Un aficionado hace el signo de la victoria mientras sostiene la camiseta con el nombre y el número de Lionel Messi en el Paris Saint Germain, en la tienda oficial del equipo en los Campos Elíseos de París. EFE/CHRISTOPHE PETIT TESSON

Si un marciano se bajara hoy de Marte, planeta rojo bolivariano, y se sentara en una terracita de Madrid en busca de libertad cervecera, sacaría la conclusión de que los humanos somos unos seres plácidos y felices, pues nuestra mayor preocupación vital, mediática y epistemológica consiste en discutir si está bien o mal que un futbolista se quede o se vaya, da igual adonde. Me encanta el fútbol, y comprendo que es un gran negocio, pero da un poco de vergüenza no ajena comprobar que no se juega solo con una pelotita, sino que se patea una burbuja, una farsa. Como la bancaria. Como la inmobiliaria. Y al final te quedas con la ecuación definitiva: vivimos en una burbuja intelectual también, en la que los focos de nuestra actividad cognitiva alumbran las mayores chorradas mientras el mundo, a nuestro alrededor, se desmorona, amada Ilsa. El precio de la luz no se dispara, nos dispara. A nosotros y a nuestro gobierno. Asesinan a una mujer cada semana. Hay niños desnutridos en esta democracia perfecta. Pero donde se ponga un gol por la escuadra de Leo Messi, no hay vindicación social ni revolución ni hostias que nos distraiga de lo básico: parecer soberanamente imbéciles.

Según las noticias que vamos leyendo, oscuras como oscuro es el mundo de los contratos futboleros, resulta que un señor bajito y talentoso se lleva más del diez por ciento del presupuesto de un gigante económico llamado, ni más ni menos, Fútbol Club Barcelona. No hay personas que valgan el diez por ciento de algo así. Y menos en un deporte colectivo. La meritocracia neoliberal mal entendida lleva a esto: a que una sola persona, con su sueldo, pueda desestabilizar la economía de un emporio como el Barça. Observamos lo mismo cuando nos enteramos de los emolumentos que cobran y cobraban los directivos de los bancos mientras los rescatábamos alegremente, dejando además de propina nuestro bienestar, nuestra salud y nuestra educación, entre otras varias cosas.

La perversión del deporte es incluso peor, porque es deporte, un concepto basado en la superación sin violencia, en saber que no se gana o se pierde, en la alegría del contrario (enorme, siempre, Ana Peleteiro: qué manera de celebrar la victoria rival: esa mujer no es olímpica. Esa mujer es ella sola, tan gallega y poco griega, las olimpiadas).

Todo lo más limpio del ser humano lo vamos emputeciendo en negocio. La cultura: ser culto consistía antes en practicar la búsqueda constante, ahora solo se considera culto al que compra las promociones editoriales o musicales de El Corte Inglés. Que suelen ser basura desneuronalizada. El deporte: se juega casi desnudo, como para igualar a la gente, a los cuerpos, pero detrás de cada pelotita hoy se esconde un paraíso fiscal, una línea editorial televisiva (siempre de derechas), unos asesinos árabes que, mientras decapitan homosexuales, limpian las negruras petroleras de su opulencia donde más nos duele: en el cuerpo de un hombre o de una mujer que, sin meterse gasolina por el culo, es capaz de hacer algo tan hermoso e intrascendente como un gol o un salto.

Los deportistas son la gente que nos dice cada día que, si sabemos usar el cuerpo, si sabemos mejorarlo, podemos ser mejores no solo en lo físico, sino también en lo intelectual: no hay nada más bello que una deportista celebrando la victoria de su oponente.

Ahora, sin embargo, el deporte consiste en ver a un tipo con mil millones en la cuenta que un día llora en Barcelona y al siguiente ríe en París. No me extraña que, como dicen los estudios, los jóvenes cada vez sean menos adictos a los deportes de élite. Prefieren los muñegotes futboleros de la play a Leo Messi. Quizá porque los muñegotes son más humanos, más deportistas, más verdaderos.

https://blogs.publico.es/rosa-espinas/2021/08/13/la-burbuja-leo-messi/