Lectores y escritores

  Acaba el año y se publican las listas de los libros más vendidos, los más influyentes, los predilectos de la crítica. La figura emergente, sin embargo, no es la de ningún escritor en especial. La figura emergente es la del escritor anónimo, indiferenciado, masivo, tenaz y global.

  Ocurre que vivimos un tiempo en la que el escritor de verdad ha bajado del pedestal al que se le subió en los años del engagement político y ahora es un pobre diablo, una criatura perfectamente desdichada. Internet y otros avances técnicos formidables han creado la sensación de que cualquiera puede “ser escritor” (y no sólo escribir, que es un oficio durísimo y solitario, alejado de cualquier escaparate social). Y es así en efecto: ahora mismo el que no se edita un libro, aunque sólo sea en formato digital y a publicar en papel bajo demanda, es un pobre desgraciado. Legiones de novelistas, de ensayistas, de comentaristas de hechos varios y por supuesto de poetas invaden el mundo. Y el que no se consuela es porque no quiere.

  Con la apoteosis de los “escritores”, por otro lado, asistimos al declive del lector. Ser escritor tiene glamour, es fashion, algo guay. Leer, en cambio –leer literatura: buena literatura- es una actividad aburrida, cansina, sin crédito social. En el colmo de la inversión de valores, están incluso esos tipos que confiesan lo que confesaba una adicta impenitente a la elaboración de best-sellers más o menos digeribles: “Como escribo tanto, no tengo tiempo de leer”. Así es, muchachos: no perdáis el tiempo leyendo. Convertíos, por un módico esfuerzo, en “escritores”. La gloria os espera.

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