Mariano ante la Historia

Nuestra memoriosa Real Academia de la Historia acaba de sacar el volumen de la R, o eso supongo, de su Diccionario Biográfico Español. Digo que debe de ser el de la R porque sale Mariano Rajoy. Le dedican siete columnas. Que se pueden resumir en una gloriosa frase de Amanece que no es poco: “Presidente, todos somos contingentes, pero tú eres necesario”.

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En estos últimos siglos, en que los paletos hemos dudado sistemáticamente de la agilidad de las academias para estar en consonancia con los tiempos, resulta grato observar que nuestra Academia de la Historia va adelantada a la contemporaneidad, y nos glosa con igual celeridad las virtudes de Rajoy que las de Cánovas del Castillo o los pintores de Atapuerca.

Que un diccionario biográfico de una real academia dedique una de sus entradas a un señor que lleva un par de años de presidente, a un señor aun no extinto, a un presidente que todavía tiene tantas cosas por hacer como promesas electorales ha ido incumpliendo, que eso ocurra, significa que hasta las academias de la Historia avanzan más veloces que nuestra política, que nuestros políticos, que nuestra Historia.

La Academia de la Historia ya ha juzgado a nuestro presidente presente y futuro: “Le tocó afrontar tres crisis políticas relevantes: en primer lugar, la invasión de la isla de Perejil, muy cercana a Ceuta, por miembros de la Gendarmería Real marroquí en julio de 2002. La situación generó notable tensión entre la diplomacia de ambos países y fue finalmente resuelta, sin consecuencias, mediante el desalojo del contingente marroquí por parte de las Fuerzas Armadas españolas”, reza el texto. Las otras dos crisis son la catástrofe de hilillos de platistina del Prestige y los atentados del 11-M en Madrid, cuando tras atribuir el PP el atentado a ETA, Rajoy perdió sus primeras elecciones como candidato. El diccionario lo explica a su manera: “El atentado terrorista de Atocha del 11 de marzo de 2004, tres días antes de las elecciones generales, influyó en la opinión pública y provocó un vuelco en los resultados electorales que habían anunciado todas las encuestas”. El diccionario obvia el hecho de que los atentados no provocan vuelcos electorales, pero las mentiras sobre los atentados sí.

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De lo que no se puede acusar a este diccionario es de incoherencia, ya que trata a comilitones como Rajoy o Francisco Franco con idéntica benevolencia. Y hasta se inventa hagiografía de alta política para cada uno de ellos. De Franco: “Cuando, en agosto de 1965, el presidente Johnson invitó a Franco a participar en la guerra de Vietnam, este demostró su capacidad militar recomendándole salir de una guerra que no podía ganar: los ejércitos modernos son impotentes frente a la voluntad de un pueblo que se expresa en las guerrillas”. ¡Ay, si Johnson hubiera hecho caso a Franco, qué horrible tragedia se hubieran ahorrado los EEUU!

Rajoy, por su parte, siempre también según este intachable diccionario, fue uno de los actores de la política occidental más activo tras los atentados del 11-S: “Como ministro del Interior, Mariano Rajoy vivió los atentados terroristas del 11 de septiembre en los Estados Unidos. Fue, de hecho, el primer ministro del Interior europeo que solicitó un encuentro con los representantes de la Administración estadounidense”. Lo que no dice el diccionario, pues un diccionario debe de ser discreto, es que ningún representante relevante o no de la administración estadounidense se dignó ni a declinar la oferta.

Inventándose todas estas estupideces, exaltando Perejil y ocultando a Bárcenas, la Real Academia de la Historia se convierte en periodismo barato de ayer. La historia es una cosa demasiado seria como para que los contemporáneos aparezcamos en sus páginas. Lo que ha sucedido aun está por venir. Así que dadle tiempo a la historia, queridos académicos, y dejad de hacer la pelota y el ridículo simultáneamente, pues son dos ejercicios muy cansados para traseros tan doctos como los vuestros.

Público.es

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