Libertad de expresión ¿Quién ‘cancela’ a quién? Contextualizar la polémica contra la ‘cancel culture’

“Nadie ha sido más ‘cancelado’ que Colin Kaepernick”,...este jugador de fútbol americano negro cuya carrera fue interrumpida abruptamente por haber optado por poner una rodilla en el suelo en apoyo a las víctimas de la violencia policial.  

 

La ‘cultura de la cancelación’ es, 30 años después de la polémica en torno a lo ‘políticamente correcto’, el mismo lamento por la ‘tiranía de las minorías’ y el ‘macartismo de izquierdas’

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En la campaña mediática contra la cancel culture se respira cierto aire de déjà vu. En 1990, un artículo del New York Times iniciaba la ofensiva contra “la creciente hegemonía de lo políticamente correcto”. Por entonces, los medios de comunicación enumeraban anécdotas alarmantes, a menudo exageradas, a veces inventadas, sobre la intolerancia de una izquierda dispuesta a denunciar el sexismo, la homofobia y el racismo. Tras la caída del Muro de Berlín, esta se convirtió en el emblema de una nueva amenaza “iliberal”, era el radicalismo del púlpito.

Esencialmente, la polémica contra la “cultura de la cancelación” se limita a repetir los mismos temas de la polémica contra lo “políticamente correcto” actualizados

Esencialmente, la polémica contra la cancel culture o “cultura de la cancelación” se limita a repetir los mismos temas de la polémica contra lo “políticamente correcto” actualizados: de la discriminación positiva se ha pasado a la violencia policial racista con Black Lives Matter, y de los códigos de conducta de la sexual correctness al hashtag (o etiqueta) #MeToo. Y hoy hay más preocupación por el movimiento trans. Pero, en realidad, es el mismo lamento sobre la “tiranía de las minorías” y el “macartismo de izquierdas”, es decir, sobre la persecución de los hombres blancos heterosexuales (y últimamente de las mujeres cis). En resumen, hoy como entonces: “¡Ya no se puede decir nada!

Los protagonistas de la polémica

Al igual que hace 30 años, la controversia se extiende como la pólvora, no solo en Estados Unidos, sino también en Francia y muchos otros países. El 7 de julio de 2020 se publicó una carta sobre “la justicia y la libertad de debatir” en la página web de la revista Harper’s . La carta la firmaban “más de 150 escritores, artistas y periodistas” (algunos de los cuales ya estaban comprometidos contra lo políticamente correcto hace tres décadas). Al día siguiente ya estaba traducida en la página web de Le Monde. En los días posteriores estaba en Alemania, Holanda, Japón...

 

El 10 de julio, el mismo número de personalidades respondieron punto por punto en The Objective (página web destinada a las “comunidades que el periodismo acostumbra a ignorar en Estados Unidos”). Hay menos firmas de prestigio; muchos eligen el anonimato para protegerse. El objetivo de su respuesta es, precisamente, la ceguera del primer texto frente a la realidad de las relaciones de poder. ¿Cómo se puede defender la libertad de debate sin cuestionar las condiciones en las que se ejerce? No es de extrañar que esta segunda carta abierta no vaya a experimentar la misma difusión: no está traducida en ninguna parte.

 

La tribuna de Harper’s es una protesta contra las movilizaciones raciales o sexuales de los últimos años. Por supuesto, comienza alabando, en una frase, estas “poderosas manifestaciones por la justicia racial y social”. Para, eso sí, reprocharles, a continuación, el suscitar un “conformismo ideológico” impregnado de certezas morales e intolerancia ideológica. Por supuesto, los firmantes tienen cuidado de distanciarse de Donald Trump, al que describen como “una amenaza real para la democracia”. No puede olvidarse, sin embargo, que el presidente acababa de arremeter, tan solo cuatro meses antes de las elecciones del próximo noviembre, contra la cancel culture, a la que calificó de “fascismo de extrema izquierda”.

Fue con motivo de la fiesta nacional, frente al monte Rushmore (donde espera figurar algún día). Ya había enviado tropas federales contra los manifestantes antirracistas, y el 4 de julio anunció penas de al menos diez años de prisión por el mero hecho de derribar una estatua. Aún así, tres días después, se publica la carta de Harper’s; aunque esta evita nombrar la cancel culture, trata por igual a ambos bandos, en el mismo “clima de intolerancia generalizada que se ha instalado en unos y otros…”.

El texto ciertamente se desmarca de la alt-right; pero, ¿cuál es el significado político de esta intervención? “La censura, que esperábamos que surgiera más bien por parte de la derecha radical, también se está extendiendo ampliamente en nuestra cultura”, dice la carta. Sin embargo, los firmantes son de todo tipo: van de la izquierda, con Noam Chomsky, a la derecha, con Francis Fukuyama, quien declaró “el fin de la historia” en 1992, o David Frum, el escritor de George W. Bush que, diez años después, llamó a combatir al “eje del mal”, pasando por feministas como Margaret Atwood o Gloria Steinem. Con tal ecumenismo político, ¿qué significa “nuestra cultura”?

¿El New York Times iliberal?

Como hace 30 años, el New York Times se encuentra en medio del fragor de la batalla; pero esta vez como acusado. El 3 de junio, la tribuna de un senador republicano, que en su titular llamaba a “enviar las tropas” contra los manifestantes movilizados ante la violencia policial, había provocado la indignación de un gran número de periodistas de la redacción del diario (Aquí se expone cómo la sección de opinión del New York Times decidió encargar esta tribuna tras leer algunos de los tuits del senador). James Bennet, responsable de que la columna se publicase, intentó en vano defender su elección en nombre del pluralismo; finalmente, fue destituido de su cargo como editor de opinión.

Sin embargo, ¿se puede escribir, como los firmantes de la carta, contra la cancel culture: “Se despide a los editores por haber publicado textos controvertidos”?. Es cierto que el problema nunca se plantea en los medios de comunicación de derechas, que constantemente dan voz a opiniones muy violentas. También hay que añadir que apenas hay en ellos tribunas del ámbito ideológico contrario: ¡por lo tanto, no tienen nada que “cancelar”!

Asimismo, es importante tener en cuenta este elemento cuando se habla de otro caso: Bari Weiss dimitió, con estrépito, del New York Times unos días después de firmar la carta en Harper’s. Reclutada para las páginas de opinión después de la elección de Donald Trump, con la intención de hacer oír esas voces que el diario no había sabido escuchar, Weiss se considera víctima de un  “nuevo macartismo” debido a la hostilidad de sus compañeros.

¿La libertad de expresión está más amenazada por las protestas contra una tribuna que pide el envío de tropas o por el despliegue del ejército contra los manifestantes? 

En cuanto a la dimisión de Bennet, que la había contratado, conviene agregar algunos aspectos. Primero, este admitió no haber leído el texto del senador antes de su publicación. Además, este problema editorial “no fue el primero”, como señaló el jefe del Times. En concreto, un año antes, en su edición internacional, el diario había publicado una caricatura portuguesa considerada antisemita en una columna del periódico: Donald Trump, ciego y cubierto con una kipá, es guiado por un perro basset, que sostiene con una correa y cuyos rasgos son los del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu. El Times se disculpó entonces y anunció sanciones contra un redactor y cambios en el proceso editorial. Pero el asunto no acabó ahí: ¡el periódico terminó por dejar de publicar cualquier caricatura política! Sin embargo, este ejemplo de cancelación radical nunca se menciona en la controversia sobre la cancel culture: es decir, que la expresión solo se usa contra las minorías de izquierdas.

Cuando los “cancelados” no se apartan

¿Por qué importar esta ofensiva a Francia? Uno de los cinco hombres que dieron origen a la tribuna, el ensayista Thomas Chatterton Williams (que vive en París), explicó en France Culture: “La libertad de expresión es mucho mayor en Francia que en Estados Unidos en la actualidad”. Sin embargo, añadió, “los franceses deberían seguir de cerca lo que está pasando en Estados Unidos, porque el movimiento empieza a exportarse”. En otras palabras, Francia debería importar la polémica contra la cancel culture para evitar que esta se exporte...

Conviene preguntarse: ¿quién está realmente “cancelado”? En Estados Unidos, el sexismo y el racismo desplegados por Donald Trump obviamente no impidieron su elección; y los cargos de agresión sexual no han bloqueado la confirmación de dos de los nueve jueces de la Corte Suprema. Si Kevin Spacey fue literalmente borrado de la serie House of Cards, cabe destacar que fue por acusaciones de agresión homosexual... Woody Allen sigue haciendo películas.

Por otro lado, como reconoce el mismo Thomas Chatterton Williams, en una entrevista concedida al New Yorker: “Nadie ha sido más ‘cancelado’ que Colin Kaepernick”. La carta, sin embargo, no menciona a este jugador de fútbol americano negro cuya carrera fue interrumpida abruptamente por haber optado por poner una rodilla en el suelo, durante el himno nacional, en apoyo a las víctimas de la violencia policial. “Según seas poderoso o miserable”, por haber ejercido la violencia o protestado contra ella, los juicios político-mediáticos “te harán blanco o negro”... No debería de extrañarnos si finalmente, después del tiroteo a Jacob Blake, los jugadores de baloncesto de la NBA acaban renunciando a “cancelar” el final de temporada.

¿Qué pasa a este lado del Atlántico? Gérald Darmanin, acusado de violación, es nombrado ministro de Interior en el mismo momento en que la justicia ordena la reanudación de las investigaciones. Al mismo tiempo, el canal de televisión CNews contrata al polemista de extrema derecha Éric Zemmour, justo después de la confirmación de su condena por incitar a la discriminación islamófoba. En ambos casos es lo contrario a una sanción.

La revelación de las caricaturas antisemitas y negacionistas publicadas a los veinte años por el escritor Yann Moix de ninguna manera lo “apartaron” en 2019; pero, el año anterior, el desenterramiento de unos tuits conspirativos de la cantante [musulmana] Mennel Ibtissem, a la misma edad, la obligaron a abandonar el programa musical La Voz. A pesar de las protestas, la Academia de los César premió a Roman Polanski; y el relanzamiento de la investigación contra Gabriel Matzneff –que ha reivindicado, en su obra y durante décadas, su gusto por las adolescentes (e incluso por los niños y niñas)– se lo debemos al libro de su víctima, Vanessa Springora. Los dos hombres han eludido, hasta ahora, a la justicia.

En resumen, en Francia apenas cancelamos. Esto no impide que Christophe Girard denunciara pasado el 23 de julio, cuando dimitió de su cargo de responsable de Cultura en el Ayuntamiento de París, “el clima general deletéreo de los nuevos macartismos con el auge de la cancel culture”. Sin embargo, lo que entonces se le reprochó fueron sus acciones y no sus opiniones: como parte de su mandato, continuó interviniendo para conceder ayudas públicas a Gabriel Matzneff. Por consiguiente, se trata de una cuestión política. Bajo el disfraz de la libertad de expresión, ¿nos van a explicar que la política cultural es ajena a la política?

En todos los países, la pregunta hoy es: ¿quién cancela a quién? ¿Las mujeres que denuncian las violencias sexuales que han sufrido anulan a sus agresores o bien son estos los que las niegan a ellas, de la misma forma que lo ha hecho la sociedad que borra tanto los crímenes como a las víctimas? En Estados Unidos, hay llamamientos activistas para desmantelar (es decir, “dejar de financiar”) a las policías municipales que durante mucho tiempo han encubierto la violencia racista. En cuanto a la libertad de expresión, ¿está más amenazada por las protestas contra una tribuna que pide el envío de tropas o por el despliegue del ejército contra los manifestantes? Lo que se aplica a Hong Kong también se aplica a Portland...

Una política democrática de valores

Por último, las diferencias entre las dos polémicas no son menos interesantes que sus similitudes. La disputa por lo “políticamente correcto” estaba dirigida al mundo académico: el campus universitario se presentó como “un islote de represión en un océano de libertad”. Treinta años después, la polémica contra la cancel culture se ha extendido al conjunto de la sociedad. Este es el efecto de las redes sociales, que hoy dan voz a ese segmento, pero también a aquellas y aquellos que, hasta ahora, habían permanecido inaudibles. Como escribe Laure Murat, es la protesta “de una población exasperada y marginada sin voz ni poder más que el de internet”.

Sin embargo, según la tribuna de Harper’s, cuyos signatarios son figuras eminentes, la esfera pública está amenazada por el surgimiento de estos contrapúblicos minoritarios: “Cada vez es más difícil hablar sin temor a represalias”. Sin duda, el acoso online es, de hecho, una forma de acoso, pero se aplica a los trolls de todo tipo: en las batallas políticas, ninguno de los bandos tiene el monopolio de la intolerancia... ¿Y si se formularan las cosas de otra manera? De hecho, ya no es posible ocupar el espacio público a salvo de las interpelaciones de las personas que se sienten agraviadas. Sin duda, las nuevas voces no siempre son civilizadas, pero la violencia simbólica no es menor en el interior silencioso de los salones o la televisión. La esfera pública, empujada por estos contrapúblicos minoritarios, ¿no está experimentando una forma de apertura democrática, aún más necesaria en un momento en que los medios están dando cada vez más espacio al discurso neofascista tanto en Francia como en los Estados Unidos? 

Esta transformación sociológica del espacio público va acompañada de un cambio político. La batalla por lo “políticamente correcto” en la universidad se centró en el canon de las humanidades, al mismo tiempo que en los códigos de conducta sexuales o raciales: se trataba de las reglas del juego intelectual y social. Hoy en día, la política normativa tiene que ver más con el valor: ¿quién lo define y según qué criterios? Black Lives Matter y #MeToo también son respuestas a la valorización del hombre blanco sexista y racista por parte de Donald Trump, una forma (tomando prestada la terminología del filósofo Michel Feher) de desacreditar esta política de la ciudadanía para avalar otros valores más democráticos.

El término censura es engañoso: para prohibir, uno debe tener el poder de prohibir. El último recurso de las minorías, más allá de un simple cuestionamiento, es el boicot

En estas condiciones, ¿no es mejor felicitarnos por una política del shaming que hace pasar vergüenza al New York Times por publicar una caricatura antisemita o una columna neofascista? Antes de que la expresión cancel culture se extendiera en 2019, llevábamos varios años hablando más sobre el calling out. Para denunciar el sexismo, el racismo y todas las formas de exclusión, primero hay que nombrarlos públicamente. De este modo, todavía resuena el grito de Adèle Haenel en la ceremonia de los César de 2020: “¡Qué vergüenza!”. Encontramos la misma palabra en Viena en la estatua de un alcalde antisemita: Schande!”. Es la otra cara de la afirmación del orgullo. De hecho, el calling out depende de la técnica política más que de una cultura.

Sin embargo, Barack Obama lo ve solo como una postura moral fácil que equivale a “tirar piedras”. El 29 de octubre de 2019, el expresidente daba a los jóvenes una lección: esta cultura de lo  “woke” (o políticamente consciente) “no es activismo; no comporta ningún cambio” . Sin duda, el expresidente prefiere la “community organizing” de su juventud; pero, ¿por qué contraponer de este modo las redes sociales al trabajo de campo?  Hoy en día, sus luchas se alimentan mutuamente. Se trata de activismo: la política del hashtag se esfuerza a la vez por calificar y por descalificar, en otras palabras, para hacer subir o bajar en la bolsa de los valores sociales tal discurso o tal comportamiento, tal institución o tal medida. ¿No es como la batalla política en general?

El término censura es engañoso: para prohibir, uno debe tener el poder de prohibir. El último recurso de las minorías, más allá de un simple cuestionamiento, es más bien el boicot. Se trata de presionar para acreditar o desacreditar, valorar o devaluar, legitimar o deslegitimar. En resumen, participar en el juego democrático de los valores. No reduzcamos esta politización a un cuestionamiento de la libertad de expresión. Muy al contrario, amplía el grupo de aquellas y aquellos que tienen derecho a este derecho fundamental.

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Traducción de Paloma Farré.

Este artículo se publico en el blog del autor Identités politiques en Mediapart.

Éric Fassin, Sociólogo y profesor en la Universidad de Paris-8. Ha publicado recientemente 'Populismo de izquierdas y neoliberalismo' (Herder, 2018).

Imagen. Fragmento de El grito (1893), de Edvard Munch.

https://ctxt.es/es/20201001/Firmas/33380/Eric-Fassin-cultura-de-la-cancelacion-harpers-new-york-times-racismo.htm?utm_campaign=especial-encuesta-monarquia&utm_medium=email&utm_source=acumbamail

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