Lo que las élites políticas de «Occidente» aparentemente ya no son capaces de hacer, los dirigentes políticos chinos sí pueden hacerlo: pensar estratégicamente a largo plazo y a escala global. La geopolítica no es una palabra extraña para el Partido Comunista Chino (PCC), sino una categoría conocida. Como le corresponde a una potencia mundial.

El Asia Central forma parte de su área de interés y de influencia directa. Con Pakistán, existe una estrecha cooperación, fruto de la rivalidad con la India. El interés principal de China es el de mantener la seguridad de sus rutas comerciales con Occidente. Una de las nuevas rutas de la seda más importantes (One Belt, One Road) pasa cerca de la frontera entre Pakistán y Afganistán. Otras rutas paralelas son posibles, pero la seguridad de las rutas existentes es una prioridad.

La política exterior China está motivada, además, por la naturaleza de su economía en rápido crecimiento y ávida de recursos. Afganistán posee muchos recursos naturales: hierro, cobre, oro, litio, tierras raras, carbón y petróleo, cuyo valor total está estimado en más de 3 billones de dólares. Sin embargo, la mayoría de las zonas mineras interesantes se encuentran en áreas de difícil acceso. En el futuro inmediato, los talibanes va a ejercer el control de la minería en Afganistán. Pero para extraer los recursos minerales o incluso para encontrarlos -el 70% del país está aún poco explorado-, los talibanes carecen de tecnología, de conocimientos y de dinero. Los chinos tienen todo eso. Tienen una concesión para una mina de cobre desde 2007 y para un yacimiento de petróleo desde 2011. Sin embargo, para explotar con éxito los recursos minerales, tendrán que construir carreteras y vías férreas, muchas de ellas en la alta montaña, lo que requiere una cuidadosa planificación a largo plazo y una experiencia probada en grandes proyectos de infraestructura. China también las tiene.

Opio, cobre y petróleo

Un análisis de la situación económica de los talibanes demuestra a qué punto necesitan esta cooperación. Hasta ahora, su principal recurso financiero era la exportación de amapolas y opio en bruto, además de los chantajes y de los derechos de aduana, cobrados de forma arbitraria. En total, las milicias recaudaron unos 1.600 millones de dólares de diversas fuentes oscuras en 2020; por su parte, el gobierno afgano pudo registrar unos 5.600 millones de dólares en ingresos durante el mismo periodo. Aunque los portavoces  de los talibanes digan ahora lo contrario, el comercio altamente rentable del opio les interesa, y mucho. Sobre todo porque se encuentran en una situación financiera desesperada desde que llegaron al poder.

Pero, para dirigir el país, los talibanes necesitan mucho más aún. No pueden acceder a las reservas de divisas del Banco central afgano -actualmente 9.400 millones de dólares [según el FMI]- que se encuentran en el extranjero, en su mayoría en el Banco central estadounidense. El Fondo Monetario Internacional bloqueó el acceso del régimen a la parte del país correspondiente a los derechos especiales de giro, 340 millones de dólares, y suspendió el último tramo (105,6 millones de dólares) de un programa de ayuda a la crisis sanitaria, de un total de 370 millones de dólares [decisión de noviembre de 2020]. Hasta ahora, la ayuda occidental representaba el 43% del producto interior bruto (PIB) afgano. Más del 60% del presupuesto estatal era financiado por Occidente. Este dinero desparece ahora casi por completo, aunque los británicos, por ejemplo, no quieren suspender sus pagos por el momento. Los talibanes siguen recibiendo millones de dólares en donaciones de algunos Estados del Golfo, pero al mismo tiempo están en conflicto con otros Estados árabes.

Al nuevo régimen le agradaría venderle los recursos naturales a la China. Las concesiones mineras aportan mucho dinero. Los chinos también serían bien recibidos para construir carreteras. China cuenta con socios en Pakistán y en otros países islámicos, lo que le facilita la entrada en el mercado afgano. Así, los chinos estarían en condiciones de ganar la carrera por los recursos minerales afganos.

Sigue existiendo el problema del terrorismo

Por su parte, los chinos no se hacen ilusiones con los nuevos líderes del Hindu Kush. Desconfían, con razón, de sus declaraciones, en las que dicen que no quieren dar cobijo al terrorismo. Aunque la frontera entre Afganistán y China sea de solamente 76 kilómetros, la amenaza del terrorismo es real. Los yihadistas uigures que regresan de Siria o de Afganistán fueron responsables de atentados terroristas en China. El gobierno chino reaccionó con mano de hierro y la región autónoma de Xinjiang está bajo un estricto control.

Hasta ahora, las experiencias chinas con proyectos mineros en Afganistán no han sido buenas. Por ejemplo, un consorcio dirigido por la China Metallurgical Group Corporation propuso invertir más de 3.000 millones de dólares en el mayor yacimiento de cobre del mundo en una región minera de la provincia oriental de Logar, con una mina, un ferrocarril y una central eléctrica. Hasta la fecha, las obras no han comenzado porque en la provincia tenían lugar conflictos entre los talibanes y el gobierno. La compañía petrolera estatal abandonó la producción en la zona del río Amu Darya [que sirve de frontera entre Afganistán y Tayikistán] ya que no le fue posible abrir rutas de transporte seguras hacia China para el petróleo extraído.

Para que pueda existir una cooperación a largo plazo entre China y el régimen talibán, este último tendrá que cumplir su promesa de mantener a raya el terrorismo islamista. Porque China no depende de los talibanes, puede prescindir de Afganistán e incluso cerrar la frontera común. Este era también el plan para las nuevas rutas de la seda. La República Popular tiene otras alternativas.

Michael Krätke, economista, fue profesor en la Universidad Libre de Berlín, luego en Bielefeld y más tarde, en la Universidad de Ámsterdam. Escribe en varias revistas de izquierda en alemán.

Der Freitag

Traducción (del francés) de Ruben Navarro para Correspondencia de Prensa