80 años del asesinato de Leon Trotsky

Su sepelio fue acompañado por unas trescientas mil personas, en su mayoría pobres que, de alguna manera, sentían que la víctima podía ser algo propio.

 

[El 21 de agosto de 1940 León Trotsky fue víctima de un atentado mortal, cometido por Ramón Mercader el día anterior en su residencia de Coyoacán, México D. F. En el artículo que publicamos a continuación Pepe Gutiérrez-Álvarez nos recuerda el contexto internacional en que se produjo aquel asesinato, así como algunas de las principales reacciones que se dieron ante la trágica desaparición de alguien que fue una figura clave en la historia del movimiento obrero y del marxismo durante la primera mitad del siglo XX.

Se puede consultar, en castellano y gratuitamente, su enorme obra en: https://www.marxists.org/espanol/trotsky/index.htm

Recomendamos también la lectura  de otros artículos publicados en viento sur que ayudan
a conocer mejor su trayectoria (https://vientosur.info/category/temas/trotsky/); entre ellos, el de Victor Serge (https://vientosur.info/la-vida-y-la-muerte-de-leon-trotski/) y la entrevista a Esteban  Volkov  (https://vientosur.info/intentan-denostar-y-falsificar-la-figura-de-trotsky-porque-sus-ideas-siguen/)
. Nota de la Redacción.]

80 años después de que se echaran siete llaves sobre su sepulcro, odiado por igual por el estalinismo como por la reacción (su nombre es al mismo tiempo uno de los blancos de la intelectualidad neoliberal y de la que rodea a Putin), Trotsky sigue siendo uno de nuestros enlaces en el tiempo.

El momento de su asesinato fue pródigo en noticias. Después de anexionarse Austria (13/03/1938) y de invadir Checoslovaquia (15-03-1939), se firma el pacto nazi-soviético (22/08/1939),  le toca el turno a la ocupación de Polonia (1/08/1939), comienza la II Guerra Mundial, en junio de 1940 los nazis ocupan París, y días antes de que Mercader cumpla su mandato, estamos al principios de los bombardeos sistemáticos de la Luftwaffe sobre Gran Bretaña.

A los militantes del POUM, la noticia de su muerte les llega en los campos de concentración o en la clandestinidad francesa. No se trata, claro está, de una coyuntura con mucho espacio para que provocara la “indignación y el dolor” entre la “clase trabajadora”, tal como declaraba Joseph Hansen, el joven secretario y militante del Socialist Worker’s Party (SWP, sección estadounidense de la Cuarta Internacional), que fue quien arrebató el piolet a Ramón Mercader. Aunque el  impacto que causó entre mucha gente de izquierdas es incuestionable.

Su sepelio –que en un principio estaba previsto en Nueva York pero el gobierno del New Deal no se atrevió a dar un visado ni a su cadáver- fue acompañado por unas trescientas mil personas, en su inmensa mayoría pobres que, de alguna manera, sentían que la víctima podía ser algo propio. Por las calles resonaba el “Gran Corrido de León Trotsky”, compuesto por un bardo anónimo, y en el que destacan estrofas como la siguiente: “Murió León Trotsky asesinado/de la noche a la mañana/porque habían premeditado/ venganza tarde o temprana. Fue un día martes por la tarde/esa tragedia fatal/ que ha conmovido el país/y a toda la capital”.

Por su parte, tampoco la prensa diaria profundizó especialmente sobre la cuestión. En líneas generales enfocó el drama como un “ajuste de cuentas” entre comunistas, cuando no comentó favorablemente el asesinato reclamado no solamente por los periódicos comunistas oficiales sino también por sectores de la derecha, como por ejemplo los de la cadena Hearts. En la URSS, Pravda tituló la noticia como “La muerte de un espía internacional”, de un “hombre cuyo nombre pronuncian con desprecio y maldiciones los trabajadores del mundo entero”. En un artículo aparecido en diciembre de 1987, el historiador y general Dimitri Volkogonov detallaba la reacción de Stalin, contando que “leyó con atención el artículo e hizo una mueca… Resulta que todo ha quedado en un caso de espionaje y yo he luchado todos estos años contra un espía. ¿Por qué tanto lujo de detalles? ¡Parece como si el asesinato hubiera ocurrido en Moscú¡”.

Parecía evidente que la “actualidad de la revolución” proclamada desde la III Internacional, había desaparecido. Manuel Fernández Grandizo (G. Munis), que había embarcado hacia México a fines de 1939, estableció por entonces una relación personal con Trotsky y su compañera, Natalia Sedova, y Trotsky le pidió que se hiciera responsable de la sección mexicana, muy desorientada tras el abandono de Diego Rivera. Fue Munis el que  tomó la palabra en el sepelio de Trotsky en el Panteón Moderno e “intervino repetidamente en el proceso incoado contra el asesino como representante de la parte acusadora. Se enfrentó decididamente a los parlamentarios estalinistas, también a la campaña de la prensa estalinista mexicana, que acusaba a Munis, Víctor Serge, Julián Gorkin (todavía en el POUM) y Marceau Pivert de agentes de la Gestapo. Pese a la amenaza de muerte realizada por los estalinistas, Munis retó a los diputados mexicanos que le calumniaban a renunciar a la inmunidad parlamentaria para enfrentarse a ellos ante un tribunal”[1].

Frente a la indiferencia o a la maldición se erigen unas pocas voces ilustradas que denuncian el asesinato y que acusan sin ambages a los responsables. Fue el caso del compañero de viaje del SWP,  James T. Farrell (1904-1979), célebre autor de la novela Studs Ludigan, que  recordaba en su particular “tributo al gran viejo” cómo al final de su vida, al declarar ante la Comisión Dewey, Trotsky, evocando un momento de su adolescencia, resumió así toda su trayectoria y su fe: “Señoras y señores de la Comisión: la experiencia de mi vida, en la que no faltaron los éxitos y los fracasos, lejos de destruir mi fe en el futuro brillante y claro de la humanidad, me ha dado por el contrario, un temple indestructible. Esta fe en la razón, en la verdad, en la solidaridad humana que a los 18 años me llevó al barrio obrero de la provinciana ciudad rusa de Nikolaief, la he conservado total y enteramente. Se ha vuelto más madura, pero no menos ardiente. En la formación misma de esta Comisión…veo un nuevo y magnífico refuerzo del optimismo revolucionario que constituye el elemento fundamental de mi vida”. Farrell destaca cómo aquel “escolar que sale en busca de los obreros (“sin esperar ni preguntar a nadie”) hasta el revolucionario veterano, grande en su destierro, persiste confesando su “fe en la razón, en la verdad y en la solidaridad humana”.

Igualmente aparecen voces potentes en América Latina, en parte por la proximidad del evento, en parte por la lejanía de la guerra, y en parte también por la pasión que todavía suscitaba el “proceso de la revolución rusa (que) continúa abierto y lo estará todavía durante mucho tiempo”, decía Ciro Alegría[2], quien declara: “Esta revolución del año 17 libra aún su batalla, que será más dura en el momento en que decida campar por el mundo o cuando sus adversarios se le abalancen en un intento de ahogarla”. Desde esta perspectiva, contempla  “con tristeza y angustia” la muerte de León Trotsky, al que define como “un hombre de pensamiento y un hombre de acción y, sobre todo, en la acepción más amplia del término, un revolucionario”. Esto por más que sus enemigos hayan llevado una “campaña mundial de desprestigio”, lo que no era “más que la enésima repetición de cómo la  “historia nuestra que la humanidad llama sueños a las realidades distantes”.

En opinión de Ciro, Trotsky no fue un simple  idealista; lo había demostrado “manejando el método marxista y una vez conseguida la victoria inicial dentro de Rusia, arquitecturó un plan revolucionario factible y cuya eficacia, en todo caso, es imposible negar a menos que se asuma, el papel de augur gitano”. No cabe hablar pues de “falta de realismo”, esta es -dentro del lenguaje revolucionario- “una palabra peligrosa”. El “realismo” de Trotsky es el de Lenin” que supo conjugar la NEP con el “espíritu revolucionario”. Trotsky combatió  “por hacer triunfar su concepto, ha vivido una existencia heroica de cuyo mérito está llamado a atestiguar el tiempo”. Destaca  “de modo especial su labor de escritor, pues en Trotsky, escribir era también una manera de actuar (…)  Dueño de un estilo brillante, con una claridad expositiva y una habilidad polémica realmente extraordinarias, escribir le significaba combatir, atacar, defender, sembrar. En una palabra, actuar. Su pensamiento trabajaba por hacerse acción cada día y es como un símbolo el hecho de que Trotsky haya muerto con el cráneo hendido por un golpe de pica”.

Ciro concluirá diciendo que “se acalle la vocinglería, Trotsky surgirá en la historia como un hombre que intervino con decisión y lucidez, en una gran parte de la jornada del mundo”, por otro lado, Ciro entiende que en relación a “la contienda entre Trotsky y Stalin se han dicho muchas palabras inútiles y será muy rara la voz que haya hablado por encima de las necesidades subalternas de una u otra facción. De todos modos, el hecho de que Stalin ganara la partida a Trotsky prueba ya que es un luchador hábil. Con esto no aludo a las cruentas purgas moscovitas que hirieron de mala manera el corazón de los revolucionarios del mundo. Me refiero al tiempo en que ambos se enfrentaron dentro de la misma Rusia y Stalin venció. Pero la prueba de quién tuvo la razón no ha llegado todavía…”.

Por su parte,  Ernesto Montenegro titula su trabajo Trotsky, maestro de conciencias[3], en el que comienza recreando una escena de la miseria de un extranjero en EE UU para asegurar que de “haber presenciado esa simple escena, que a muchos parecería grotesca o cuando más divertida, el gran corazón de Trotsky se hubiese emocionado. Habría sonreído y estrechado la mano del viejo, con efusión de camarada”. Luego se refiere al “heroísmo moral de un padre La Casas”, para establecer una comparación de una actitud que “presupone no sólo el riesgo de la vida, sino también el sacrificio cotidiano de amigos, familia, comodidades corporales resignación al malentendido del vulgo y a la calumnia de los grupos interesados, y la renuncia a eso que los teólogos llaman el respeto humano”.

El escritor cree que en el revolucionario asesinado  “todo es claro, firme y rotundo. Sus sesenta años corren rectos tras su misión, sin un desfallecimiento Su enemigo Stalin le salvó de ver emporcarse su ideal en las componendas y claudicaciones de que, sin embargo, debía de ser acusado un día y en las cuales su rival había de caer realmente años más tarde. La orgullosa vida de Trotsky, ha dicho alguien. Magnífico orgullo ese que sostiene a un hombre por más de veinte años de destierro, y que en la agonía le impulsa a confirmar su fe en el porvenir de la humanidad. Ante su ejemplo, uno no puede dejar de decirse: puede que el comunismo de Trotsky no sea “toda” la verdad, puede que su doctrina llegue a ser superada por una fórmula más flexible, que abrace toda la complejidad  de la naturaleza humana y los anhelos inefables del espíritu, una sociedad en que el luchador halle ocasión de emplearse en la lucha, el soñador en su sueños y hasta el místico en recogimiento ultraterreno Pero la vida de Trotsky, su pensamiento, su conciencia, alumbrarán el porvenir como una antorcha encendida y chispeante, en que un héroe genial fundió sus experiencias y sus angustias, el fracaso político, sus hijos muertos en rehenes, su errancia por el mundo ante el acoso de sus enemigos, vaciando su pensamiento en palabras recias y bruñidas de artista, de apóstol y de pensador”.

En su obituario El último combatiente[4], el escritor chileno Manuel Rojas (1896-1973) escribirá que su muerte ponía “punto final a la historia del partido bolchevique ruso. Un gran partido muere con el gran hombre que era su último combatiente. Con el partido y con el hombre termina, de una vez  y para siempre, en todos sus aspectos vitales inmediatos, el movimiento social y político que ese partido y los hombres que  los forman promovieron en Rusia y que tanto alcance  y trascendencia ha tenido en el mundo. Empezó a declinar con la muerte de Lenin, que trajo como consecuencia el aislamiento y la persecución de Trotsky; muere definitivamente con éste. Definitivamente, porque lo que queda, aquello que en el terreno social y político fue realizado por ese partido y  por esos hombres es un organismo que está muy lejos de esos hombres y de ese partido: un Estado obrero degenerado, como el mismo Trotsky decía”.

De hecho, esta definición pertenecía a Vladimir Ilich Lenin, que al decir de Rojas “murió a tiempo, o sea, cuando la revolución rusa parecía ser todavía una revolución, el solitario de Coyoacán debió contemplar, durante todos los años de persecución y de destierro, cómo su obra, a la que dedicó muchos o todos sus años de juventud y madurez, iba siendo —como él mismo lo denunció— traicionada. Esto, sin embargo, doloroso para él, lo agrandó en sí mismo y ante los demás”. Pero la grandeza de Trotsky no radicaba en ser un hombre de partido, o de haber hecho la revolución, sino, en primer lugar, porque creó partido y acontecimientos o contribuyó a crearlos, y en “segundo lugar, porque mientras el uno, una vez salido de sus  manos, degeneró, y el otro se apagó con él mismo, él, en cambio no hizo sino crecer y afirmar, de modo que podemos estimar eterna, su personalidad. Podrá el Estado obrero degenerado de hoy descender hasta llegar a ser no más que una aldea burocrática idiota y podrá mañana el partido bolchevique, después de frío examen, ser declarado un organismo más bien pernicioso que beneficioso para la causa de la revolución socialista; todo eso podrá suceder. A pesar de eso, y a pesar de muchas cosas más, Trotsky permanecerá. Este hombre no pertenece solo a la clase obrera, a los partidos revolucionarios o al socialismo. Pertenece a la humanidad, así como pertenecen ya Lenin, Engels y Karl Marx”.

Rojas admiraba al revolucionario pero también al escritor, a su “entidad humana”. Su figura –dice- “no tiene, dentro de las filas de los militantes del socialismo, semejante alguno ni lo tendrá en muchos años. Tal vez no lo tendrá nunca ya. Tampoco lo tiene en otros campos. Su profundidad de visión, su certeza de predicción, la honradez de su conducta, su valor moral, mental y físico, su hondo sentido de lo que es el hombre y de lo que debe ser, son cualidades que se dan difícilmente en un solo ser humano. En él se dio todo junto y con una generosidad ejemplar”. Y concluye diciendo: “El hombre que lo mató y los hombres que mandaron matarlo no supieron lo que hacían. Al asesinar  a Lev Davidovich eliminaron al único hombre que podía haberles dicho cómo podrían ellos sobrevivir”.

Otro sudamericano ilustre, el abogado nicaragüense Adolfo Zamora, compañero de Sandino[5] , autor del prólogo de una edición popular mexicana de algunos de los últimos escritos de Trotsky relacionados con la conspiración que culminaría con su asesinato y que, con el título de Los gángsters de Stalin (Ed. América, México, 1940, pp., 11-12; reedición en Ed. Renacimiento, Sevilla, 2020) apareció a finales de septiembre de 1940, y en el que escribió: “Ciertamente, el asesinato de Trotsky es un triunfo que se apunta el Kremlin. Con Trotsky ha sido totalmente liquidado el grupo directivo de la revolución de octubre. El `inmenso error´ de 1928 –desterrar a Trotsky- ha sido `corregido´. La muerte ha privado a la clase obrera del guía certero de los aciagos decenios del fascismo ascendente, de la descomposición estalinista, de la segunda guerra general imperialista. Triunfante hasta hoy en todos lo frentes, la reacción –por el brazo de Stalin- ha triunfado una vez más…La muerte de Trotsky marca el momento más profundo de las tinieblas del mundo capitalista. Al mismo tiempo denuncia por su encarnizado apresuramiento las angustias en que se debate el régimen burocrático de la Unión Soviética. Y por ahí marca el nacimiento de una nueva aurora roja.  Stalin razona ahora: sin Trotsky, la Cuarta Internacional no podrá emprender nada. Como buen burócrata antes y como buen déspota ahora, Stalin se equivoca. Trotsky, en los días de su destierro, solo, perseguido, poseía todo el poder de la idea revolucionaria, era el principio de un nuevo impulso de la clase obrera. Stalin, con su inmenso aparato, su poderío momentáneo y su GPU, sólo representaba el reflujo histórico de efímera existencia. La nueva Internacional, creada por el genio de Trotsky, ha alcanzado ya una etapa de desarrollo que la capacidad para hacer frente a las grandes tareas revolucionarias que le reserva el próximo futuro de la humanidad. La Komintern, en cambio, con toda su vasta arquitectura de esbirros, de soplones, de Pedros (Geröe) y Carlos (Vidali), misteriosos y perversos, se desmoronará como un castillo de naipes al primer enérgico soplo de la revolución”. Una revolución que fue detenida durante las jornadas de junio del 36 en Francia, pero sobre todo en la España republicana.

En el que fue quizás el primer artículo a la altura del personaje, publicado, si no en España, sí para España, escrito por Francisco Fernández Santos  para la revista Cuadernos de Ruedo Ibérico (nº 2, agosto-septiembre, 1965), con el título “Trotsky, nuestro contemporáneo”, el autor recuerda:  “En este mes de agosto, exactamente el día 22, se cumple el vigesimoquinto aniversario del asesinato de una de las personalidades más poderosas y fascinantes, al mismo tiempo que más trágicas, del siglo XX: León Davidovich Trotsky. El 22 de agosto de 1940, moría uno de los fundadores de la Unión Soviética, revolucionario hasta el heroísmo, pensador marxista de gran clase y escritor de exuberantes dotes y fecundidad: una de las principales figuras de esa extraordinaria galería de revolucionarios-filósofos que marcaron al mundo para siempre con la garra de la Revolución de Octubre, hecho fundamental del siglo XX. Con el asesinato de Coyoacán se cerraba el ciclo de una de las tragedias más representativas de nuestra época: la de los bolcheviques del año 17; se rompía el arco de acero de una vida tendida constantemente hacia el objetivo de la revolución socialista mundial; se extinguía un europeo universal que había defendido hasta el último aliento la herencia del marxismo clásico y el espíritu de la Revolución de Octubre. Significativamente, en el mismo momento de su muerte el mundo se hundía en un periodo de barbarie y de criminalidad como no había conocido nunca. Los lobos nazis aullaban triunfalmente por las llanuras de Europa, el mundo carcomido de la democracia burguesa parecía derrumbarse estrepitosamente, y en la Unión Soviética, después de los sangrientos procesos de Moscú que liquidaron a toda una generación de revolucionarios, el estalinismo se estabilizaba como estructura al parecer insustituible del primer país socialista. La revolución socialista mundial parecía un sueño más utópico que nunca”.

Luego, Francisco Fernández Santos extraía de su propia memoria, ligada a la izquierda socialista, “la impresión que me produjo la noticia del asesinato de Trotsky. Tenía yo por entonces once años. Algún tiempo antes, registrando en los cajones de libros peligrosos ocultos en algún rincón de mi casa, había descubierto dos libros de Trotsky: Cómo hicimos la Revolución de Octubre [reeditada por Renacimiento, Sevilla, 2020] y Mis peripecias en España [este último traducido por Andreu Nin y con un prólogo de Julio Álvarez del Vayo en que éste mostraba sus simpatías por la figura del autor]. Ambos libros fueron mi primer contacto consciente con la Revolución rusa y con Trotsky, que en mi espíritu quedaron desde entonces profundamente unidos. Mi admiración por una y por otro se fundían en una misma admiración. De ahí que el asesinato de Trotsky fuera para mí como si hubiesen asesinado a la Revolución de Octubre”. Y proclamaba: “Han pasado veinticinco años. Mi admiración de los once años por Trotsky se ha mantenido intacta: es más, se ha profundizado y enriquecido, a medida que iba conociendo su obra de revolucionario y de escritor. Admiración, naturalmente, crítica, no dogmática ni beata”.

Sin embargo, no fue así. Tuvieron que llegar los años sesenta para que Trotsky fuese nuevamente reconocido, y que obras como la trilogía que le dedicó Isaac Deutscher[6], impactaran en las nuevas generaciones y señalaran el inicio de una revalorización creciente. Esta trilogía es muy criticada por Broué, y antes que por Broué por Jean Van Heijenoort, entre otros, pero obtuvo una resonancia impresionante en su momento aunque pierde fuerza en el tercer volumen. Éste se cierra así: “Trotsky en algunas ocasiones comparó el progreso de la humanidad con la marcha de los peregrinos descalzos que avanzan hacia el santuario dando sólo unos cuantos pasos hacia delante cada vez y después retrocediendo o saltando a un lado para volver a avanzar y desviarse o retroceder; así, zigzagueando todo el tiempo, se acercan penosamente a su meta. Trotsky pensó que su misión era la de incitar a los peregrinos a seguir avanzando. La humanidad sin embargo, cuando al cabo de cierto progreso sucumbe a una desbandada, permite que aquellos que le instan a continuar su avance, sean injuriados, difamados y atropellados hasta morir. Sólo cuando ha reanudado su marcha hacia delante rinde un triste homenaje a las víctimas, atesora su memoria y recoge devotamente sus reliquias; entonces les agradece cada gota de la sangre que entregaron, pues sabe que con esa sangre nutrieron la semilla del futuro”.

Este texto fue leído y releído por muchos jóvenes antifranquistas de una época en la que comenzaba la crisis de la izquierda tradicional que había ocupado el escenario de la guerra fría. Enterrado como un apestado o como un héroe magnífico, pero casi tan lejano como Aníbal, Trotsky aparecerá en el centro de una recuperación de la memoria plural del movimiento obrero clásico. Sus obras comenzarán a ser reeditadas. En el Estado español, esa tarea será comenzada por Ruedo Ibérico, luego será ampliada por editoriales militantes como  Akal, Fontamara (especialmente) o Júcar…Así fue en el periodo que va desde mitad de los años sesenta hasta principios de los años ochenta. Y, después del largo socavón causado por la descomposición del socialismo real, y por la victoria casi total del neoliberalismo que se impone en la antigua Rusia y en China, su aporte personal, intelectual y moral emerge ocupando nuevamente el lugar de Sísifo, quien después de caer al abismo, volvió a levantar de nuevo la piedra para llevar la llama de los dioses a los humanos.

Trotsky puede ser reconocido por una suma de aportes. Siendo el más joven de la izquierda socialdemócrata fue un crítico del lado autoritario de cierto bolchevismo, el líder más reconocido de la revolución de 1905,  esbozó una puesta al día de la teoría de la revolución permanente ya expresada por Karl Marx en 1848 cuando quedó claro que la burguesía temía su propia revolución, amén del autor del Manifiesto de Zimmerwald;  en su fase bolchevique su actuación en el proceso revolucionario de 1917 fue legendaria, sobre todo cuando lideró la toma del Palacio Invierno, pero ante todo y sobre todo como el personaje que fue capaz de crear y de llevar hasta la victoria a un Ejército Rojo que casi se sacó de la manga, y también fue uno de los principales artífices y teóricos de los cuatro primeros Congresos de la III Internacional…

Se trayectoria ulterior en oposición a la burocracia ascendente la tuvo que liderar casi en solitario, y aportó los primeros y más depurados análisis del desarrollo de la burocracia que unía la “de siempre” (heredada del zarismo que se tiñó de rojo), y la nueva surgida de los “peligros profesionales del poder” (Christian Rakovsky). Desde su tercer exilio pasó a ser una pesadilla para Stalin mientras trató de crear una nueva Internacional contra el reloj, consciente de que solamente la revolución podía evitar el estallido de una nueva Guerra Mundial que convertiría la anterior en un mero ensayo. Asesinado hace 80 años, su legado y sus aportaciones fueron recuperadas por una parte de las nuevas generaciones contestatarias; no como el final de una tradición marxista sino como el nexo más potente entre el pasado y un presente en el que el dilema entre el socialismo –reinventado- y la barbarie, resulta más tenebroso que nunca.

 

Pepe Gutiérrez-Álvarez es escritor y miembro del Consejo Asesor de viento sur

Este texto es una adaptación del último capítulo de mi libro El fantasma de Trotsky (España 1916-1940), publicado en Espuela de Plata, Renacimiento, Sevilla, 2012.

 

Notas

[1] Documentos sobre el trotsquismo español (Ed. De la Torre, Madrid, 1996; 27-28). El discurso de Munis está reproducido en su apartado 3.32. Personaje singular, Munis participó en la creación de la IV Internacional y coincidió con Trotsky y Natalia Sedova en México. Al final de los años cuarenta rompió con la Internacional y se exigió como el autor de un Nuevo Manifiesto Comunista desde el que trató de liderar, sin éxito, una nueva corriente marxista internacional.

[2] Escritor peruano (1897-1967), Ciro consiguió un prestigio mundial con su novela El mundo es ancho y ajeno. Alegría, como José Maria Arguedas, mostró en algún momento una viva simpatía por Trotsky. Ciro fue alumno de César Vallejo, quien dijo que Trotsky era “la parte más roja de la bandera proletaria”. Desde muy joven intervino en actividades políticas y en defensa de los indígenas y de las clases sociales más explotadas. Fue uno de los más importantes representantes de la literatura indigenista americana. En 1931 estuvo un año en la cárcel y posteriormente fue deportado a Chile, en 1934. En esta etapa se dedicó de lleno a la literatura y escribió páginas significativas de su literatura, obtuvo varios premios por sus novelas, otorgados por editoriales chilenas, por la editorial Farrar & Rinehart Company de EEUU y otros. Vivió durante varios años en EE UU, Puerto Rico y Cuba; y  regresó en 1957 al Perú. Después de su novela premiada, El mundo es ancho y ajeno (1941), no tuvo una gran producción, salvo algunos cuentos y relatos. Este trabajo –Perfil de un revolucionario– lo publicó en 1940 en Chile durante su exilio. Ciro Alegría nació en la hacienda Quilca,  Provincia de Sánchez Carrión, Departamento de La Libertad, Perú el 4 de noviembre de 1909  y realizó sus primeros estudios en Cajamarca y en la Universidad nacional de  la ciudad de Trujillo, cerca de la costa. Hizo incursiones en el periodismo, en los diarios El Norte y La Industria de Trujillo.

[3] Escritor chileno (1885-1967), destacó como periodista en Chile y en EE UU, donde vivió largos años y fundó una revista. Fue fundador, profesor y director de la primera Escuela de Periodismo en Chile, autor de Puritania y de Mi tío Ventura. Algunos escritores modernos de Estados Unidos (1937), semblanzas y crítica. Póstumamente aparecieron Mis contemporáneos (1968), Viento norte, viento sur (1968) y Memorias de un desmemoriado (1970). Su crónica sobre la muerte de Trotsky está fechada en Nueva York, el 12 de octubre de 1940.

[4] Escritor nacido en Buenos Aires e incorporado a la literatura chilena, tras radicar en Chile desde 1924. Su obra principal es narrativa y se caracteriza por una observación de medios y caracteres propia del realismo, pero que supera las recetas tradicionales de esta tendencia. Abundan en sus novelas los desheredados de la fortuna, los pequeños delincuentes y demás habitantes de los barrios pobres y marginales, retratados sin truculencia ni compasión. De 1932 data su inicial Lanchas en la bahía, a la que siguen cuatro novelas protagonizadas por una suerte de heterónimo del autor, Aniceto Hevia: Hijo de ladrón (considerada su trabajo más típico y logrado, 1951), Mejor que el vino (1958), Sombras contra el muro (1964) y La oscura vida radiante (1971). Ha publicado, asimismo, recopilaciones de cuentos como Hombres del sur (1926) y El bonete maulino (1968, en su forma definitiva), un libro de poemas Tonada del transeúnte (1927) y un tomo de memorias, Imágenes de infancia (1955).

[5] Adolfo Zamora Padilla, estudió derecho en París y México, y fue profesor, abogado y amigo de Trotsky, verdadero tutor de su nieto Esteban Volkow. Su hermano Francisco Zamora Padilla, periodista y reconocido marxista,  fue el único miembro mexicano de la Comisión Dewey

[6] [Nota de la redacción. La trilogía está compuesta por: “El profeta armado: Trotsky, 1879-1921” (1054), “El profeta desarmado: Trotsky, 1921-1929” (1959) y “El profeta desterrado: Trotsky, 1929-1940” (1963). Edición de la trilogía el año 2015  en LOM Ediciones, Santiago de Chile, 2015]

https://vientosur.info/coyoacan-en-la-medianoche-del-siglo/

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