El futuro del trabajo después del coronavirus

Crisis entrecruzadas en un mundo pos-Covid

Aceleración de las tendencias que vienen dándose, agravando las desigualdades, sociedades más polarizadas, empobreciendo más a unas clases populares ya depauperadas, devastación ambiental, y así de crisis en crisis.

 

La carrera de las predicciones está en marcha: más allá de la contundencia o prestigio de quien las presenta y de un cierto consenso en los datos macroeconómicos a corto plazo, el factor incertidumbre y los grandes interrogantes son la tónica compartida. Las incertezas derivadas de la pandemia de la Covid-19 vienen a sumarse a otras que ya estaban muy presentes en la sociedad –en relación con lo que nos depara el futuro del trabajo o a los retos ambientales de la emergencia climática–. La diferencia es que esta pandemia va a acelerar todas estas crisis interconectadas, aumentando las incertezas del futuro cercano que nos espera que, como el laboral, son ahora presente –y muy crudo–para mucha gente; lo que precipita a su vez la necesidad de dar repuestas y repensar alternativas.

Este artículo pretende, modestamente, aportar algunos elementos para la reflexión sobre el impacto de la Covid-19 en el mundo del trabajo a nivel mundial. Para ello, el texto se articula en dos grandes apartados: el primero, un repaso de la situación del empleo en el mundo pre-Covid-19 y cómo esta primera fase de la pandemia está impactando en él. Y el segundo, un análisis de las megatendencias que ya venían transformando de manera profunda los mercados de trabajo y cómo la crisis de la Covid-19 puede acelerar o revertir algunas de estas tendencias. Por motivos de extensión, la parte más propositiva: las relocalizaciones, la reindustrialización y las nacionalizaciones en un mundo global, una nueva fiscalidad para un nuevo modelo productivo y de protección social, el reparto del empleo y los trabajos, o qué derecho del trabajo y gobernanza para el mundo del trabajo que queremos, deberán quedar para otro artículo.

El mundo del trabajo antes de la Gran Reclusión y el impacto de la Covid-19

De los 7.700 millones de habitantes del mundo, se estima que hay en edad de trabajar en torno a 5.300 millones de personas; de estas están activas en el mercado laboral unos 3.300 millones de personas, es decir el 62%. De todas las personas empleadas, alrededor de 1.800 millones –el 54%– son asalariadas 1/, el resto están en situaciones de trabajadores autónomos o como trabajadores familiares, en agricultura familiar, por ejemplo, donde se concentran las situaciones más vulnerables.

Más de 2.000 millones 2/ de personas, ya sean asalariadas, autónomas o en la economía familiar 3/, se encuentran en situación de informalidad. Ello significa que una de cada tres personas trabajadoras tiene la carencia de alguno, varios o todos estos elementos: contrato, cotizaciones a la seguridad social –subsidio de desempleo, vejez contributiva, baja de maternidad/paternidad–, derecho a la sindicalización y negociación colectiva.

La crisis de la Covid-19, se estima, afecta a casi 1.600 millones de trabajadores de la economía informal, provocando una disminución media del 60% de sus ingresos. De hecho, aunque pueda parecer paradójico, es en las economías del norte donde más va a subir la pobreza relativa de trabajadores y trabajadoras informales. Antes de la crisis ya se situaba en el 27,5% –frente a un no pequeño 14% de formales–. Con la Covid-19, la pobreza relativa de las y los trabajadores informales ha subido hasta un 80% 4/. Estos trabajadores y trabajadoras no pueden permitirse dejar de trabajar, ni trabajar desde casa 5/, mientras están siendo excluidas de las ayudas de la mayoría de Estados. Por ejemplo, en España pensemos en trabajadores sin contrato en la construcción, restauración, mercadillos, empleadas del hogar, o en situación administrativa irregular, así como las trabajadoras del sexo, que de la noche a la mañana se han visto sin ingresos por el trabajo y sin derecho a prestaciones sociales. Así como aquellas personas que se encontraban en una situación de desempleo y sin prestaciones antes de la crisis. Todas han quedado en una situación de absoluta precariedad y abandono contando solo con redes de apoyo familiar, vecinal y del tercer sector. Unos datos de tal magnitud que condenan a una parte de la población a unos niveles de pobreza desconocidos e insostenibles socialmente.

Antes de la crisis, 100 millones de personas caían en la pobreza anualmente como resultado de gastos catastróficos de salud 6/; cifras que están creciendo de forma exponencial con la actual crisis, como ya estamos viendo en países como EE UU ante el coste de las largas hospitalizaciones que provoca la Covid-19. Las estimaciones indican que solo el 29% de la población mundial dispone del acceso a una seguridad social integral 7/, que unos 1.200 millones se benefician de alguna cobertura de la seguridad social –ya sea subsidio de desempleo, salud, pensiones–, y que el resto, lo que supone el 55% de la población mundial –algo más de 4.000 millones de personas–, no tiene ninguna protección 8/. Hablamos que de media, más de la mitad de la población trabajadora mundial se ve sin ingresos a causa de la pandemia y sin ningún tipo de acceso a prestaciones sociales.

Los sectores económicos más afectados por esta crisis están siendo el turismo, la hostelería y la restauración, el comercio al por menor, las actividades comerciales, las inmobiliarias y la industria manufacturera 9/. Con lo cual aquellas economías y territorios más dependientes de este tejido productivo, de la volatilidad del contexto internacional y en muchos casos ya de por sí muy precarizados, son los más severamente afectados por los efectos de esta crisis.

Antes de la pandemia la cifra de personas desempleadas se situaba en 190 millones; prácticamente inalterada desde la crisis de 2008, si bien hay que tener en cuenta que la población laboral crece una media de unos 35 millones todos los años. Las estimaciones del impacto en el empleo han ido aumentando de manera muy rápida, y previsiblemente seguirán haciéndolo, a medida que se vayan ampliando y prolongando las medidas de confinamiento, así como expandiendo la pandemia en el mundo. La Organización Internacional del Trabajo (OIT), en un informe del 7 de abril, calculaba una reducción del empleo de alrededor del 6,7%, el equivalente a 195 millones de trabajadores a tiempo completo 10/. A fecha de 29 de abril, se daba el dato de un deterioro del 10,5% del tiempo de trabajo, el equivalente a no menos de 305 millones de empleos a tiempo completo, asumiendo en la conversión 48 horas semanales por empleo 11/. En ninguna otra crisis la destrucción del empleo había sido tan drástica, en un periodo tan breve de tiempo, afectando a prácticamente todos los sectores, y con un futuro tan incierto.

En el caso del Estado español estaríamos hablando que desde el inicio de la crisis y hasta final del segundo trimestre de 2020 podrían perderse un 18,6% del total de las horas trabajadas, el equivalente a 3,5 millones de puestos de trabajo. Ello no significa la eliminación de este número de empleos, sino la caída en número de horas, muchas de las cuales están siendo absorbidas por los ERTE y por reducciones de jornada, no solo por suspensión o destrucción de empleo. La cifra final dependerá de las medidas que se mantengan y adopten, y de cómo transcurran los próximos meses, con el riesgo de poder estar asistiendo a una destrucción de empleo en diferido. El empleo juvenil es de nuevo uno de los sectores más afectados, como lo fue en 2008, donde se ha producido una mayor destrucción de empleo, al acumular más trabajos a tiempo parcial, contratos de corta duración y especialmente en el sector servicios. Un tercio del desempleo mundial, 64,8 millones en 2018, era desempleo juvenil 12/, aunque en muchos países la realidad del desempleo juvenil dobla o triplica el desempleo adulto.

Otra dimensión clave de las condiciones de trabajo es la salud laboral. A nivel mundial, cada año mueren más de 2,78 millones de trabajadores a causa de accidentes laborales o enfermedades relacionadas con el trabajo. Además, ocurren unos 374 millones de lesiones no mortales relacionadas con el trabajo. Esta tendencia parece aumentar de forma dramática por el efecto de la crisis sanitaria. Un estudio reciente del Centro Europeo para el Control y Prevención de Enfermedades (ECDC) 13/ señalaba que España es el país del mundo con un porcentaje de afectados sanitarios más alto. El 20% de contagios afecta a este colectivo, en Italia ese porcentaje se reduce al 10% –si bien en Lombardía es también del 20%–. Ni que decir que, a nivel mundial, las y los trabajadores en la economía informal se encuentran en una situación particularmente vulnerable, y esta pandemia se suma a los riesgos diarios ya existentes. Asumir que las muertes y los accidentes laborales son efectos secundarios indeseados del funcionamiento de los mercados de trabajo, o que los sanitarios son héroes de la pandemia, es sencillamente descargar la responsabilidad de la prevención en materia de salud laboral sobre la acción individual y la suerte del trabajador/a. Con la Covid-19, la importancia y las deficiencias en materia de prevención de riesgos laborales, que en muchos casos se han venido asumiendo como un trámite administrativo, han quedado más patentes que nunca y ello exige una revisión profunda de todo el sistema.

Esta sería una somera radiografía del estado del empleo en el mundo, profundamente devastadora e inhumana, resultado de las lógicas de funcionamiento de un sistema económico altamente depredador de mano de obra barata y recursos naturales, que sitúa a las sociedades, sobre todo a las clases más populares, en una posición de suma precariedad y debilidad para hacer frente a una crisis como la Covid-19. La cuestión es cómo tendencias que ya venían transformando de manera profunda el mercado laboral se verán afectadas por la pandemia, revirtiendo o acelerando los procesos de cambio sobre el Futuro del Trabajo.

Desde hace ya unos años, la noción Futuro del Trabajo ha sido ampliamente utilizada por diferentes organismos internacionales –OIT, OCDE, Banco Mundial, FMI–, así como grupos de investigación, medios de comunicación, actores nacionales y entre la opinión pública en general. Este concepto intenta englobar una serie de tendencias que están provocando cambios acelerados en nuestras formas de crear, producir y consumir, así como de relacionarnos. Anticipando una transformación de nuestros mercados laborales y el conjunto de la sociedad, tensionando el mundo del trabajo y a sus diferentes actores. En el siguiente apartado intentaré analizar algunas de las megatendencias mundiales en relación con el futuro del trabajo y sus consecuencias en el empleo; esquematizadas en cinco ejes, que son: la revolución tecnológica; la respuesta a la emergencia climática y la crisis ambiental; la globalización y las desigualdades; los desequilibrios demográficos, y las demandas de igualdad de género efectiva en el mercado de trabajo.

Megatendencias pre-Covid-19 de un futuro complejo

La nueva revolución tecnológica, de la mano a la vez de la robotización, el big data, el internet de las cosas 14/, el 3D y la inteligencia artificial, se ha presentado absolutamente disruptiva en nuestras sociedades, así como con una capacidad profundamente transformadora del mercado de trabajo. Las cifras de afectación en el empleo varían mucho, desde algunos primeros estudios, como el Carl Benedikt Frey y Michael A. Osborne 15/, en 2015, que señalaban que el 47% de las y los trabajadores de EE UU corren el riesgo de verse sustituidos en sus puestos de trabajo por la automatización. Estudios posteriores de organismos internacionales como el Banco Mundial, la OCDE y el FMI señalan que se automatizarán ciertas tareas, pero no sectores enteros y que los trabajos más afectados serán aquellos que desarrollan tareas repetitivas. La parte sustancialmente diferente con respecto a otras revoluciones tecnológicas precedentes es que no solo se destruirán tareas manuales, sino también cognitivas de tipo repetitivo, afectando a muchos sectores como las finanzas y la industria. Todo ello con el consiguiente riesgo de una polarización en los mercados de trabajo entre empleos no repetitivos, versátiles con alta demanda de competencias –algunos– y trabajos no cualificados o con poca valoración social, donde se concentrarían la mayoría. La disputa actual se sitúa en qué países conseguirán ser punteros en el primer bloque de empleos, con la formación como baza y apuesta principal de la llamada sociedad del conocimiento. Sorprende, no obstante, en relación con los pronósticos derivados del nuevo salto tecnológico, que ninguno de los informes de referencia tenga en cuenta la cantidad ingente de recursos minerales y materiales, así como insumos energéticos necesarios, para acometer esta llamada nueva revolución. Ni desde las posiciones más tecno-ingenuo-optimistas se da respuesta a esto.

Con la crisis de la Covid-19 se abre todo un debate sobre la posible aceleración de los procesos de robotización y mayor automatización como forma de evitar dependencia de la mano de obra humana y el riesgo de paralización productiva ante futuras pandemias. Mientras, otras voces, como las de Carl Frey 16/, señalan que en épocas de recesión los avances tecnológicos pueden verse frenados por la contestación social ante la destrucción de empleo. Donde sí probablemente podremos observar, de forma más inmediata, la acentuación de dos tendencias interrelacionadas entre sí son, por una parte, el crecimiento del teletrabajo y, por otra, el aumento de la digitalización en el consumo de bienes y servicios.

A raíz del confinamiento, el teletrabajo ha irrumpido con fuerza en muchos hogares y parece una tendencia que ha llegado para quedarse. Promovido supuestamente como una medida para favorecer la flexibilidad, la conciliación y reducir los desplazamientos, hemos podido también comprobar la capacidad de alterar nuestras condiciones de trabajo, haciendo que aumente nuestra disponibilidad –24 horas, fines de semana, festivos–. La flexibilidad ha crecido, pero el derecho a la desconexión y al descanso ha saltado por los aires. No es algo nuevo ni mucho menos, sí lo es su rápida extensión y su generalización entre sectores tan diversos por todo el mundo.

En relación con la digitalización, el empleo y la Covid-19, podemos señalar varios aspectos como la aceleración de las dificultades que ya estaban confrontando algunas pymes y pequeño comercio para adaptarse y el riesgo de importantes pérdidas de empleo sobrevenidas. También podemos apuntar un aumento de la concentración tecnológica que favorecerá a grandes superficies comerciales y de distribución en el ocio –el caso de plataformas como Netflix y Google–, o plataformas como Amazon en la distribución y venta online. Así como los desafíos de adaptación de competencias y formativas con la acentuación de brechas sociales.

Es probable que veamos también un aumento de la economía de plataformas o mal llamada economía colaborativa, combinación de varios factores como son: capital ocioso en búsqueda de rentabilidad sin invertir en lo productivo, el potencial que presentan las plataformas para permear en muchos sectores económico-sanitarios, servicios varios, con una dimensión global, y el hecho de que el número de personas disponibles para ofrecer su tiempo de trabajo con la crisis aumentará.

La economía de plataformas se presenta como un trabajo flexible y autónomo, además de un nuevo nicho de empleo. Pero lo cierto es que los estudios que hay sobre los ingresos medios y condiciones de trabajo lo acercan más a una realidad de jornaleros digitales 17/, cobrando tarea a tarea y aumentando la precarización del mercado laboral. Además de ser especialmente preocupante que aspectos centrales como la definición de la condición laboral –si asalariado o autónomo– hasta la fecha se estén dejando en manos de los tribunales con sentencias como la de los riders en uno y otro sentido, cuando es un problema laboral que requiere de una acción política, que debe con ello resolver cuestiones como la limitación del tiempo de trabajo, la prevención de riesgos laborales, la protección social y libertad sindical y de negociación colectiva.

España ya se coloca a la cabeza de los países de la Unión Europa en volumen de empleo en plataformas, con un 17% de las personas en edad de trabajar realizando actividades por medio de ellas al menos una vez por semana. Se estima que para un 30,4% de las y los trabajadores de plataforma (algo más de 1,9 millones de personas) representa la mitad de sus ingresos18/. Una vez más, parece que vamos tarde en la respuesta.

La inaplazable respuesta a la emergencia climática y la crisis medioambiental

Este es otro de los grandes desafíos para el mundo del trabajo en las próximas décadas y el mayor al que debemos hacer frente como sociedad. Los pronósticos sobre el nivel de transformación de los mercados de trabajo están claramente determinados por el escenario de transición ecológica y modelo social sobre el que lo sustentan. El abanico de estudios que analizan las perspectivas laborales fue prolijo antes de la crisis de 2008, en la década siguiente se frenaron al mismo ritmo que la acción política, y en los últimos años han vuelto a publicarse propuestas y datos, la gran mayoría solo con el horizonte de reducción de emisiones fijado en el Acuerdo de París y señalando datos cuantitativos de empleo sin entrar en la dimensión de la calidad de los empleos. Estos ejercicios no son fáciles, ni ciencia exacta, pero sí resultan herramientas necesarias para la planificación económica y acción política.

Por citar alguno de ellos, con carácter sectorial, la OIT señala que la adecuación de tres sectores industriales –energético, automovilístico y de la construcción– para cumplir con los Acuerdos de París puede tener un balance neto de 18 millones de nuevos empleos a nivel mundial –se crearían 24 millones, frente a 6 que se perderían–19/; a nivel regional la Comisión Europea señala que el Acuerdo de París generaría unos 200.000 empleos adicionales en España para 2030 y 1,2 millones en el conjunto de la Unión Europea20/. Y a nivel de países, en España encontramos estudios como el de Greenpeace21/ que analiza la transición energética con tres escenarios –conservador, progresivo y responsable– y una horquilla de creación de empleo de 800.000 a 3 millones de empleos, respectivamente. Hay otros más holísticos como el de Ecologistas en Acción, que presenta una modelización de tres escenarios bajo el marco de distintas políticas de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) –business as usual, Green New Deal, decrecentista– para evaluar la evolución del empleo, cuidados y trabajo autogestionado en el periodo 2020-203022/.

Uno de los retos compartidos por cualquiera de los escenarios de reducción de emisiones es la gestión social y económica de la transición en el mundo del trabajo. Porque los empleos que se crearán no lo harán ni en el mismo lugar ni en el mismo momento que los que se destruyan, y es fundamental que la reconversión y el cambio de modelo energético y productivo ofrezca alternativas económicas y sociales –empleo, protección social, formación– a quienes se vean afectados por ello. Que sea una transición justa, como acuñó el movimiento sindical y ha adoptado la comunidad internacional en el Acuerdo de París.

Cierto es que cuanto más ambiciosos sean los escenarios de reducción de emisiones y reconversión de modelo, más intensos serán los cambios y más recursos serán necesarios en el corto plazo. Sin embargo, la experiencia de estos años también ha mostrado que un ritmo gradual en la transición ecológica no es garantía de una solución más justa o menos traumática. Acuerdos como el de transición del sector del carbón en España23/, si bien muy meritorio, se da en un sector ya muy menguado que había hecho el proceso de desmantelamiento laboral en los años anteriores, según la lógica de competencia de mercado. El gran reto es la transición energética y ecológica de aquellos sectores con mayor empleo y peso en la economía, por ejemplo, el automovilístico, y si se anticipará y planificará o se dejará de nuevo que el coste de la reconversión lo asuman quienes trabajan en ellos, sus familias y territorios. Hasta ahora la falta de ambición ecológica ha ido acompañada de falta de ambición social. El tiempo va en nuestra contra, la única opción sensata en el intento de evitar/suavizar/gestionar el colapso es desarrollar escenarios de reducción de emisiones ambiciosos con planes socialmente avanzados y robustos que a su vez permitan revertir las deficiencias del actual modelo laboral.

Sobre cómo puede afectar la crisis de la Covid-19 a esta agenda, la propia génesis de la pandemia ha sido provocada por patógenos que saltan de los animales salvajes a los humanos como resultado del modelo depredador y ecocida que tenemos. En estos meses de pandemia estamos observando importantes efectos de descontaminación y mejora de la salud ambiental con medidas drásticas en pocas semanas; constatamos la fragilidad de las grandes urbes y su dependencia externa de insumos y la necesidad de reconstruir un modelo social y económico más resiliente que nos prepare para futuras crisis de naturaleza parecida. Todo ello son razones poderosas que vienen a sumarse a las que ya existían para una apuesta ambiciosa de carácter ecosocial para salir de la crisis, pero vemos también cómo las inercias para intensificar el modelo pre-Covid-19 ganan terreno. Desde comunidades autónomas como las de Madrid, Murcia, Baleares se retoma el discurso del uso del suelo urbanizable o la ampliación del espacio hotelero para reactivar la economía y es sintomático también que el Parlamento Europeo, más sensible a esta agenda que otras instituciones europeas, haya aprobado en mayo un marco presupuestario plurianual para el 2021-2027 en donde han desaparecido las referencias a los temas ambientales y el Green New Deal, cuando justo habían estado haciendo bandera de ello. La disputa está abierta.

La globalización y las desigualdades

La globalización neoliberal de los últimos cuarenta años ha dado lugar a la fisonomía del actual modelo de producción y mercado de trabajo marcado por: la asunción de que no hay trabajos para toda la vida; el aumento de los contratos a tiempo parcial como forma de repartir el trabajo, pero no la riqueza; los falsos autónomos; los contratos a cero horas, y la realidad de los trabajadores pobres en países donde el empleo era una garantía de tener las necesidades cubiertas. La lógica de la mercantilización del trabajo y el abaratamiento constante de la mano de obra ha sido el motor de las deslocalizaciones, la terciarización, las externalizaciones, la desregulación laboral y el desarrollo de las cadenas globales de suministro que ha transformado profundamente la naturaleza de la producción, la inversión, el comercio y el empleo. Una tendencia que se ha visto acelerada en los últimos años, hasta tal punto que uno de cada seis trabajadores lo hace en cadenas globales de suministro24/. Y que hasta la llegada de la Covid-19 parecía imparable.

Las desigualdades crecientes, plurales e interconectadas, son la otra cara de la moneda del modelo neoliberal, que no ha hecho más que ahondarse desde la crisis de 2008. Si observamos la desigualdad mundial de ingresos, la brecha entre la gente rica y el resto se está ensanchando. El crecimiento de los salarios no ha seguido el mismo ritmo que el crecimiento de la productividad y se ha reducido la proporción de ingresos nacionales consagrados a las y los trabajadores. En el caso de España, desde la última crisis, la proporción de la renta del trabajo con respecto a la del capital ha disminuido de forma más acusada que la media mundial, pasando de suponer el 66,6% en 2009 al 61,2% en 201725/. Lo que significa que unos 64.500 millones de euros que antes estaban en manos de los trabajadores han dejado de estarlo, anualmente. Es el equivalente al rescate bancario, pero cada año.

A esto hay que sumar que en las últimas décadas se han producido importantes transformaciones en la propiedad de la riqueza, que ha pasado del dominio público al privado. Desde 1980 se observa que, en prácticamente todos los países, la riqueza nacional (pública más privada) ha crecido de manera notable, pero la parte pública ha crecido de forma negativa o cercana a cero en los países ricos (las deudas superan a los activos). Los países se han vuelto más ricos mientras a la par que los gobiernos se han vuelto más pobres26/. Esto no solo aumenta el poder corporativo, sino que también limita la capacidad de los gobiernos para reducir la desigualdad a la vez que condiciona las capacidades de las instituciones públicas a la hora hacer frente a las consecuencias sociales y económicas de la Covid-19. En donde una vez más estamos viendo como se está transfiriendo una cantidad ingente de capital público para ayudar o salvar los intereses del sector privado sin apenas ninguna exigencia o contrapartida, de tipo fiscal, por ejemplo, siguiendo el modelo de la crisis de 2008.

Uno de los mayores efectos de la actual crisis, que comparten muchos de los análisis, es que ha sacado a la luz los riesgos de la hiperglobalización. Nos ha mostrado al emperador desnudo. Las dificultades de los países para aumentar las pruebas diagnósticas, fabricar respiradores y producir equipos de protección individual han constatado la dependencia excesiva de China como fábrica del mundo. Y posiblemente esto pueda favorecer un discurso proclive a las relocalizaciones de ciertos sectores productivos en clave nacional, como ha anunciado recientemente el gobierno francés.

El discurso de las relocalizaciones y de un cierto proteccionismo nacional no es nuevo, hemos visto cómo en los últimos años Trump ha abanderado el America First. Pero que nadie se engañe, no hay ninguna proyección antineoliberal en estos proyectos políticos supuestamente proteccionistas, lo que hay es una batalla por cómo gestionar la globalización neoliberal. Y la peor noticia es que la izquierda parece estar ausente de esta pelea. Recuperar y reactualizar un altermundialismo con capacidad de articular imaginarios globales generadores de propuestas y de confrontar al orden neoliberal parece de nuevo una tarea imprescindible para dar respuestas ante la crisis de la Covid-19. En el terreno laboral es fundamental plantear medidas para asegurar que las multinacionales que han impulsado cadenas globales de suministro no se desresponsabilicen de las y los trabajadores de las empresas proveedoras –como ya está sucediendo por la paralización productiva por la pandemia– y contribuyan a hacer una transición. Asimismo, tenemos que impulsar una intervención pública y de planificación de la economía, asegurando un cambio de modelo productivo que lleve aparejado un proceso de relocalizaciones y desglobalización.

Los desequilibrios demográficos son otra de las tendencias que supondrán una serie de desafíos interrelacionados. La mayoría de las economías de la OCDE deben hacer frente al envejecimiento de su población que provoca una reducción de su fuerza laboral de trabajo disponible, una presión creciente en los sistemas de pensiones y un aumento de las necesidades de cuidados. A su vez, otras regiones del mundo, en particular África Subsahariana, con una media de edad muy joven, están viendo un aumento del desempleo, del malestar de su población y de la migración por no poder ofrecer trabajo a una fuerza laboral creciente, además de sufrir otros problemas estructurales como el impacto del cambio climático, la extrema pobreza, violencia, etc. Hoy en día hay 232 millones de migrantes, la mayoría en edad laboral; esta cifra representa un aumento total de más del 50% desde 199027/, pero la mitad de lo que presumiblemente veremos en las próximas décadas. Sin embargo, estos años hemos asistido también a un recrudecimiento e importancia institucional del discurso xenófobo y racista con un cierre de fronteras, que en última instancia no persigue evitar tanto su entrada sino la degradación jurídica y física de los migrantes. Convertidos en ejército de reserva del precariado, fragilizando no solo sus derechos, sino el mismo derecho a tener derechos y, por lo tanto, su capacidad de reivindicarlos.

Con la crisis de la Covid-19 hemos visto cómo Alemania ha facilitado la licencia a médicos extranjeros a los que hasta ahora no se les había concedido practicar medicina para que ayuden con la atención de la pandemia28/. O cómo el gobierno germano solicitó una excepción en el confinamiento para que rumanos, búlgaros y polacos pudieran desplazarse al país a recolectar su preciado espárrago blanco. Reino Unido ha fletado vuelos chárteres desde Bucarest para llevar a cientos de temporeros hasta campos británicos. Mujeres de Rumanía y de Bulgaria han emigrado a Austria para trabajar en residencias29/. España ha habilitado la concesión de autorizaciones para los jóvenes migrantes entre 18 y 21 años que cuentan con permiso de residencia, pero no de trabajo, para que trabajen en el campo, al no poder contar con las temporeras que vienen de Marruecos. Y así otros países europeos. La escasez de mano de obra en el ámbito agrícola, sanitario y de cuidados, normalmente invisibilizado, ha quedado patente de nuevo en esta crisis. Demostrando las disfunciones del mercado laboral europeo, que es dependiente, en sectores productivos clave como la agricultura o servicios de cuidados, de una mano de obra precarizada y fragilizada.

Otra de las tendencias actuales que se pueden ver afectadas por la crisis del coronavirus son las exigencias por una igualdad de género real, impulsadas por un movimiento feminista a escala internacional. Unas reivindicaciones que, además de poner el énfasis en las discriminaciones en el mercado laboral: brecha salarial, mayor precariedad en trabajos feminizados, concentración de mujeres en jornadas a tiempo parcial, han manifestado con contundencia que estas discriminaciones no pueden resolverse sin abordar la división sexual del trabajo y una reorganización social de los cuidados.

La OIT estima que se dedican a nivel mundial 16.400 millones de horas al trabajo de cuidados no remunerado todos los días. Esto corresponde a 2.000 millones de personas trabajando ocho horas al día sin recibir una remuneración a cambio. En 2018, en España se emplearon 130 millones de horas diarias en trabajo de cuidados no remunerado. Esta cifra equivale a 16 millones de personas trabajando ocho horas al día sin percibir remuneración alguna. Si estos servicios se valoraran sobre la base de un salario mínimo por hora, equivaldrían al 14,9% del PIB español30/. Actualmente el trabajo de cuidados remunerados emplea en el país a 3,8 millones de personas (sanidad, educación, servicios de atención a personas, trabajadoras del hogar) de las cuales 2,9 millones son mujeres y 936.000 hombres. Además, diferentes estudios muestran que existe un potencial de creación de empleo de más de un millón de trabajos en el sector de los cuidados de aquí a 2030 para atender adecuadamente a las necesidades sociales que ya existen y que crecerán en los próximos años, fundamentalmente por el envejecimiento de la población.

Todavía está por ver cómo la crisis Covid-19 va a afectar esta agenda. Por una parte, se ha evidenciado la importancia de los cuidados remunerados como pilar fundamental para hacer frente a la pandemia, así como su fragilidad por años de recortes en sanidad, el abandono de las residencias de personas mayores y la desprotección de las empleadas del hogar. La disputa se abre ahora en asegurar que se blinden como cien por cien públicos estos servicios ante los procesos de mercantilización, se doten de recursos suficientes y garanticen plenamente los derechos laborales. Por otra parte, es preocupante la invisibilización que ha habido de los trabajos de cuidados no remunerados durante la pandemia en España. Me refiero a los 4,5 millones de hogares que hay con al menos un menor de 14 años y a aquellos con personas dependientes o mayores que se han quedado sin centros de día ni otras alternativas. El Estado ha hecho dejación de funciones cerrando las escuelas seis meses sin ofrecer alternativas a las familias, más allá de las medidas de conciliación de los funcionarios públicos, promoviendo solo como fórmulas para hacer frente a esta situación el teletrabajo o que cada empresa facilite arreglos para la conciliación. Sin entrar a hablar de los derechos de los menores, sus necesidades de socialización y de bienestar emocional.

En estas semanas hemos asistido a una reprivatización de los cuidados en el hogar, como nunca en la historia reciente. Buscar explicaciones en la excepcionalidad del momento es ponerse una venda en los ojos ante un problema más de fondo. La respuesta a la realidad de la reproducción social y las necesidades de los cuidados solo puede pasar por una reorganización profunda del mercado de trabajo, el sistema productivo y de protección social en un sentido amplio: reducción de jornada, inversión en servicios públicos que permita reducir ratios, opciones de ERTE para quienes deban asumir tareas de cuidados inexcusables.

Una dura constatación que la agenda de la corresponsabilidad, la conciliación y la igualdad efectiva estaba avanzando de forma epidérmica y para ciertos sectores, pero que en momentos de crisis, cuando son más necesarios que nunca, vuelven al cajón del ámbito privado, la invisibilidad y los apaños individuales. A pesar de ser socialmente imprescindibles, una fuente de empleo y de bienestar social.

A modo de conclusión

El mundo del trabajo pos-Covid-19 nos posiciona ante un escenario complejo. Las crisis abren ventanas de oportunidad para la disputa, tanto en el relato como en las medidas que se desarrollen. Sin embargo, las inercias para seguir con el modelo prepandemia son muy fuertes. El riesgo más evidente es la aceleración de las tendencias que vienen dándose, agravando las desigualdades, generando sociedades más polarizadas, empobreciendo aún más a unas clases populares ya depauperadas, prosiguiendo con la devastación ambiental, y así de crisis en crisis.

Si bien las primeras medidas adoptadas por los gobiernos europeos están siendo de protección social de los sectores trabajadores y expansivas en gasto público, recordemos que también lo fueron los primeros momentos de gestión de la crisis de 2008. Las piezas claves del orden neoliberal generador de esta situación siguen intactas y los grupos económicos que lo sostienen están jugando sus bazas para beneficiarse de la misma
y reforzar sus posiciones de privilegio aprovechando la oportunidad brindada por la crisis, por esta situación de excepcionalidad. Con lo que no es ni mucho menos descartable que asistamos a una aceleración neoliberal, con la profundización de las tendencias señaladas, utilizando la crisis como una coartada para llevar a cabo reformas que agraven aun más la situación a nivel social y laboral.

La otra opción es extender la disputa para revertir el modelo, para que la nueva normalidad no sea la misma normalidad de siempre solo que con mayor control y distanciamiento social. Los discursos sobre las oportunidades que nos ofrece esta crisis, la necesidad de no repetir los errores de la crisis de 2008, ya están en marcha, la cuestión es si las medidas económicas, laborales y socioambientales serán suficientemente fuertes
y robustas para dar un cambio de rumbo. Esto no va a depender solo de lo que deseemos o de lo que digan otros que harán por nosotros, sino sobre todo de cuánto hagamos para disputarlo. Solo desde su cuestionamiento tendremos la oportunidad de sentar las bases de otra economía al servicio del bien común que enfrente los retos de una emergencia climática y que ponga la vida en el centro de sus políticas.

Judith Carreras es activista feminista y presidenta de la Fundación viento sur

Notas

1/ OIT (2018a) Informe Mundial sobre Salarios 2018/2019: Qué hay detrás de la brecha salarial de género, https://www.ilo.org/global/research/global-reports/global-wage-report/WCMS_650653/lang–es/index.htm

2/ OIT (2019a) Trabajar para un futuro más prometedor, https://www.ilo.org/wcmsp5/groups/public/—dgreports/—cabinet/documents/publication/wcms_662442.pdf

3/ Ello representa casi el 40% de todas las personas asalariados y más del 60% de la población empleada –autónomas
y en la economía familiar–.

4/ OIT (2020a) Impact of lockdown measures on the informal economy, https://www.ilo.org/global/topics/employment-promotion/informal-economy/publications/WCMS_743523/lang–en/index.htm

5/ OIT (2020b) COVID-19 crisis and the informal economy: Immediate responses and policy challenges, https://www.ilo.org/global/topics/employment-promotion/informal-economy/publications/WCMS_743623/lang–tr/index.htm

6/ OMS y BM (2017) Tracking universal health coverage: 2017 Global Monitoring Report, https://www.who.int/healthinfo/universal_health_coverage/report/2017/en/

7/ OIT (2017a) 2017-2019: La protección social universal para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible, https://www.ilo.org/wcmsp5/groups/public/—dgreports/—dcomm/documents/publication/wcms_624890.pdf

8/ OIT (2017a), op. cit.

9/ OIT (2020d), op. cit.

10/ OIT (2020c) Observatorio de la OIT: El Covid-19 y el mundo del trabajo. Segunda edición. Estimaciones actualizadas y análisis, https://www.ilo.org/wcmsp5/groups/public/—dgreports/—dcomm/documents/briefingnote/wcms_740981.pdf

11/ OIT (2020d) Observatorio de la OIT: El Covid-19 y el mundo del trabajo. Tercera edición. Estimaciones actualizadas y análisis, https://www.ilo.org/wcmsp5/groups/public/@dgreports/@dcomm/documents/briefingnote/wcms_743154.pdf

12/ OIT (2019a), op. cit.

13/ Centro Europeo para el Control y Prevención de Enfermedades (ECDC) (2020) Rapid RiskAssessment: Coronavirus disease 2019 (Covid19) in the EU/EEA and the UK– ninth update, https://www.ecdc.europa.eu/en/publications-data/rapid-risk-assessment-coronavirus-disease-2019-covid-19-pandemic-ninth-update

14/ El internet de las cosas es un concepto que se refiere a una interconexión digital de objetos cotidianos con internet. Por ejemplo, si la ropa o los botiquines estuvieran conectados a internet y equipados con dispositivos de identificación, nos indicarían la temperatura corporal o cuándo hay medicinas que van a caducar.

15/ Carl Benedikt Frey y Michael A. Osborne (2015) Technology at work: The future of innovation and employment, Citi Global Perspectives and Solutions (Citi GPS), Oxford y Nueva York, Universidad de Oxford y Citi Group, https://www.oxfordmartin.ox.ac.uk/downloads/reports/Citi_GPS_Technology_Work.pdf

16/ Carl Benedikt Frey (2019) The Technology Trap, Princeton University Press.

17/ OIT (2019a), op. cit.

18/ María Luz Rodríguez, “España: primera potencia europea en trabajo de plataforma”, Agenda Pública- El País, abril 2019, http://agendapublica.elpais.com/espana-primera-potencia-europea-en-trabajo-en-plataformas/

19/ OIT (2018b) Sostenibilidad medioambiental con empleo – Perspectivas sociales y del empleo en el mundo 2018, https://www.ilo.org/global/research/global-reports/weso/greening-with-jobs/lang–es/index.htm

20/ Europa Press, abril 2019, https://www.europapress.es/economia/laboral-00346/noticia-cumplir-acuerdo-paris-generaria-200000-empleos-adicionales-espana-2030-12-millones-ue-20190704172622.html

21/ Greenpeace (2016) La recuperación económica con renovables, http://archivo-es.greenpeace.org/espana/Global/espana/2014/Report/cambio-climatico/recuperacion_economica_con_renovables_web.pdf

22/ Ecologistas en Acción (2020) Escenarios de trabajo en la transición ecosocial 2020-2030, https://www.ecologistasenaccion.org/132893/

24/ OIT (2016): El trabajo decente en las cadenas mundiales de suministro, https://www.ilo.org/wcmsp5/groups/public/—ed_norm/—relconf/documents/meetingdocument/wcms_468096.pdf

25/ OIT (2020e): Perspectivas sociales y del empleo en el mundo: Tendencias 2020, https://www.ilo.org/global/research/global-reports/weso/2020/WCMS_734481/lang–es/index.htm

26/ Alvaredo, F.; Chancel, L.; Piketty, T.; Sáez, E., y Zucman, G. (2018) Informe sobre la desigualdad global, Cambridge, MA, BelknapPress of Harvard UniversityPress. https://wir2018.wid.world/files/download/wir2018-summary-spanish.pdf

27/ OIT (2015) Inciativa del Centenario relativa al futuro del trabajo. https://www.ilo.org/wcmsp5/groups/public/—ed_norm/—relconf/documents/meetingdocument/wcms_370408.pdf

28/ Riham Alkousaa y Paul Carrel (2020), “¿Refugiados al rescate? Alemania acude a médicos migrantes para dura batalla contra coronavirus”, Reuters, marzo 2020, https://lta.reuters.com/articulo/salud-coronavirus-alemania-refugiados-idLTAKBN21C2SU

29/ Costi Rogozanu, Daniela Gabor (2020) “La historia del virus y los trabajadores rumanos del espárrago blanco”, eldiario.es, abril 2020, https://www.eldiario.es/theguardian/importante-Europa-occidental-trabajadores-procedentes_0_1017698940.html

30/ OIT (2018c) El trabajo de cuidados y los trabajadores del cuidado para un futuro con trabajo decente. https://www.ilo.org/global/publications/books/WCMS_633168/lang–es/index.htm

https://vientosur.info/el-futuro-del-trabajo-despues-del-coronavirus/

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