La inmigración, una necesidad

Los inmigrantes nunca han abaratado los salarios porque los han encontrado ya muy baratos ¿Por qué no se acusa a los sindicatos, que llevan 30 años pactando salarios ínfimos, tercermundistas, y en cambio, sí acusan a los inmigrantes? Los inmigrantes están cotizando el 7,6% según la SS y reciben sólo el 0,6%.

 nueva-silueta-dominio.jpgLas migraciones han sido siempre una solución para muchos problemas, tanto para el lugar donde llegan como para del que parten. A costa de los sufrimientos de las personas emigradas, se resuelven muchos problemas internacionales que nunca podrían ser remediados si no fuera por estos movimientos de seres humanos en todas las direcciones. Hoy, que tanto se habla de endurecer las políticas de inmigración en la zona próspera de este planeta, nos conviene reflexionar un momento para hacer un balance de las ventajas que nos brindan estas personas, que han decidido abandonar sus hogares para participar en la prosperidad y el desarrollo de este mundo.

Es obvio que los reacios a la inmigración intentan sacar, de donde no las hay, unas conclusiones que criminalizan y demonizan a las personas de otros lugares. Hemos escuchado hasta la saciedad que los inmigrantes aumentan la delincuencia, abaratan los salarios y vacían las arcas de la seguridad social. Pues bien, si a cualquier persona que le detengamos por no tener sus papeles en regla le consideramos delincuente, está claro que tendremos muchos delincuentes
inofensivos entre nosotros, delincuentes que tienen miedo de ser detectados por los cuerpos y fuerzas de seguridad. Posiblemente, también, nuestros centros de internamiento estarán abarrotados por estos supuestos delincuentes. En cuanto a los salarios, nos indignan las opiniones que se quieren esconder detrás de estas excusas para arremeter contra los más vulnerables, atribuyéndoles todos los males que pueda tener la sociedad. Lo único que han hecho los inmigrantes es enriquecer a los nuevos ricos de este país, pero nunca han abaratado los salarios porque los han encontrado ya muy baratos (recuerden que el salario mínimo acaba de lograr la cifra mágica de 600 euros, justo al final de la última legislatura).
¿De qué estamos hablando? ¿Por qué no se acusa a los sindicatos, que llevan 30 años pactando salarios ínfimos, tercermundistas, y en cambio, sí acusan a los inmigrantes? Los inmigrantes que llegan a España están trabajando y cotizando. Sus aportaciones, según datos de la misma Seguridad Social, llegan al 7,6% de la totalidad de sus arcas y reciben tan sólo el 0,6% de sus aportaciones. Está claro que los inmigrantes están abasteciendo los fondos de la Seguridad Social.

Según un último estudio de la fundación de la multinacional farmacéutica Pfizer, los inmigrantes son personas jóvenes que no necesitan visitar a diario a los médicos y si lo hacen, es por necesidad imperiosa, porque en sus países tampoco existe esta monótona costumbre de estar peregrinando por los ambulatorios para cualquier dolor o molestia en el cuerpo.
Todos los gobiernos deben sentirse endeudados con los inmigrantes, con las personas que, por cualquier razón, han salido en busca de un futuro mejor o simplemente para proteger sus vidas puestas en peligro. Los movimientos migratorios, más allá de los debates que puedan generar, siguen y seguirán siendo importantes para nuestro equilibrio global. ¿Qué sería de la natalidad en el norte del planeta? ¿Qué sería de las economías de los países que necesitan su mano de obra? ¿Qué sería de los países que necesitan de sus divisas y sus remesas? ¿Estamos ahora mejor desarrollados sin las personas que nos vienen desde fuera?

Nadie puede negar la evidencia de que los inmigrantes, hoy por hoy, son el motor de las economías de los países ricos. Ellos participan en los mecanismos de producción, pero también son consumidores activos que, además, garantizan y aumentan la cadena de la producción y del consumismo a través de sus hijos, que son un sostén de futuro frente a la sequía de la fertilidad de las parejas autóctonas. El sistema no les puede negar su aportación pese a todas las directrices, provengan de donde provengan.

Entre los países del sur –donde la natalidad es muy alta– y los países del norte –donde es notablemente baja– los inmigrantes se presentan como un garante de un equilibrio demográfico en el planeta. La superpoblación de los países del sur y su flojas economías necesitan descargar una parte de su población en las zonas que necesitan a productores y consumidores para mantener las dinámicas de sus economías, y esto al mismo tiempo les permite recibir unas remesas que dan vida a sus economías y a su gente. Y con estas remesas, los países pobres se permiten comprar productos a los países ricos. Y la maquinaria del capital sigue funcionando.

Los movimientos migratorios deben seguir su curso natural: este vaivén de personas se está produciendo en todas las direcciones del planeta. Todos los países reciben personas nuevas en mayor o menor número, especialmente África, Sudamérica y Asia. Curiosamente, en estos tres continentes es donde se están registrando los mayores movimientos humanos de toda la historia, pero su eco no nos llega por nuestro egocentrismo y nuestra indiferencia. Siria, que es un país pobre, ha recibido en los últimos tres años a un millón y medio de refugiados iraquíes en su territorio, una cifra que supera con creces a todas las personas que han llegado al espacio de la Unión Europea. Las migraciones regionales sur-sur están aumentando por razones de guerras, de enfermedades y, sobre todo, por el cambio climático. En los países del Sahel, entre Mauritania y Chad, la sequía de las fuentes de agua, donde solían beneficiarse miles de nómadas, les obligó a emigrar hacia las grandes urbes, complicando así la situación de las ya complicadas economías de estos países. Miles de estos ciudadanos están llegando al Norte de África, unos con intención de quedarse y otros con las miradas puestas en el otro Continente.

Cuando las razones para emigrar son tan obvias y ni las fronteras, ni las leyes ni las directivas son capaces de detener a estos flujos, es como un río seco que es capaz de convertirse en bravo cuando llegue una fuerte tormenta. ¿No sería más sensato pensar en lo positivo de las migraciones en vez de estar encerrados en nuestras perspicacias buscando excusas sin fundamento y pensar siempre en lo negativo?

HASSAN ARABI es escritor y Presidente de la Asociación Solidaria por la Inserción Sociolaboral del Inmigrante 

Ilustración de IVÁN SOLBES
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