El libro de Alain Bihr y Michel Husson sobre los de Thomas Piketty

El sociólogo Alain Bihr y el economista Michel Husson publican en este inicio de curso un libro crítico sobre las tesis defendidas por Thomas Piketty: Thomas Piketty, una critique illusoire du capital (París, Syllepse, Lausanne, 2020). Las obras de Thomas Piketty han recorrido el mundo y su autor las presenta como complementarias: Le capital au XXIe siècle (París, Seuil, 2013; en castellano, El Capital en el Siglo XXI, Ed. FCE, 2014), seguida de Capital et idéologie (París, Seuil, 2019; en castellano, Capital e ideología, Ed. Deusto, 2019), pero anuncia el segundo como el que debe abrir la “caja negra” de las desigualdades (p. 11).

Dar cuenta de la obra de Alain Bihr (AB) y Michel Husson (MH) es un ejercicio delicado porque, para poder degustar plenamente el sabor, es necesario haber leído los dos de Thomas Piketty (TP), que suman 2.500 páginas aproximadamente, pero también conocer un poco a los dos autores críticos. AB es, en particular, autor de una monumental historia del nacimiento del capitalismo en cuatro volúmenes que superan incluso la amplitud de los de TP, porque cuentan al menos 3.200 páginas 1/. Y MH es un autor infatigable de libros y artículos que por sí solos constituyen una biblioteca de trabajos económicos que utilizan los conceptos de Marx para analizar el capitalismo contemporáneo 2/.

El libro de AB y MH supone, por lo tanto, un doble desafío: explicar en 193 páginas lo esencial de las 2.500 páginas de TP y mostrar sus límites, al tiempo que presenta al lector el marco teórico que inspira su propio trabajo, enorme en cantidad y en calidad. La ambición es casi desproporcionada, pero el juego vale la pena porque la cosa es, digámoslo desde el principio, exitosa, aunque si plantearé algunas cuestiones durante esta recensión. Los autores indican que AB ha escrito los capítulos 1, “Un título engañoso”, 2, “De las sociedadesternarias‘ a las sociedades depropietarios, o cómo abarcar ocho siglos de historia europea”, 4, “El momento socialdemócrata o la historia reducida a un teatro de sombras” y 6, “El ‘socialismo participativo‘: un socialismo utópico con aires científicos”, y MH los capítulos 3, “El Reino Unido o cómo no tratar el tema” y 5, “El momento neoliberal: de un modelo teórico frágil a propuestas políticas truncadas”. A estos seis capítulos les sigue un epílogo para integrar el evento “coronavirus” pero sin que esto cambie nada a la problemática de TP.

A veces, en obras escritas por varias manos, el conjunto carece de fluidez en sustancia y estilo. Aquí, este no es el caso. Todo está ordenado y unificado, en buena parte, sin duda, debido a que AB y MH tienen un punto en común con el que construir un argumento coherente: ambos están en una aproximación teórica marxiana, desembarazada de los dogmas del marxismo estalinista del siglo XX. Ello permite ubicar de forma inmediata las dos principales críticas teóricas dirigidas a TP, de las que resultará un cuestionamiento de sus propuestas políticas.

Una teoría de Thomas Piketty muy frágil

La primera crítica es de carácter filosófico: TP es un idealista, en el sentido filosófico, es decir, que remite la explicación de la evolución de las sociedades a la ideología, a las representaciones que se dan los pueblos, para justificar las desigualdades que se están desarrollando en las diferentes sociedades. En consecuencia, ignora cuáles son las relaciones sociales de producción, sobre las que se injertan las ideologías. Téngase en cuenta que ignora esta realidad y que ni siquiera conoce el concepto. Y AB y MH no tienen dificultad en detectar que TP no sabe lo que es el capitalismo, es decir, una relación social particular de explotación de la fuerza de trabajo por el capital, de la que surgen las desigualdades monetarias y de poder y, como se verá, una sola reforma tributaria no será suficiente para eliminarlas. El capitalismo es desconocido y de ello se desprende que TP conserva una noción de capital a la que los comentaristas se han opuesto casi unánimemente desde su primer trabajo. Por lo tanto, el andamiaje de TP corre el riesgo de colapsar al centrarse en una ideología de la cual, nos dice AB, no hay una definición seria: “Piketty no habla apenas sobre el segundo concepto que moviliza el título de su obra, el de la ideología. Esto es tanto más molesto teniendo en cuenta que el uso de este concepto no puede darse por sentado, ya que sus usos indebidos han sido múltiples. Y sin antes plantearse si su uso no puede ser en sí mismo… ideológico” (p. 19).

No se puede no estar de acuerdo con AB, y yo mismo también noté esta misma deficiencia al leer Capital et idéologie. En un párrafo titulado “Capitalismo: un propietarismo de la era industrial”, TP explica que “el capitalismo es una forma de propiedad”, luego que “el propietarismo es una ideología”, de donde se desprende la conclusión: “el capitalismo clásico de la Belle époque es la extensión del propietarismo a la era de la gran industria y las finanzas internacionales” (p.189-190). Este tipo de silogismo, capitalismo=propietarismo, o propietarismo=ideología, por tanto capitalismo=ideología, es verdaderamente insostenible. Nadamos en plena ideología, por encima del suelo. Es cierto que no faltan, en este último libro de TP, comentarios sobre el “equilibrio político-ideológico de poder entre los grupos sociales en presencia” (por ejemplo, p. 227), pero estas relaciones de fuerza nunca están vinculadas con las relaciones sociales de producción; siempre tenemos la impresión de que la ideología nace de la ideología. Además, TP tiene una visión de la historia y su evolución que no es en absoluto de largo recorrido como fue el advenimiento del capitalismo y como seguramente será la salida del mismo. ¿Cómo se deben interpretar declaraciones de TP como: “En verdad, todo depende de las instituciones y reglas que cada comunidad humana se da a sí misma, y todo puede cambiar muy rápidamente” (Capital et idéologie, p. 227, subrayado por mí)… en función de las relaciones de fuerza antes citadas? O también: “la importancia de los procesos político-ideológicos en la dinámica de los regímenes no igualitarios, la rapidez y la multiplicidad de las posibles transiciones y bifurcaciones” (Ibíd., p. 532). Si se trata de explicar que se pueden introducir y llevar a cabo importantes reformas tributarias rápidamente, estaremos de acuerdo. Pero si se trata de deducir el paso a un post-capitalismo, la duda se instala fuertemente.

Por tanto, es útil leer los capítulos 2 y 3 de AB y MH sobre la historia europea y la del Reino Unido. Historia sobre la que TP ignora las relaciones sociales de producción subyacentes a los tres órdenes del Antiguo Régimen. ¿Podemos considerar universal el modelo de sociedades ternarias divididas entre clero, nobleza y tercer estado? No, responde AB: “Reservando por el momento el caso del área indoeuropea, diga lo que diga Piketty no encontramos rastro de este patrón trifuncional en los imperios árabes clásicos (omeya, abasí, fatimí, etc.), ni en los otros imperios musulmanes (mameluco, mongol, timuríes, otomano, safávida, mongol), ni en la China imperial (de Han a Qing) o en Japón (ni tampoco durante su período feudal bajo el shogunato Tokugawa)” (p. 34). Y, sobre el tema del feudalismo europeo, AB desmonta a TP: “Una vez más, ignora por completo todo el proceso plurisecular de convulsión de las relaciones de producción y propiedad que hizo que las sociedades europeas pasasen del feudalismo al capitalismo. Si bien no se puede restar importancia a las convulsiones institucionales e ideológicas provocadas por la Revolución Francesa, sin embargo ésta no habría hecho más que finalizar una empresa iniciada y ya en gran parte realizada mucho antes de que nuestros valientes revolucionarios entraran en escena, que comenzó con el redescubrimiento y reintroducción del derecho romano a finales del siglo XI en la Universidad de Bolonia y su difusión en la práctica social, empezando por la de los comerciantes y negociantes que elaboraban entre ellos una específica lex mercatoria” (p. 53).

Para situar la segunda gran crítica dirigida por AB y MH a TP, debemos recordar un elemento importante del Capital en el siglo XXI. En este trabajo, TP creía haber hecho una innovación teórica que podría enviar a Marx de vuelta al museo del pensamiento, al proponer dos relaciones matemáticas que supuestamente tenían en cuenta la economía capitalista, que TP ha erigido en “leyes”. La primera de estas dos relaciones es una igualdad contable que no puede ser falsa:

la parte de los beneficios en el producto nacional (α) es igual a la tasa de rendimiento del capital r multiplicada por la relación capital/producción (β); se tiene entonces α = rβ

MH pregunta a continuación: ¿por qué esta relación indiscutible está escrita en este sentido, y no en el sentido más usual en la que la tasa de beneficio es igual a la parte de los beneficios dividida por la intensidad capitalista es decir:

r = α / β ? (p.110-111)?

¿No implica el significado de la escritura un sentido de causalidad? Y MH ofrece su interpretación:

“la parte de los beneficios α es un buen indicador de la tasa de explotación y corresponde a lo que Marx llama composición orgánica del capital” (p. 111).

Y continúa: “En resumen, el capital, incluso (¿y sobre todo?) en el siglo XXI, funciona de la siguiente manera: los capitalistas buscan maximizar la tasa de beneficio explotando tanto como sea posible el trabajo asalariado, evitando que el capital acumulado no pese demasiado en su rentabilidad. En cualquier caso, parece bastante razonable pensar que la tasa de rendimiento del capital es un resultado del proceso de producción, y no algo dado en otra parte, una especie de tasa de beneficio garantizado, que sería suficiente aplicar al capital” (p. 111). Siempre se vuelve al problema con el que TP tropieza continuamente, ya que la tasa de beneficio no se determina fuera de la relación social de explotación y, por tanto, no es el resultado de un proceso técnico de producción que hubiera arbitrado entre una mayor o menor sustitución entre capital y trabajo en función de la comparación de la elasticidad de cada uno de estos factores con respecto a sus respectivos precios. MH explica que este solo podría ser el caso si esta elasticidad fuera mayor que 1, lo que rara vez se verifica.

A lo largo de las páginas descubrimos el hilo conductor de la crítica de AB y MH: TP ignora las relaciones sociales de producción, ignora el capitalismo, confunde capital productivo y capital fuente de ingresos (lo que, de paso, conduce a sesgar su valoración del capital en sentido amplio, incluidos los precios de mercado de la vivienda), alinea la rentabilidad del capital con la productividad marginal de este último (y ya se sabe a qué aporías conduce esta noción), y desconoce la variable clave: la productividad del trabajo, cuyo crecimiento cada vez más débil sólo puede compensarse con el deterioro de la participación de los salarios en el valor agregado y, por tanto, con el aumento de la de los beneficios.

De ello se desprende que la segunda “ley” que TP cree haber descubierto, a saber, que las desigualdades aumentan cuando la tasa de rendimiento del capital es mayor que la tasa de crecimiento económico (r> g), es en el mejor de los casos un truismo. Pero, en el peor de los casos, extenderlo a toda la historia económica, desde todos los tiempos y para siempre, negando cualquier periodización, “constituye una desviación espectacular de las normas de la prospectiva”, acusa MH (p. 126).

Por lo tanto, MH propone recurrir a una construcción teórica completamente diferente (pp. 105 a 110). El agotamiento de las ganancias de productividad y la caída de la participación de los salarios en el valor agregado, el restablecimiento a pesar de todo de la rentabilidad del capital que no se traduce en la de la inversión, hasta el punto de provocar una tijera entre ambos y el aumento de los dividendos son los tres “hechos estilizados” del capitalismo contemporáneo y su crisis. “Las raíces de la crisis se encuentran, por tanto, en el ámbito de la producción”, siendo la financiarización “un síntoma y no la causa de la pérdida de eficacia del capitalismo” (p. 110).

Sin embargo, ahora es el momento de hacer una primera pregunta a los autores AB y MH. Incluso si aceptamos la idea fundamental resumida por MH, a saber, que la evolución de la productividad del trabajo es el punto de partida de un razonamiento que nos permite comprender las profundas transformaciones del capitalismo en la era neoliberal, ¿no se puede integrar la idea de que las convulsiones en el orden político, institucional y cultural, por tanto ideológico, favorecieron la rápida inversión del equilibrio de poder entre trabajo y capital a finales de los años setenta y ochenta? De ser así, sería una manera de asociar el concepto gramsciano de “hegemonía cultural” con el de la relación social de producción, y así entender la brutalidad con la que un nuevo “bloque de clases” burgués ha podido establecer la transición al capitalismo neoliberal.

Las propuestas de Thomas Piketty, solo reformistas

Las soluciones de TP para reducir las desigualdades surgen de su análisis de los experimentos socialdemócratas llevados a cabo en Estados Unidos a raíz del New Deal roosveltiano, y en Europa, tanto en Suecia como en Alemania, Reino Unido o Francia. Su tesis es que estos experimentos han dejado “la igualdad inconclusa” (título del capítulo 11 de Capital et idéologie). La historia que propone TP es la de un siglo XX marcado por dos guerras mundiales, la crisis del período de entreguerras y la invención del impuesto sobre la renta. Las guerras y la crisis crearon la oportunidad de hacer retroceder la propiedad privada. AB le reprocha haber restado importancia a las luchas sociales que marcaron la fase de acumulación de capital a finales del siglo XIX en el momento en el que chocaron los imperialismos. En otras palabras, el advenimiento del Estado social y fiscal no puede entenderse solo a través de las evoluciones político-ideológicos, sino que debe vincularse a las luchas del movimiento obrero (p. 80-81). Por mi parte, diría que TP no ignora las movilizaciones y luchas sociales, pero nunca las vincula a las relaciones de producción ordenadas por las demandas de acumulación del capital. Como escribe AB, se trata de relacionar las luchas sociales con “el paso de un régimen de acumulación predominantemente extensivo (que implica un aumento en la duración e intensidad del trabajo) a un régimen predominantemente intensivo (que se basa principalmente en el aumento de la productividad del trabajo, siempre más o menos asociada a la de su intensidad)” (p. 82) 3/.

El advenimiento de la socialdemocracia también se debe a la imposibilidad de que el capitalismo sea regulado únicamente por el mercado. Y AB no está de acuerdo con el uso que hace TP de la tesis de Polanyi: “No es ante todo la quiebra en los años 1920-1940 de la ‘ideología del mercado autorregulado‘ sino, más fundamentalmente, el de un sistema de reproducción del capital que basa su regulación únicamente en los mecanismos del mercado” (p. 84). Yo añadiría que, en Polanyi, esta imposibilidad es muy anterior al período de principios del siglo XX y es intrínseco a la pretendida economía de mercado, en realidad el capitalismo.

Como las desigualdades, tema predilecto de TP, surgen según él de la ideología y de las reglas institucionales que las refuerzan, sin ningún vínculo con las estructuras materiales subyacentes, es necesario abordar la ideología y así el giro se completa: “En resumen: el fin de las sociedades de propietarios es sobre todo la consecuencia de una transformación político-ideológica” (TP, Capital et idéologie, p. 547). De la misma manera que TP explica el retroceso político de la socialdemocracia por su derrota ideológica, imagina que se puede ir más allá del capitalismo imponiéndole reformas políticas, en particular reformas fiscales, que ciertamente no son baladíes, pero que dejan de lado la esencia misma del capitalismo: la relación social de explotación. Por lo tanto, TP cree que en el siglo XX, las sociedades europeas “han permanecido nominalmente capitalistas, pero en realidad están en camino de convertirse en sociedades socialdemócratas” (Ibíd., p. 490).

De esta deficiente visión teórica, TP va a sacar un programa de socialismo participativo para “ir más allá del capitalismo actual y dibujar los contornos de un nuevo socialismo participativo para el siglo XXI, es decir una nueva perspectiva igualitaria con un objetivo universal, basado en la propiedad social, la educación y el intercambio de conocimientos y poderes. […] Esto requiere desarrollar nuevas formas de propiedad social, compartir los derechos de voto y participar en la toma de decisiones en las empresas. Esto también requiere reemplazar la noción de propiedad privada permanente por la de propiedad temporal, mediante un impuesto altamente progresivo sobre las propiedades importantes que permita financiar una dotación universal de capital y así organizar una circulación permanente de bienes y de patrimonio” (Ibíd., p. 1112).

Es un programa reformista, afirman AB y MH, disecándolo. ¿Por qué otorgar a los trabajadores solo la mitad de los derechos de voto en los consejos de administración de las empresas? ¿La cogestión permite ir más allá del capitalismo, ya que este es el objetivo que persigue TP? La propuesta de dotar a cada individuo de un capital de 120.000 euros, financiado con un impuesto basado en el patrimonio, pero pagado con los ingresos del mismo, se topa con una gran contradicción: si los ricos en patrimonio deben vender una parte para pagar su impuesto, el capital ficticio –“que Piketty y sus colaboradores nunca han entendido realmente” según MH–, que constituye la mayor parte de su patrimonio mobiliario, desaparecerá. Y MH le da el golpe final a TP: “Esta venta masiva de acciones hará bajar su precio (¿y quién podrá comprarlas de todos modos?)” (p. 132). Una incomprensión y una confusión que hacen referencia a “la ausencia de una teoría del valor” (p. 133), ausencia que es el defecto de la gran mayoría de economistas formados en la escuela neoclásica.

El programa reformista de TP, particularmente en materia fiscal, sólo podría tolerarse con la condición dada por MH: “En rigor, el capitalismo podría soportar medidas fiscales destinadas a reducir las desigualdades, pero con la condición de que un nuevo auge de las ganancias de productividad permitieran conciliar rentabilidad y redistribución. Sin embargo, esta perspectiva parece excluida y el propio Piketty está de acuerdo” (p. 124) 4/. Aquí nuevamente suscribimos esta crítica teórica. Pero, llevándola hasta su punto final, ¿no es una crítica a todos los impuestos, si examinamos el hecho de que cualquier gravamen tiene la consecuencia, si no el objetivo, de reducir su base? La sociedad quedaría entonces muy desamparada si esto llevara a condenar de antemano cualquier reforma fiscal radical.

Publicado en el otoño de 2019, el segundo libro de TP podría haberse hecho mucho más eco de la crisis ecológica, hasta el punto de introducir una transformación de las estructuras productivas en su socialismo participativo. “La cuestión ecológica… no se plantea”, acusa MH (p. 137). Seamos justos con TP, quien explica: “Muy a menudo, la forma más efectiva de reducir las emisiones es a través de estándares, prohibiciones y reglas estrictas, con respecto a los vehículos de transporte, calefacción, aislamiento de hogares, etc. mucho más que poner un precio más alto al carbono” (Capital et idéologie, p. 1157). Pero estas reglas necesarias se ubican aguas abajo de la economía, especialmente en el consumo y no dentro de las estructuras productivas aguas arriba. Además, su apoyo a la idea de una tarjeta de carbono individual es significativo. Solo quedaría que las cuotas individuales de emisión de gases de efecto invernadero sean transferibles en el mercado 5/.

Atento a las críticas que se hacen al crecimiento del producto interior bruto (PIB), TP recalca a menudo que él nunca habla del PIB sino de la renta nacional, sobre la base de que para calcular esta última “se deduce del PIB todo consumo de capital, y en particular de recursos naturales6/. Este argumento no se sostiene porque TP evoca la diferencia entre un agregado bruto y un agregado neto, lo que no tiene absolutamente nada que ver con una distancia respecto el crecimiento económico. Y MH lo tiene fácil para ironizar sobre su incompetencia en términos de contabilidad nacional (p. 138) 7/.

¿Podemos salvar al soldado Piketty? AB y MH reconocen sin reservas la importancia del trabajo de recopilación de datos realizado por TP y sus equipos de investigación. La abundancia de datos, la extensión espacial y temporal, su disponibilidad en internet han contribuido a construir la audiencia de TP en todo el mundo, incluso si no es el único ni el primero en haberse centrado en las desigualdades.

Pero, en términos de análisis teórico, las dos veces 1.200 páginas no pesan mucho según AB y MH. Pretender superar a Marx es puerilidad o inconsciencia, si no falta de cultura. Incluso diría que es más bien un retroceso al pre-socialismo utópico, porque, al menos, los socialistas utópicos de principios del siglo XIX solo conocían los inicios del capitalismo industrial, mientras que TP se beneficia de toda la historia sociopolítica e intelectual que ha transcurrido desde entonces. Las categorías movilizadas por TP son precisamente las que la crítica de Marx había estigmatizado: el fetichismo del capital, de la mercancía, de la propiedad, envuelto en una filosofía idealista del mundo y de su transformación. En lugar de exhibir una pretensión infantil de dejar a Marx en el olvido sin haberlo leído realmente, hubiera sido mejor, incluso si eso significaba criticarlo, al menos entablar un debate con él o sobre él. El capital en el siglo XXI no trata de capital; Capital e ideología es una serie de confusiones sobre capital e ideología. Este es el mensaje del libro crítico de AB y MH.

Como, a pesar de todo, Thomas Piketty despliega una posición política inequívoca junto a los perdedores del capitalismo neoliberal y, con la misma determinación, contra la clase que se atiborra en ese capitalismo, quiero terminar mencionando una idea para considerar que puede ser un aliado en la violenta batalla social que se gesta o ya se desarrolla, batalla que, más allá de las figuras intelectuales, requerirá alianzas entre varias de las capas sociales populares maltratadas por el capitalismo. Esta idea, la extraigo del libro de AB y MH, más precisamente de su conclusión: “Sin embargo, hoy, el capitalismo está más que nunca en las garras de un espectro: si no el de su sobrepasamiento revolucionario en comunismo, al menos el de su propia quiebra y su propio fin puro y simple, bajo los efectos ecológicos y sociopolíticos de su propio desarrollo” (pp. 165-166). “Sin embargo, hoy, el capitalismo está al final de su desarrollo histórico y de repente se ha vuelto irreformable” (p. 172). Me aventuro a plantear dos cuestiones que están huecas al final del libro de AB et MH y que quizás también subyacen a los pasos tácitos o laterales de TP: primero, por qué la quiebra del capitalismo deja a AB y MH escépticos sobre “el sobrepasamiento revolucionario en el comunismo”, ¿significa esto que el único camino es reformista, en el mejor de los casos radicalmente reformista? En segundo lugar, ¿está claro que el capitalismo ha llegado “al final de su desarrollo histórico”? Encuentro más sabia la fórmula de Robert Boyer: “El capitalismo es todavía joven, pero no eterno” 8/.

El interés incomparable del libro de Alain Bihr y Michel Husson sobre las tesis de Thomas Piketty desde que se ha convertido en una cuasi-estrella de la economía es ofrecer al lector una lección real de socio-economía, o, para decirlo como podría haberlo hecho Marx: una verdadera lección en la crítica de la socio-economía política, donde las relaciones sociales de producción, la ideología y las instituciones políticas interfieren, en una perspectiva dinámica de transformación, dentro de la cual la lógica del capital todavía deja su huella en la tormenta de los enfrentamientos de clases.

Una lección política también: la estrategia que podría dar un giro en la dirección correcta a la tormenta mencionada no ha sido tramada. De ahí el famoso “¿Qué hacer?” Todavía está sin respuesta. Sin duda, el reformismo a la Piketty no es satisfactorio. Pero el optimismo mostrado por Bihr y Husson quizás sea exagerado: “En los últimos años, estos fenómenos dramáticos [se trata de los desastres ecológicos y socioeconómicos] no han cesado de provocar movilizaciones sociales cada vez más masivas y determinadas, de un extremo al otro del planeta, en el interior de las cuales se ha reforzado la conciencia de su arraigo en las estructuras del modo de producción capitalista y con ella la exigencia más o menos clara de que ‘el mundo [debe]cambiar de base‘ si se quiere ponerle fin (p. 167). ¿Es cierto este “arraigo en el modo de producción capitalista” en las consciencias? Ahí figura una buena parte de nuestras dudas intelectuales y políticas. Y no estoy convencido de que Marx hubiera apostado un chelín por un enraizamiento ya adquirido…

 

Artículo publicado en Attac France, el 29 de septiembre de 2020 y reproducido en Á l’Encontre el 30 de septiembre de 2020.

alencontre.org/societe/livres/le-livre-dalain-bihr-et-michel-husson-sur-ceux-de-thomas-piketty.html

Jean-Marie Harribey, ex copresidente de Attac y del Consejo Científico de Attac, ha publicado recientemente Le trou noir du capitalisme (Ed. Le Bord de l’eau, 2020)

Traducción: viento sur

Notas

1/ A. Bihr, Le premier âge du capitalisme, tome 1, L’expansion européenne, 2018; tome 2, La marche de l’Europe occidentale vers le capitalisme, 2018 ; tome 3, vol. 1 et 2, 2019 ; el conjunto ha sido publicado por Syllepse y Page 2. He comentado el primer tomo en J.-M. Harribey, “À la naissance du capitalisme, il y eut l’expansion commerciale” , Les Possibles, n° 19, Hiver 2019. Y M. Husson hizo también una recensión del primer tomo: “Comment est né le capitalisme” , Politis, 27 septembre 2018

2/ Web de Michel Husson.

3/ Este no es el lugar para discutirlo aquí, pero creo que siempre ha surgido la confusión por no considerar que el aumento en la intensidad del trabajo fue una de las causas del aumento de la productividad del trabajo y, por el contrario, la convierten en un fenómeno distinto de esta última (J.-M. Harribey, La richesse, la valeur et l’inestimable, Fondements d’une critique socio-écologique de l’économie capitaliste, LLL, 2013, p. 62-63).

4/ A continuación de este juicio exacto, Michel Husson cita a Patrick Artus y su referencia “L’épargne doit financer la croissance mondiale”, Flash, n ° 87, 29 de febrero de 2008, que es el ejemplo perfecto del galimatías neoclásico en la que se encuentra este puente-a los-asnos: “en equilibrio, el ahorro mundial disponible determina el nivel mundial de inversión”. Doble error: el ahorro no determina nada y Artus compara el stock de ahorro con el flujo de inversión. Con todo, quizás sea mejor tener un Piketty, consecuente en su reformismo, que un Artus que, un día, nos explica que hay que acabar con la austeridad salarial refiriéndose a Marx (!), y al día siguiente que los salarios son demasiado altos.

5/ Esta propuesta de permisos negociables individuales ahora cuenta con el apoyo de algunos ambientalistas. Para una crítica, ver J-M. Harribey, “La canicule échauffe les esprits economicistes”, Blog Alternatives économiques, 12 de agosto de 2020.

6/ Se encuentra esta afirmación en varios lugares, especialmente en el video de Reporterre, “Il va y avoir des crises sociales extrêmement violentes”, entrevista con H.Kempf, 7 de diciembre de 2019. Este problema ha sido muy bien explorado por Jean Gadrey, “Les curieuses réponse de Piketty à mes critiques sur la croissance et les biens communs”, Blog Alternatives économiques, 9 de diciembre de 2019.

7/ Michel Husson quizás va demasiado rápido en su respuesta: “No se extrae el consumo de recursos naturales del PIB”, dice (p. 138). La producción de recursos (extracción de petróleo, minerales, etc.) está incluida en el PIB; pero cuando se agregan todas las producciones para calcular el PIB, se elimina el consumo intermedio de estos recursos. Aún así, Piketty confunde todo: consumo bruto, neto, consumos intermedios y consumo de capital fijo. Quizás su charlatanería sobre la renta nacional en lugar del PIB marca una connivencia con algunos de los reconstructores de indicadores cuya seriedad es inversamente proporcional a la cobertura de los medios.

8/ Entrevista con C. Chavagneux, Alternatives économiques, n° 393, septiembre de 2019.

https://vientosur.info/el-libro-de-alain-bihr-y-michel-husson-sobre-los-de-thomas-piketty/

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