El Estado de la Unión: apología del supremacismo y el excepcionalismo estadounidenses

 

Cada principio de año, sin importar si el presidente de Estados Unidos salió de las filas del partido demócrata o de las del republicano, al informar al congreso, en particular; y al resto de la población, en general; sobre el Estado de la Unión, el titular del poder ejecutivo estadounidense le hace saber al mundo, una vez más, los saldos que el excepcionalismo anglosajón ha dejado detrás de sí en su despliegue por el resto del mundo. Y es que cada año, sin falta, en el discurso sobre el Estado de la Unión, el presidente estadounidense en turno hace saber al planeta entero que, sin importar si la agenda es demócrata o republicana, al final de cada año de gestión lo único que importa son los métodos empleados para conseguir los objetivos, pues el contenido y los temas de fondo, esos, no están a debate.

 

Las poblaciones de América lo saben, y más aún cuando sus gobiernos y las fuerzas políticas hegemónicas en sus respectivos Estados-nacionales o en el conjunto de la región son de extracción progresista, con una fuerte carga ideológica nacionalista —en el sentido no hitleriano del término— o con una agenda programática en mayor o en menor medida combativa frente a las nuevas formas de colonización del continente y las intervenciones geopolíticas estadounidenses en sus territorios. Y es que, en efecto, a pesar de que el resto del año América, en tanto unidad geosocial, no deja de ser en ningún momento tema central para la política exterior estadounidense —ni siquiera cuando la comentocracia regional presume en sus análisis de la existencia de periodos enteros en los que Estados Unidos deja un vació de poder en la región por concentrarse más en otras geografías del mundo: como cuando el foco de su atención se centró en Oriente Medio—, el día del informe lo que el ejecutivo estadounidense hace saber al mundo es que América no deja de ser el espacio por excelencia para la construcción, la consolidación y el sostenimiento de su rol dominante frente al resto de la comunidad internacional; más aún en momentos como el presente, en el que la disputa por la hegemonía global abre cada vez más escenarios de confrontación y de tensión.

 

Este año, en ese sentido, no fue excepción, y aunque en todo lo concerniente al ejercicio de la política doméstica los demócratas aparentaron inmutabilidad y hasta desaprobación respecto de la gestión de Donald J. Trump —alcanzando los límites de lo patético y de la más absurda muestra de debilidad política en el momento en el que Nancy Pelosi rompe por la mitad su copia personal del discurso de presidente—, cuando se trató de arremeter en contra de Cuba o de hacer alarde de los esfuerzos injerencistas que en estos años se concentraron en Nicaragua, la propia Cuba y Venezuela, republicanos y demócratas por igual celebraron las coaliciones y las intervenciones practicadas para destrozar los sistemas políticos, sociales y culturales de esas sociedades; siempre bajo el amparo de ese característico discurso que hace de toda reivindicación de la soberanía y la autodeterminación de los pueblos en la región un peligro para los interese estratégicos (nacionales, hemisféricos y globales) del capital estadounidense.

 

La reversión de la política de acercamiento con Cuba —esta última puesta en marcha hacia el final del segundo mandato de Barack Obama, momento justo en el que aquel mandatario ya nada tenía que perder en el plano de su fortaleza política doméstica al implementar un cambio de política exterior hacia la isla, cuyos mayores enemigos son los lobbies de la disidencia y la contrarrevolución—, y la articulación de una coalición diplomática de más de cincuenta Estados para bloquear al gobierno de Nicolás Maduro, en Venezuela, son apenas dos de las mejores muestras de la agresividad con la cual se ha conducido la relación bilateral estadounidense con cada uno de estos Estados en los últimos tres años. De ahí que la ovación generalizada recibida por Juan Guaidó —presente en la Cámara—, lo mismo por demócratas que por republicanos, no sea más que el gesto simbólico que sintetiza lo que en los hechos ya sucede a lo largo y ancho de América: el apoyo incondicional de todas las fuerzas políticas estadounidenses a sus capitales en el despliegue territorial de sus intereses por todo el continente.

 

El argumento que apela al terror comunista —esgrimido primero como tragedia, a lo largo de la segunda mitad del siglo XX; y luego como farsa, en lo que va de la presidencia de Trump— para intervenir a la totalidad del continente, so pretexto de mantener a flote el ejercicio de una abstracta noción de libertad —hoy más amenazada por el fascismo de nuevo cuño europeo y el supremacismo racial estadounidense que el propio Trump personifica—, por lo anterior, no es sino una mascareta más que busca ocultar la diversidad y la multiplicidad de intereses estratégicos que hoy más que nunca precisan de mantener al conteniente bajo un estricto dominio estadounidense, de cara a un escenario de confrontación en el que los recursos naturales disponibles en suelo americano son un factor decisivo en la trayectoria del poderío económico, militar —y sobre todo tecnológico— de cualquiera de las potencias imbricadas en la disputa por la hegemonía global, de aquí a los siguientes treinta años.

 

Por eso, además, al margen de los actos injerencistas que llevaron a un golpe de Estado en Bolivia (sancionado por la Organización de Estados Americanos), que han soportado al militarismo practicado por el régimen de Jair Bolsonaro, en Brasil; que llevaron a uno de los mayores desastres económicos, financieros y políticos en la Argentina del macrismo; que intentaron imponer su agenda de ajuste estructural en Ecuador; y que hoy, aún, sostienen a una porción importante de la reacción conservadora en Chile, de cara a las protestas estudiantiles que mantienen en jaque al gobierno de Sebastián Piñera; lo que es innegable es que, de concretarse un segundo mandato de Trump al frente de su Estado, el escenario más seguro para las poblaciones de América será uno de profundización de la agresividad y la violencia con la que los intereses estadounidenses buscaran desarticular a cualquier fuerza política que se resista a sus intervenciones.

 

En eso la historia es clara. Y es que, en efecto, si algo demuestra con exactitud es que un segundo mandato de cuatro años al frente del poder ejecutivo estadounidense es siempre una oportunidad para cualquier presidente de radicalizar su agenda de política exterior sin esa atadura que significa el tener que trabajar por asegurar un segundo periodo de gestión —y todo lo que ello significa en términos de arriesgar y apostar a decisiones impopulares u onerosas que pongan en riesgo el escenario electoral futuro. Por eso, para la región, la menor de sus preocupaciones tendría que ser el atolladero en el que se encuentran los y las aspirantes presidenciales en las filas demócratas —frente a un Donald Trump republicano que amenaza con repetir los resultados por él obtenidos en el caucus celebrado en Iowa el primer fin de semana de febrero.

 

Y es que el verdadero drama aquí es, antes bien, que el éxito y la popularidad hasta ahora obtenidos por la política exterior de Donald Trump, en términos de su aprobación popular y cupular, ha obligada a la mayor parte de los aspirantes demócratas a desplazar sus propuestas y su propia situación ideológica respecto de la región hacia posiciones cada vez más conservadoras; que si bien en apariencia parecen no tener mayor trascendencia en términos de la prioridad que supone para el grueso de las y los ciudadanos de Estados Unidos en el plano de la política y la economía domésticas, en los hechos, sancionar la presidencia de un mandatario por su agenda interior es sancionarlo igualmente —aunque por ignorancia— en el plano exterior. Sólo Sanders parece mantenerse al margen de ese empuje, y sin embargo, la ambigüedad y la poca estructura presentes en sus propuestas de política exterior hacia América (en comparación con la postura tajante que muestra frente a temas como los de la ocupación militar de Oriente Medio) deja mucho que desear y más bien coloca en el debate la debilidad que como mandatario podría presentar ante actos de presión que pugnen por radicalizar la posición actual de Estados Unidos en el continente.

 

Quizá por ello no habría que sobreestimar la fortaleza de Sanders como un opositor al conservadurismos de Trump ni mucho menos subestimar el arrastre político de éste (pese a protestas sociales masivas en cada uno de sus años como presiente y el golpeteo mediático por él recibido a causa del impeachment que los demócratas pretenden zanjarle) y el nuevo empuje que prometió dar a Guaidó —en acto tan solemne para la clase política estadounidense— justo en un momento en el que parecía que la capacidad del venezolano tanto de articular un golpe de Estado contra Maduro cuanto de granjearse apoyos diplomáticos en Europa y recursos financieros en Davos se había reducido a su mínima expresión desde su autoproclamación como presidente interino.

 

Menos aún habría que proceder de una u otra forma cuando el ministro de relaciones exteriores ruso, Serguei Lavrov, realiza una gira de trabajo por la región: teniendo como prioridad, entre otras cosas, el trabajar para fortalecer a la CELAC (cuya presidencia protempore ejerce México) y el reforzar los lazos de cooperación con Cuba, Venezuela y México. Y es que, en el momento presente, estos tres Estados (más Argentina) son, sin duda, los últimos pilares sobre los cuales es posible articular cualquier intento de reconstrucción y reorganización de las fuerzas progresistas del continente ante la avanzada del conservadurismo de derecha y del reposicionamiento militar de Estados Unidos en cada uno de los Estados que aquel controla a través de sus respectivos andamiajes gubernamentales (Colombia, Bolivia, Brasil, Chile y ahora Uruguay, tras sus últimas elecciones presidenciales).

 

La reactivación de la CELAC como mecanismo de concertación política que permita a los gobiernos progresistas diseñar mecanismos de prevención, reacción y resistencia a injerencias externas e intervenciones geopolíticas estadounidenses, en ese sentido, es tarea fundamental. Y el que esa posibilidad se encuentre en manos de uno de los gobiernos con mayor apoyo de base y fuerza política interna hace que el acercamiento con Rusia no sea cuestión menor, en términos de lo que dicha aproximación puede implicar como amenaza estrategia a los intereses estadounidenses en la zona y, sobre todo, de cómo esa noción de amenaza se traduce en asedio y agresión en contra de las fuerzas progresistas en el continente.

 

Ricardo Orozco, Consejero Ejecutivo del Centro Latinoamericano de Estudios Interdisciplinarios

@r_zco

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