Lo que dicen en la tele


Recibe el mensaje en virtud no sabe bien de qué: “Dime que hay esperanza para el martes. Miénteme”. Contesta decidido: hay esperanza. Después repasa todas las veces que ha fallado; se examina y decide que cada vez sabe menos sobre lo que cambia durante una campaña, o entre unas elecciones y otras. Nunca supo pero ahora sabe que no sabe. Aun así, ha contestado y lo hará cada vez que le pregunten a lo largo de la semana. “Es difícil que pase, pero no imposible: se trata de una diferencia pequeña, de solo cien mil votos”, le cuenta a quien quiere escucharle.

Pero piensa que tal vez la clave del mensaje que ha recibido es otra. Que no busca cálculos de cara a las elecciones sino que simplemente necesita recibir un mensaje diferente. Quiere oír otra voz que diga otra cosa, la que sea, distinta de lo que escucha a diario en la tele.

A diferencia de Prisa, la gran virtud de los otros conglomerados mediáticos es su aparente desinterés en moldear a la sociedad, su desdén en la tarea de contribuir a una razón colectiva, la que sea

Y se acuerda de algo que hace mucho tiempo leyó a un filósofo, la idea de que el consenso español creado en torno a Prisa—el gran grupo mediático de la Transición—, se había basado en dejar claro cada mañana al lector/espectador lo ignorante que era. Y que hace menos, entrevistando a un escritor, este le explicó que “la reina de las mañanas” triunfaba en la tele porque estafaba a la audiencia recreando las emociones de los seres humanos convencionales.

Y entonces piensa que esas dos facetas, razón y emoción, pasadas por el tamiz de los medios, tienen algún papel en el comportamiento electoral. Pero sabe que eso no ayuda al amigo que pide esperanza. Al contrario, le entristecería aun más. Porque en la tele, pongas el canal que pongas, dicen que es imposible.

Emociones en carrusel

“El mejor truco que el diablo inventó fue convencer al mundo de que no existía”. La frase la escuchó por primera vez en la película Sospechosos habituales. Desde hace algunos años la emplea para hablar de los dos grandes grupos mediáticos del país: Atresmedia y Mediaset.

A diferencia de Prisa, la gran virtud de los otros conglomerados mediáticos es su aparente desinterés en moldear a la sociedad, su desdén en la tarea de contribuir a una razón colectiva, la que sea. No pretenden que leamos Moby Dick con los ojos de Vargas Llosa —o que nos sintamos estúpidos por ni siquiera intentarlo— sino que experimentemos cada vez más emociones y más intensamente sin movernos del sitio.

Se terminó el tiempo del humanismo de cartón-piedra y el consenso por las buenas o por las malas. Los medios que ahora dominan el panorama solo quieren seducirnos y emocionarnos. Que nos dejemos llevar por un torrente de pasiones pero solo hasta el próximo anuncio o hasta las próximas elecciones.Frente al refinamiento excluyente que propuso Prisa, que dio lugar a la exitosa cultura de lo progre, los grandes grupos de la televisión nos proponen un trato mucho más sencillo de cumplir.

Ambas, Atresmedia y Mediaset, suman a 57 de cada cien espectadores de televisión. Lo que, ante la llegada de plataformas de contenidos a la carta, sigue siendo una audiencia del copón. En ambas, el Consejo de Administración es la punta de la pirámide. Las grandes empresas del país, los socios de Berlusconi —siempre a cinco minutos de la próxima imputación— las puertas giratorias, el poder y sus relaciones con el poder, conforman la inteligencia de ambos grupos. Es un pequeño mundo sin vocación misionera.

Los dos grandes grupos coinciden en otros aspectos. Entre ellas se reparten salomónicamente la presencia de tertulianos de los principales medios de comunicación escritos y digitales del país; con una salvedad, OK Diario, que manda a ambos grupos a Eduardo Inda como tertuliano. Las pistas que ha dejado el excomisario José Villarejo señalan a dos ‘condotieros’ de ambos grupos. De un lado, el casi invisible Mauricio Casals, presidente de La Razón y adjunto a la presidencia de Atresmedia, propietaria del diario conservador. En el otro, Ana Rosa Quintana, la reina matinal de Tele5. Villarejo los involucra a ambos con su habitual estilo: ningún amigo de Villarejo está a salvo completamente del excomisario pero, mientras mantengan el rumbo, nadie tiene que temer nada.

La campaña se define en sus términos y se disputa en sus platós: el fascismo aparece siempre como un fenómeno nuevo, un atentado contra las buenas costumbres, un escándalo de andar por casa. El antifascismo, como su reflejo. El mensaje de los extremos que se tocan copa la parrilla, se convierte en entretenimiento. Y para confirmarlo, una nueva entrevista escandalosa con la última estrella emergente de Vox en nombre de la libertad de expresión.

El vídeo de campaña del viernes muestra a Isabel Díaz Ayuso vestida de motera. El riff de una guitarra eléctrica. Y los memes: “nos hemos puesto en pie”, “[somos] un ejemplo en el mundo”, “ser madrileño es una forma de vida”, “sois los mejores”, etcétera, etcétera. El riff de la canción rockera nos mete en el mismo paisaje mental por el que pasamos todos los días: lo importante es creer que cada vez experimentamos más emociones y más intensamente. Aunque la edad de emancipación esté en los 32 años.

La presidenta de la Comunidad de Madrid presenta su programa como la mejor comercial de una marca de cerveza. La cuestión es que estamos acostumbrados a que valga con eso, ese es el marco. Si las cosas solo pueden ser de una manera, el resto de posibilidades se nos plantean como la flora exótica de un terreno inexplorado. Algo que dejar para otro día. “La política del odio nace de la política del cansancio”, escribe Alana Portero.

El mensaje de su amigo no pide ilusión, pide esperanza. Así que se afana en ello: incluso introduce la primera persona para transmitirla. El deseo —esto no lo escribe en los grupos de Whatsapp— es que “esto” no termine de ser tal cual la Italia de Berlusconi: que realmente se pueda sostener una esfera pública no mediatizada por las cloacas, o los heraldos del no se puede, y que eso mantenga su reflejo en el debate público, las propuestas electorales y también en los otros medios de comunicación. Que estos puedan funcionar bajo reglas distintas: ni las del elitismo ni las de la venta de emociones al peso. Ni de mercado ni marginados.

“Son solo cien mil votos”, escribe en los distintos grupos. “La perspectiva es mucho mejor que hace solo una década”. Y termina con una advertencia: “no te creas todo lo que dicen en la tele”. Pero la borra, porque aunque crea en ello, es un mensaje que da vergüencita escribir a estas alturas de siglo.

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