El motor gripado


 

En el mundo digamos “desarrollado” no seremos más de un par de docenas quienes no tenemos coche porque no queremos. Un servidor entre ellos. Siempre me muevo en transporte público -especialmente, el tren- que tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Pero entre las ventajas está el leer.

Una de las cosas que he leído es eso de “motor gripado” porque me lo comentaban amiguetes y no tenía ni idea de lo que era. Supongo que quienes lo leéis sí, pero yo no. Y leí que un motor gripado es habitual pese a las moderneces, que se deriva de la negligencia por parte de quien conduce y se debe a cuestiones como “alarmas a las que no se hace caso”, “desconexión con los sistemas de protección” y cosas así.

Justo lo que pasa con los “progres” cuando llegan a las instituciones y dejan eso de la calle, y comienzan las negligencias, el no hacer caso de las alarmas, el no hacer caso a las reivindicaciones de la gente. En definitiva, la desconexión con la gente. Que cada quien piense en sus propios “progres”, pero aquí voy a hablar de los alemanes y, en concreto, de Die Linke (La Izquierda). A los Verdes ni siquiera los considero “progres”, pero también hablaré de ellos otro día.

Quienes leáis esta página desde hace tiempo sabréis que tengo amigos alemanes, en Leipzig en concreto. Que nos vemos, nos escribimos y me cuentan lo que pasa por allá. Y que son, todavía, militantes de Die Linke. Así que hablo no solo por mí, sino también por ellos. Esta es la historia del declive de Die Linke en estas elecciones en Alemania.

El porcentaje ha sido decepcionante, un 4’9% a nivel federal, y solo ha conseguido representación parlamentaria porque el sistema electoral alemán dice que si tres diputados son elegidos directamente en su distrito aunque su formación no llegue al 5% legal para tener representación con eso vale y se tiene. Por eso el otro día os hablaba de tres distritos, uno en Leipzig y dos en Berlín, donde Die Linke había sobrepasado con mucho el 20% de apoyos. Esto dio los tres representantes directos y el derecho a grupo parlamentario, 39 diputados en total aunque 30 menos que los que tenían.

Vale, han podido mantenerse en el Parlamento ¿y ahora? Pues ahora nada. Ya ni pinchan ni cortan. Porque querían pinchar y cortar habían fantaseado con un gobierno socialdemócrata, verde y ellos. Pero no. El declive se ha producido por un abandono de todo movimiento de protesta, sindicatos, estudiantes, de todo. Solo a nivel local, como en Berlín y el apoyo al referéndum sobre la expropiación de viviendas a los grandes propietarios, se salva de la quema. Die Linke llevaba ya tiempo siendo un partido socialdemócrata con otro nombre, aceptando no solo gestiones corruptas y capitalistas “normales” (sic), sino las políticas neoliberales que las acompañaban y daban cobertura.

Como dicen mis amigos, “con su participación en gobiernos Die Linke perdió su credibilidad como alternativa de izquierda a los partidos establecidos y, sobre todo, dejó de desempeñar un papel como motor de la movilización popular”. Igual os suena por otros lares.

Y ponen como ejemplo el gobierno del land, equivalente a una comunidad autónoma en el Estado español, de Bremen. Es, en realidad, una ciudad-estado al norte del país. Die Linke se veía en la luna, por lo que dijo una gran estupidez: “un pequeño paso para los habitantes de Bremen, un gran paso en la estructura de poder en Alemania”. Lo mismito que con las “mareas” de por aquí, que fueron tan efímeras como ellas. La diferencia es que aquí se llegó al gobierno y allí no. Se quedaron en el gobierno, pero desaparecieron las mareas. Pero a lo que voy.

Fuera de los territorios de la antigua Alemania del Este, Die Linke no estaba en ningún gobierno. Bremen era su gran salto. Se entusiasmó tanto que tiró por la borda el poco vestigio que tenía de partido alternativo. Instituciones y solo instituciones. Había que demostrar al capital que se era “responsable”. Pero resultó que socialdemócratas y verdes, los niños bonitos del capital que ya estaba dando por amortizada a la Merkel y los suyos, presionaban mucho y Die Linke cedía y cedía. Y las costuras empezaron a saltar. Alguna gente, los más socialistas, comenzaron a criticar internamente a la dirección: “el acuerdo de coalición contiene parte de lo que llevamos exigiendo durante años, pero no se cuantifica, esto nos coloca bajo la cortadora de césped porque está claro que son ellos quienes van a determinar qué es la prioridad y qué no”. Por ejemplo, recortes en los gastos sociales para cubrir el déficit. Insisto, a lo mejor os suena.

Y pasó lo que tenía que pasar: sanidad precaria, parón en la construcción de viviendas sociales, desahucios… Die Linke asumía lo que criticaba en aras del poder y de las esperanzas. Ahora el globo se ha pinchado del todo y Die Linke ya casi no es nadie en Alemania. “Donde no hay movimientos extraparlamentarios, o sea, movilizaciones potentes en la calle, la política no trae cambios visibles”, dicen mis amigos. Exacto.

Al participar en gobiernos de este tipo, y en estas circunstancias, Die Linke ha perdido su credibilidad como alternativa de izquierda. Así de sencillo. Ya no es el motor de la movilización popular, es un motor gripado. De ahí que haya estado a punto de la debacle total, solo salvada in extremis por Leipzig y Berlín.

No es nada nuevo. Ya en el propio Berlín, entre 2003 y 2011 participó en un gobierno corrupto y envuelto en el nepotismo. Se puede argumentar que sí frenó todo eso, pero no lo eliminó. Y fueron 8 años, no uno ni dos. O sea, tuvieron tiempo y, sobre todo, pudieron abandonar el gobierno al ver que la cosa seguía. Pero no lo hicieron. “No se pueden hacer viviendas sociales desde la oposición”, dijeron los de siempre. Igual os suena. Y siguieron dando cobertura a todo eso y perdiendo, y perdiendo, y perdiendo apoyos. Porque al someterse a la lógica neoliberal debilitaron la infraestructura social y sus apoyos.

No obstante, volvieron de nuevo al gobierno de Berlín en 2017 y todavía siguen. Pero el Die Linke de ahora es diferente del de entonces. De ahí los porcentajes que han sacado en esos dos distritos que han resultado claves. Porque, ahora sí, están con la calle y en la calle. El referéndum sobre la expropiacion de viviendas a los grandes propietarios para ponerlas en alquiler social es un ejemplo. Pero es una actitud que solo se da en Berlín porque la organización aquí está casi al margen de la dirección federal. Digamos que han vuelto a los orígenes mientras que a nivel federal se socialdemocratizan cada vez más.

Die Linke ahora, en Berlín, ya no cuida las formas institucionales y el éxito del referéndum lo empuja. Y ha dado un ultimátum a sus socios de gobierno, SPD y Verdes: o se acepta el resultado (56% a favor) o se rompe la coalición. Es el momento de la credibilidad definitiva de Die Linke. Pero ha tenido que llegar el varapalo de este domingo para ello. Y habrá que ver si al final lo hace porque el SPD y los Verdes ya dicen que el referéndum no es vinculante “aunque lo tendrán en cuenta”. No es lo mismo cumplir el referéndum, o sea, expropiar, que “tenerlo en cuenta”, o sea, están diciendo que algo harán pero no expropiar. Trasladad esto, por ejemplo, a la Ley de Vivienda que lleva meses de retraso en el Estado español porque tenía que haberse aprobado en marzo, según el acuerdo del gobierno de coalición “más progresista de la historia”, (sic) porque el PSOE se pone del lado de las empresas y Unidas Podemos se aferra al poder y no quiere plantear un ultimátum similar al de Die Linke.

El argumento es el de siempre: hay que estar en los gobiernos. En Die Linke se dice que descartar eso significa perder entre el 5 y el 10% de votos. Bueno, ahora han perdido exactamente la mitad de lo que tenían, han perdido el 4’3% y no van a estar en el gobierno federal (han perdido unos 2 millones de votos, de los que unos 600.000 han ido al SPD, unos 400.000 a los Verdes -ambos claramente el “voto útil” porque entre la copia, Die Linke, y el original mejor votar al original- y el resto se ha quedado en casa). Luego ese argumento no vale. Sobre todo porque no sirve de nada estar por estar si no se cambia la vida de la gente y si hay resistencias para ello, lo mejor es no estar y hacer un enfrentamiento total. En pocas palabras, “el miedo a romper con las políticas de austeridad europea está en la base del fracaso”, como dicen mis amigos. Y ponen como modelo a Syriza. Un buen modelo, sin duda.

Otro de los argumentos es el “antifascista”: “el progreso de la extrema derecha nos presenta nuevos desafíos, ya no es una cuestión de capitalismo o socialismo sino de defender la democracia”. Pero Die Linke no ha frenado al fascismo porque, simplemente, abandonó la calle (que tomaron los fascistas, junto a muchios de sus votos “antisistema”) y los aceptó en las instituciones. Y debatió con ellos de igual a igual. Lo mismo os suena, también. Aquí hay que hacer una mención que, a la postre, sirve para aclarar un poco lo que ha pasado, sobre todo en la Alemania del Este donde Die Linke era una fuerza poderosa.

Antes de eso, algo actual: en Die Linke, tras el estrepitoso fracaso, se habla ya de “neuaufstellung”, o sea,” reposicionamiento” porque ha habido “un corte profundo” entre Die Linke y su electorado. Normal. El camino seguido hasta ahora ha sido erróneo, lo que hace falta es que ese reposicionamiento sea sincero. Que el motor estaba gripado era evidente, que quienes no lo veían eran los institucionalistas, los apegados a los sillones, también. La cuestión es que ya están buscando culpables que, por supuesto, no son ellos. Se señala a Sara Wagenknecht y su movimiento “Aufsthen”(Levantarse), lanzado en 2018.

Os voy a explicar un poco de qué va. En 2015, Merkel, acuciada por la patronal alemana, lanzó un movimiento de acogida de refugiados que tenía dos vertientes: reforzar la campaña contra Al-Assad en Siria (intentando impedir la presencia de Rusia) al mismo tiempo que vendía a Arabia Saudita el lote más grande de toda la historia armamentística alemana y, sobre todo, debilitar al movimiento sindical en unos momentos en los que recuperaba fuerza. Los refugiados (que no eran tanto sirios como afganos e iraquíes) se convirtieron en mano de obra dócil, mal pagada, pero agradecida. Y los sindicatos alemanes perdieron. Fue un movimiento parecido al de Thatcher con los sindicatos mineros ingleses en 1984. Toda la progresía se sumó con entusiasmo a esa campaña de acogida, entre otras cosas por el dinero que recibió para gestionar y acoger a los refugiados, sin ver lo que había detrás. Cuando lo vieron, ya era tarde.

Sara y su movimiento fueron quienes dieron la voz de alarma. En síntesis, decía que había que centrarse más en cuestiones sociales y laborales que en el tema de los refugiados, sin abandonar este pero sin darle la primicia, como se dio. Y decía que hablar solo de los refugiados sin ver el contexto “reforzará al neofascismo porque las preocupaciones de los trabajadores no tienen nada que ver con el racismo sino con unas políticas que les quitan derechos”. Y criticaron lo evidente, que la llegada de los refugiados, impulsada por la patronal, había servido para reducir los salarios y perjudicar al movimiento sindical. Les cayó la del pulpo. Y una parte de Die Linke parece que ha pasado factura al partido por eso. Son quienes se han ido a los Verdes, por ejemplo. Pero si hay un partido atlancista, que está en las antípodas de Die linke, ese son los Verdes.

Pero otra parte parece que les da la razón cuando un millón de votantes se ha quedado en casa. Porque en la Alemania del Este quien ha subido esponencialmente han sido los neofascistas con un discurso socio-económico en el que aparecen muchas de las reivindicaciones históricas de la izquierda y que esta ha dejado de lado.

En defintiva, como dicen mis amigos, “Die Linke pasó de ser un partido joven a ser un partido viejo, de ser un partido innovador a uno conservador. Porque si no se tiene claro que tiene que haber primacía de la política sobre la economía no se tiene claro nada. La participación en el gobierno no es solo una cuestión de unas, pocas, reformas que no son más que simples parches sin cambios estructurales porque lo que queda son los fracasos, y esto es un sentimiento de largo alcance y de largo recorrido en el tiempo. Porque a un traidor no se le perdona nunca”. Ni yo lo hubiese dicho mejor.

¿Hablaba de Alemania? Desde luego, pero con el espejo delante.

 

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