Entre el COVID y la crisis (II)

 

En la primera parte de este artículo afirmábamos que para saber cómo actuar era necesario profundizar en el conocimiento de la situación actual, saber donde estamos antes de empezar a hacer. Por eso dábamos algunas pinceladas de cuál son, en nuestra opinión, las características reales de la crisis sanitaria y económica, su origen y desarrollo. En esta segunda parte, pensamos que es importante dedicar unas líneas a describir lo que nos puede deparar el futuro e intentar identificar las formas organizativas que no nos sirven ante ese futuro. El artículo una vez más, se nos hace muy largo y aún no hemos empezado a describir la salida organizativa por la que apostamos. Se nos hace difícil ser breves, dada la complejidad de la coyuntura y la situación tan dramática que vive la izquierda desde hace años. Expuesto sintéticamente lo que no queremos, dejamos para una tercera parte exponeros las líneas directrices y la forma de intervención de ese espacio en construcción que hemos llamado Corriente Clasista 1º de Mayo. Esperamos que nuestras reflexiones os sean de interés y que valga la pena la espera.

¿Qué nos depara el futuro?

Desde la más remota antigüedad, guerras, inundaciones, terremotos, sequías, hambrunas y pestes han sido las parteras de profundos cambios experimentados por las sociedades que las padecieron. Las dos guerras mundiales del siglo veinte influyeron decisivamente en la restructuración no sólo económica sino política y social de las naciones afectadas por estos conflictos. Lo mismo ocurrió con la Gran Depresión de los años treinta, donde el parón económico y el desempleo masivo se combinaron con el auge de los fascismos.

Como no podía ser de otra manera ante un acontecimiento absolutamente único en la historia universal y que además entraña una mortal amenaza para la población mundial, el coronavirus ha desatado un torrente de análisis sobre los posibles contornos del orden social que está hoy naciendo. Sobran las razones para realizar esta clase de especulaciones, porque si de algo estamos completamente seguros es que la primera víctima fatal que se cobró el COVID19 fue la versión neoliberal del capitalismo.

Y decimos la “versión” neoliberal del capitalismo porque no creemos que el virus en cuestión obre el milagro de acabar no sólo con el neoliberalismo sino también con la estructura que lo sustenta: el capitalismo como modo de producción y como organización económica internacional. Ahora, ¿qué ocurrirá con el capitalismo a raíz de esta pandemia? Pensamos que, a la hora de plantearse como encarar e intentar revertir los ataques que estamos sufriendo y de los que hablabamos en un artículo anterior, es necesario empezar por intentar dar respuesta a esta pregunta fundamental.

Lo primero que podemos afirmar con total certeza es que el mundo que brotará de las ruinas dejadas por la pandemia, la primera realmente global en la historia, lo hace como ruptura del anterior. Consternado, Henry Kissinger, impune criminal de guerra, lo reconoció en el Wall Street Journal cuando escribió que “el mundo jamás volverá a ser el mismo después del coronavirus.” La Gran Depresión, la Segunda Guerra Mundial y la reconstrucción keynesiana de la posguerra aparentemente habían detenido la hegemonía de las ideas liberales, triunfantes desde mediados del siglo diecinueve, lo que condujo a los llamados “veinticinco años gloriosos” de la historia del capitalismo, entre 1948 y 1973.

La restauración del viejo paradigma de gobernanza macroeconómica, a partir de esa fecha, ahora bajo el engañoso nombre de “neoliberal”, fue impotente para hacer retroceder el reloj de la historia hasta las vísperas del crack de la bolsa neoyorquina en 1929. Por más que se esforzaron los gobiernos de la oleada neoconservadora para regresar al “estado mínimo” acabaron fracasando. Pero el capital financiero trinunfante sobre la burguesía industrial y convertido ya en la fracción hegemónica del bloque burgués logró desmarcarse de esa tendencia.

Hoy presenciamos una significativa revalorización del Estado, lo que es un gran cambio en el clima de opinión de una parte del establishment norteamericano y europeo. La ciega fe en los mercados da paso a la apuesta por el Estado, convocado de urgencia para enfrentar una crisis sanitaria de colosales dimensiones. La crisis ha traído una angustiada percepción de que “la fragilidad del sistema” frente a la crisis tiene su origen en la “expectativa quimérica de que los mercados harían la labor del gobierno”. Podemos prever que en el mundo que viene habrá estados más grandes, más fuertes y más intervencionistas. Ahora, sería ingenuo suponer que será por el bien de las clases populares. Hablamos de un “estado capitalista reforzado”, controlador y represor, que pretende refundar al capitalismo sobre bases aún más autoritarias.

Pero entonces, ¿nos coloca la pandemia ante el inminente derrumbe del capitalismo? De nuevo, echemos un vistazo atrás. El capitalismo sobrevivió a la mal llamada “gripe española”, que ahora sabemos vio la luz en Kansas, en marzo de 1918, en la base militar Fort Riley y fue diseminada por las tropas estadounidenses que marcharon a combatir en la Primera Guerra Mundial. El capitalismo sobrevivió también al tremendo derrumbe global producido por la Gran Depresión, demostrando una inusual resiliencia –precozmente advertida por los clásicos del marxismo- para procesar las crisis e inclusive salir fortalecido de ellas.

Las crisis no son accidentes ni inesperados desvíos de un recorrido cuidadosamente preestablecido, sino acontecimientos recurrentes de los cuales, a falta de una enorme acumulación de fuerzas sociales y políticas socialistas, el sistema usualmente sale depurado y fortalecido, con la riqueza más concentrada y monopolios más poderosos. Jamás hay que menospreciar la capacidad del capitalismo, (siempre entendido como un sistema global de metabolización del capital) para renacer de sus cenizas asumiendo nuevas figuras y así frustrar los planes de sus inexpertos sepultureros.

Seríamos necios si nos empeñásemos en desconocer que esta actual coyuntura crítica alberga en su seno la posibilidad de que vuelva “la barbarie”, la reafirmación neofascista, racista y xenófoba de la dominación del capital recurriendo a las formas más brutales de explotación económica, coerción político-estatal y manipulación de conciencias y corazones a través de su hasta ahora intacta dictadura mediática. Pero esta no es la única salida posible. La historia enseña que la resolución reaccionaria de la crisis de la primera posguerra trajo como consecuencia la aparición de los fascismos europeos; en cambio, su desenlace progresivo produjo la Revolución Rusa.

La clave en esa diferencia es justamente la presencia de un sujeto revolucionario –que, en el mundo actual, debe sintetizar la voluntad de una miríada de fuerzas políticas de diversos tipos y con intereses muy específicos y no siempre fácilmente articulables-. Pensar que el derrumbe de un sistema inmoral, injusto y predatorio, enemigo mortal de la humanidad y la naturaleza, es posible sin él, es más la expresión de un deseo que el producto de un análisis concreto. Slavoj Zizek se equivoca cuando sentencia que la pandemia le propinó “un golpe a lo Kill Bill al sistema capitalista”. No ha ocurrido y no ocurrirá porque, como decía Lenin, “el capitalismo no caerá si no existen las fuerzas sociales y políticas que lo hagan caer.”

Por eso mismo todo el marxismo clásico, desde los fundadores hasta Gramsci, pasando por supuesto por Lenin, Rosa Luxemburg o Trotsky, enseña que toda coyuntura de disolución del orden social ofrece también, in extremis, una oportunidad para intentar su restauración mediante la fundación de un renovado bloque histórico conservador. Por ahora ese sujeto revolucionario no está a la vista en los capitalismos avanzados, salvo en algunas expresiones embrionarias y dispersas.

Hoy el discurso del poder llama, sin ningún ambaje, al sacrificio del proletariado. Sacrificio de nuestras vidas, sacrificio de nuestras necesidades, sacrificio de nuestra personalidad, sacrificio de nuestra combatividad para vencer el virus, causa y efecto de la barbarie capitalista… La razón de tanto sacrificio se repite una y otra vez, es permitir que se reactive la economía y vuelva a haber trabajo, se vuelva a invertir en salud y educación, se multipliquen las ayudas… En pocas palabras, para que volvamos a una “normalidad” que en realidad nunca existió. La única que conocemos, la única posible bajo el capitalismo es la que garantiza que las clases dominantes siguen obteniendo beneficios a nuestra costa.

Para quienes vemos la necesidad de cambiar ese futuro que nos quieren imponer, es nuestra obligación ponernos manos a la obra para comenzar la titánica tarea de reconstruir ese sujeto revolucionario. Para evitar la salida reaccionaria y fratricida que en estos momentos germina en las cabezas de los que están en el poder y de la que se ven los primeros brotes entre los de nuestra clase. Pero también, para dar una oportunidad a otra salida, liberadora para nuestros pueblos y nuestra clase, que deje atrás no sólo la explotación y la opresión, sino también una forma de organizar la producción que nos conduce irremediablemente a la destrucción de la humanidad, también por la presión que ejerce sobre la Naturaleza y que acaba revirtiendo, como vemos hoy, en muertes y sufrimiento para los nuestros.

2. 

Propuesta organizativa

Ya en la primera parte de este artículo denunciabamos la desorientación profunda de la izquierda. No es la primera vez, la venimos constatando en la práctica desde hace años. Las razones de esa pérdida absoluta de brújula que ha llevado a las grandes organizaciones de los trabajadores a ser completamente irrelevantes en el accionar político de la clase, son un debate urgente y necesario que va quedando permanentemente relegado, enterrado bajo décadas de prácticas burocráticas, superficiales, reformistas y cobardes. A pesar de ello, en este artículo nos vamos a centrar exclusivamente en la crítica a la forma en que se ha intentado organizar a las bases para poder perfilar las formas organizativas que proponemos.

Antes de empezar a esbozar lo que queremos, echaremos un vistazo a las propuestas existentes, para discernir, en grandes rasgos, qué es lo que no queremos, lo que pensamos que no funciona y que nos lleva a un callejón sin salida. Hay tres grandes formas de organización que son hegemónicas hoy: la lucha electoral, la lucha sindical y la de los “movimientos sociales”.

2.1 Crítica a la lucha meramente electoral

El malestar provocado por la crisis de 2008, produjo grandes movilizaciones de masas en torno al 15M en 2011 que fueron capitalizadas por propuestas esencialmente electorales. Podemos en el Estado Español y la CUP en Catalunya son algunos de esos ejemplos. La derrota absoluta de estas dos propuestas como proyectos liberadores de las masas populares soy hoy en día palpables. A pesar de las grandes diferencias enter ambos y especialmente en el caso de Catalunya, por su capacidad de desarrollar inserción entre amplias capas populares y de confrontar con el Estado hasta el punto de desestabilizarlo, hay rasgoas en común que es importante señalar.

Es evidente que la burguesía establece las formas de lucha política que son válidas o no para mantener su dominio, para conservar su hegemonía y el parlamentarismo es una de ellas. Lenin denunciaba que el parlamentarismo es un mecanismo sofisticado que sirve para “anular toda ‘manera revolucionaria” de resolver problemas histórico-sociales”. El parlamentarismo, la democracia burguesa y sus instituciones “el campo de batalla fundamental de los intereses políticos y sociales”, institución jurídica y simultáneamente órgano del “orden burgués” que expresa la voluntad de determinados elementos de la burguesía. Pero sobre todo es “la forma principal de dominación de las clases y fuerzas gobernantes”. Es un espacio peligroso, al que no debe renunciarse, como no se debe renunciar a ningún espacio de lucha política existente, pero siempre que la participación en elecciones tenga como objetivo el desarrollar la conciencia de clase del proletariado, “el fortalecimiento y ampliación de su organización de clase y su preparación combativa”.

La participación en campañas electorales nunca debería servir para crear “ilusiones constitucionalistas”, sino para fomentar lo que Lenin llama “educación sociademócrata” o revolucionaria. Sin embargo, en la última década y si echamos la vista atrás, desde la derrota tremenda de la izquierda radical que supuso la Transición, a la que contribuyeron fuerzas tan destacadas como el PC, la lucha electoral ha tomado otra dirección completamente distinta. La lucha electoral, tal como la han defendido fuerzas como Podemos, IU o la CUP, se ha acabado erigiendo como la única lucha posible o la más importante. Se ha subordinado la organización de base a la actividad parlamentaria, hundiendo los pocos conatos de organización popular en el desánimo provocado por el seguidimo a direcciones burguesas o pequeño-burguesas, como es visible en el Gobierno conjunto de Podemos y el neoliberal PSOE o en el liderazgo post-convergente del Procès.

No queremos decir con esto que haya que abandonar la lucha en el plano parlamentario. Lo que denunciamos es que la prioridad hoy es organizar desde la base y desde el tejido productivo a las masas de trabajadores y trabajadoras, no como una forma de tener peso en esos espacios, sino como la única forma realista de hacer crecer la conciencia de clase y la organización entre los nuestros. Lo que hace falta es crear formas de organización que respondan a esas características, que mantengan la independencia de clase y que supongan el germen de la nueva sociedad que queremos construir.

2.2 Crítica a la forma “Movimiento social”

Hoy y desde los años 70, la expresión “movimiento social” ha estado en boca de grandes sectores de la izquierda radical. Los movimientos sociales partían de reivindicaciones parciales y de la idea de que era posible la política en las calles y la toma del poder desde las calles. Se cuestionaba al sistema, no sólo a los partidos y su déficits de mediación, sino a la propia democracia en cuanto a su concepción teórica y práctica.

Los movimientos sociales se erigieron como representantes legítimos de la voluntad popular. Y parecía que era posible que el pueblo a través de sus propios instrumentos conquistara el poder. Estos movimientos (de mujeres, homosexuales, migrantes, de derechos humanos) aparecían como novedosos frente a los actores políticos tradicionales, a pesar de defender reivindicaciones que históricamente había recogido el movimiento obrero. Los movimientos sociales escogieron escribir con minúscula y en plural la lucha que hasta ese momento se había escrito con mayúscula y en singular, la lucha por un proyecto integrador, único, totalizante, que no es otra que la lucha del movimiento obrero.

Los movimientos sociales y en general la izquierda que ha acabado recurriendo a esta forma o falta de forma organizativa, en la práctica ha renunciado al sujeto clase trabajadora, entre otras cosas por su propia incapacidad para desarrollar propuestas para organizarla. La militancia en los movimientos sociales se plantea como una militancia de 18h a 20h, al salir de la universidad o del trabajo y antes de ir a cenar o de salir. El proyecto político que se defiende desde los movimientos sociales no sólo renuncia a integrar a todos y todas, sino que demuestra en la práctica su debilidad, su falta de ambición y de cualquier tipo de inserción en el tejido productivo.

Y sin embargo, la inserción en el tejido productivo es esencial. Esta vez no hace falta recurrir a los anales de la historia para ver un ejemplo. Hoy, el capital nos confina en nuestro tiempo de ocio pero ni siquiera en lo más duro de la pandemia pudo confirnarnos totalmente durante nuestro tiempo de trabajo. ¿Acaso no prueba eso la importancia de la clase trabajadora y su ubicación estratégica en la organización social para enfrentar al capital?. No decimos en ningún caso, que corresponda con nuestros valores, con nuestra consideración de lo que es primordial. Se convierte en primordial para la clase porque es estratégico para nuestro enemigo. Y no hablamos de la clase trabajadora en general, sino muy específicamente de los sectores productivos estratégicos, lo que se ha dado en llamar empresas esenciales. Hablamos del sector químico, el sector energético, las telecomunicaciones, los transportes… El resto de sectores, como pasa con el de servicios, por poner un ejemplo, con gran peso en el estado está siendo abandonados a su suerte, incluso a pesar del enfrentamiento promovido por su patronal. Renunciar a organizar a los trabajadores de sectores estratégicos en favor de organizar a un presunto “precariado” o a grupúsculos nucleados en torno a identitades posmodernas equivale a no reconocer que los términos de la lucha vienen impuestos desde arriba y no los elegimos nosotros.

Es un hecho: el estado limita todas nuestras relaciones, excepto la única de la que no puede prescindir: la que permite la reproducción del capital. Por esa razón, es desde ahí desde donde nos tenemos que organizar, no sólo para denunciar el recorte de libertades que estamos sufirendo sino para comenzar a construir una alternativa seria en aquellos lugares que es imprescindible mantener para el capital.

2.3 Crítica a la forma “Sindicato”

Los sindicatos han sido históricamente la primera forma de organización de los trabajadores por la mejora de sus condiciones laborales. Gracias a las terribles luchas que se han librado desde los sindicatos han mejorado las condiciones materiales de vida de la clase obrera. El sindicato ha sido para muchos la primera escuela de organización política de clase. Pero por sus propias características tienden a mantener un compromiso con el capital, pues reconocen el carácter de mercancía de la fuerza de trabajo y la soberanía del Estado. Se ubican en el terreno del mercado y de la competencia. No son la expresión autónoma de la clase trabajadora sino el producto de la constitución de la sociedad capitalista. Gramsci califica a los sindicatos como organizaciones obrera que son parte integrante de la sociedad capitalista y tienen una función inherente al régimen de propiedad privada. Los sindicatos son la expresión de una conciencia de los obreros que se han sometido a las leyes capitalistas, que no se reconocen como productores si no como propietarios y comerciantes de su única propiedad: la fuerza de trabajo y la inteligencia profesional.Los sindicatos respetan el trabajo asalariado y no pueden ser un instrumento del gran proyecto político revolucionario de liberar al trabajo esclavo del capital, expropiando a los expropiadores.

Por si eso fuera poco, durante el último medio siglo los sindicatos han ido profundizando su papel de garantes del orden social. Las direcciones de los grandes sindicatos han ido adoptanto posiciones cada vez más conservadoras, justificando recortes de derechos, reformas laborales regresivas, representando a sectores de las fuerzas represivas y entrando en el reparto de la plusvalía arrancada a las y los trabajadores. Los sindicatos llamados alternativos o minoritarios adolecen, tanto como los grandes, de funcionamientos burocráticos, autoritarios y reformistas, constituyéndose como un tapón para el movimiento revolucionario.

De nuevo, desde Trinchera defendemos la necesidad de no sólo de afiliarse a un sindicato, sino también de trabajar para disputar la dirección corrupta y burocrática de estos. Pero también, defendemos la necesidad de constituir una nueva organización específica de la actividad propia de los productores y no de los asalariados. Un espacio donde se nucleen todos los trabajadores, independientemente de su afiliación o no a un sindicato e independientemente de cuál y que se base en la elección democrática de delegados revocables, tanto en su lugar de trabajo como en su barrio. Una organización que nazca con un abierto cuestionamiento al orden despótico del capital, que posibilite un salto en la conciencia de los obreros que atacan la propiedad privada.

El factor máximo de la historia no son, para Trinchera, los hechos económicos en bruto, sino siempre la persona, la sociedad de las personas que se reúnen, se comprenden, desarrollan a través de esos contactos (cultura) una voluntad social, colectiva y entienden los hechos económicos, los juzgan y los adaptan a su voluntad hasta que esta se convierte en motor de la economía, en cambio en la realidad objetiva, que se transforma, canalizable por donde la voluntad de clase lo desee y lo pueda hacer posible. Para poder transformar la realidad, es necesario encontrar una justificación en la realidad económica que sirva como instrumento para afirmarse. Para conocer con exactitud los objetivos históricos de un grupo, en este caso la clase obrera, nuestra clase, lo que importa es conocer los sistemas y las relaciones de producción que nos atan.

El sindicato se centra en la cuestión económica, en la negociación de la explotación, sin embargo es vital dar el salto a la lucha política. Es necesario por tanto crear un espacio de organización para la clase que nos permita, no sólo entender el sistema y las relaciones de producción, sino darnos cuenta de nuestra potencia y de nuestra misión histórica. Para ello, se impone la creación de una herramienta que sea a la vez amplia, en el sentido de las y los trabajadores que pueden integrarla pero también de sus objetivos que van más allá de la negociación de un convenio o la revocación de un recorte salarial. Las reivindicaciones históricas de la clase obrera, que incluyen libertades políticas e individuales, derechos sexuales, a la salud, a la educación, entre otras, tienen que ser parte del programa de esta organización que no puede limitarse a una lucha económica pura que nos acaba llevando a un callejón sin salida.

Trinchera.org

https://trincheraor.com/f/entre-el-covid-y-la-crisis-2%C2%BA-parte

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