Guerra en el norte de Etiopía

 

Una nueva crisis humanitaria acecha al Cuerno de África ante el silencio de Europa. El jueves once mil refugiados habían llegado a Sudán huyendo de la guerra en el norte de Etiopía. Dicen que pueden llegar hasta doscientos mil. Ese mismo día Amnistía Internacional certificó una masacre de cientos de civiles, la mayoría campesinos amharas, en Mai-Kadra, un pueblo al oeste de Tigray, en el frente de guerra.

Amnistía Internacional no ha sido capaz de confirmar quién es responsable de unos asesinatos brutales de base étnica aunque hay testigos que acusan a las fuerzas especiales de la policía tigriña. Sean quien sean los perpetradores, la masacre no augura nada bueno si no se detiene la guerra de inmediato. Etiopía tiene ya el mayor número de desplazados en el mundo por violencia étnica. Por eso llama la atención el silencio de Europa, que no ha hecho ningún llamamiento todavía para que cese un conflicto que ha entrado en su segunda semana.

Es difícil saber qué está pasando en el interior de Tigray.  Se han reportado al menos diez rondas de bombardeos aéreos, disparos de artillería y cientos de muertos. Tigray tiene una desarrollada red de carreteras y de comunicaciones pero el gobierno etíope ha aislado completamente la provincia. Un castigo para la población civil que recuerda lo que han hecho los saudíes a la población del Yemen, en donde no pasan hambre, se les mata de hambre.

Sajjad Mohammad Sajid, el jefe humanitario de las Naciones Unidas en Etiopía, ha dicho que hay largas filas de camiones con suministros humanitarios a los que el ejército no deja pasar y gente esperando en grandes colas para comprar pan en Mekelle, la capital de Tigray.

El conflicto parece sacado de la teoría de Carl von Clausewitz, que ve a la guerra como la continuación de la política con otros medios. Pero esto ocurre en un territorio donde heridas del pasado imperial entendidas en clave étnica no están curadas. Las elites etíopes no se ponen de acuerdo entre ellas sobre la dirección que debe tomar el país. El conflicto puede llevar al colapso de Etiopía.

El 4 de noviembre el premier Aby Ahmed, tras meses de conflicto institucional, decidió mandar al ejército a detener a los dirigentes del Frente de Liberación Popular de Tigray (TPLF) por no acatar sus decisiones, acusándoles de estar fuera de la ley. El problema es que el propio Aby Ahmed gobierna excepcionalmente –habilitado por el parlamento (Casa de la Federación)– sin haber ganado ninguna elección. Las previstas para agosto pasado fueron canceladas alegando la situación creada por el coronavirus, mientras Tigray celebró las suyas en septiembre con la victoria del TPLF.

Tigray, la provincia situada más al norte, fronteriza con Eritrea, apenas tiene el 6% de la población nacional –Etiopía tiene 110 millones de habitantes– pero es importante porque  además de ser la cuna de Etiopía, hasta la llegada de Aby el TPLF gobernaba en Addis Abeba mediante una federación de partidos constituidos con base étnica.  Guerrilleros del TPLF  habían sido quienes en 1991 habían derrotado al Derg, un régimen autoritario y centralista, implantando el régimen federal actual que Aby quiere cambiar.  Aby, que llegó al poder hace dos años, ha disuelto el viejo partido federal y ha establecido el suyo propio: el Partido Prosperidad, al que no se ha sumado el TPLF.

Tigray es una de las nueve provincias étnicas federales que constituyen la República Federal de Etiopía. Cuenta con una milicia propia  (250 mil combatientes) además de que muchos de los cuadros del ejército federal son tigriños adscritos al poderoso comando del norte con base en Mekelle, que según informaciones ha desertado con armas y equipo militar del gobierno federal pasando al lado tigriño.  El resultado ha sido que la operación de arrestar  a los líderes tigriños ha fracasado –con poca estima para los que no son eficientes, Aby reemplazó al jefe del ejército a los dos días de empezar la operación–,  dejando a Aby sin otra opción militar que ocupar Tigray. Se ha metido en un camino que es fácil tomar, pero resulta difícil salir de él.

Hay riesgo de que la guerra pueda extenderse a otras partes de Etiopía o incluso al Cuerno de África. Isaías Afwerki, el autoritario presidente eritreo, es aliado de Aby Ahmed y podía verse tentado a intervenir. Lo mismo sucede con Sudán, donde hay un poder compartido después de la revolución entre fuerzas democráticas y militares. Abdel Fattah al-Burhan, el lider militar y actual hombre fuerte de Sudán, visitó Addis Abeba dos días antes del comienzo del conflicto.

Hay una insurgencia oroma –la etnia más numerosa– al oeste de Addis Abeba que podría tomar ventaja del desplazamiento de soldados al norte.  A finales de octubre al menos 54 personas fueron asesinadas en un ataque de la guerrilla oroma  en Gawa Qnaqa, al oeste de Wollega, según Amnistía Internacional.

En Addis Abeba cientos de tigriños han sido arrestados, están escondidos o buscan salir de la capital temerosos de lo que les pueda ocurrir. En julio cientos de personas fueron asesinadas por jóvenes oromos después de que Hachaluu Hundessa, un cantante oromo, fuera asesinado en la capital. Temen que algo similar pudiera ocurrirles. Desde hace dos años existe una campaña acusando a los tigriños de todos los males que tiene Etiopía.

Aby Ahmed, un militar ligado a la seguridad y la información, se abrió paso hasta el puesto de primer ministro apoyado en una rebelión de jóvenes oromos que se quejaban de su marginación. Lo irónico del caso es que Aby Ahmed fue galardonado con el premio Nobel de la Paz cuando apenas llevaba unos meses en el poder.  En su discurso de aceptación comparó la guerra con el infierno. Emiratos Árabes Unidos puso tres mil millones de dólares en su cuenta una vez llegó al poder.  Sus colaboradores dicen que Aby, un creyente pentecostal, se siente a sí mismo elegido para una misión especial. Al principio impresionó a la incipiente clase media de la capital, pero poco a poco ha ido perdiendo vapor. En julio los mismos jóvenes que le auparon al poder quemaron un libro escrito por él defendiendo el Partido Prosperidad al grito “abajo Aby”. La guerra contra Tigray pudiera ser la última baza para mantener su poder después de perder su base oroma y depender del poder amhara, que está en manos de una elite que controlaba el Imperio y que apuesta mayoritariamente por un estado centralista y autoritario.

Debretsion Gebremichael, el líder tigriño buscado por Aby para llevarlo a los tribunales, fue ministro de comunicación y tecnología en Addis hasta la llegada de Aby al poder. Fue él quien  llegó a un acuerdo con Huawei para llevar el 4G a Etiopía, ocupó cargos de dirección en compañías eléctricas, participó en la construcción de la gran presa en el Nilo y puso la primera piedra del parque industrial Bole Lemi en Addis Abeba.  El viernes 6 Aby nombró a Mulu Nega,  viceministro de Ciencia y Educación Superior en su gobierno, nuevo líder de Tigray, como gobernador en el exilio, echando más leña al fuego de lo que parece convertirse paso a paso en una guerra civil.

Josep Borrell  estuvo en Addis Abeba semanas antes de que fuera nombrado Ministro de Asuntos Exteriores de la Unión Europea. Visitó la Unión Africana y al gobierno de Aby. Tiene que conocer las tremendas implicaciones humanitarias que para la región tendría una guerra civil en Etiopía. Por eso llama la atención el silencio europeo.

El periódico Addis Standard publicó esta semana en su web que Heiko Maas, ministro de exteriores alemán, había telefoneado al jeque Abdullah bin Zayed Al Nayhan, su colega de Emiratos Árabes Unidos, para discutir la crisis. Ambos dijeron estar preocupados con los acontecimientos en Etiopía pero ninguno pidió a Aby detener la operación militar. Se limitaron a advertir que el conflicto no debe expandirse en la región.

La Unión Europea es uno de los aliados extranjeros más importante para Aby. Bruselas dona cientos de millones de euros al gobierno en programas para crear empleo y favorecer la inversión privada. Etiopía lo paga cooperando en programas para detener la emigración hacia el Mediterráneo vía Sudán y Libia. Europa tiene que romper su silencio y llamar de  inmediato al fin de las hostilidades.

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