Reyes, cómplices y súbditos

Juan Carlos I bajo palio

 

Una alarma, tan pusilánime como hipócrita recorre el reino de España y nos aburren en los medios de comunicación oficialoides de régimen, como corresponde a la bien estudiada transición del 78 que, para algo su majestad Juan Carlos I juró. Al igual que juró defender los principios fundamentales del movimiento y de la dictadura por la que fue nombrado y de la que fue su digno sucesor, defensor y muy bien pagado por ello.

Ahora resulta que después de las tropelías que el monarca lleva cometiendo desde entonces se le ocurre anunciar su fuga a no se sabe dónde, dicho todo ello en clave de presunto o de investigado porque no ha sido juzgado –ni parece que vaya a serlo- mientras que las autoridades correspondientes no solo miran para otro lado si no que lo justifican y hasta lo aplauden (como si ello fuera un problema menos), aparte de que se va de rositas.

Así las cosas, algunos, muchos, no dicen ni mu, les va el rollo y tira que libras, es decir, son cómplices al ciento por cien, lo son desde el primer al último de los diputados, senadores, poder judicial y, por supuesto, el Gobierno en pleno. Todos ellos y los anteriores, porque las fechorías y los botellones reales vienen de lejos. Seguramente no hay año en el que su majestad no haya estado metido en algún escándalo o en unos cuantos cada año. Pero nada, todo sea por el régimen, por la monarquía que tan bien les va a algunos, este es el problema para muchos y el chollo para otros, para unos pocos, para los de siempre.

Y, por último, que no debieran ser los últimos, muchos, bastantes súbditos encantados con que les den (y que les sigan dando). Seguramente aspiran a llegar a ser monarcas, a ser tan sin vergüenzas como su monarca. Y no estaría nada mal, porque el ejemplo dado por la real casa es de lo más rentable y sale gratis total.

En resumen, unos y otros se acogen y se amparan en legalismos para no meter mano a semejante manoseador porque si el procedimiento, si los protocolos, si la ley, la que ellos mismos dictan y mantienen, porque cualquier ocurrencia es válida para exonerar a este y otros delincuentes (presuntos, obviamente) de cuello blanco o de cuello real (aunque a alguno le salió caro y acabó en la guillotina, eran otros tiempos).

A modo de conclusión: no habría reyes si no hubiera súbditos. Y no habría reyes corruptos (tampoco sin corromper) si no hubiera cómplices corruptos, tanto autoridades como súbditos, con intención o la  esperanza de serlo.

La monarquía se transmite por vía sexual, al igual que muchas enfermedades, aunque esta última ha sido por imposición de un dictador y la colaboración de los poderes fácticos, léase poder económico, mediático e iglesia, junto con la oligarquía y un enjambre de caciques. Todos ellos sus valedores.

El emérito ha delinquido y delinque  –presuntamente, claro, y a pesar de las evidencias- y de ello es responsable, por supuesto, pero no menos responsables, sino más, lo son las autoridades e instituciones que se lo permiten y se lo han facilitado.

El rey se ha largado (no muerto, pero forrado) ¡viva el rey! Pero cuidado, todavía nos queda otro.

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