No todos somos iguales

 

“Unidos saldremos adelante. Unidos venceremos al virus”. Con esos términos concluía, en la Moncloa, su declaración el Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, posterior al Consejo de Ministros excepcional en el que el Gobierno aprobó el estado de alerta aplicable a nivel estatal. No obstante, por ahora, la única unidad existente es la que se estableció entre el Gobierno y la patronal, para, como siempre, hacer pagar a la clase trabajadora esta nueva crisis. De hecho, la principal preocupación de los poderosos no es tanto el coronavirus, sino las caídas bursátiles sucesivas dejando entrever una posible crisis económica similar a la del 2008.

 

La pandemia del COVID-19 acabará siendo controlada, no me cabe la mínima duda, no obstante, esta subraya los estragos que provoca el funcionamiento de la sociedad capitalista. En nuestro país, como en otros muchos, el afán de atesorar mayores beneficios, incluso imponiendo recortes drásticos durante todos estos años atrás, ha debilitado el sistema sanitario hasta tal punto, que ya tiene dificultades, en una situación normal, para atender situaciones ordinarias, con mayor razón cuando tiene que enfrentarse a situaciones extraordinarias e imprevistas, como la que estamos viviendo actualmente.  

 

Una vez más, no ha tardado mucho tiempo para que los grandes medios de comunicación se alineen con el Gobierno, contribuyendo así a la leyenda de que todos somos iguales frente a la adversidad. Habrá que decírselo a las plantillas trabajando en la sanidad que a lo largo de los años pasados han vivido privatizaciones, externalizaciones y recortes tras recortes. Años viendo los estragos que tales recortes han acarreado: supresión de camas, de personal hospitalario o la falta de mantenimiento, que hoy, el personal sanitario reclama a gritos. Habrá que decírselo también a las plantillas víctimas de ERES, ERTES o de despidos.

 

También habrá que decírselo a nuestros mayores que están aislados o a las personas marginadas que usan los soportales o cajeros automáticos para dormir. A los padres de familia que se encuentran en la imposibilidad de guardar sus hijos. ¿Qué soluciones propone el Gobierno? Hasta ahora, estas categorías de personas solo pueden contar con la solidaridad individual voluntaria: estudiantes que están dispuestos a ocuparse de los niños de sus vecinos; a vecinos, jóvenes o jubilados que se valen por sí solos, que visitan y hacen las compras de las personas mayores aisladas o a particulares que ofrecen un techo a los que no lo tienen. Mientras, el Estado reflexiona en cómo va poder ayudar a la patronal.

 

Tampoco hay que olvidar aquellas y aquellos que, sin pertenecer a plantillas sanitarias, hoy lunes han tenido que ir al trabajo. Para ellos, ni distancias de seguridad, ni protecciones básicas para evitar una posible contaminación, ni, claro está, —no son miembros de la UME (Unidad Militar de Emergencia)— transportes especiales para ir a sus centros de trabajo.

 

Es evidente que nunca acabaremos con los virus u otros maléficos microbios, están presentes y acompañan a la humanidad desde su inicio; estos cambian se adaptan y mutan. Los científicos también progresan, no obstante, para que esos progresos puedan ser eficaces y parar los efectos más nocivos de dichos virus, sería necesario que el conjunto de la población mundial tuviese acceso a cuidados sanitarios decentes. Una cosa es vanagloriarse de tener el mejor sistema sanitario del mundo, —son bastantes los países que se otorgan ese honor— otra es la realidad: meses de espera para poder ser atendidos por un especialista.

 

No cabe duda, esta situación es el revelador del caos que representa el capitalismo y su sistema legislativo. Los poderosos hacen lo que les apetece y cuando les apetece; los problemas generados por tal comportamiento les importa un pepino. Esto ya no da más de sí, es necesario poner un freno al discurso vacío que nos proporcionan, un día sí y otro también, el gobierno, la patronal y los grandes medios nacionales.  

 

Necesitamos un plan de choque que nos ponga a salvo de la avaricia de los poderosos, que consistiría en revertir las privatizaciones y los recortes en el conjunto del sector público, prohibir cualquier despido, pagar los salarios de los o las trabajadoras que se quedaron sin empleo, y que dicho plan fuese financiado con los beneficios atesorados por la patronal a lo largo de los años después de habernos exprimido como un limón. Debatir y organizarse para poder ponerlo en práctica, es la única alternativa que nos queda para que ningún virus, ya sea biológico como el coronavirus o social y económico como el capitalismo, acabe con nosotros.

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