España: El clamor de los orcos

Se requieren cambios estructurales profundos para sanear la economía y eso no lo va a consentir la reacción reacción

 

Miguel Manzanera Salavert, profesor de filosofía español

Desde la caverna mediática me llegan los ecos de una gritería, que oída de cerca debe producir espanto. El rumor ‘in crescendo’ de las clases conservadoras que se prepara para el asalto al poder político, demoliendo el frágil entramado legal de la democracia española. El desastre económico, cada vez más evidente, está endureciendo la vida política del país, y ahora aparecen líneas de fuerza que estaban ocultas por el aparente bienestar que gozaban los españoles dentro de Europa. Una judicatura dominada por sectores profundamente reaccionarios, un ejército que sigue siendo fiel al ideario de la España Una, Grande y Libre, unas capas intelectuales profundamente corrompidas desde el Concilio de Trento,…, se han adaptado maravillosamente a las nuevas tecnologías digitales y difunden sus consignas a pleno pulmón electrónico. En el otro lado de la barricada no queda más que el humor irónico, que es la eterna salvación de los sufridos pueblos ibéricos -y que no nos falte-.

Ahora que la reacción está preparando su vuelta al poder, toca prepararse para este nuevo sacrificio. Pero antes de caer en el pesimismo trágico –es lástima que fuera mi patria-, es lícito preguntar si se va a intentar parar la ofensiva de la derecha, hasta qué punto y por qué medios. De una manera u otra siempre quedará una ciudadanía que aspire a una auténtica libertad, fundada en la razón y no en la fuerza; pero esa certeza no nos exime de tomar decisiones que intenten minimizar los daños, que a estas alturas de la historia se van a producir irremediablemente.

Lo primero es descubrir los planes de esa ofensiva política. Con los mimbres del Estado español surgido de la Transición, después de los últimos acontecimientos políticos en América y en Europa, y teniendo en cuenta los recientes movimientos de la reacción, todo parece indicar que se prepara un golpe de estado judicial. Se acusará al gobierno de irresponsabilidad criminal en el tratamiento de la pandemia de coronavirus, el Tribunal Supremo dará razón a los demandantes y el ejército se hará cargo del asunto, garantizando la seguridad para un nuevo gobierno provisional de padres de la patria. Llegado su momento se celebrarán unas elecciones amañadas, donde no quepa ninguna duda acerca de quién manda en este país.

Puede parecer política ficción, pero eso más o menos es lo que ha pasado recientemente en Honduras, Paraguay, Brasil y Bolivia, al menos cuatro golpes de estado judiciales en los últimos doce años,… ¿¡Y no nos habíamos enterado!?, …porque nuestros intelectuales progresistas no han sido capaces de realizar la más mínima denuncia pública. Estaban muy ocupados en eliminar dictadores populistas en el mundo árabe con el apoyo de la OTAN,…; la misma organización bélica que bendecía y garantizaba los golpes judiciales contra las democracias latinoamericanas. De aquellos polvos, estos lodos. Ahora esos intelectuales se han vuelto populistas.  

Así que el guion ya está escrito y solo falta la oportunidad para ponerlo en marcha. A juzgar por la gritería mediática será más pronto que tarde. El asunto es qué pueden hacer las fuerzas políticas de izquierdas para intentar afrontar esa amenaza y es lo que quiero reflexionar aquí. En primer lugar hacer una política social que sea capaz de ganarse el apoyo de la población, lo que ya está en marcha, con mucha timidez porque existen dificultades claras derivadas de la organización del tejido productivo bajo criterios neoliberales. Desde mi punto de vista, solo una ruptura clara con esos criterios hará posible resolver la crisis de forma favorable a las clases más humildes y manteniendo un orden político democrático. Lo que nos pone enfrente de nuestros aliados militares, de la política neoliberal dominante en la UE, de la ola nacional-chovinista que se ha puesto de moda en el mundo occidental,… Ahora que toca solidarizarse con los golpeados por la crisis, todo el mundo corre a salvaguardar sus intereses nacionales.

Por lo tanto se requieren profundos cambios estructurales, para sanear la economía; y eso es precisamente lo que no va a consentir la reacción, que se prepara para combatirlos. En el parteaguas de la historia que se ha materializado con esta pandemia –no porque sea algo nuevo, sino porque elimina muchas seguridades, que de todas formas ya estaban bastante erosionadas-, en este parteaguas se van a decantar muchas voluntades. El margen para una política liberal consensuada se ha estrechado intensamente –y esto tampoco es nuevo, basta leer la primera página de El manifiesto comunista, para saber que las crisis capitalistas tienen una dinámica repetitiva, que ya se produjo hace más de siglo y medio, y desde entonces se repite recurrentemente en la historia europea-. Y como decían los existencialistas, en los momentos de crisis aparece la verdad de las gentes.

De perdidos al río. Ser coherente con los principios que inspiran la política socialista y defenderlos hasta el final, avanzando todo lo que se pueda, es lo único que realmente puede servir de algo. Ganarse al pueblo es lo primero. Y en segundo lugar, hay que tomar medidas defensivas, que tal vez puedan parecer poco sólidas ante la que se avecina. Es cierto que grandes sabios nos han aconsejado no resistir al mal, pero uno no siempre está de humor para ofrecerse como víctima propiciatoria a los viejos demonios familiares, ni siquiera por el bien de la humanidad futura. Aparte de que no estoy muy seguro de que sea siempre la mejor manera de vencer el mal, depende.

A pesar de que hay pocas probabilidades de que los jueces escuchen nuestras quejas, no estaría de más poner denuncias ante la campaña de difamaciones y calumnias que está lanzando la derecha. Parece que algo se está haciendo en ese sentido. Alguna contra-campaña mediática puede también modificar en algo la densa atmósfera tóxica y agresiva que se está creando. También algo en este sentido se está haciendo. Más decisivo será coordinar las fuerzas que dentro de los aparatos de seguridad del Estado, y en general en la administración pública, son favorables a una profundización de la democracia; eso sería crear un estado dentro del Estado, capaz de afrontar la embestida, desautorizar a los desautorizadores, y sostener el actual gobierno. No otra cosa ha hecho la derecha desde siempre, y no veo otra salida.

Es claro que esa táctica, requiere de una alianza sólida entre los partidos que forman el actual gobierno, y algunos otros que están en la oposición, pero que serán leales a las actuales trincheras democráticas, y evitando jugar al ‘cuanto peor mejor’ –para eso se las pintaba solo Rajoy-. Podemos traer a la memoria la política de ‘clase contra clase’, que tan nefastas consecuencias tuvo en la década de los 30/40 de siglo pasado, para recomendar que no se siga por ahí. Su sustitución por una política de frente popular, fue lo que salvó a Europa durante la gran guerra contra el fascismo.

Abarcando desde empresarios honrados de talante liberal, dispuestos a comprometerse con la necesaria reconstrucción del país, hasta sectores radicales de la clase trabajadora que acepten el compromiso con un orden democrático pluralista, esa alianza, aglutinando aquellos sectores de la administración que no están completamente corrompidos, debe aspirar a constituirse en el núcleo de la futura república que amanezca tras la crisis actual y la previsible ofensiva de la ultraderecha.

El programa de reconstrucción que ofrece Izquierda Unida es bastante coherente con los problemas históricos de la humanidad contemporánea. La conciencia del peligro de involución por la ofensiva de la derecha radicalizada, está presente en la reflexión que ha emprendido la organización. Sin embargo, se echan en falta medidas concretas de apoyo a las clases populares, que haga posible construir el bloque histórico enfrentado a la ofensiva conservadora.

En esa carencia vemos las dificultades de participar en un gobierno junto con personalidades de ideología liberal, que siguen ancladas en los viejos prejuicios económicos de la teoría del mercado. No basta con que Borrell haga notar la nacionalización de empresas en Alemania, y quiera imitar esa política; hay que atender inmediatamente las demandas de una población que no tiene trabajo y está hundiéndose en la miseria. No basta con poner el derecho al trabajo garantizado en un programa; hay que tomar medidas que hagan posible que la población pueda ganarse la vida y vivir dignamente.

No hay mucho margen de maniobra. Si este gobierno no es capaz de afrontar la situación para garantizar las necesidades de la mayoría de la población, quizás sea mejor ir buscando una alternativa política más consistente.

https://observatoriocrisis.com/2020/05/01/el-clamor-de-los-orcos/

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