¿A dónde ha ido la socialdemocracia?

Después de 1975, la desaceleración de la productividad laboral minó los cimientos del acuerdo en el que se basaba la legitimidad socialdemócrata

«¿Por qué los partidos socialdemócratas no llevan a cabo políticas socialdemócratas?”, se le preguntó hace unos años a un diputado socialista europeo durante un debate público. La cuestión era tanto más relevante cuanto que en ese momento la mayoría de los gobiernos europeos eran de orientación socialdemócrata o asimilada. Esta cuestión se plantea de forma aún más aguda hoy, cuando el declive de la socialdemocracia europea está dejando un gran vacío en muchos países.

El libro que acaba de publicar el sociólogo belga Mateo Alaluf ofrece una perspectiva histórica muy actual. Su título, Le socialisme malade de la social-démocratie [El socialismo, enfermo de la socialdemocracia], es suficientemente explícito: la socialdemocracia ha renunciado a sobrepasar el capitalismo.

Este libro ofrece una descripción detallada de cinco países europeos: Alemania, Bélgica, Francia, Reino Unido y Suecia. Recuerda la génesis de los partidos socialdemócratas antes de la Primera Guerra Mundial. Cualquiera que sea su denominación, los partidos de la Segunda Internacional se reclamaban entonces del marxismo y de la lucha de clases. Fijaban como objetivo la propiedad colectiva de los medios de producción.

Pero las tensiones entre revolucionarios y gradualistas ya estaban presentes y llevaron a la ruptura entre los partidos socialista y comunista después del conflicto. Fue especialmente tras la Segunda Guerra Mundial cuando los partidos socialistas influirán en la implementación de las reformas sociales. Fue el período de los “compromisos sociales” que acompañó y sostuvo la expansión de lo que se suele llamar los Treinta Gloriosos.

Aquí hay una primera paradoja: esta influencia de la socialdemocracia no provino principalmente de la participación del gobierno. Como observamos en una contribución anterior, los gobiernos de izquierda o de coalición fueron bastante escasos: nada en Alemania hasta principios de la década de 1970; algunas participaciones en Francia bajo la Cuarta República; gobierno laborista en el Reino Unido a principios de la década de 1950, luego entre 1965 y 1970; nada en Italia. Este fue el momento en que Nixon pudo proclamar que todos somos keynesianos: los gobiernos eran en cierto sentido todos socialdemócratas.

El tiempo de la renuncia

El gran cambio se remonta a la recesión global de mediados de la década de 1970. Es en este punto cuando comienza lo que Mateo Alaluf llama un proceso de des-socialdemocratización. Para él fue el tiempo de la renuncia.

De hecho, la recesión de 1974-1975 demostró que las recetas keynesianas ya no eran suficientes para reactivar la actividad y menos aún para restaurar la rentabilidad. Las medidas hasta entonces consideradas como elementos favorables a la regulación de la economía parecieron contraproducentes. Fue, por ejemplo, la aceptación de una cierta dosis de inflación, que había jugado un papel importante en la financiación de la acumulación de capital, y de los estabilizadores automáticos (impuestos, prestaciones sociales), que redujeron la magnitud de las fluctuaciones al apoyar la demanda.

Después de 1975, la desaceleración de la productividad laboral minó los cimientos del acuerdo en el que se basaba la legitimidad socialdemócrata.

Nos encontramos entonces en una verdadera encrucijada. O el proceso de socialización de la economía cruzaba una nueva etapa, o tenía lugar un verdadero punto de inflexión hacia un capitalismo desregulado. La posibilidad de un camino intermedio que asegurase una compatibilidad mínima entre las orientaciones socialdemócratas y el capitalismo realmente existente estaba en realidad bloqueada, porque se rompieron los resortes del capitalismo fordista. De hecho, el fordismo se basó en el acoplamiento entre un fuerte aumento de las ganancias de productividad y el de los salarios. El primero garantizaba la rentabilidad, el segundo proporcionaba la demanda solvente. De ahí la referencia a Ford, que explicaba que sus trabajadores tenían que estar bien pagados para poder comprar los coches que producían. Pero la desaceleración de las ganancias de productividad minó las bases de ese compromiso y, con ello, la legitimidad social-demócrata.

Es por ejemplo Helmut Schmidt, el canciller socialdemócrata alemán de 1974 a 1980, quien enuncia su famoso teorema según el cual: Los beneficios de hoy son las inversiones de mañana y los empleos de pasado mañana”. Se sabe lo que ocurrió: los beneficios se recuperaron, pero la inversión no se ha mantenido, y mucho menos el empleo. El desempleo masivo se afianzó y sirvió de palanca para la eterna moderación salarial, la flexibilidad y la precarización del trabajo.

En Estados Unidos y el Reino Unido, este gran giro neoliberal fue implementado por los gobiernos ultraconservadores de Ronald Reagan y Margaret Thatcher. En Francia, fue un gobierno socialista quien lo asumió. En otros países, como señala Mateo Alaluf, la socialdemocracia y gran parte de los sindicatos se sumaron al histórico compromiso u otros pactos sociales. El sociólogo belga resume la razón fundamental de esta bifurcación: Durante este período crucial, la socialdemocracia tomó la decisión de acompañar la transición de la forma fordista a la forma neoliberal del capitalismo, porque la alternativa habría sido un cuestionamiento del mismo capitalismo lo que sobrepasaba su horizonte”.

La segunda paradoja subrayada por el investigador es que la década de los noventa se caracterizó por una mayor presencia de socialdemócratas en el gobierno en comparación con la década anterior”. Y esto sigue siendo cierto hasta la crisis de 2008, si se quiere considerar que el Nuevo Laborismo de Tony Blair y la gran coalición en Alemania siguen siendo parte de la socialdemocracia.

El abrazo de la socialdemocracia al social liberalismo es, por tanto, en última instancia, el reflejo de la transición del capitalismo fordista al capitalismo neoliberal. Esta observación es decisiva: al hacerse cargo de políticas de orientación neoliberal, la socialdemocracia ha ido destruyendo gradualmente su pretensión de representar una alternativa. La tesis esencial de la obra es que la desaparición de la socialdemocracia resulta de su incapacidad para encarnar un proyecto de transformación socialista: es la causa de su “enfermedad”, por utilizar el título de su libro.

Una esperanza americana

Esta recensión no tiene en cuenta toda la riqueza del libro, que sabe distinguir las diferentes versiones de la socialdemocracia. Pone el dedo en un punto importante: en la medida en que el poder de la socialdemocracia estaba de alguna manera indexado a la tasa de crecimiento estaba impregnada de una lógica productivista. De ahí su dificultad y retraso en tener en cuenta la dimensión ecológica.

Por lo tanto, el panorama general no es realmente optimista, especialmente si observamos que el declive de la socialdemocracia va acompañado de una progresión de los partidos de extrema derecha o de la abstención.

Una nota de esperanza llega desde Estados Unidos, con la creciente influencia de los demócratas socialistas cuyas figuras más conocidas son Bernie Sanders y Alexandria Octavio-Cortez. Su programa a favor de un Green New Deal, de la salud para todas y todos (Medicare for all) y de la garantía del empleo reanuda, como recuerda Mateo Alaluf, con una larga tradición de movimientos sociales, que resurge gracias a ellos. Desde cierto punto de vista, se podría incluso (por el momento) caracterizar a la política de Joe Biden de socialdemócrata, o rooseveltiana. Cabe preguntarse, de paso, si la credibilidad de su programa no se basa en última instancia en el privilegio exorbitante de Estados Unidos de ser financiado por el resto del mundo. Pero ese es otro debate.

Si se vuelve a Europa, es forzoso constatar que hay pocos ejemplos de tal renovación. Con raras excepciones (tal vez el Estado español o Portugal), la izquierda, incluso en su sentido más amplio, sigue fragmentada. Los movimientos sociales realmente existentes, cualquiera que sea su riqueza, aún no han cristalizado para crear una alternativa a escala de masas.

Desde este punto de vista, el libro de Mateo Alaluf es una valiosa herramienta para entender por qué hemos llegado a esto y para pensar en formas de recuperarnos.

https://www.alternatives-economiques.fr/michel-husson/passee-social-democratie/00098576

Michel Husson es economista y miembro del Consejo Científico de Attac

Traducción: viento sur

vientosur.info/a-donde-ha-ido-la-socialdemocracia/

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