Es el mercado (eléctrico español), amigo


 

 

Foto: Un vecino carga un generador eléctrico. Bruno Thevenin

 

 

Un recorrido por un sistema ineficiente y opaco, que aumenta los precios, perjudica a las familias más vulnerables y genera enormes beneficios.

 

 

Me llegó el último recibo de la luz y, como el importe era disparatado, decidí comprobar que no hubiese nada raro. No sé, que algún okupa me hubiese pinchado ilegalmente la luz, o un traficante estuviese cultivando marihuana a mi costa, que por lo visto son los dos principales problemas del sistema eléctrico español.

Lo primero que hice fue revisar la factura mensual, pero ahí no vi nada extraño: seguían apareciendo los mismos conceptos indescifrables, los mismos costes fijos que desde hace años pagamos sí o sí al margen de lo consumido: impuestos pero también peajes, gastos de transporte y distribución poco transparentes, o compensaciones abusivas a las compañías. Comprobé el histórico de facturas, y seguía en la misma línea de siempre: más cara que hace un año, y mucho más cara que quince o veinte años antes.

Como no era la factura, seguí buscando explicación: abrí el cuadro eléctrico de la entrada, y revisé la instalación. Nada, todo normal. Así que le di un tirón al cable que entra en mi piso, y fui tirando de él para seguirlo, escalera abajo, hasta el cuarto de contadores de mi comunidad. Allí me encontré a varios vecinos, que también buscaban la causa de sus abultadas facturas. Les comenté lo de los pinchazos y la marihuana, pero uno dijo que no, que había oído que era la ola de frío o la falta de viento; otro vecino culpó a los franceses y al gas; hasta que la del quinto derecha dijo que de eso nada, que la culpa era de la liberalización del mercado, que había dejado la electricidad en manos de un oligopolio que controla todo: producción, distribución y comercialización. “El 85% del mercado lo manejan tres empresas, Endesa, Iberdrola y Naturgy”, dijo, y remató imitando la voz chulesca de Rodrigo Rato: “Es el mercado, amigos”.

Como yo no estaba del todo conforme con la explicación, desde el sótano seguí tirando del cable, ahora buscando el general que conectaba mi edificio con la red de distribución del barrio, convencido de que en algún sitio tenía que estar pinchado por okupas o traficantes. No fue fácil seguirlo, tuve que avanzar bajo tierra, a la manera de aquel cuento de Cortázar donde una familia juguetona se empeñaba en encontrar un pelo por las cañerías.

Así llegué a la subestación del barrio, y allí coincidí con varios vecinos del otro lado de la vía. Ajá, ahí estaban los de los enganches ilegales, pillados con las manos en la masa. Pero no: resultó que ellos venían tirando también de sus cables para averiguar el motivo de los frecuentes cortes de luz. Estaban hartos de apagones, y habían sumado fuerzas con otros barrios de España: la Cañada, el Distrito Norte, el Culubret, Sant Roc, El Puche, La Chanca, el Quemadero, El Cerro, El Tardón, Torreblanca… Todos barrios obreros, castigados sin luz y con frío por empresas que no se hacen cargo de infraestructuras viejas ni garantizan el servicio a los clientes, y administraciones que se desentienden del derecho social a suministros básicos.

Muy enfadados me contaron cómo empresas y administraciones culpaban, en efecto, a pinchazos ilegales y cultivos de marihuana, en vez de atender la vulnerabilidad socioeconómica, mientras esas mismas compañías repartían cada año los beneficios más elevados del sector en Europa. “Para más pitorreo”, contaron, “Endesa envía la mayor parte de sus dividendos a Italia… a la empresa pública italiana de electricidad”. Me contaron cómo la pobreza energética aumentaba al mismo ritmo que precios y beneficios, con cada vez más gente que no puede calentar sus casas o sufren cortes. “Es el mercado, amigos”, dije para mis adentros, que no estaban para risas.

Ya que había llegado hasta allí, decidí no soltar el cable y seguirlo un poco más. Por el camino me fui encontrando a muchos otros usuarios que también buscaban la causa de sus facturas elevadas, sus cortes de suministro o sus apagones. Y tirando, tirando del cable, acabé por llegar hasta una central de producción: una hidroeléctrica. Me sorprendió encontrarla parada, justo cuando había más demanda. Pregunté, y un operario me dijo que estaban haciendo trabajos de mantenimiento.

Cuando ya me iba, otro de los trabajadores me llamó y me llevó aparte. En voz baja me explicó el funcionamiento del llamado pool donde se fija el precio de la electricidad: para cubrir la demanda, las compañías van aportando producción, empezando siempre por las más baratas. Si no hay suficiente, entran otras más caras, y así hasta que se completa lo demandado. La última en entrar, que siempre es la más cara, es la que fija el precio de las otras. De modo que si tú produces energía a muy bajo coste, como la hidroeléctrica o la nuclear, ofreces tu energía barata y te la pagan a precio de energía cara. Es un sistema perverso, me susurró el tipo, porque siendo un oligopolio siempre está la tentación de que alguien no meta en el pool toda su capacidad disponible, en la confianza de que entren otras más caras. Basta con que entre un 1% de gas, para que el otro 99% se pague a precio de gas con márgenes de escándalo. “No parece precisamente un incentivo para bajar precios, ¿verdad?”, me dijo, “¿sabes cómo lo llaman? Beneficios caídos del cielo, windfall profits”.

“Es el mercado, amigo, ¿no?”, le pregunté. “Sí”, me dijo, “es el mercado, pero el mercado eléctrico español, que es así de peculiar: un mercado ineficiente y opaco, que favorece la especulación, y donde, a la manera de la banca, las compañías siempre ganan. Y si no ganan, ya les compensará el Estado”.

Regresé a casa siguiendo mi cable de vuelta, y por el camino me encontré a cada vez más consumidores que seguían el rastro de la luz para entender sus facturas, sus apagones o sus cortes de suministros. La indignación se transmitía como una corriente por todo la red: había quien pedía considerarlo un derecho social fuera del mercado, y quien exigía una auditoría a las compañías, pero también reestructurar el sistema eléctrico entero, democratizarlo y, ya puestos, contar con al menos una empresa nacional, como otros países. Veremos si cualquier día tanta sobrecarga no termina en cortocircuito.

https://www.elsaltodiario.com/opinion/es-mercado-electrico-espanol-amigo

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