La OTAN contra China

Históricamente la OTAN se centró en amenazar a Rusia, ahora las militares atlantistas buscan nuevos argumentos para justificar su existencia, lo que explica lo absurdo de su advertencia sobre las armas nucleares chinas

 

BRIAN CLOUGHLEY, EX JEFE DE LA MISIÓN MILITAR DE LA ONU EN CACHEMIRA Y AGREGADO DE DEFENSA DE AUSTRALIA EN PAKISTÁN.

 

En el reciente documento denominado pomposamente “OTAN 2030; Unidos por una Nueva Era” la alianza militar ha elegido públicamente a sus dos enemigos principales: Rusia y China. El texto, por supuesto, no menciona que ambas naciones no están amenaza a Europa, de hecho los gobiernos de estos países están comprometidos con el comercio internacional y, con establecer un escenario de paz que les permita mejorar el nivel de vida de sus ciudadanos,  

Pero, también es cierto es que – tanto Rusia como China- están resueltos a defender su soberanía económica y física y no están dispuesto a aceptar las permanentes operaciones militares intrusivas llevadas a cabo por las fuerzas armadas de Estados Unidos

El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, en una entrevista con la revista “Política” acaba de manifestar que su organización considera a China un desafío creciente y, en consecuencia: “Necesitamos proteger a Europa, necesitamos la unión transatlántica, necesitamos a Estados Unidos y Canadá. Todos nos damos cuenta que el equilibrio del poder global está cambiando de manera cardinal. El ascenso de China está cambiando el entorno de seguridad. El gobierno chino está invirtiendo fuertemente en nuevos desarrollos, incluidos armas nucleares, misiles y nuevas tecnologías».

Aunque históricamente la OTAN centró su actividad en amenazar a Rusia, ahora en pleno siglo XXI, las fuerzas militares atlantistas están buscando nuevos argumentos para justificar su existencia. Esto explica lo absurdo de su advertencia sobre las armas nucleares chinas.Las declaraciones de Stoltenberg, en realidad, tienen como único objetivo justificar la expansión de la fuerza militar de la OTAN y asegurar su sobrevivencia.

Obviamente, Jens Stoltenberg sabe muy bien que las investigaciones del Instituto Internacional de la Paz de Estocolmo han demostrado que Estados Unidos desplegó – en la segunda mitad del siglo pasado – unas 1.750 ojivas nucleares y que en 2019 este despliegue llegó nada menos que unas 4.050 ojivas.  En contraste, como señala el mismo Instituto: «China mantiene un arsenal total estimado en unas 260 ojivas nucleares, un número que se ha mantenido relativamente estable, pero que está aumentando lentamente».

En la práctica, el Secretario General de la OTAN se niega a reconocer – que en un improbable conflicto atómico- los Estados Unidos podría reducir a China a un desierto radiactivo y, que los estadounidenses gastan más en poderío bélico que China, India, Rusia, Arabia Saudita, Francia, Alemania, Reino Unido, Japón, Corea del Sur y Brasil juntos.

Buscando un enemigo imaginario, Stoltenberg ha afirmado sin arrugarse: “el tamaño de China – militar, económico y tecnológico- hacen pensar que nuestra organización tendría un papel importante en caso de un conflicto militar. Ningún aliado, ni siquiera Estados Unidos, puede abordar un enfrentamiento en solitario».

Stoltenberg, quiere propagar la influencia de la OTAN en todo el mundo «acercándose» a otros países para desafiar a China – específicamente a Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda. Por esta razón propone la creación de «una comunidad de democracias con ideas afines, opuestas al gobierno comunista chino”.

Con sus dichos Stoltenberg actúa como un fiel seguidor de las políticas anti- chinas del equipo de confianza del todavía presidente Donald Trump. En agosto pasado Mike Pompeo (Secretario de Estado) declaró: “Lo qué está pasando no es otra cosa que una guerra fría 2.0. Debemos resistir la amenaza del Partido Comunista Chino que, en algunos aspectos, es peor que la anterior guerra fría». El 4 de diciembre, el Director de Inteligencia Nacional de Estados Unidos, John Ratcliffe, afirmó: «China es la mayor amenaza para la democracia y la libertad desde la Segunda Guerra Mundial”

La alianza anti-China

Lo que hizo Pompeo y Trump es preparar el escenario para aumentar la confrontación con China y lo que quiere Stoltenberg es que la OTAN se sume a una alianza anti-China, una alianza que inevitablemente incluye a Japón. Con esta política Occidente olvida intencionadamente que Japón invadió China, por Manchuria, en 1931 y que esta sangrienta ocupación siguió durante toda la Segunda Guerra Mundial con millones de civiles chinos asesinados sin piedad ni misericordia.

La guerra a gran escala estalló en 1937 y duró hasta la victoria aliada en 1945, tiempo durante el cual China sufrió un estimado de 20 millones de muertos. Por tanto, no es sorprendente que China siga desconfiando de las intenciones japonesas, y la alianza con Tokio que Stoltenberg llama “una comunidad de democracias afines”, está lejos de tranquilizar a Beijing.

La Constitución japonesa de 1947 (redactada casi por completo por Estados Unidos) establece rotundamente que “el pueblo japonés renuncia para siempre a la guerra y al uso de la fuerza como medio para resolver las disputas internacionales”. Y para lograr este objetivo: “Japón renuncia mantener fuerzas terrestres, marítimas y aéreas, con potencial bélico”.

Estos párrafos de la Constitución Japonesa rápidamente se transformó en papel mojado. Como ha recordado la BBC: “después del estallido de la Guerra de Corea en 1950, Estados Unidos, temiendo la expansión comunista en Asia, empujó a Tokio a rearmarse. Para luchar contra la «China Roja», Estados Unidos ayudo a formar las Fuerzas de Autodefensa de Japón en 1954; un ejército que hasta el día de hoy no ha disparado ni un solo tiro «.

Sin embargo, esto es historia, ahora es evidente que la alianza Estados Unidos-OTAN quiere que Japón, junto con otras naciones de Asia y el Pacífico, se unan contra China formando una especie de súper OTAN que utilice la amenaza y la fuerza como medio para “resolver disputas internacionales”.

La administración Biden

Una vez que en Washington se haya terminado la patética pantomima postelectoral, el factor más importante de la política internacional de la administración Biden serán las relaciones con Rusia y China.

El nuevo Secretario de Estado elegido por Biden es Anthony Blinken. Por lo que se sabe, Blinken se ha mostrado partidario de continuar con una línea dura, pero sin llegar a un choque frontal. En julio dijó: «tenemos que reunir a nuestros aliados y socios, para hacer frente a los desafíos que plantea China». Sin embargo, en círculos diplomáticos se abriga la esperanza que el nuevo Secretario de Estado busque la cooperación en lugar de promover el proyecto Stoltenberg para crear una gigantesca alianza militar anti-China.

De cualquier manera, si Stoltenberg no cumple su aspiración de expandirse hacia el Este, la OTAN no tiene trazas de morir de la noche a la mañana. Y, aunque Biden desaliente las peligrosas aspiraciones del belicismo “atlantista” no cabe ninguna duda que el Pentágono continuará con sus provocativos vuelos de guerra electrónica y sus ridículos fandangos de “libertad de navegación” en el Mar de China Meridional. Una cosa es cierto: la unificación de fuerzas contra China seguirá estando en la hoja de ruta de Estados Unidos y de la OTAN.

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