Para el planeta, en lo que va de siglo, ha sido extraordinaria la crisis originada por el SARS-CoV-2. Las proporciones explican un énfasis expresivo afincado en los sobresaltos que motiva lo grave: se habla de pandemia mundial, calificación pleonástica en gran medida, porque el prefijo pan- señala totalidades.

Y si de lo extraordinario cabe esperar, en general, consecuencias relevantes, quizás las ocasione aún más en pueblos que, por su juventud —como el de Cuba, nación decisivamente fraguada entre 1868 y 1878, durante su primera guerra independentista—, mantienen con el embullo una relación particular, gustosa, incluso inspiradora, aunque más bien distante de la sistematicidad.

Pero gracias a su sistema de salud, fundado en el empeño de construir el socialismo, y pese a dificultades enormes, determinadas o agravadas por el poder imperial que sigue empeñado en aplastarla, Cuba ha tenido un manejo de la pandemia mucho más efectivo que el de gran parte del resto del mundo, por lo menos. No obstante, la covid-19 influye en todos los órdenes de la vida: entre ellos la cultura en su sentido más abarcador, no solamente la literatura y el arte.

De lo positivo desarrollado o intensificado en tales circunstancias, vale señalar el reforzamiento de ideas y prácticas preventivas para cuidar la salud. Se inscriben en los avances de la educación y la ciencia, que le han dado a Cuba gran número de profesionales de la medicina con alta preparación, y una avanzada industria biotecnológica, impensable en lo común del llamado tercer mundo. A ella se deben importantes medicamentos y varias vacunas, incluida una de las primeras creadas en el planeta —y ya en avanzada fase de prueba— contra el nuevo coronavirus.

Uno de los aciertos relevantes de Cuba en la lucha contra la pandemia que merecen cultivarse especialmente, para que sigan actuando en el futuro, radica en la voluntad de transparencia informativa. Agredido materialmente y por medio de la difamación más burda, un país puede buscar mecanismos de autoprotección no siempre atinados, o que al paso de las circunstancias dejan de ser funcionales.

 El Dr. Francisco Durán García . Foto: Internet
 

El llamado secretismo, aunque objetado masivamente y hasta por la dirección del Estado y del Partido, ha tenido una capacidad de supervivencia que contrasta con la fragilidad relativa de los mejores hábitos de trabajo y de la indispensable disciplina social. Los déficits en aquellos y en esta son aliados objetivos del coronavirus y de otros males, y se han hecho notar por distintas vías. Aunque no se deba confiar en que pocos meses de lucha contra la pandemia le den la última estocada a un escollo como el que también se ha llamado síndrome del silencio, la práctica de informar puntualmente sobre la marcha de la covid y los logros en su enfrentamiento ha sido estimulante.

Trabajadores revolucionarios de la prensa revolucionaria agradecerán los adelantos alcanzados frente a la pandemia. En circunstancias no lejanas argumentaron su rechazo a un ambiente en que —con el criterio, cabe suponer, de no complacer al enemigo ni generar en la población temores con diagnósticos no comprobados— los excesos de prudencia daban lugar a eufemismos. Contra ellos hasta se hicieron bromas sobre la propensión a ni mencionar el cólera: se prefería hablar de síndrome diarreico agudo.

Es cierto que si en un municipio del centro del país alguien estornuda debido a un resfriado común o a una simple alergia, puede dar pie a que los poderosos y desfachatados medios hegemónicos hablen de una ola de neumonía aguda, y de origen desconocido, que se extiende a todo el territorio nacional, lo que puede ahuyentar a turistas. Parecerá un chiste excesivo, pero retrata el mecanismo del cual los medios mencionados se valen para injuriar a Cuba, como un paso hacia la asfixia con que el imperio ha intentado exterminarla.

Es explicable que el país intente protegerse contra maniobras semejantes. Pero el modo como se ha venido ofreciendo la información en torno a la pandemia revela comprensión de que solo el acertado actuar del país, incluyendo claras prácticas informativas, puede salvarlo de los mayores peligros, dense estos en el terreno en que se den.

Uno de los aciertos relevantes de Cuba en la lucha contra la pandemia que merecen cultivarse especialmente, para que sigan actuando en el futuro, radica en la voluntad de transparencia informativa. Foto: Internet
 

Los ocultamientos, aun los mejor intencionados, sirven a quienes en el mismo territorio nacional dañan al país, a su pueblo, con la ambición de medrar a base de actos delictivos. Por el contrario, junto con el buen enfrentamiento a la covid, o como parte de él, el énfasis en la claridad informativa ha sido un gran logro cultural que merece y debe perpetuarse en el accionar y el pensamiento de la nación.

En términos de cultura económica y de funcionamiento social, se ha visto fortalecida la conciencia de la necesidad de enfrentar resueltamente la corrupción, el delito, y desplegar también en esa lucha la necesaria transparencia. Esta debe seguir creciendo a la par de los procesos investigativos y penales, y con una eficacia que busque la perfección, para llegar a la raíz de los problemas y favorecer que sean erradicados.

Las dificultades, que ya eran serias, y que se han agravado en el contexto de la covid y el arreciamiento de las medidas imperiales contra Cuba, parecen haber contribuido a que se haya hecho valer una convicción vital: lejos de seguir sucumbiendo a las prácticas y a la “comodidad” de las importaciones, urge producir cada vez más, y exportar, para robustecer las arcas y el desenvolvimiento del país. Con ello podrá haber incluso quienes sufran, con perspectiva individualista, la pérdida de comisiones y otras ventajas venidas de la improductividad y el hábito de importar, pero la nación tendrá más seguro su camino.

Para conseguirlo se requiere la más adecuada cultura económica, libre de sublimaciones y de supeditación al pragmatismo economicista, que abre puertas a las “armas melladas del capitalismo”. Aunque haya quienes prefieran no verlas, las lacras y las fracturas de ese sistema son hoy más ostensibles que cuando Ernesto Che Guevara hizo la advertencia aludida.

Otros logros conseguidos y que merecen perdurar son los del sector artístico y literario. Sin ánimo exhaustivo, cabe aplaudir algo que ha saltado a la vista y al oído: el aprovechamiento de los recursos tecnológicos para conciertos, exposiciones y otros frutos difundidos por vía digital, en línea, como podría decirse para no someterse acríticamente al inglés.

Cuando ese idioma se acata de tal modo, no se asume una lengua como el latín, que hace siglos no pertenece a ningún imperio vivo, sino una cuya expansión no es obra de un plan divino ni de la grandeza de autores como William Shakespeare o Mark Twain. Se debe, en lo determinante, al poderío económico, político, tecnológico, mediático y cultural —y anticultural— no solo de un imperio vivo, ni siquiera únicamente del más poderoso en que pueda pensarse desde hace largo tiempo —unce a sus aliados—, sino de la potencia genocida que intenta estrangular a Cuba, aunque para ello tenga que apretarla hasta que a sus pobladores “se les salgan los ojos”.

Tal ha sido el reclamo coreado en Miami por cubanos apátridas que, aunque sean minoritarios, se hacen sentir en esa comunidad por los estridentes graznidos con que proclaman su servicio al mandón planetario. Este dispone de reservas —para eso ha saqueado como lo ha hecho y hace— para sobrevivir quién sabe hasta cuándo, a pesar de hallarse en la que, por larga que pueda ser, se perfila como su fase final.

Pruebas rotundas de su decadencia son el engendro que hoy tiene por césar, y el ambiente de las elecciones en que, con arreglo a las normas del sistema, se decidirá si ese gobernante —que incluso ha amenazado con no aceptarlo—, se verá obligado a salir de la Casa Blanca. De ser así, la ocupará otro “menos peor” que él, enunciado que no obedece a la gramática, sino a la realidad.

Mentiroso aborrecible, ejemplo mayúsculo de irresponsabilidad con su propio pueblo —lo corrobora su actitud ante la pandemia— el actual presidente parece hecho para que un viejo refrán se modifique y quede como “no hay mal que dure ocho años ni mundo que lo resista”. Pero aquel país y aquel sistema son como son.

Cuba se mantendrá firme frente a ese imperio y sus designios. Debe convivir con la obstinada tozudez que él pone en aplastarla por cualquier vía. Esa realidad podrá prolongarse tanto como dure aquel sistema, y ella, bloqueada y agredida, necesita seguir asegurando su cultura de soberanía económica, y los mecanismos que se afana en establecer o renovar para mantenerla.

Volviendo al arte y a la literatura, ha sido confortante el espacio que, particularmente en la televisión, se le ha dado a la poesía, y puede mantenerse y crecer. No tiene por qué ceñirse a poetas que aún viven, y valdría considerar cuándo confiar la lectura de los textos a actores y cuándo a quienes los han escrito (sin olvidar que será justo que también autoras y actrices tengan presencia notable). Habrá quienes asesinen sus textos al decirlos o leerlos, pero no han faltado ni faltarán quienes lo hagan espléndidamente.

Meros apuntes como estos estarían aún más incompletos si al menos de pasada no mencionaran las canciones que se han interpretado, y a menudo compuesto especialmente con ese fin, en el entorno de la pandemia y el llamamiento a “quedarse en casa”, no pocas de ellas dedicadas al ejemplar esfuerzo internacionalista de la medicina cubana. Sería absurdo aspirar a que todas compartieran un nivel igualmente alto. En general, salvo los casos más destellantes, que brillan desde que aparecen, las obras artísticas necesitan decantación, y esta requiere tiempo.

No siempre la cursilería puede codearse con la deseada por Nicolás Guillén al escribir: “A veces tengo ganas de ser cursi”, lo que, sin la pretensión de lidiar con el Poeta Nacional, alguien parafraseó diciendo: “A veces tengo ganas de ser cursi, pero no a veces, ¡siempre!”

En cualquier caso, el saldo de lo que culturalmente —en el más amplio sentido de la expresión, y en los terrenos específicos del arte y la literatura— se ha hecho durante la pandemia, es favorable. Desde ese alcance convoca a que se le mantenga cuando pase la covid, y a desarrollarlo con ahínco, en busca de resultados cada vez más altos.

En 1988, ante desafíos mayúsculos, el guía de la Revolución Cubana, Fidel Castro, sostuvo que “la cultura es lo primero que hay que salvar”. Lo dijo en el Sexto Congreso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, pero un estadista como él, que ni en hechos ni en ideas se resignaba a limitaciones, estaría pensando en la mayor vastedad y las mayores profundidades de la cultura, la que llena el cometido que él le reconoció entonces: “escudo y espada de la nación”.

 

Ilustración: Brady Izquierdo

Esa cultura merece perdurar, más allá de elementos tan necesarios hoy como la vacuna Soberana, y como el nasobuco y la desinfección de manos y zapatos. Para la de estos últimos, por cierto, se ha rebuscado una expresión tan poco feliz como pasos (o baños) podálicos, lo que —al igual que otras evidencias— parece reclamar cuidadosos baños lingüísticos.