La crisis de nuestras vidas (I)

- El estado de excepción ha permitido a la policía, dada al empoderamiento y el abuso de autoridad, enseñorearse de las calles: actitudes displicentes y malcaradas, han sido más norma que excepción

- El papel de multar, casi un millón de sanciones en dos meses y numerosísimas detenciones, jaleadas por los medios de comunicación, aplaudidas por los espectadores de balcón.

 

Decía nuestro ínclito presidente, Pedro Sánchez, que ésta, la del coronavirus, es la crisis de nuestras vidas. No sé si será tal. Cada cual sabe cómo lleva su partitura. Tampoco sabemos si esta crisis es la última similar que vamos a vivir, o la primera de una serie de episodios más o menos parecidos. En todo caso me han propuesto escribir mis reflexiones sobre el tema para esta página web, la de Tortuga, y a ello me dispongo, haciéndolo en unos diez epígrafes, que administraré en tres o cuatro entregas. Esta es la primera.

 

1. Yo y mi circunstancia

Empezaré diciendo que yo soy de esas personas a las que el confinamiento decretado bajo el paraguas de estado de alarma, que en realidad lo es de excepción, además de ponerme de los nervios, me ha resultado muy perjudicial. Yo no soy de esos trabajadores de la administración que en ningún momento han visto peligrar su empleo, ni han dejado de cobrar puntualmente su nómina, estando trabajando algunos, estando en casa otros haciendo, a ratos, alguna labor mediante internet. Entiendo que su situación, sobre todo la de los últimos, les ha posibilitado tomarse la cuarentena con calma, sin prisas, con sentido "cívico", e incluso aprovechar para sacar el polvo de algún armario: "¡Quédate en casa! Todo lo que haga falta".
Ni siquiera soy el empleado de una empresa, jodido y preocupado por su ERTE, pero manteniendo también, al menos de momento, un ingreso y una expectativa de reincorporación a su puesto. Yo soy un trabajador independiente "free-lance", que si no curra, no cobra. Es decir, que he pasado estos meses a cero patatero. Y no iba sobrado, precisamente. Por desgracia, ni mucho menos soy el único en esta circunstancia. Para todos nosotros, además, el futuro económico pinta gris con tonos negros.

Podría abundar también en otro tipo de circunstancias personales, familiares, habitacionales, etc. que se han visto afectadas por los decretos de confinamiento, creandome importantes perjuicios y obligándome a correr desagradables riesgos, pero bueno, dejemos el agua correr.

En todo caso, lo que quiero decir con estas líneas es que para mi la cuarentena no ha sido esa ocasión para reencontrarme conmigo mismo, con mi familia, con mis amistades (cibernéticamente), para leer, ordenar, ver series, hacer bizcochos y esas cosas. Por el contrario, ha sido una auténtica maldición; una pesadilla.

2. Los verdaderos damnificados

Y si he empezado por hablar de mis cuitas, por aquello de aterrizar, de ubicarse en lo concreto, debo decir que éstas son el chocolate del loro comparado con lo que está pasando mucha gente. Hay quien ha perdido el trabajo. Cabe pensar que no son buenos tiempos para buscar uno nuevo. ¿Hace falta recordar hasta qué punto las personas de la sociedad necesitan de su empleo para pagar el alquiler o la hipoteca, comprar ropa a sus hijos, simplemente comer...? Algunos, que no todos, cobrarán paro un tiempo, luego una ayuda familiar de casi 400 euros. Bueno. Hay quién tenía un negocio: un bar, una ferretería, un lavadero de coches, una compañía de teatro... Hay quienes acababan de empezar, invirtiendo ahorros, préstamos... Es de creer que muchos de estos emprendimientos no volverán a alzar su persiana una vez pase la situación de excepción. Algunos habrán quedado seriamente endeudados. El gobierno, para ellos, ha arbitrado una serie de pequeños pagos "compensatorios". Hay quien saca pecho diciendo que por primera vez un gobierno dio algo a las personas laboralmente autónomas. Bueno.

El progre-gobierno, además, anuncia una renta mínima, de también 400 y pico € (o más si hay hijos) para familias que no tienen otra cosa. Bueno. El estado, ahora, da limosnas de estas para que la gente no entre en la pobreza absoluta y pueda seguir consumiendo algo, que ese es el motor del sistema. Hasta Montoro y De Guindos animan a dar esas rentas. Todavía hay personas que están peor. Los "sin hogar" han estado encerrados aquí y allá en condiciones penosas y carcelarias. Muchos son enfermos mentales drogodependientes. El deambular de alguno que otro de ellos ha dado pie a anti-empáticos linchamientos virtuales en internet y en los medios de comunicación, así como a, también linchamientos, estos bien reales, bajo las porras policiales. Cabe hablar asimismo de las personas presas, confinadas dentro de su reclusión, sin derecho a permisos, visitas o vis a vis; es decir, presas dentro de la prisión.

Aunque, en nuestra sociedad, las víctimas por antonomasia de esta crisis son aquellas que han fallecido prematuramente por la acción del virus covid-19. Ellas y sus seres queridos. Como diré luego, morir debería ser un hecho, en general, más normal en muchos sentidos. A todos nos llegará nuestra hora antes o después. Pero morir así, como ha sido tónica general estas semanas; solo, sin poder estar acompañado y despedirte de los tuyos, en un hospital, entubado en una puñetera uci... no es digno. Ni humano. Y los deudos, que no han podido estar en ese irse, a quienes no les han dejado velar el cadáver, ni enterrar debidamente al finado. Cadáveres que han llegado a perderse por aquí y por allá... ¿Y qué decir de los geriátricos, convertidos en el castillo del horror? Habrá que pedir cuentas a tanto político debidamente asesorado por expertos médicos y epidemiólogos, a ver porqué, sabiendo lo que venía y cómo incidía en personas ancianas, no se tomaron medidas profilácticas prontas y eficaces para proteger debidamente a esta población.


No conviene olvidar que nuestro estado español no es, en sí, el mundo. En los países empobrecidos, los cuales, por cierto, en muchos casos, padecen pandemias harto más mortales que el propio coronavirus, las medidas de aislamiento social adoptadas por contagio de lo que se hace en otros sitios o recomendación de la OMS, o ambas cosas, han dado lugar a consecuencias ruinosas para las pequeñas economías locales de subsistencia. La gente que cada día salía a buscarse la vida para dar de comer a su familia y que hoy se ve confinada bajo la amenaza policial y carcelaria, ni siquiera tendrá acceso a una renta básica de subsistencia como las de aquí.

3. Un paréntesis sobre la represión

Quienes solo han salido de casa a por pan, tabaco y pasear al perro, quienes salen ahora en masa a corretear un poco en los horarios permitidos, seguramente, tienen una visión de las fuerzas policiales más bien positiva. Uno más de esos cuerpos funcionariales que se están currando el bienestar de todos durante la pandemia, y a los que hay que aplaudir a las ocho. Sin embargo quienes se han sentido obligados a desplazarse aquí y allá, en alguna o en numerosas ocasiones, fuera de los estrechos supuestos permitidos, han experimentado en propia piel la seria militarización que ha vivido la sociedad estos meses. Controles y más controles de todo tipo de policías, revisando explicaciones, documentaciones y equipajes. Tomando notas y haciendo fotos. Coches patrulla pasando una y otra vez por las calles, arriba y abajo. Agentes identificando a todo tipo de viandantes. La ley, en este caso, no ha sido progresiva y no ha querido hacer excepciones. Las multas se han impuesto bajo la cobertura de la denostada Ley Mordaza; esa que PSOE y Podemos iban a derogar. Sus cuantías, siendo de 600 € la mínima, han oscilado entre los mil y mil quinientos. Quizá una cantidad asumible para algún rico que se ha escapado con su coche deportivo a su segunda residencia, pero una auténtica locura para el trabajador no dado de alta que ha tenido que salir -ilegalmente- a trabajar o para el integrante de algún sector marginal que ha sido "cazado" cuando, por ejemplo, iba a visitar a algún familiar enfermo o a un velatorio. Se ha llegado a multar recurrentemente a enfermos mentales sin hogar y a drogodependientes.

El estado de excepción ha permitido a la policía, ya de por sí más que dada al empoderamiento y el abuso de autoridad, enseñorearse de las calles. Las actitudes displicentes, malcaradas y discrecionales han sido más norma que excepción. El papel de multar ha corrido como el agua, habiéndose llegado al delirante número de casi un millón de sanciones en dos meses. Se han practicado numerosísimas detenciones, jaleadas por los medios de comunicación, aplaudidas por los espectadores de balcón y de las que han sacado pecho los respectivos mandos policiales en las ruedas de prensa gubernamentales. Han sido recurrentes los testimonios de extralimitaciones, abusos, malos tratos y agresiones por parte de los agentes de unos y otros cuerpos. Como decía Molotov-, "si le das más poder al poder, más duro te van a venir a coger". Ni más ni menos, es lo que ha pasado. Ahora habrá que lidiar con las secuelas, porque me da que no va a ser fácil que baje sus humos más de un y una policía que le ha cogido el gusto al abuso de autoridad.

https://www.grupotortuga.com/La-crisis-de-nuestras-vidas-I

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