La teoría de la violencia machista y el nuevo oscurantismo

 

 
La civilización ha realizado cosas de las que distaba muchísimo de ser capaz la antigua sociedad gentilicia. Pero las ha llevado a cabo poniendo en movimiento los impulsos y pasiones más viles del ser humano y a costa de sus mejores disposiciones. 
Fiedrich Engels, El origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado
 
 
El término "violencia machista" nace de una interpretación completamente reaccionaria y oscurantista de la realidad, pues implica presuponer que, en los varones, debido a su condición sexual masculina, existe una pulsión violenta incontrolable que sería la causante de los problemas que sufren las mujeres y de todos los problemas sociales en general, pasando por alto de forma totalmente acientífica todo tipo de influencia social o cultural sobre los individuos a quienes se les achaca tal desvarío (por no hablar del hecho de que la mayoría de los varones también sufren en sus carnes las consecuencias de ese supuesto desvarío que se le achaca a su propia condición sexual). Se podría decir que el concepto de "violencia machista" se basa en la misma vieja tesis clerical de que el hombre (concretamente el varón en este caso) es "malo por naturaleza", una tesis que ha venido siendo de gran utilidad para eximir de toda responsabilidad al orden social establecido y evitar así su cuestionamiento [1]. Esto demuestra que el feminismo y su teoría de la violencia machista no son más que la continuación laica de las viejas religiones de toda la vida.

El carácter reaccionario del feminismo (o movimientos similares), a pesar de encontrarse en su fase más inicial, fue percibido claramente ya en su época por Marx y Engels [2], y jamás se les habría ocurrido utilizar un término como violencia machista para referirse a los problemas que sufrían las mujeres de su época, es más, ni siquiera se les ocurrió nunca utilizar un término equivalente al de machismo en sus análisis, pues la utilización de unos términos semejantes, que centran el foco en la naturaleza sexual del individuo, habría llevado inevitablemente a una criminalización de las víctimas (los explotados), a la típica culpabilización judeocristiana que tiene como objetivo depositar toda la responsabilidad en los individuos aislados, algo que los padres del materialismo dialéctico trataban de evitar por ser éste el principal obstáculo que hasta ese momento había impedido el cuestionamiento y la transformación del orden social de oprimidos y opresores.

Utilizar el término violencia machista o violencia de género para referirse a la violencia infligida por ciertos varones a mujeres, es tan absurdo y reaccionario como sería utilizar el término delincuencia negrista o gitanista (o delincuencia étnica o racial) para referirse a los delitos cometidos por individuos de una determinada etnia, pues no sólo implica criminalizar irracionalmente a todo un conjunto de individuos (al atribuirle a todos los hombres o a todo un grupo étnico una mayor propensión a la violencia o a la delincuencia por razón de su sexo u origen étnico), sino también, al depositar toda la culpabilidad sobre los individuos, se niega la responsabilidad del brutal orden social al que aquéllos se ven sometidos, es decir, es una forma de negar las condiciones materiales que determinan nuestro comportamiento y, por lo tanto, una renuncia expresa a solucionar el problema que se dice querer combatir. Y es que la mejor prueba de que la responsabilidad no hay que buscarla en factores individuales (sexo, etnia...), sino sociales (barbarie capitalista), es que la violencia o la delincuencia no son fenómenos que protagonicen o afecten en exclusiva o en mayor medida a un determinado sexo o a una determinada etnia.

La campaña feminista "Hola, soy tu machismo" lanzada el año pasado por el Gobierno de Cantabria (presidido por el reaccionario Miguel Ángel Revilla) con motivo del día internacional contra la violencia de género, donde se llamaba a los varones a una especie de acto de contrición colectiva, es un ejemplo muy ilustrativo del gran paralelismo entre feminismo y religión. Según esta campaña, el llamado machismo sería algo consustancial al sexo masculino, es decir, el hombre arrastraría desde su nacimiento una especie de pecado original, y sólo dándose cuenta de ello y aceptando el estigma que sobre él pesa por el hecho de haber nacido varón, podrá vencer al "mal". Ésta, al igual que todas las demás campañas feministas, tiene el mismo efecto culpabilizador e inmovilizador que el logrado en su día por la religión, con unas consecuencias exactamente iguales: la perpetuación del orden social establecido. Es muy revelador el que en esta misma campaña feminista se publicite también el Camino Lebaniego (parte inferior central de cartel), un ramal del Camino de Santiago de la Costa que desemboca en el monasterio de Santo Toribio de Liébana, un camino que, como el principal, se creó con el objetivo de que los creyentes redimieran sus pecados a través de la penitencia del peregrinaje. Hasta ahora, ninguna otra campaña feminista había ilustrado mejor que ésta la confluencia a la que inevitablemente tienden feminismo y religión.

 

En el fondo, tanto para el feminismo como para la religión, el problema es el ser humano, da igual la barbarie social a la que se encuentra sometido y que obliga tanto hombres como mujeres a comportarse como bestias para poder sobrevivir. Todo orden social irracional hará siempre todo lo posible para evitar ser cuestionado, siendo la religión y el feminismo nada más que productos de esa necesidad. Y es que, para muchos y muchas, es muy difícil reconocer que el sistema social que tantos lujos y privilegios les proporciona, es un sistema inhumano, basado en la más absoluta sinrazón. Si antes se le echaba la culpa de los problemas sociales a la influencia del demonio sobre el hombre, ante la imposibilidad de hacer lo mismo en las modernas sociedades laicas, hoy se le echa la culpa a una supuesta maldad inherente al sexo masculino.

Toda esta hipocresía burguesa ha dado forma a un nuevo tipo de oscurantismo que alcanza su máximo expresión, cada año, el día 25 de noviembre, declarado día internacional contra la llamada violencia machista o de género, un día que se ha convertido ya en una auténtica festividad religiosa de carácter laico, en la que se celebran multitud de actos públicos en forma de manifestaciones, mítines y otros espectáculos de lo más delirantes, que guardan bastante similitud con los antiguos autos sacramentales. Tal y como hoy podemos apreciar, el 25N no ha servido de nada para eliminar, o al menos reducir, aquello que pretendía combatir, a pesar de haber pasado ya 20 años desde su institucionalización por la ONU, pero sí ha sido muy útil para lograr la expiación casi total de la responsabilidad que en todo esto tiene el brutal orden social al que estamos sometidos, una expiación que se ha conseguido gracias al sacrificio ritual masivo que se celebra en dicha jornada de autos sacramentales laicos, el sacrificio de la "maldad masculina" realizado por los sacerdotes y sacerdotisas de esta nueva religión.


P.S. El esperpéntico partido político ultraderechista VOX, nacido al calor del boom de la Alt Right norteamericana, con su lema "La violencia no tiene género" -con el que viene a decir que los problemas sociales no tienen como causa la condición sexual del individuo, sino la naturaleza humana en general-, está siendo de gran utilidad para legitimar socialmente el mensaje no menos reaccionario de la ideología de género y hacerlo pasar por progresista, al depositar éste la culpabilidad exclusivamente en uno de los sexos y no en los dos como hace VOX, además de exigir condenas relativamente más "laxas", pues VOX pide la vuelta de algo tan anacrónico como la cadena perpetua. Una pugna entre ideologías reaccionarias muy útil para conseguir la polarización de la opinión pública de tal modo que a ésta no le quede más remedio que escoger la opción "menos mala" (que, en un momento dado, para muchos feministas que reclaman un mayor endureciendo del código penal podría llegar a ser perfectamente la opción propuesta por VOX), asegurando así la pervivencia del brutal y deshumanizador sistema de dominación actual al evitar toda posibilidad de que éste pueda ser cuestionado.
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[1] Incluso el llamado feminismo socialista, que reconoce la influencia del medio social sobre el comportamiento humano, acaba diciendo que ese medio social es una creación del sexo masculino para servir a sus intereses. Es decir, para el feminismo socialista, no es la naturaleza masculina lo que hace que el hombre sea machista, sino el sistema social, creado por el hombre para someter a las mujeres a sus caprichos. Tras este cínico juego de prestidigitación verbal, se esconde la misma interpretación reaccionaria que tras el resto de feminismos, pues considera erróneamente al patriarcado como una creación exclusiva del hombre, lo que impide comprender su verdadera naturaleza, haciendo imposible así su superación.
[2] En la época en que Marx y Engels formularon sus planteamientos, no se puede decir que existiera un movimiento feminista como tal, tan organizado y estructurado como el que conocemos actualmente, pero sí pequeños grupos de mujeres de la burguesía que empezaban a asociarse para conseguir mejorar su posición dentro de la estructura de poder y que ello les permitiera beneficiarse en igualdad de condiciones que los hombres de la explotación de la clase obrera, para lo cual, utilizaban argumentos igual de reaccionarios que ahora y, debido al puritanismo cristiano que profesaban, una retórica clerical sin complejos que guarda también bastante similitud con la que usan las feministas ateas de hoy.
 
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