Racismo: un producto de la explotación

 

“El descubrimiento de los yacimientos de oro y plata de América, el exterminio, la esclavización y el sepultamiento en las minas de la población aborigen, el comienzo de la conquista y el saqueo de las Indias Orientales, la conversión del continente africano en cazadero de esclavos negros: tales son los hechos que señalan los albores de la era de producción capitalista”.

Marx, El Capital, Libro Primero, capítulo XXIV.6:

La así llamada acumulación original.

 

Las protestas ocasionadas por el asesinato de George Floyd, víctima de un policía racista, no solo persistieron, sino que se extendieron; y no solo en Estados Unidos, también por el mundo entero no siendo el racismo una exclusividad estadounidense. Lo que empezó como una protesta más contra la violencia policial ejercida hacia la población negra en una ciudad, acabó transformándose en una rebelión a pesar de la presencia de la Guardia Nacional —e incluso del ejército— y el toque de queda en algunos Estados.

Lo ocurrido a George Floyd, no es una novedad, muchos negros lo han sufrido antes. Desde la época de las bodegas repletas de esclavos en los barcos negreros, pasando por los linchamientos, hogueras del Klu Klus Kan y la política segregacionista llevada a cabo por los Estados Unidos, son muchos los muertos entre la población negra a manos de los blancos. Estados Unidos, que muy a menudo nos presentan como modelo, en realidad, se construyó —como todas las potencias colonizadoras— sobre los cimientos del esclavismo y más tarde sobre la explotación despiadada de la mano de obra “libre”.

Si el detonador de las protestas ha sido el asesinato de Floyd, lo que en realidad motiva su carácter generalizado e interracial, y no solo en Estados Unidos, es un hartazgo social. Por una parte, contra años y años de racismo institucional y de violencia policial, y por la otra, por la violenta sobrexplotación sufrida por cualquier minoría étnica en general y las personas negras en particular. Esta sobrexplotación no está reservada únicamente a la franja de la población citada; también está compartida por el conjunto de la clase trabajadora, sea cual sea su color de piel, sea cual sea su nacionalidad y el país en la que se encuentre.

Después de ver, por primera vez, un presidente negro en la Casa Blanca han sido muchos los que pretendían que el país había saldado las consecuencias heredadas del esclavismo y la segregación. Hoy nos damos cuenta, claramente, de la falacia que representan tales alegaciones. Por muchos que sean los parlamentarios, jueces, policías, universitarios y militares negros, el racismo no solo sigue presente en el aparato de Estado estadounidense, sino que sigue siendo también un determinante de clase.

La explosión social en la que vimos conjuntamente negros, blancos e inmigrantes de diferentes orígenes, también se debe sin duda a la terrible crisis por la que está pasando la clase trabajadora estadounidense en general y obrera en particular: 41 millones de despedidos y decenas de millones haciendo cola para poder beneficiarse de una ayuda alimentaria mientras Wall Street está recuperando las cifras anteriores a la pandemia.

Sí, el Estado, de sea cual sea el país, defiende un sistema basado en la explotación y la desigualdad social utilizando los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado. Este aparato sirve esencialmente para defender los privilegios de los poderosos, la propiedad privada de los medios de producción y la sagrada plusvalía; ejerciendo para el logro de tal propósito, una represión sin miramientos de los explotados.

Esperemos, que la lucha iniciada estos últimos días contra el racismo y la violencia policial continúe, se amplifique aún más y acabe dirigiendo sus golpes hacia la principal causa de esta situación: el capitalismo. Desde este punto de vista, los casi 60.000 trabajadores portuarios de la costa oeste estadounidense que participaron en la huelga de apoyo a los manifestantes contra el racismo institucional, es un buen comienzo.  

 

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