Nosotros los Panero

Murió un poeta o un loco. O las dos cosas

Una de las torturas más graves a las que he sometido mi inteligencia es ver una y otra vez la película de Jaime Chávarri sobre la familia Panero. Y, siguiendo a El desencanto, enfangarse con Ricardo Franco dentro de la tremebunda implosión de fracaso que supone Después de tantos años. Murieron poetas locos.

 

Se mueren locos poetas. Parece que nunca mueren porque Leopoldo María Panero ya nos había advertido de que ya estaban muertos. Los mató la CIA. Y les pusieron bromuro en el agua, como jugaba aquel otro novísimo, apellidado Vázquez Montalbán, para que no se reprodujeran.

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Leopoldo María, Juan Luis y Michi Panero fueron tres hermosas lágrimas de España, por decirlo contundente y algo hortera. Ninguno dejó un hermoso cadáver. Dice Jaime Chávarri que le cabreó que El desencanto, estrenada solo un año después de la muerte del dictador Franco, fuera metaforizada ya entonces como prosa de decepción democrática. Como si los Panero nos estuvieran ya avisando que después de Franco no llegaba la democracia, sino solo un gran caudal de decepciones y una España hecha de versos bellamente incomprensibles. Ojalá hubiera sido así. Ahora en vez de a los Panero tenemos a José Ignacio Wert, y eso es tremendo. Se nos cae la poesía de las manos.

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Los Panero, realmente, no fueron una familia, fueron el pueblo español. Hijos del franquismo, como nosotros, jamás pelearon, como nosotros. Lo pasaron bastante bien con la movida, como nosotros, y después se autolisiaron física y mentalmente, como nosotros. Los Panero, como los españoles de la Transición, no estaban preparados para esta forma de envejecer, de vencerse, de aclimatarse a la antesala de la tumba.

A esos gilipollas desinformados que andan voceando que el cine español es una mierda subvencionada yo les haría ver una y otra vez las dos películas de los Panero. La de Chávarri y la de Franco. Con los ojos abiertos con pinzas como el asesino de La naranja mecánica. Esas dos cintas enseñan más sobre la historia de España, sobre nuestro devenir político, que lo que nos puedan aportar jamás las sí sufragadas fundaciones FAES (968.927 euros) o Pablo Iglesias (536.200). Qué rara es la verdad, que siempre se acaba expresando por cauces no oficiales y hasta caprichosos.

La muerte del último Panero no ha sido casualidad. Tenía razón el poeta. Leopoldo María fue envenenado por una terrible organización criminal, que no es exactamente la CIA, como él sospechaba, sino un contubernio maléfico llamado Historia que siempre escriben los que no saben escribir, los Wert, los Zapatero, los Rajoy, los iletrados, los tardos, los insensibles. Como Panero, protestando por inextricables conjuras asesinas desde la habitación de un manicomio, también vamos muriendo los españoles en el laboratorio mengueliano de esta falsa crisis, enloqueciendo por encima de nuestras posibilidades.

Murió un poeta y un loco, y ya está. Se acabó el cuento. Fue bello de jovencito, dandi politoxicómano, con el optimismo tremendista propio de la edad. Como España. Yo lo siento mucho por Jaime Chávarri. Pero lo que se decía entonces era verdad. Su película y los Panero son la anticipación del derrumbe de un sueño. Descansen el poeta, el loco y el sueño de España en paz.

Público.es

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