Yo, sí puedo. Lioeonela y el genio de la lámpara; por Vladia Rubio


Boletín Por Cuba/ Bohemia/ inSurGente.- “Soy la misma mujer sencilla de siempre, que hace cola, atiende su casa… sigo igual. Aunque internamente me siento ahora más humana que antes. Lo alcanzado hasta aquí me ha permitido trazarme un objetivo en la vida: seguir contribuyendo desde cualquier trinchera a eliminar el analfabetismo. Esa es la injusticia social más grande que he visto en la vida, porque cada analfabeto está asociado al hambre, a la miseria, al desempleo, a condiciones infrahumanas. Y cuando tú le das una cartilla y un lápiz, esa persona te besa y te abraza como si le hubieras dado lo más grande del mundo. Entonces, como es tanto el amor que he recibido, creo que tengo que seguir pagando así, con amor”.
Al crear este original método para alfabetizar, una profesora cubana liberó al genio del saber, cuyo tamaño ahora le asusta.
Esta profesora, nacida en Camagüey y participante en nuestra Campaña de Alfabetización, se propuso terminar la cartilla antes de su cumpleaños para regalarse la satisfacción del deber cumplido.
Ni la propia Leonela Relys Díaz imaginaba la trascendencia de su aporte aquella noche de abril de 2001 cuando, iluminada por la tenue luz de un candil de kerosén, allá en Haití, dio por terminada la cartilla. “En aquel momento, solo sentí que había hecho realidad una idea del Comandante. Cumplía una misión y nada más, como hacemos todos los cubanos.”
Cuatro años después, aquel retoño se ha convertido en un baobab inmenso, impredecible; y esta profesora, radicada hoy en el Instituto Pedagógico Latinoamericano y Caribeño (IPLAC), confiesa no haberse dado cuenta cabal todavía de la dimensión de su obra.
“Solo durante la realización del Primer Congreso Mundial de Alfabetización, un encuentro de los educadores que trabajamos en bien de la humanidad, comencé a comprender la real magnitud política de la tarea, la idea verdadera de Fidel, que no es solo alfabetizar, sino vindicar a los excluidos de la tierra, lograr un movimiento social que los una como seres humanos, transformar el mundo. En ese congreso casi me sorprendo, aunque nunca averiguo cuántos alfabetizados ya hay por el método Yo, sí puedo, ni por cuántos países anda. No pregunto para evitar el susto.”

-¿A qué tienes miedo?
-Ahora tengo muchos más miedos que antes al ver las dimensiones que esto va alcanzando y me comprometen a hacer cada cosa mejor. Ya no puedo arriesgarme como antes con cosas impensadas, aunque me encante. Muchas veces, cuando estoy en otros países ayudando con la alfabetización, personas que no conozco vienen a mí, me besan y me dicen: Dios la bendiga, señora. Eso me asusta.
“Soy la misma mujer sencilla de siempre, que hace cola, atiende su casa… sigo igual. Aunque internamente me siento ahora más humana que antes. Lo alcanzado hasta aquí me ha permitido trazarme un objetivo en la vida: seguir contribuyendo desde cualquier trinchera a eliminar el analfabetismo. Esa es la injusticia social más grande que he visto en la vida, porque cada analfabeto está asociado al hambre, a la miseria, al desempleo, a condiciones infrahumanas. Y cuando tú le das una cartilla y un lápiz, esa persona te besa y te abraza como si le hubieras dado lo más grande del mundo. Entonces, como es tanto el amor que he recibido, creo que tengo que seguir pagando así, con amor.”
Leonela, con cuatro décadas en Educación, ya había andado por el camino de alfabetizar ideando alternativas novedosas. Estuvo dos años en Haití para ayudar, con el uso de la radio, en la enseñanza de la lectura y escritura; también había visitado Sudáfrica para saber de los iletrados allí. Pero llegó a este nuevo método por una sugerencia de Fidel.

“Con su mano sobre mi hombro, y tú sabes cuánto pesa esa mano, es algo muy grande, ya sintiéndome por dentro el compromiso que aquello significaba, me dio varias sugerencias: pensando en el uso de la televisión para alfabetizar, hacer una cartilla de cuatro o cinco páginas, y para elaborarla, combinar los números con las letras y empezar por la palabra casa.
“Aun sin partir de ningún supuesto pedagógico o científico, él sabía que las personas iletradas conocían los números, y ese fue el argumento. La palabra casa debía ser la primera, explicó, porque se podía traducir fácilmente a otros idiomas y porque de alguna forma también el analfabeto conoce lo que es. Si no la tiene, sabe cuán necesaria resulta, y si la tiene, lucha muchísimo por mantenerla.”
Aquel diálogo había tenido lugar el 28 de marzo de 2001 y cuatro días después Leonela retornaba a Haití para continuar con la asesoría de la alfabetización por radio y llevando aquella misión que le parecía casi imposible de cumplir “porque, imagínate tú, combinar los números con las letras es realmente algo difícil. Ya habíamos hecho una cartilla muy amplia, para la radio, y aunque él no lo expresó cuando conversamos, sentí que no le satisfacía porque era demasiado amplia. Al sugerirme una de pocas páginas, yo estaba percibiendo una crítica muy sutil, muy delicada, pero una crítica”.
En cuanto llegó, se dio a la tarea de cumplir con la nueva encomienda. Las dos cartillas que ideó, con la organización tradicional del alfabeto, las rompió una tras otra. Cierta noche, leyendo el pasaje “Una flor en el camino”, del libro Platero y yo, se le ocurrió contar cuántas veces se repetían cada una de las consonantes y determinó cuáles eran las más reiteradas en nuestro idioma. “Organicé entonces los números de acuerdo con la frecuencia de uso de cada una de esas consonantes y, a las vocales, en el mismo orden que se conocen, les otorgué del uno al cinco.
“Hubiera sido fácil adoptar el método para enseñar la lectoescritura en la primaria, donde también hay un orden para el aprendizaje. Pero aquel se estructura a partir de los fonemas de mayor significación para el niño como la M por mamá y la P por papá, y en este caso los alumnos serían personas analfabetas, excluidas de la sociedad, sin motivaciones para el aprendizaje, y la cartilla debía organizarse en correspondencia con sus necesidades, motivaciones e intereses.
“Después de numerar del uno al cinco a las vocales, la primera consonante que aprenderían, asociada al número seis, decidí que sería la L, de trazo fácil para aquellos que nunca han tomado un lápiz y entre sus manos torpes de tanto trabajo rudo les parece un instrumento demasiado frágil y a la vez impresionante.
“Este método persigue ser amigable, optimista, crear un estado emocional favorable para elevar la autoestima y garantizar así un aprendizaje rápido, eficaz, a partir de los conocimientos de los propios participantes.”

-¿Es intencional llamarles participantes en vez de analfabetos?
-Ese segundo término lleva en sí una carga peyorativa, y ellos no son los responsables por su desconocimiento; además, sí saben muchas cosas. Incluso en una mesa redonda del Congreso Mundial de Alfabetización solicité que a partir de ese momento les llamáramos siempre participantes, teniendo en cuenta que toman parte de modo muy activo en el aprendizaje y que además, esas personas muestran ser muy sabias al decidirse a aprender ahora.
“En Venezuela específicamente, les llamamos patriotas participantes porque hay que ser un verdadero patriota para incorporarse a los 102 años a un proceso de alfabetización, o a los 80, a los 70..., cuando todo el mundo te ha dicho que no se puede.”
El Yo, sí puedo es todo un sistema. Una vez concebida la cartilla, fue pedido a Leonela el proyecto para usarla en la alfabetización por televisión, y en un equipo en que estaba representado el Ministerio de Educación, el IPLAC, y también la Juventud -que ha sido el puntal de este programa, en su impulso, organización, apoyo, acota la entrevistada-, discutieron los pasos a seguir. Ella y otras dos compañeras del IPLAC, Grisel y Yanet, quienes trabajaron arduamente, prepararon los guiones televisivos.
“Todavía no había elaborado el manual del facilitador -quien ayuda a alfabetizar- cuando salimos para Venezuela luego de una bellísima despedida que nos hizo nuestro Comandante. De nuevo media hora con ese brazo sobre mis hombros, que me llenó de más felicidad y más compromiso. Al llegar a la tierra de Bolívar nos correspondió organizar, trabajar en la preparación de los dirigentes del país. Y tuve la bellísima oportunidad de conocer a Chávez, una persona a la que admiro y quiero mucho.

-¿Por qué Yo, sí puedo?
-Aunque tiene un yo que pareciera individualizar, está dirigido a todo el mundo. Por ejemplo, el facilitador cuando lo lee en su manual, se dice yo sí puedo alfabetizar aunque tengo 7mo. grado; el participante, al escuchar el yo sí puedo en cada una de las clases, se siente comprometido con sus resultados. Si hablamos del gobierno, de un alcalde, este también repite yo sí puedo, y se estimula.

“Sin pedirle permiso al comandante Raúl, cuando leí en un cartel su frase de Sí se puede, decidí tomarla. Al verla me dije es optimista, da confianza, y toda misión que Cuba emprenda debe llevar ese signo, la esperanza y el convencimiento de que es posible hacerlo.”
Fuente: Bohemia

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