrío son erosionados y subsumidos. Ante el apremio de la supervivencia, el instinto aflora a la luz del miedo, el pánico y el horror.

Este miedo, que ya se extiende a la vida cotidiana de los individuos y a sus relaciones sociales, induce la necesidad de bioseguridad ante la amenaza viral. Primero se extiende como desconfianza hacia el vecino, el compañero de trabajo y al desconocido que transita por las calles. Todos somos sospechosos y ello erosiona los lazos de la cohesión social, virtualiza las relaciones y entroniza el individualismo. Instalado el miedo como sensación a flor de piel y la desconfianza como actitud cotidiana, la bioseguridad se erige como la nueva narrativa dotada de significaciones que posicionan a la muerte en el horizonte. Nada es más efectivo que explotar la vena de la inestabilidad, vulnerabilidad y fragilidad humanas en aras de construir el poder y los mecanismos de control sobre los cuerpos y la mente. 

La relación sociedad/Estado que se prefigura con el modelo chino de contención de la pandemia y que se replica en Europa, es una mediada por el control digital de la vida de los individuos. Ello acompañado de mayores controles fronterizos y de actitudes nativistas. 

La tecnología digital cambiará las relaciones laborales y el ejercicio del trabajo se desplegará, con mayor intensidad, en el ciberespacio. El precariado (fuerza de trabajo sobreexplotada, con empleos inestables, inseguros, contratos a tiempo parcial y salarios deprimidos que no se corresponden con su cualificación) será –es ya– el correlato del campo laboral digitalizado. En tanto que las labores rutinarias y repetitivas serán realizadas desde los robots y la inteligencia artificial. Los entornos virtuales en red darán paso a una ciudad virtual con alta sincronización, pero fundamentados en infraestructuras frágiles que nos impiden escapar de la realidad, sus peripecias y la exposición a las catástrofes. La vida cotidiana de los ciudadanos será trastocada con la aceleración de los cambios en el campo laboral y acentuará lo que Massimo Gaggi y Edoardo Narduzzi denominan como “el fin de la clase media y el nacimiento de la sociedad de bajo coste”. 

En los ámbitos nacionales –con sus consustanciales matices y diferencias–, de cara a la inoperancia y postración del Estado, evidenciadas en las reacciones tardías y titubeantes tras la irradiación de la pandemia y el desmantelamiento y privatización de los sistemas de salud en los últimos lustros, es muy probable que emerja una nueva modalidad de sector público, con renovados mecanismos de intervención en la vida social. Ello reconfigurará a los Estados y sepultará –al menos por una larga temporada– el imperativo de la austeridad fiscal y la reducción del déficit público. Bajo la urgencia de alejar el peligro que se cierne sobre las sociedades, este nuevo Estado será más intrusivo en sus funciones y en su relación con la intimidad y libertades de los ciudadanos. Echará mano de la biopolítica y la tecnología en aras de reducir la incertidumbre. Subordinará la libertad individual a la urgencia de la seguridad, el orden y la contención del riesgo y los peligros. Solo así logrará revertir su crisis de legitimidad y descrédito acumulados durante las últimas cinco décadas, tras arraigarse los efectos sociales negativos del fundamentalismo de mercado

Regidas por el nativismo, el neoaislacionismo y el nacionalismo económico, las élites políticas, cada vez más conservadoras y xenófobas, echarán mano de mecanismos de redistribución del ingreso y de cuantiosos recursos presupuestales para dinamizar la acumulación de capital y la (re)concentración de la riqueza; sin embargo, ello no erradicará las desigualdades. El endeudamiento público se perfila como el expediente predilecto para la instauración de un nuevo patrón de acumulación menos expuesto a las turbulencias de la economía mundial y a la voracidad irrestricta de la financiarización. 

En la escala global, emergerá un mundo fragmentado y discontinuo que conjugará la autarquía flexible de las sociedades nacionales; la menor densidad de la interconectividad y la movilidad; el mayor arraigo a los espacios físicos locales; y la más amplia virtualidad de las relaciones sociales. En este contexto, las relaciones económicas internacionales y las cadenas de valor serán reconfiguradas por los Estados en aras de no someterse a la dependencia productiva, comercial, tecnológica y financiera, evidenciada con el proceso de desindustrialización que torna incapaces a Europa y Estados Unidos en la producción de insumos sanitarios para combatir la pandemia. El proceso económico formará parte del diámetro de la noción de seguridad nacional; al tiempo que será desechado en las políticas públicas el supuesto de la eficiencia económica como mantra incuestionable. En tanto que la obsesión por el crecimiento del PIB persistirá como fetiche ilimitado del nacionalismo económico. 

La fragmentación geopolítica del mundo contemporáneo –con su consustancial rivalidad– se corresponde con la erosión de la hegemonía de los Estados Unidos en el sistema mundial, y con el retiro o retracción de su liderazgo. En ese contexto, la cooperación internacional orientada a resolver los problemas globales brilla por su ausencia y no existen visos de su posible retorno. La irradiación de una pandemia como la del Covid-19, se explica por la intensificación de los procesos de globalización y, particularmente, por los viajes aéreos y el turismo masivo. Y ni siquiera ello urge a reivindicar la acción colectiva global

La reclusión o enclaustramiento mundial y el parón premeditado de la economía, redujeron la demanda internacional de hidrocarburos, y países productores como Arabia Saudita y Rusia se enfrascaron en una disputa por los niveles de producción y los precios. Ello es muestra del grado de  tensión e incertidumbre que caracteriza a la economía mundial. La partida ganada por Rusia no solo radica en la dependencia energética que le ofrenda la Unión Europea, sino en el hecho mismo de que aquella se afianza como una potencia energética mundial y hace de los hidrocarburos un factor geopolítico de peso. 

El ataque de los Estados Unidos hacia el multilateralismo de la segunda posguerra (la suspensión del financiamiento a la Organización Mundial de la Salud es una muestra de ese desdén), abre la posibilidad para el ascenso sin escalas de China en el concierto de las relaciones políticas internacionales. Las instituciones y organizaciones interestatales que emerjan de la reconfiguración del (des)orden mundial, tendrán –con toda seguridad– la impronta china ante el destierro de la pax americana. La propaganda que subyace en la ayuda oficial que China otorga a otros gobiernos en medio de la contingencia, marcha en ese sentido. 

Taiwán, Singapur y Corea del Sur, enfrentan la pandemia con destacados resultados a partir de un recelo al "Estado mínimo". Junto con China, son las sociedades que –por la gracia de sus instrumentos intervencionistas– resentirán menos el parón económico y retomarán la senda de la recuperación. 

Si China logró controlar la expansión de la pandemia, lo hizo sobre la base de la exacerbación de los controles políticos, la opacidad en el manejo de la información, y de la biovigilancia estatal a través de la tecnología digital. El uso de aplicaciones móviles como Suishenban, que aprovechan la geolocalización y el big data para medir la temperatura corporal de los ciudadanos y otorgar permisos de movilidad por las ciudades, se exporta a Europa. El gobierno italiano, por ejemplo, diseña una aplicación para identificar ciudadanos contagiados por el Covid-19, así como de las personas con las cuales se reúnen, y a partir de ello proceder a aislarlas. En tanto que la Secretaría de Estado de Digitalización e Inteligencia Artificial (fundada el 13 de enero pasado) desarrolla, en España, una aplicación móvil para geolocalizar a los ciudadanos y confirmar si se encuentran en el sitio donde declararon al de solicitar permiso para salir de sus hogares. Aunado ello a la declaratoria de Estado de alarma nacional, la militarización de las calles y al uso de drones para vigilar que los ciudadanos retomen el confinamiento. 

Asfixiada por los impactos del Brexit, la Unión Europea radicaliza sus contradicciones y fragilidades como proyecto comunitario. Debatida entre la obsesión de la austeridad fiscal y el "rescate" de la planta productiva, la Unión Europea no solo diluye lo poco que restaba de su cohesión interna, sino que pierde posiciones en la geopolítica y geoeconomía mundial, al dividirse entre una Europa –la del Norte– que no desea asumir la carga fiscal del "rescate" de la Europa sureña y rentista que aspira a socializar las pérdidas privadas. El miedo inoculado por la irradiación masiva del virus reforzará a los partidos ultraconservadores, nacionalistas y antieuropeistas. Los primeros indicios de estas tendencias son la ausencia de liderazgos regionales y el hecho de que buena parte de las decisiones y estrategias para enfrentar la pandemia se toman desde las escalas nacionales. Más aún, al calor del látigo de la epidemia, fluye un discurso que agrieta al bloque regional tras perfilar una “Europa industriosa del norte” y una “Europa vaga del sur”, desorganizada, a la cual no hay por qué rescatar.  

Además del declive hegemónico de los Estados Unidos, las luchas intestinas entre sus élites –el viejo establishment de las dinastías Bush y Clinton y el grupo político liderado por Donald J. Trump–, se recrudecen con la caída del mercado de valores y la espiral de desempleo agravada durante las últimas semanas. Al excluyente, insuficiente y desarticulado sistema sanitario del país, se suman pronósticos extraoficiales que sitúan el desempleo, en el contexto de la crisis epidemiológica, en un 30% de la fuerza de trabajo. El coronavirus marcha a la par de la desigualdad que signa a la nación. Millones de homeless en las calles de las ciudades sobrepobladas, servicios sanitarios caros, amplios segmentos de la población carentes de seguro médico, son botón de muestra de esa desigualdad y exclusión social que favorece la irradiación del virus. 2.2 billones de dólares son destinados por el Estado a manos privadas, y ello se acompañará, probablemente, de la nacionalización de amplios segmentos estratégicos de la economía. Pero esa maniobra no será protagonizada por el reformismo, sino por neoaislacionismo ultraconservador. Más aún, es evidente la renuncia de los Estados Unidos a la conducción y liderazgo en momentos de crisis y desconcierto mundial. 

Al liberalismo y su promesa incumplida del progreso material y la mejora de las condiciones de vida en los individuos, le fue colocado –con los acontecimientos epidemiológicos recientes– un clavó más al féretro mortuorio que deambula desde 1968. El ideal del progreso y su linealidad histórica, ascendente e ilimitada no solo es puesto en entredicho, sino que pierde su carácter absoluto e irreversible. Los niveles de bienestar alcanzados en décadas, no lograron hacer frente a la desigualdad, fragilidad y vulnerabilidad evidenciadas por la pandemia. De ahí que la peste contemporánea aceleró un proceso más amplio de desmoronamiento de las instituciones y de su legitimidad. 

De todo ello, solo el Estado-nación y las identidades saldrán avantes, justo por el miedo inoculado entre las poblaciones. Los ciudadanos estarán dispuestos a renunciar a ciertas libertades fundamentales en aras de preservar la integridad física y de protegerse de los peligros. La biovigilancia totalitaria y la bioseguridad, bajo el supuesto de que los portadores del virus son un "enemigo común", es una agresión a las libertades y a los derechos humanos básicos. Pará ello, se echa mano de bases de datos personales centralizadas, confinamientos forzados o voluntarios, toques de queda, ejercicios de la ley marcial, entre otros dispositivos de control. El Estado fuerte y omnipresente será uno de los clamores consentidos por las sociedades expuestas al riesgo sanitario. La higiene y la profilaxis serán prioridad en las políticas públicas y para el aumento del gasto social se requerirá de mayores impuestos que faciliten la expansión y operación de un Estado sanitizante o higienista.

Restablecer los niveles de producción y comercio tras el coma inducido en amplios segmentos de la economía mundial, llevará varios años, según las posibilidades de cada uno de los países. La ruptura de las cadenas globales de suministro posicionará políticas de reindustrialización en las economías desarrolladas en aras de contrarrestar la dependencia productiva respecto a China y el sudeste asiático. Si bien los sistemas internacionales de producción integrada no desaparecerán, sí sufrirán fracturas sus cadenas de valor diseminadas a lo largo y ancho del mundo. 

Cabe acotar la idea de que no es la pandemia lo que detona o detonará la crisis de la economía mundial, sino que la génesis e irradiación de los impactos del coronavirus SARS-CoV-2 son resultado de la crisis estructural del capitalismo en su fase del fundamentalismo de mercado, que despliega una criminalización y guerra contra los pobres. Esto último se observa en Lombardía (Italia) –con el predominio de las mafias y la corrupción en el sistema sanitario– y en España, donde comienza a manejarse la versión –incluso judicial– de que las masivas muertes de ancianos por Covid-19 en las residencias y asilos pueden ser atribuidas a la negligencia médica y a decisiones premeditadas para inducir la muerte de pacientes terminales 

Más aún, lo que subyace en la magnificación de la pandemia es una crisis civilizatoria dada por el agotamiento de la razón moderna. Por una parte, René Descartes introdujo un paradigma que separa –por considerarse distintas y opuestas– a la sociedad de la naturaleza; de ahí que el hombre, al desplegar su capacidad cognitiva para conocer el mundo físico/natural, tenga como finalidad última dominar la naturaleza y afianzar su supuesta superioridad. Francis Bacon, por su lado, a través del empirismo, le dio forma a esta noción de dominio de la naturaleza desde la ciencia. De ahí el discurso que legitima la devastación ambiental y la noción de que el humano no forma parte de la naturaleza, sino que tiende a estructurar ecosistemas autónomos, distantes de la biosfera asumida como objeto a disposición del hombre y de sus necesidades y deseos ilimitados. A través de esta noción empirista, se pierde de vista que los virus y las epidemias son parte consustancial de la historia de las sociedades y no meros accidentes efímeros. Esta creencia, con el Covid-19, fue dinamitada en sus cimientos.

Solo la ética de la compasión nos ayudará a comprender y asimilar el entrelazamiento de un virus con el carácter desigual y polarizante de nuestras sociedades. Ello hace evidente que el estilo de vida fundamentado en un patrón de producción y consumo depredador y extractivista, genera escenarios que desbordan los efectos negativos de la desigualdad social y económica, la exclusión de los sistemas sanitarios, la sobrepoblación, el crecimiento desmedido de las regiones urbanas, el flujo masivo de personas a través del turismo y los vuelos intercontinentales que trasladan al otro lado del mundo en menos de 24 horas.

Más que la gran transformación que vislumbró Karl Polanyi, podemos decir que la gran reclusión precipitada con la irradiación de la pandemia actual, abrirá escenarios que derivarán en un cambio de ciclo histórico. De ahí que estos procesos nos obligan a pensar en formas distintas y alternativas de organización de la vida social, que no se fundamente en el productivismo y eficientismo económico.

 

6.   Los flagelos sociales encubiertos y silenciados con la pandemia

...se obvia que la desigualdad económica es parte de arreglos sociales y de decisiones políticas. Que no es un fenómeno “natural” o sobrenatural, sino fruto de las relaciones de poder...

...las hambrunas serán una manifestación más de los flagelos sociales encubiertos y silenciados con la pandemia.

 

En las guerras y en los rumores y la magnificación mediática de las epidemias, el primer féretro que deambula en medio de la desolación, el miedo y la muerte, es el de la verdad razonada. Como en la marcha fúnebre de Sigfrido (compuesta por Richard Wagner), la verdad sucumbe ante el instinto. Eclipsado el razonamiento y entronizado el instinto y las sensaciones más pulsivas del ser humano, la percepción de la realidad se torna nebulosa y carente de sentido.

Los problemas públicos que subyacen en las estructuras sociales y en la cotidianidad de los ciudadanos, se tornan irrelevantes, y son subvertidos por el apocalipsis mediático que posiciona una temática en detrimento de otras tantas.

El tratamiento mediático del coronavirus SARS-CoV-2 (https://afly.co/c623) suplantó infinidad de temas, silenció otros más y encubrió sus causas estructurales. Entre estos temas que son soslayados en medio de apocalipsis mediático, destacan:

  1. a) La desigualdad social tiende a intensificarse con la crisis epidemiológica. Curtidas a flor de piel por el capitalismo, las desigualdades se manifiestan en un problema sanitario que no afecta a todos por igual, y que segrega la exclusión de amplios sectores sociales que, con las privatizaciones y el desmantelamiento sistemáticos de los sistemas de salud, no solo padecen los estragos del contagio, sino la inducida escasez y la negligencia médica. En el informe de Oxfam Intermón titulado Una economía al servicio del 1%, se indica que, hacia el año 2015, el 99% de la población mundial posee menos riqueza que el 1% más acaudalado; esto es, ese mínimo porcentaje posee más del doble de la riqueza que el equivalente a 6900 millones de habitantes. Esta desigualdad económica se expresa también en los 3600 millones de personas que contaban en ese año con igual riqueza que los 62 individuos más acaudalados. Una mínima comprensión de los problemas contemporáneos, necesariamente, atraviesa por el abordaje de esta polarización socioeconómica.

5,50 dólares al día es la cantidad con la cual sobreviven la mitad de los habitantes del planeta. Ello, por supuesto, no bastaría para sufragar el pago de las facturas hospitalarias para atender un sinfín de enfermedades; incluido el Covid-19. Esa desigualdad extrema global, en parte, se explica por las políticas fiscales regresivas que eximen de impuestos a la riqueza y al gran capital, y cuyos poseedores solo aportan 4 centavos de cada dólar a las arcas públicas. A ello se suma que las grandes fortunas evaden alrededor del 30% de sus obligaciones fiscales. Este fortalecimiento del capital en detrimento del Estado, redunda en menor proporción de servicios educativos y sanitarios para una clase trabajadora que soporta el grueso de las cargas impositivas.

En materia de servicios sanitarios, con la austeridad fiscal difundida por el fundamentalismo de mercado, persiste un déficit en la financiación o predomina un esquema de subcontratación donde las empresas privadas tienden a excluir a las familias pobres. Esta desigualdad se expresa en las 10 000 personas que mueren diariamente por su imposibilidad para pagar servicios médicos; al tiempo que anualmente, 100 millones de habitantes se precipitan en una situación de pobreza extrema y marginación ante la urgencia de hacer frente a estos gastos en salud. Ello, sin duda, incide en la reducción de la esperanza de vida en las sociedades subdesarrolladas. Estos pobres viven hasta 10 o 20 años menos que los miembros de familias ricas.

En este escenario, se obvia que la desigualdad económica es parte de arreglos sociales y de decisiones políticas. Que no es un fenómeno “natural” o sobrenatural, sino fruto de las relaciones de poder y de la correlación de fuerzas en las sociedades, que tienden a polarizarse ante el maremágnum de la pandemia global.

  1. b) La tergiversación semántica de los últimos meses arroja la generalizada interpretación de que la crisis económica mundial es provocada por la pandemia. Nada más distante de la realidad. La crisis epidemiológica fue gestada en las entrañas de la crisis del capitalismo global y de su patrón de acumulación rentista, extractivista, depredador y explotador de la naturaleza y de la fuerza de trabajo (https://afly.co/c633). La irradiación global del coronavirus SARS-CoV-2 magnifica las consecuencias y efectos sociales negativos de una crisis sistémica que segrega la exclusión de amplios contingentes de la población mundial, relega al precariado a amplias franjas de la clase trabajadora, y afianza la transferencia de presupuestos públicos a manos privadas, bajo la excusa de “rescatar” a las empresas y preservar los empleos.

Lo que se oculta es el hecho de que el endeudamiento contraído por los Estados en múltiples latitudes del mundo y concebido por el discurso convencional como una panacea, atará y subordinará al sector público a las condiciones financieras de la banca comercial privada transnacional y ello se agravará en cuanto termine la crisis epidemiológica. Más aún, en estos procesos de “rescate” de los capitales privados, se oculta la posibilidad de emprender políticas fiscales progresivas y redistributivas que graven a la riqueza y fortalezcan las funciones económicas de los Estados. Estos indicadores marchan a contracorriente del argumento difundido respecto a la defunción del llamado neo-liberalismo (véase, por ejemplo, https://afly.co/7th3) o de lo que denominamos como fundamentalismo de mercado. En estas circunstancias, la especulación financiera se entroniza y aumenta el poder de la banca y de los agentes que controlan los mercados de valores.

Lo que se perfila no es una masiva inversión pública en servicios de salud, sino mecanismos de (re)concentración de la riqueza y un afianzamiento del patrón de acumulación imperante y regido por prácticas rentistas. Es imposible pensar en un cambio de modelo económico si el confinamiento en el espacio privado no solo aísla a los ciudadanos, sino que los atomiza y acentúa su individualismo hedonista. Ello se diluye ante la desactivación de la organización y movilización social y la erosión y erradicación de los proyectos políticos fundamentados en el ejercicio del pensamiento crítico y de las utopías. El mismo ciberleviatán merma la privacidad e instaura un panóptico digital que hace del ciudadano –sobre todo del carente de cultura política– un apéndice subordinado de la tecnología y de las empresas que la controlan y lucran con ella.

Las medidas anticíclicas de la política económica son coyunturales y corren el riesgo de ser efímeras. Estas decisiones y acciones estatales se orientan a evitar el naufragio de la economía mundial y a restablecer la legitimidad del sector público y no a resolver las contradicciones de fondo que asedian al capitalismo desde la década de los setenta del siglo XX.

  1. c) La masificación de la pobreza en el contexto de la pandemia es otro de los problemas públicos que tiende a soslayarse en la vorágine mediática. Tan solo en América Latina, se pronostica conservadoramente, por parte de la Comisión Económica Para América Latina y el Caribe (CEPAL), que –tras un aumento del desempleo en 10%– 35 millones de habitantes se sumarán a las filas de la pobreza. Por su parte, Oxfam adelanta un aumento de la pobreza en el mundo de alrededor de 500 millones de habitantes (entre 6 y 8% de la población). Solo en Estados Unidos, 45 millones de personas engrosaron las filas del desempleo entre marzo y mayo del presente año; en tanto que a nivel mundial se alcanzó la cifra de 300 millones de desempleados (122 millones solo para el caso de la India) durante los mismos meses. En el caso de naciones subdesarrolladas como México, el incremento de la pobreza puede sumar 21 millones de habitantes más. Como consecuencia de ello, el mundo subdesarrollado se expondrá a la profundización de actividades económicas ilícitas y clandestinas, así como a mayores espirales de violencia y muerte a manos del crimen organizado; tal como se observa en México durante las últimas semanas con el repunte hasta niveles históricos de los homicidios dolosos.
  2. d) Con la irradiación global del nuevo coronavirus, creció una pujante industria biopolítica del control digital y la biovigilancia de los ciudadanos. Las grandes empresas de la era de la información, como Facebook, Amazon, Microsoft, Apple, Google, Alibaba, Baidu, Zoom y Tencent, afianzan su poder de mercado y su perfil oligopólico y geoestratégico en el contexto de la pandemia. Movidas por la voracidad y alejadas de la regulación y fiscalización estatales, éstas megacorporaciones almacenan, gestionan y comercializan importantes cantidades de datos de individuos, organizaciones públicas y de otras empresas privadas. En cuanto a sus ingresos, Amazon, durante el primer trimestre del año, incrementó sus ventas en un 26% respecto al mismo periodo del año 2019; ascendiendo sus ingresos a 75 500 millones de dólares, en tanto que para el segundo trimestre se esperan ventas por 81 000 millones de dólares, superando en ambos periodos a Walmart como empresa especializada en comercio minorista. A contracorriente de las micro, pequeñas y medianas empresas que quebraron durante el Gran Parón de la economía mundial, éstas megacorporaciones de las plataformas digitales incrementan su presencia y ganancias. Son los grandes beneficiarios de la crisis epidemiológica y de los mecanismos de control digital encargados por los Estados.

No menos importante será el poder de mercado que adquirirán las empresas farmacéuticas y aquellos proveedores de insumos médicos, con los contratos otorgados por los Estados y las disputas en torno a las vacunas y demás medicamentos.   

  1. e) La violencia, sea política, criminal, de género o la experimentada por el personal sanitario, se intensifica en estas épocas de gran reclusión; al tiempo que son invisibilizadas y silenciadas sus víctimas. Desde los estados de excepción decretados en múltiples naciones y las consecuentes medidas represivas –que incluyen la suspensión de garantías individuales– hacia los ciudadanos que no respetan las medidas de confinamiento, hasta la agresión doméstica e intrafamiliar que se exacerba con el encierro, son el síntoma de una forma de organización social y política que hunde sus raíces en la aporofobia y en una estructura de poder y riqueza sostenida en la violencia.
  2. f) La cotidianidad de los individuos y familias, que es trastocada por la pandemia, se traduce en golpes a su salud mental, que también son omitidos y encubiertos por los mass media y su discurso de la trivialización y de los problemas públicos como espectáculo. Miedo, paranoia, angustia, ansiedad, estrés, frustración y depresión, son solo algunos de los padecimientos mentales suscitados ante el riesgo que se cierne sobre la integridad física y ante la incertidumbre en cuanto al empleo y el ingreso monetario de las clases medias y empobrecidas. Al síndrome de la desconfianza que asume a “el otro” como un infectado, como un apestado, se suma el miedo inmovilizador y el distanciamiento social. Esta angustia acelerada por la pandemia, se fusiona con el terror que se suscita entre los individuos ante la posibilidad de padecer hambre una vez tocado el umbral de la pobreza.

De ahí que las hambrunas serán una manifestación más de los flagelos sociales encubiertos y silenciados con la pandemia.        

  1. g) En la macroescala, la pandemia acelera –y, a la vez, encubre– las luchas por la hegemonía del sistema mundial. Una potencia languideciente como los Estados Unidos, evidencia el desmantelamiento y privatización excluyente de su sistema sanitario; al tiempo que pierde el control de su liderazgo mundial. Ante ese vacío de poder, China y Rusia maniobran para intentar cubrir ese vacío e incrementar la polarización de las relaciones económicas y políticas internacionales en el contexto de un nuevo (des)orden mundial que demerita la cooperación interestatal y los mecanismos globales que contribuyan a contener la crisis sanitaria. En el fondo de ello, se encuentra una pérdida en las capacidades de los Estados (https://afly.co/c653) para hacer frente a los problemas globales y para satisfacer las necesidades básicas de las poblaciones. De cara a esa incapacidad, se corre el riesgo de afianzar rasgos autoritarios del Estado –en ese sentido, será aleccionador el modelo chino que aparentemente contuvo el virus– que apuesten por un mayor control social en aras de la sanitización de las poblaciones.

Los anteriores son solo algunos de los problemas públicos que, si bien son agravados con la crisis epidemiológica, tienden a ser ninguneados en el devenir del apocalipsis mediático que monotematiza a la pandemia en los debates públicos. La desinfodemia y la inanición del conocimiento razonado (https://afly.co/c663) se amalgaman con el efecto bumerán de la contradictoria relación sociedad/naturaleza (https://afly.co/c673). Sin información fiable y sin la erradicación de la post-verdad, el ciudadano se encuentra expuesto a la falsedad y al engaño. Y ello incentiva las pulsiones más profundas que son activadas ante el riesgo de muerte y el daño a su integridad física tras la irradiación de un virus que no solo afecta el organismo, sino que también eclipsa el entendimiento y la capacidad para desentrañar las causas de los problemas públicos.

 

7.   Coronavirus, fallos prospectivos y cuando el futuro nos alcanza

En condiciones de reclusión, no existen posibilidades de transformación de la sociedad, pues en medio del confinamiento y la desconfianza en "el otro", se afianzan las ataduras a la atomización y al individualismo hedonista,... 

El movimiento filosófico de la modernidad europea –y la consecuente occidentalización del mundo– instauró las nociones de lo previsible y de la certeza. La anticipación era una condición del conocimiento y de las tendencias de los fenómenos, procesos y hechos sociales. Parte consustancial de esas tendencias previsibles lo fue el control y explotación de la sociedad sobre la naturaleza. La pandemia del Covid-19, de golpe, sitúa a la humanidad de cara a la incertidumbre y el azoro; al tiempo que evidencia las cegueras del conocimiento y activa los instintos primarios ante el riesgo de daño o muerte.

El cambio de ciclo histórico (https://afly.co/c633) y la concomitante crisis civilizatoria, se aceleraron con la pandemia, pero la génesis de esas transformaciones precede a esta última y radicaliza las encrucijadas a las que nos sujeta desde hace décadas el colapso climático y el carácter extractivista, depredador y explotador de un capitalismo regido, desde sus entrañas, por las recurrentes crisis económico/financieras.

El eclipsamiento del futuro se remonta a esta crisis civilizatoria y al destierro de las utopías. El rapto de la esperanza y la pérdida de fe en el futuro y en la acción colectiva condensada en el Estado, son el signo de los tiempos que corren y que se rigen por lo efímero, lo volátil, la incertidumbre, la ansiedad y la angustia desbordante de la conciencia individual y del imaginario social.

Este miedo al futuro se explica, en buena parte, por la sustracción y marginación del pasado. Extraviado, mutilado y tergiversado el pasado y su memoria, no existen referentes para comprender el presente e imaginar o proyectar el futuro. La inducción premeditada del olvido y la desmemoria histórica en una sociedad, termina por erosionar toda capacidad de pensamiento crítico y construcción de alternativas. Con el olvido no solo se pierde sensibilidad, sino que las utopías y la humanidad son lapidadas. Sin pasado, no solo son clausuradas las posibilidades de futuro, sino también el mismo conocimiento y la dignidad humana. La pandemia nos urge a una reivindicación del pasado, para comprender su causalidad y proyectar el futuro. De lo contrario, la humanidad dará vuelta a la página como si nada grave hubiese ocurrido. Descontextualizada por la manipulación mediática, la pandemia es mostrada como fruto de la generación espontánea; como una calamidad que se gestó a manera de hecho sobrenatural y no como un hecho social total construido históricamente.

La distopía de la sociedad de control biototalitario se impone como una realidad lapidaria. Pensamiento y comportamiento pasan por el tamiz de la biovigilancia, la geolocalización y el big data, hasta ceñirse a los imperativos de un Estado sanitizante o higienista, obsesionado con el individualismo, el aislamiento y el distanciamiento social. En condiciones de reclusión, no existen posibilidades de transformación de la sociedad, pues en medio del confinamiento y la desconfianza en "el otro", se afianzan las ataduras a la atomización y al individualismo hedonista, obsesionado con el entetanimiento (tittytainment, en los términos del estratega Zbigniew Brzezinski). Esto es, se construye un fanático adicto al escapismo, el anestesiamiento y el adormecimiento de la conciencia, hasta el extremo de afianzar el social-conformismo. De ahí que la gran triunfadora es la resignación política e intelectual, catalizada por el pánico y la manipulación emocional.

La construcción del poder y la dominación precisan del individualismo y de ciudadanos aislados, desinteresados por su entorno y obsesionados con su placer y evasión. Ello nos hace cómplices de los flagelos sociales. Instalados los individuos en una virtualidad y en el inmediatismo, los problemas públicos pueden aplastarnos, pero la anestesia nos mantiene en estado inerte, hasta que éstos golpean directa y frontalmente nuestra integridad física y emocional. Ocurre lo mismo con el coronavirus SARS-CoV-2: lo notamos distante a nuestro cuerpo, pese a su masificación, hasta que nos estalla entre las manos y sus efectos asfixian a las familias o a las sociedades nacionales.

El Estado de emergencia se impone bajo el supuesto de "evitar el contagio y salvar vidas". La obediencia y domesticación ciegas del ciudadano son condición de esa erosión sistemática de las instituciones y de los derechos y libertades fundamentales. El ciberleviatán se fusiona con la inteligencia artificial para perfilar un régimen bio/tecno/totalitario dotado de legitimidad bajo el supuesto de que se cierne un peligro sobre la vida humana. La supervivencia se impone al mismo precariado y a sus necesidades apremiantes; tornándose imperceptibles el despojo, la centralización del poder y la (re)concentración de la riqueza.

En aras de la sanitización obsesiva, no solo se impone el control digital de la privacidad, sino que también es eclipsada toda posibilidad de acción colectiva, de movilización masiva, y de disenso político. Los individuos atomizados, movidos por el pánico, lo asumen sin rechistar y hasta con resignación.

El control de los cuerpos y de las mentes está en función de lo que Iván Illich denominó en la década de los setenta como iatrogénesis, así como de la dictadura de la medicina. El cuerpo y la mente se adaptan funcionalmente y son subsumidos al cambio tecnológico, a la algoritmización, a la publicidad, y a la obsolescencia tecnológica programada. Entonces la ignorancia y el miedo conforman un vértice. Esta higienización totalitaria no camina sola, sino que toma la mano del síndrome de la desconfianza que carcome las relaciones sociales. De ahí que con la pérdida de confianza en la percepción del mundo fenoménico, se geste la entronización del prejuicio, el encubrimiento, la mentira y la manipulación, propias de la era post-factual.

El ideal del progreso se diluye ante el eclipsamiento del futuro y la incapacidad para imaginar escenarios alternativos. La misma pandemia impone límites a la arrogancia individualista y al carácter lineal, ascendente, ilimitado y fetichizado del progreso. La crisis epidemiológica no sólo alerta a la humanidad respecto a los límites que prefigura la asediada naturaleza y su efecto bumerán (https://afly.co/c673), sino que desestabiliza toda "normalidad" y torna evidentes los riesgos autoinfligidos.

La ciencia médica y el hospital encarnaron esa idea de progreso. Bajo el supuesto de diezmar las enfermedades para vivir más tiempo y de manera sana, se alimentó la previsión y lo predecible; al tiempo que se atemperaban los riesgos de la explotación capitalista y se ganaban prestaciones sociales. 

Con la pandemia, el capitalismo, cual emperador, se torna desnudo ante la insatisfacción e ilegitimidad que dejará a su paso el vendaval del desempleo, la pobreza y la hambruna. Más que una crisis sanitaria, en sí, la actual es una crisis del capitalismo que hunde sus dientes cariados en su proceso (des)civilizatorio. Quienes pagarán –ya pagan– esta multidimensional crisis son los miembros de la clase trabajadora, expuestos a la exclusión social y a la consecuente pauperización. La propagación del virus es directamente proporcional a la postración de la fuerza de trabajo, la caída inducida de la producción, y a las deudas contraídas por los Estados. No es la muerte del fundamentalismo de mercado o de la utopía del mercado autorregualado –como lo aseguran intelectuales de distintas posturas ideológicas–, sino que la pandemia acelera los mecanismos de acumulación por desposesión y despojo que fortalece a la empresa privada y a las finanzas en detrimento de la clase trabajadora. El endeudamiento erigirá –desde los mercados financieros– un sistema imperceptible de control y disciplinamiento de los Estados y de sus élites políticas. Ya lo era y lo será aún más llevado a gran escala, no solo en el sur del mundo, sino también en las mismas entrañas del capitalismo desarrollado.

La crisis semántica torna obsoletos y desfasados al lenguaje y la palabra. La inadecuación histórica entre lenguaje y realidad, rompe con conceptos y categorías que creíamos adecuados para un mundo rebosante de certezas. La pandemia no sólo nos interioriza en lo local, sino que reorienta la mirada hacia lo inmediato y hacia la vulnerabilidad humana. El riesgo –creado por la huella del hombre y del capitalismo– domina el imaginario social y crea un nuevo tipo de individuos agobiados por la riesgofilia. El miedo ante la posibilidad de la muerte y el pánico ante la segura carestía, son posicionados como rasgos de una sociedad de riesgo global.

La crisis epidemiológica sembrada por el Covid-19, deja una obsesión compulsiva por los datos y los inventarios cotidianos de infectados, muertos o pacientes recuperados. La sensación de ansiedad o serenidad está en función del recuento diario; pero no nos detenemos a pensar en la fiabilidad y consistencia de dichos datos oficiales. A su vez, esos datos y su narrativa mediática invisibilizan el grado de destrucción de la salud pública y la responsabilidad del ser humano –y su expresión de homo œconomicus– en el origen de la epidemia. La fetichización del dato es la manifestación más acabada de la colonización desplegada por la racionalidad tecnocrática.

Con la pandemia, el Estado –de nueva cuenta– es cuestionado radicalmente en sus fundamentos y funciones (https://afly.co/c653). Incapaz de arraigar consentimiento y legitimidad en las sociedades, el Estado agrava la pérdida de fe y confianza en sus estructuras como mecanismo institucional para la resolución de los problemas públicos.

Más aún, los Estados se tornan desinteresados e incapaces de frenar la discriminación que subyace en la diseminación del coronavirus. La crisis epidemiológica nos arroja a la cara el lado más cruel de la sociedad global: el resentimiento, el odio, el racismo, la xenofobia, el despojo, la desigualdad económica, y la violencia padecida por el personal sanitario. Al tiempo que estos lacerantes son potenciados por la pandemia, mediáticamente son silenciados e invisibilizados (https://afly.co/cg33). En una especie de guerra contra los pobres, estos estratos sociales son asediados por la enfermedad, la exclusión, el desempleo y la muerte de ancianos considerados como desechables (la española Confederación Vallisoletana de Empresarios los denominó "colectivo no productivo").

El Estado sanitizante o higienista resbala en el absurdo de estipular medidas sanitarias como el lavado constante de manos, pero interesadamente pierde de vista que en villas, favelas o cinturones de miseria más de 3 mil millones de seres humanos carecen de agua potable y jabón, o que varios cientos de miles luchan en el sur del mundo contra epidemias olvidadas como el dengue, el zika o el sarampión. Más todavía, miles de millones de seres humanos radicados en el precariado y la exclusión social, se enfrentan a la disyuntiva siguiente: la salud o el hambre. Siendo ellos quienes padecen el ácido de la cuarentena como nuevo instinto estatal que privilegió la reacción y no la prevención.

Autoengañados por la seducción del falso confort que genera el llamado teletrabajo o el home office, como en La Metamorfosis escrita por Franz Kafka, donde Gregorio Samsa despertó convertido en un espeluznante insecto, la clase trabajadora de los estratos medios que labora en el sector servicios, súbitamente despertará invadida de una mayor flexibilidad y precarización de las condiciones de trabajo. Derivando ello en una erosión sistemática de las clases medias y en su aterrizaje forzoso en terrenos minados por la pobreza y el hambre.

Que el cenit de la civilización capitalista contemporánea (los Estados Unidos) sea asediado, al 15 de mayo de 2020, por 1 432 045 infectados, 86 851 muertos y 36.5 millones de desempleados, evidencia la entronización del mercado y del individualismo, en detrimento de la acción colectiva y de lo público. Como reacción a ello y a la postración del Estado en esa nación, sólo resta desbocar las falsas y nativistas ideologías de la conspiración para culpar a China del desorden interno.

Más aún, en el mundo, por gripe común mueren anualmente 650 mil personas. En tanto que por enfermedades relacionadas con la contaminación ambiental murieron, en 2018, nueve millones de habitantes. Hacía el 2017 murieron de hambre alrededor de seis millones de niños en el mundo. Siendo la segunda causa de muerte, la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que para el 2018 vivían alrededor de 32,6 millones de personas con cáncer. Durante ese mismo año, se diagnosticaron 18,1 millones de nuevos casos de cáncer; al tiempo que murieron por esta enfermedad 9,6 millones de personas en el mundo. Sin embargo, la industria de la mentira y la desinformación, desde febrero pasado, sembró una desinfodemia (https://afly.co/c663) y un apocalipsis mediático (https://afly.co/c623) que mantiene en estado de alarma a la población mundial, siendo que se trata de un coronavirus con un 1% de mortalidad entre los infectados.

Las casualidades no existen; existen las decisiones, los intereses creados y las estructuras de poder y riqueza que orientan la desinformación hacia ciertos propósitos desde esta industria del pánico global. Entre estos intereses creados destacan los propios del big pharma, o de las mafias de la industria farmacéutica, que –sin duda– serán de las beneficiarias en la actual pandemia. Magnificada la amenaza del riesgo sobre la salud y la vida, es acrecentada la necesidad de poder y dominación. Ante esa insensatez de las farmacéuticas por controlar los medicamentos y vacunas, la OMS guarda un sospechoso silencio; mientras la humanidad no se inmuta con la muerte masiva provocada por otras enfermedades. 

Un buen día, a inicios del 2020, la humanidad despertó de su letargo y, de golpe, fue alcanzada por el futuro y por un drástico cambio de ciclo histórico. La fragilidad, vulnerabilidad y fugacidad humanas, súbitamente, colocan a las sociedades en una encrucijada. Sin embargo, ello no bastó para unir al mundo, sino para recrudecer sus diferencias, prejuicios, estigmatizaciones, desigualdades y polarizaciones. En medio de la parálisis, el misterio y el desconcierto, tal vez sea el momento de (re)pensar esa vulnerabilidad y de transformar las formas y los fondos de las relaciones sociales y la manera en que satisfacemos las necesidades humanas y nos vinculamos con la naturaleza, el miedo, la urgencia, la enfermedad y la muerte.

Por último, pero no al último, hay que decir que se vive un doble movimiento en las sociedades contemporáneas: por un lado, el futuro como sinónimo de esperanza se diluye y pierde sentido; en tanto que como distopía preñada de crisis y catástrofes, el futuro –sin poderlo anticipar– nos alcanza y lapida como humanidad.

 

8.    Coronavirus, crisis sanitaria y esclerosis del sistema político mexicano 

La crisis epidemiológica global se presenta –ante nuestro azoro e incertidumbre– como un hecho social total (concepto introducido desde la antropología y la sociología por Marcel Mauss) que cimbra los cimientos del conjunto de las relaciones, instituciones, sistemas y estructuras sociales. Las respuestas que sea posible brindar ante los alcances de la exacerbación de la crisis civilizatoria son apenas atisbos que no nos reconfortan de cara a la magnitud de los acontecimientos contemporáneos que desbordan, aceleradamente, toda capacidad de entendimiento, interpretación y de análisis prospectivo.

Los enigmas que emergen ante hechos sociales sistémicos, globales e inciertos, generan perplejidad y eclipsan toda posibilidad de pensar; y si ello ocurre, entonces entra en escena el miedo y el pánico colectivos. Instalado el miedo, el ser humano tiende a buscar protección en la religión, en la ciencia y –sobre todo– en el Estado. Pero éste no ofrece orientación, ni cuidados, y se torna postrado y rebasado ante el avance mundial de la peste. Solo le resta el recurso de la represión y de los dispositivos de control consentidos por el ciudadano. El argumento político de que la pandemia nos tomó por sorpresa imprevisible no solo es insostenible, sino que nos llama al autoengaño como humanidad.

Ni el coronavirus SARS-CoV-2 es fruto de un complot impulsado por fuerzas ocultas que manejan a la humanidad como títere; ni el ser humano es totalmente ajeno a la construcción social que subyace en la génesis y diseminación de virus y bacterias que son potenciados con la alta densidad poblacional y la contradictoria y destructiva relación sociedad/naturaleza. Relación regida por comportamientos ecocidas, ecodepredadores y de despojo que alimentan un patrón de producción, mercantilización y consumo compulsivo y regido por el supuesto del crecimiento ilimitado, capaces –dichos comportamientos– de alterar el clima y los equilibrios ecológicos y de devastar los hábitats naturales de animales habituados a convivir con agentes patógenos. Todo ello se magnifica con la intensificación de los flujos globales y de la movilidad humana transcontinental.

Frente a ello, cabe argumentar que las capacidades científicas, tecnológicas y materiales para enfrentar una pandemia, están al alcance de la humanidad. No así la voluntad política, las decisiones y la cooperación internacional para que ello ocurra. No es un asunto de escasez, sino de relaciones de poder signadas por la desigualdad. En este escenario, la enfermedad es expresión de la misma concentración de la riqueza, de las asimetrías de poder y de desigualdad social.          

En múltiples sociedades nacionales, la magnificación de los efectos negativos derivados de la pandemia instalada por el coronavirus SARS-CoV-2, no solo agravó las ausencias del Estado, sino que recrudecieron las desigualdades sociales y evidenciaron el rostro de la exclusión de vastos sectores. En este maremágnum, las disputas entre las distintas facciones de las élites políticas y empresariales toman nuevos bríos y se trasladan al ámbito sanitario; evidenciando con ello una descomposición y esclerosis sin precedentes en el escenario de la praxis política. Lo que subyace a todo ello es la generalizada postración del Estado que se muestra incapaz de prevenir y enfrentar favorablemente la pandemia en distintas latitudes del mundo.

México no es la excepción a ello. Se trata de una sociedad subdesarrollada que lastra desigualdades ancestrales que le laceran y que se agravan con las ausencias del Estado; la violencia criminal; la "grieta" social que combina odio, racismo y clasismo; y la creciente exclusión social. Justo la desigualdad es el fenómeno que mayor incidencia tiene en los efectos de la actual crisis epidemiológica. Ante ello, es pertinente analizar varias aristas.

En principio, el sistema sanitario mexicano está rebasado en su cobertura, capacidades y calidad, desde tiempo atrás. Fruto de la ideología del fundamentalismo de mercado adoptada desde la década de los ochenta, el sistema de salud experimenta debilidades y fallos estructurales y una privatización de facto, que induce a los ciudadanos a usar servicios privados ante la negligencia, el burocratismo y la insuficiencia de medicamentos en buena parte de las clínicas y hospitales públicos. La corrupción en la adquisición de medicamentos y equipo; los desfalcos protagonizados por directivos y personal sanitario regidos por la deshonestidad; y la falta de inversión pública y la consecuente decadencia del servicio, son expresiones de un sistema sanitario colapsado de antemano. Aunado ello a la incapacidad y la falta de voluntad política para garantizar la cobertura y atención a la salud como un derecho universal y gratuito.

Para ilustrar esto último, cabe anotar algunos datos: en el año 2000, se contabilizaron –tanto en hospitales públicos como en los privados– 1.8 camas por cada mil habitantes; para el año 2017, el indicador cayó a 1.4 camas por cada mil, y para el año 2019 se precipitó a 1.0 camas por cada mil habitantes. Muy lejos de las 4.7 camas por cada mil habitantes que promedian los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). En tanto que, hacia el 2019, mientras los países miembros de la OCDE promediaron 3.5 médicos por cada mil habitantes, México solo cuenta con 2.6. Por no mencionar el déficit de especialistas médicos capaces de enfrentar y atender el padecimiento del Covid-19. De más está ahondar que con esas insuficiencias, el sistema sanitario mexicano colapsaría ante el aumento de personas infectadas y en situación crítica.

Por su parte, el proceso económico acarrea en México, desde antes de la crisis sanitaria, tendencias negativas. Si la economía nacional no crece a niveles sostenidos, se debe a las disputas entre las élites empresariales y la élite política encabezada por Andrés Manuel López Obrador, y a las reticencias y negación de las primeras para invertir en el aparato productivo, en una especie de sabotaje y boicot a los proyectos de gobierno de la segunda. La fuga de capitales hacia bancos de los Estados Unidos, emprendida por parte de esta élite empresarial antinacionalista asciende a 76 mil 166 millones de dólares. Ello explica, en buena medida, los riesgos de recesión que se ciernen sobre la economía mexicana desde hace 17 meses. Lo demás se relaciona con la obstinación del actual gobierno por preservar los supuestos de la política económica ultra-liberal regida a través del imperativo de la disciplina fiscal. 

Las proyecciones más halagadoras señalan que la economía mexicana, de cara a los efectos de la pandemia, tendrá un retroceso del 6.6%. Se calcula también una transición de 53 millones de pobres a 68 millones de personas que  no podrán satisfacer sus necesidades básicas y, en especial, la alimentación. Entre el 13 de marzo y el 6 de abril, se sumaron 347 mil desempleados, y se pronostica la pérdida de entre 700 mil y 1.2 millones de empleos hacia el final de la contingencia. Así como un freno en los flujos de las remesas enviadas por los migrantes desde los Estados Unidos ante el parón de las actividades productivas en esa nación. Todo ello sin contar la desprotección y la pauperización que se ciernen sobre la población empleada en la economía informal (alrededor de 31.3 millones de habitantes; algo así como el 60% de la población económicamente activa).

Estos escenarios, el sanitario y el económico, tienden a complicarse con la polarización sociopolítica y la “grieta” que se pronuncia en la sociedad mexicana. Instalado un discurso clasista y racista de odio y división, y de intenso ataque al proyecto de gobierno de la actual administración pública federal, se ahondan las contradicciones y la debilidad de las instituciones. Muestra de ello es el llamado a la desobediencia civil proclamado por Tv Azteca –la segunda televisora con mayor audiencia en el país– tras incitar a la población a desacatar las medidas estipuladas por las autoridades sanitarias. La irradiación del virus desinformativo es un síntoma de esta “grieta” social.  

Este llamado –aunado al de otros periodistas y de gobiernos locales que endurecen sus medidas represivas y coartan libertades ciudadanas fundamentales bajo el argumento de contener la epidemia–, no solo evidencia las disputas entre las distintas facciones de las élites y, particularmente, el resentimiento de una clase empresarial que se acostumbró a succionar del sector público, sino que también es muestra de una esclerosis del sistema político mexicano y, especialmente, de aquellos grupos de presión que apuestan a que le vaya mal al país para endilgarle la factura a un gobierno federal que carece de operadores políticos para contener los ataques que padece. La crisis epidemiológica solo es el pretexto para ahondar esa fragmentación social y para abonar a la crisis de Estado que experimenta el país en los últimos lustros.        

No menos importante es la cantidad de problemas públicos que son encubiertos o silenciados con la instalación monotemática de la contingencia sanitaria en los medios. Además de múltiples problemas de salud pública, el agravamiento de la violencia criminal –que alcanzó niveles históricos en los últimos días al registrarse 114 homicidios el pasado 20 de abril–, es uno de esos problemas públicos obviados en México y que es parte de esa cruenta disputa que despliegan las distintas facciones de las élites por controlar el territorio y la economía clandestina de la muerte. A esta violencia e inseguridad, no escapa el personal del sistema de salud que es discriminado y agredido en la vía pública, bajo la consigna desinformada de que son portadores del virus.

Enfrentar los efectos de la crisis epidemiológica en una nación subdesarrollada como México, supone fortalecer las instituciones estatales como mecanismo de defensa de la sociedad. Y para ello será fundamental el robustecimiento de la cultura ciudadana, la dotación de información fidedigna y la regeneración del tejido social. Postergar la confrontación que ahonda la “grieta” en la sociedad mexicana, también es un imperativo que bien puede contribuir a calmar las ansias de imponer los intereses creados y facciosos. De otra forma, los escenarios que se plantean para México rayarán en lo catastrófico.

 

9.    Coronavirus, crisis de Estado y urgencia de reforma fiscal en México

Mientras los impuestos se concentren en los trabajadores y consumidores cautivos, las condiciones de desigualdad social no se desvanecerán 

En medio del vendaval epidemiológico que nos acerca al precipicio, cabe reflexionar en torno a un tema que será central en las medidas orientadas a atemperar la tormenta económica arreciada con la pandemia: las posibilidades fiscales del Estado para adoptar políticas económicas expansivas y políticas sanitarias universales. Y que en una nación como México se complementa con los desafíos que imponen la presión demográfica y las múltiples ausencias del Estado.

En principio, cabe matizar que un verdadero cambio de política económica atraviesa por la urgente adopción de una reforma fiscal dotada de un carácter progresivo. Sin reforma fiscal no solo se diluye la posibilidad de financiar a un anémico y deshuezado Estado, sino que se corre el severo riesgo de evaporar toda posibilidad de Cuarta Transformación y de cambio de régimen en una sociedad subdesarrollada como México.

No solo persiste la obsesión del gobierno encabezado por Andrés Manuel López Obrador de preservar la disciplina fiscal, sino que esa obsesión –con o sin crisis epidemiológica global– asfixia las posibilidades de crecimiento económico y perpetúa las políticas económicas contraccionistas y regidas por el fundamentalismo de mercado.

Las resistencias respecto a una  reforma fiscal son de antaño y se remontan a los desencuentros entre las élites empresariales y los grupos gobernantes durante la década de los setenta del siglo XX. Dicha confrontación se suavizó en extremo con el control de las élites tecnocráticas sobre la administración pública federal, que privilegiaron el fortalecimiento de la iniciativa privada en detrimento del Estado. A partir del primero de diciembre de 2018, cambió la correlación de fuerzas y afloró el pavor de los propietarios de las grandes fortunas ante el riesgo de verse privados de la condonación, exención y evasión de impuestos. Ello es una manifestación de la añeja disputa entre esa élite empresarial rentista y extractivista y el grupo político de López Obrador.

Hacia el 2018, la recaudación tributaria en México ascendía al 16.1% del Producto Interno Bruto (PIB). Siendo el furgón de cola entre los países del club de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), que promedian un 34.2% de tasa recaudatoria respecto al PIB. Aún dentro de las naciones latinoamericanas, México se encuentra por debajo del promedio equivalente al 22.8% del PIB.

La fiscalidad es uno de los aspectos cruciales de la administración pública capturados por los poderes fácticos que históricamente succionan y medran del Estado. A su vez, la incapacidad, ineficiencia y/o colusión de las élites políticas para afianzar las funciones recaudatorias respecto al capital y la riqueza, son una expresión de la postración de las instituciones y de la crisis de Estado. Ello se evidencia en el énfasis colocado a los impuestos sobre bienes y servicios (Impuesto al Valor Agregado, el Impuesto Sobre Autos Nuevos y el Impuesto Especial sobre Producción y Servicios) y sus contribuyentes cautivos. Estos impuestos –para el año 2017– rondaron el 5.9% del PIB, siguiendo los impuestos al ingreso a personas físicas (los que recaen sobre sueldos, salarios y las ganancias por actividad empresarial), que representan el 3.5% del PIB; en tanto que los impuestos al ingreso de personas morales (que comprende las ganancias por actividad comercial y ganancias del capital), también alcanzan un 3.5% del PIB; y los impuestos al capital (propiedad inmobiliaria, la riqueza, herencias y regalos) solo alcanzan el 0.3% del PIB.

La dependencia respecto a los impuestos, derechos y aprovechamientos provenientes de las actividades y exportaciones de Petróleos Mexicanos, es otro de los problemas del sistema tributario. En el año 2008, las aportaciones de PEMEX al fisco alcanzaron el 45% del presupuesto federal; para el 2012 este porcentaje disminuyó al 40%. A cambio de ello, se incrementó la contratación de deuda (104 mil 100 millones de dólares hacia el año 2018 y un aumento del 335% desde el año 2005). Entre el 2008 y el 2018, la petrolera aportó al fisco 4 billones 654 mil 60 millones de pesos, y sus ganancias no se canalizaron a la capitalización de la empresa y a la reinversión en su planta productiva (la plataforma de extracción cayó en un 65.2% durante esa misma década). Cabe aventurar que la obstinación del actual gobierno por rescatar a la paraestatal no se enmarca en un amplio proyecto de autonomía energética, de reindustrialización y de innovación tecnológica, donde PEMEX sea una palanca real del desarrollo nacional, sino en un esfuerzo más por postergar la urgente reforma fiscal y eximir al gran capital de sus responsabilidades tributarias.

Mientras los impuestos se concentren en los trabajadores y consumidores cautivos, las condiciones de desigualdad social no se desvanecerán. Más aún, pese a esta incapacidad recaudatoria, los impuestos que efectivamente se cobran en México son altos. Y ello incentiva actividades informales y prácticas como la evasión fiscal (la cual alcanzó los 2 billones de pesos entre 2014 y 2018). Si la corrupción y la opacidad en el manejo de los presupuestos públicos es un incentivo a la evasión fiscal, el desdén por lo público entre amplios sectores de la población, perjudica también al sistema tributario.

La anemia fiscal del Estado mexicano es un tema crucial para la (re)construcción de un proyecto de nación. Tiene relaciones sistémicas con el crecimiento económico y la generación de empleos. Mientras persista la austeridad fiscal, el Estado será inoperante en el proceso económico. El gasto y la inversión públicos son fundamentales para revertir la baja drástica del consumo y la inversión privados, de las exportaciones y la atracción de inversiones extranjeras. Pero si persiste la obsesión ultra-liberal por la disciplina fiscal, no existirán incentivos para la producción y la generación de empleos. Más aún, los riesgos de recesión se cernían sobre la economía mexicana desde julio de 2018 ante la deslealtad del empresariado y sus negativas a no invertir en el aparato productivo. Y con la crisis sanitaria esos riesgos se radicalizan y aceleran el desempleo y la caída del crecimiento económico ante la gran reclusión y el “parón” de buena parte de la planta productiva, la reducción de la demanda externa y la caída de los precios internacionales del petróleo, sucintados durante las últimas semanas. Al caer la actividad productiva, las capacidades de recaudación de impuestos y de ejercicio del gasto público también se desploman.

Si el gobierno actual no cuenta con los operadores políticos, ni con la voluntad para emprender una reforma fiscal progresiva, ello, en sí, es una decisión y acción que se traduce en una especie de “rescate” de facto de los grandes grupos empresariales. De ahí que éstos –en conjunción con los bancos– pueden darse por bien servidos con ello. En medio de la pandemia, las presiones de estos grupos se intensifican para ser eximidos del pago de impuestos y forzar un “rescate”. En realidad, a estos poderes fácticos no les importa la planta productiva ni el estímulo al crecimiento económico; sino que aprovechan la polarización sociopolítica para no abandonar el patrón de acumulación rentista, extractivista y transnacionalizado. Su postura, en medio de la crisis epidemiológica global, consiste en ahondar la ingobernabilidad del país ante el miedo gestado por las muertes y contagiados por el coronavirus SARS-CoV-2; y, en ese escenario, dotarse de mayor poder real e influencia mediática para ejercer mayor presión sobre el Estado e incrementar sus privilegios de clase.

En suma, (re)pensar una reforma fiscal para una sociedad subdesarrollada como la mexicana, supone pensar en un esfuerzo más amplio que modifique las estructuras de poder y riqueza a partir de una ambiciosa reforma del Estado. Solo así, lograrán revertirse las ancestrales desigualdades y los amplios procesos de exclusión social que drenan pobreza y marginación. Flagelos sociales que serán magnificados por el huracán de la pandemia y la polarización fundada en el odio y el clasismo.

 

  1. La construcción mediática del coronavirus y los intereses creados detrás de la gran reclusión

Asumiendo los dispositivos de la era del capitalismo de vigilancia, se crearon las múltiples condiciones para el confinamiento como justificación del colapso económico y del desempleo masivo.

La gran reclusión se emplea con el objetivo oculto de emprender transformaciones radicales de la economía mundial, y, sobre todo, en el campo laboral.

 

 “Nada en la vida debe ser temido, solamente comprendido. Ahora

es el momento de comprender más para temer menos”

(Marie Curie).

En principio y como lo señalamos en otros espacios, más allá de conspiranoias encubridoras, existe un virus. Específicamente, un coronavirus llamado SARS-CoV-2 que no fue inventado en un laboratorio –si creemos esto tendríamos que asumir también la posibilidades de que lo implantaron extraterrestres–, sino que al ser alojado en el organismo humano, produce una enfermedad llamada Covid-19. Oficialmente, ante ello se decretaron confinamientos que aislaron a alrededor de 6000 millones de seres humanos, como medida preventiva para detener el contagio del nuevo mal.

Lo anterior no es ninguna sorpresa: los seres humanos vivimos inmersos en virus y bacterias como parte de la contradictoria relación sociedad/naturaleza. Esos patógenos son consustanciales en los procesos de adaptación, co-evolución y de los equilibrios de los ecosistemas. De ahí que la actual crisis epidemiológica global está estrechamente relacionada con el colapso climático. Cuando esos virus y bacterias ven diezmadas las barreras que les separan de los humanos, provocaron –a lo largo de la historia de la humanidad– enfermedades contagiosas, y se reaccionó ante ello a través del aislamiento físico de los individuos y familias. Lo contrario, significa mayor muerte, desolación y dolor humano. Hasta allí, nada nuevo bajo el sol pandémico de los últimos meses.

Lo inédito en el primer semestre del año 2020 es el cambio de ciclo histórico inducido (https://bit.ly/3fULDsl), que se compagina con –y es antecedido por– la crisis estructural del capitalismo que nutre lo que podríamos llamar una crisis sistémica ecosocietal. También señalamos que la declarada pandemia protagonizada por el SARS-CoV-2 es un hecho social total, que cimbra los fundamentos de las instituciones, estructuras y relaciones del conjunto de la sociedad. Sin embargo, como tal no es fruto de la generación espontánea, ni responde a la lógica propia de las calamidades y eventos catastróficos naturales. Responde, más bien, a decisiones y acciones sociales concretas que le dan forma a los acontecimientos. Esto es, existen fuerzas, agentes, actores y poderes fácticos concretos que tomaron esas decisiones e indujeron no sólo una gran reclusión, sino el agravamiento del colapso mismo de la economía mundial.

El apocalipsis mediático (https://bit.ly/3esaRhl) y la desinfodemia (https://bit.ly/2YrkO8U) sembrados desde la industria mediática de la mentira, presentan a la actual crisis sanitaria como algo natural; como un accidente que se atravesó en el ascenso progresivo, meteórico e ilimitado de la humanidad (una crisis transitoria, declararían, con desatino, algunos gobernantes). Sin embargo, esta magnificación mediática del virus no fue obra de la casualidad; sino resultado de intereses creados que perfilan decisiones concretas en torno a una excusa –más que a una causa profunda– que perfila la reestructuración de la economía mundial. En este escenario, buena parte de los Estados –en primer lugar, pero no solo ellos– se erigen en generadores de noticias falsas y conforman una narrativa fundamentada en el síndrome de la desconfianza, el miedo, el pánico y la manipulación emocional. Ello se complementa con la postración de estos Estados (https://bit.ly/2Z3YYre) y la ineficaz operatividad en sus reacciones ante la irradiación global del virus.

Entre esa magnificación mediática, se arguye sin responsabilidad alguna y con una narrativa bélica que el coronavirus es un “enemigo común” y que –como tal– detonó la crisis de la economía mundial. Entonces, bajo el imperativo de “salvar vidas”, esbozado por el nuevo Estado sanitizante de excepción, se justifica el parón de las economías nacionales y la gran reclusión.

Sin embargo, es necesario mostrar indicios de un mínimo análisis sociológico para comprender la correlación de fuerzas que está detrás de las decisiones tomadas en torno a la magnificación mediática de la pandemia, el parón de amplios segmentos de la economía mundial, los confinamientos y la apertura de un nuevo ciclo histórico a partir de esta coyuntura.

En principio, es necesario reconocer que los mercados son finitos y que la fase expansiva e integradora del capitalismo llegó a su fin con la incorporación –a partir de 1991– de las áreas de influencia de la antigua Unión Soviética, en lo que fue un nuevo proceso de acumulación originaria del capital tras el desmonte del modo de producción estatista con economías centralmente planificadas. Cumplido este proceso y agotados los territorios para la expansión irrestricta de la acumulación del capital, los últimos resquicios que le restan al capitalismo para mantener a flote su modelo de crecimiento económico ilimitado regido por el consumismo y la obsolescencia tecnológica programada, es el de las tecnologías de las llamadas energías alternativas en el marco de un Green New Deal y del control privado de los recursos naturales.     

A su vez, las élites plutocráticas despliegan –durante el último lustro– una lucha desenfrenada y sin cuartel por la defensa de dos concepciones y modelos contrapuestos de capitalismo.

Por un lado, los acaudalados grupos bancario/financieros globales que –a través del proceso de financiarización de la economía mundial– condujeron el dislocamiento de las actividades especulativas respecto a la fase de producción. Nos referimos a grandes bancos, fondos de inversión, aseguradoras y agencias financieras y calificadoras, que aprovechan la globalización y los flujos irrestrictos de capital para afianzar un patrón de acumulación rentista, informacional, ficticio/especulativo y parasitario. En estos grupos financieros globales sobresalen nombres como Goldman Sachs, Citigroup, Bank of America, Wells Fargo, Black Rock (fondo de inversión que hacia el 2019 administró 6960 billones de dólares), Vanguard Group (con 5600 billones de dólares), Charles Schwab (3360 billones de dólares), JP Morgan Chase (2780 billones de dólares), y State Street Global Advisors (2700 billones de dólares).

Estos y otros bancos y fondos de inversión –que pueden llegar a manejar hasta 4 cuatrillones de dólares–, a su vez, son aliados del complejo militar/industrial de los Estados Unidos, del llamado Deep State (Estado profundo) de esta nación, de los contratistas del Pentágono, los corporativos de la economía informacional (Facebook, Amazon, Twitter, Microsoft, Apple, Google, etc.), del Big Oil, del Big Pharma –con sus tentáculos en la Organización Mundial de la Salud (OMS)– y de los grandes mass media (CNN, CNBC, The New York Times, The Washington Post). El Foro Económico Mundial de Davos, George Soros, Bill Gates, la Comisión Trilateral, la Familia Rockefeller y sus fundaciones filantrópicas, son solo algunos de los rostros visibles de estos grupos.

Más aún, la llamada Alianza Democrática, creada en el 2005, y relacionada con la dinastía Clinton, atrae a caras visibles como el mismo George Soros, Pete Lewis y Rob Stein (antiguo alto funcionario del gobierno de Bill Clinton), así como a los intereses corporativos del complejo comunicacional, cinematográfico y tecnocientífico. Anclados al dogma del libre mercado y a ideales progresistas, financian movimientos sociales, grupos de desestabilización política, y organizaciones no gubernamentales que reivindican causas feministas, homosexuales, ambientalistas, pro derechos humanos, pro derecho a la información, etc. Bajo la premisa –estipulada en los libros escritos por Soros– de que el caos y las crisis son la mejor oportunidad para generar mayores ganancias, promueven la noción –tras asumir una ideología de más mercado, menos Estado– de un gobierno global a través de las finanzas.   

Por otra parte, despunta un grupo industrialista y regido por el nacionalismo económico, que si bien perdió protagonismo en las últimas cuatro décadas, su poder económico y político se mantiene latente. El rostro visible es el grupo ultraconservador, supremacista y compacto que se nuclea en torno a Donald J. Trump, y que proclama los lemas de “Make america great again” y “America first”. Este grupo, a su vez, tiene el respaldo de las viejas aristocracias europeas, el Vaticano, y los agentes financieros de Hong Kong, Singapur y de la City de Londres. Con la red Koch como principal financista, y que cohesiona a Koch Industries Inc. y a múltiples empresarios del petróleo y la minería. Apuntalada esta plutocracia a través de las alianzas estratégicas con las élites políticas chinas y rusas. En última instancia, el objetivo del movimiento político cuya imagen visible es Trump consiste en la erosión sistemática y la destrucción definitiva de los Acuerdos de Bretton Woods –y de sus organizaciones emblemáticas: el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial–, así como del patrón de acumulación regido por modelo petro/dólar.

Como esta lucha plutocrática no es viable dirimirla a través de una guerra nuclear que podría comprometer la misma existencia y estabilidad de estas élites, las disputas se presentan en el ámbito mediático o entre las facciones con las cuales están aliados estos grupos antagónicos en múltiples naciones.

La finalidad de las élites y plutocracias financieras y de sus fundaciones filantrópicas (Open Society Foundations, Bill & Melinda Gates Foundation, The Rockefeller Foundation) es el control y reducción del crecimiento poblacional, la (re)concentración de la riqueza, la quiebra masiva de la economía real, el hiper-desempleo, y la exacerbación de la desigualdad social. Estas tres últimas se perfilan como alternativas para desprestigiar a Donald Trump ante sus bases electorales y socavar el poder de la élite nacionalista que pretende desmantelar al viejo establishment político de Washington. Si para ello es necesario propiciar las condiciones y la percepción para un confinamiento masivo, se echa mano de la magnificación mediática y de la mentira en aras de sobredimensionar los riesgos de un virus. Incluso, si el dispositivo de poder del coronavirus, no funciona para defenestrar al señor Trump, la plutocracia financiera global ahora financia los movimientos contra el racismo que incendian Estados Unidos, con la finalidad de desestabilizar al gobierno de Trump y ponerlo contra las cuerdas en aras de evitar su reelección en noviembre próximo. Como no funcionó el expediente del juicio político contra el mandatario estadounidense, se recurrió a la pandemia y a las protestas financiadas.   

En el caso de la crisis epidemiológica global, que ya cruza lo que va del año 2020, la declarada pandemia del COVID-19 se configura como un dispositivo de poder y dominación a través de la mentira mediática y los consensos que ello genera.     

¿Cómo funciona la manufactura del apocalipsis mediático relacionado con la proclamada pandemia? La clave en esta lucha entre élites plutocráticas pasa por el control de los mass media convencionales. A través de ese control, no solo se ataca permanentemente al señor Trump, sino que desde ellos y sus correas de transmisión al interior de las naciones alineadas, se despliega un poder sobre los jefes de Estado y de gobierno, con el fin de abonar a acatar los lineamientos en torno al manejo de las distintas crisis mundiales. Lo contrario, supone que con estos medios se les puede destruir en su carrera política y credibilidad. Entonces, esas alianzas entre las élites bancario/financieras globales y las élites políticas nacionales pueden ser por convencimiento y consentimiento mutuo, pero también a través de apoyos de distinto tipo, sobornos e, incluso, chantajes, sometimientos y desprestigios mediáticos.

Estos mass media y los gobiernos alineados reproducen un discurso bélico fundamentado en el miedo, el pánico y la manipulación emocional a partir del posible riesgo ante la enfermedad y la pérdida de la vida. Pero no solo estos poderes fácticos lo hacen: la misma OMS con 118 000 casos en 114 países, y con 4291 personas que perdieron la vida al 11 de marzo (https://bit.ly/2BvGBDG), declararon con celeridad y sin suficiente fundamento como pandemia a esta enfermedad del Covid-19.

Entonces se crean las condiciones emocionales a partir de la idea –repetida hasta la saciedad– de que existe un patógeno maligno e infeccioso que se contagia por la cercanía y el contacto físico; que goza de ubicuidad al posar en objetos y superficies; que aún infectados, los individuos se enfermarán de manera asintomática, y que –pese a ello– serán un foco de infección para otros. Difundido así, es para paralizar el cuerpo y la mente de cualquiera, hasta ser presa del miedo y el pánico. Esta narrativa mediática, se convierte en un insumo perfecto para controlar sensaciones, pensamientos, comportamientos y hábitos, pese a que la letalidad del Covid-19 es del 1%.

A partir de lo anterior y asumiendo los dispositivos de la era del capitalismo de vigilancia (noción introducida por Shoshana Zuboff), se crearon las múltiples condiciones para el confinamiento y su simultaneidad, en lo que podría ser un ejercicio masivo y global en tiempo real. Y éste ejercicio se emplea como justificación del colapso económico y del desempleo masivo. Entonces, la gran reclusión se emplea con el objetivo oculto de emprender transformaciones radicales de la economía mundial, y, sobre todo, en el campo laboral.

Sin embargo, cuando la mentira se impone como racionalidad, lo que se encubre es el hecho de que el confinamiento global ni el parón de amplios segmentos de las economías nacionales representan soluciones viables ni estrategias efectivas ante la crisis epidemiológica. Por el contrario, los perjuicios –desempleo, aumento de la pobreza, mayor desigualdad, probables hambrunas, enfermedades mentales– gestados con la gran reclusión serán mayores que los efectos negativos infligidos en la salud humana por el coronavirus SARS-CoV-2.

Entonces, lo que se perfila con estas decisiones es la quiebra premeditada e inducida de la economía mundial con miras a reestructurar el paradigma tecnológico y a transitar a una sociedad de los prescindibles donde las principales víctimas serán –ya lo son– las clases trabajadores (tan solo en los Estados Unidos se registraron, al 18 de junio, 45,7 millones de desempleados). Lo que también se disputa en este proceso es la reafirmación o no del patrón energético y extractivista, opuesto al patrón de acumulación de las llamadas energías limpias, de la robotización y la inteligencia artificial. De ahí que el Foro Económico Mundial, desde principios de junio, hable de una estrategia denominada the great resert del capitalismo (https://bit.ly/2YqyFMN), con miras a reestructurar la educación, las relaciones laborales y los contratos sociales.

Este proceso a gran escala de monopolización extrema de la economía mundial y de reconcentración del capital y la riqueza, supone –además de lo que podemos denominar como consenso pandémico– un avasallamiento sistemático de la fuerza de trabajo, con la consustancial precarización de las clases medias y en condición de pobreza, a través de la destrucción de empleos, Lo que también supone una destrucción de las clases medias. Si los Estados Unidos se acercan a los 50 millones de desempleados, serán, en realidad, 200 millones de seres humanos (a razón de cuatro miembros por familia) los que se precipitarán en una situación de pauperización social.

La masiva transferencia de recursos públicos a manos privadas bajo el pretexto de evitar la quiebra de empresas y el despido de trabajadores, adquiere sentido con la pandemia como gran excusa manipulada. Hacia el 2016, ya se perfilaba la necesaria recapitalización de buena cantidad de bancos italianos (https://bit.ly/3fUMqcN) amenazados, entonces, por la quiebra. Con la crisis sanitaria –de la cual Italia es uno de los epicentros–, las cuantiosas deudas de 114 bancos quebrados serán condonadas o desgravadas. En ello radica la fragmentación de la Unión Europea respecto a los rescates que se pretenden para los países del sur del continente. 

Este cambio de ciclo histórico (https://bit.ly/2YpCNgd), en el contexto de la crisis sanitaria está en función de una sofisticada operación y de decisiones perfectamente meditadas por los poderes fácticos. De ahí que los escenarios y acontecimientos desplegados en los últimos meses no son casuales, accidentales, espontáneos o sujetos a una calamidad sobrenatural.

Para esta industria mediática de la mentira, que explota la veta del pánico y la vulnerabilidad humana, el efecto negativo indeseado o el daño colateral socioeconómico de la pandemia es el hiper-desempleo, la pobreza, la muerte, la incertidumbre, la angustia y la ansiedad. Entonces –como se trata de pasar la factura de esta inducida quiebra de la economía mundial–, esta plutocracia bancario/financiera y sus fundaciones filantrópicas abogan por postergar el confinamiento global y la reactivación de las actividades económicas. De ahí la presión mediática y médica para alargar la gran reclusión y continuar con la suspensión de la vida económica y el distanciamiento social atomizador.

Es muy probable que ello sea lo que explique las reticencias de gobiernos conservadores como el de Donald Trump y Jair Bolsonaro a mantener el encierro y el parón económico. O la dosificación que hace el gobierno mexicano del confinamiento, sin forzarlo ni estipularlo como obligatorio, en un escenario dramático que sitúa a alrededor del 60 % de la población en la economía informal. Es evidente la displicencia del gobierno mexicano ante un problema sanitario mediáticamente magnificado; y ello se evidencia con su llamado al retorno en múltiples actividades económicas. Es muy probable que algo sepan estos gobernantes en torno a las luchas que están detrás de la declarada pandemia.

Más aún, en un informe extra-oficial (https://bit.ly/3dnUEIr) encargado por el Ministerio del Interior del gobierno alemán a expertos universitarios en diversos temas (desconocido por dicha agencia pública y que vio la luz a través de las filtraciones a la prensa), se concluyó que la peligrosidad y letalidad de la enfermedad Covid-19 fue sobreestimada; al tiempo que en dicho informe se le categorizó como una “falsa alarma global”. El documento indica que en el mundo las muertes por Covid-19 (250 mil hacia principios de mayo) están dentro de los parámetros normales cuando los cuerpos de personas ancianas y débiles en su salud, se exponen a la gran cantidad de virus que les rodean. Esa cifra –indica el informe– está por debajo del millón y medio de muertes por la ola de de gripe o influenza suscitada entre 2017 y 2018. De igual manera, se denunció que alrededor de 52000 cirugías para el tratamiento de distintos tipos de cáncer fueron aplazadas en Alemania (https://bit.ly/31475Xz) por privilegiar la atención al Covid-19. Los riesgos por esta decisión serán evidentes dentro de poco tiempo

El otro gran tema es el relativo a los indicios que apuntan a que en países europeos como Italia, España, Francia y otros, las poblaciones de ancianos y sus residencias o asilos padecieron negligencia y abandono durante los primeros meses de la pandemia (https://cnn.it/3dnUMaT y https://bit.ly/312HiPw), aumentado con ello su vulnerabilidad y el riesgo de muerte ante el virus.

Por último, pero no al último, es de destacar la importancia del análisis que enfatice en los poderes fácticos que están detrás de toda decisión pública. Al margen de las interpretaciones mediáticas y de las noticias falsas (fake news) que le dan forma a la era de la post-verdad, lo relevante es que las sociedades se acerquen a información confiable que ayude a romper con el miedo, el pánico y el consenso pandémico, que serán más nocivos que el mismo coronavirus. Lo que también está en juego es el tipo de cultura política que construyen para sí los pueblos; en tanto antídoto de cara a los intereses creados de quienes controlan las decisiones en el capitalismo contemporáneo.

 

Isaac Enríquez Pérez

Doctor (PhD) en Economía Internacional y Desarrollo por la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad Complutense de Madrid (España. 

Master Universitario (MSc) en Economía Internacional y Desarrollo por la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad Complutense de Madrid.

Licenciado en Sociología por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS) de la Universidad Nacional Autónoma de México.

 

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