Represión y silicosis: la historia de las mujeres que trabajaron en la minería del carbón en la Asturias de posguerra


Foto: La bocamina de Carbonar, cerca de Cangas del Narcea.- JAIRO VARGAS

De izquierdas cuando eso se perseguía, trabajadoras cuando aquello estaba mal visto, solidarias cuando la solidaridad te la miraban con lupa. Una historia que recupera Aitana Castaño en su libro ‘Carboneras’.

“Mis abuelas, María y Menchu. Ellas fueron el anclaje principal para crearme los recuerdos de una época que no viví. Bueno, y la niña que yo era. Que siempre fui muy curiosa”.

La voz de Aitana Castaño retingla con olor a helecho y avellanas que caen. Acento astur, palabras en bable que brotan aquí y allá como rebollos en el bosque. Si pretendiera esconder su origen lo tendría difícil. Tampoco creo que quiera, ojo. Y así mejor.

Aitana lleva unos años contando la historia de quienes fueron antes de ella ser. La Cuenca Minera, el carbón aquí en el norte. Su última obra (ilustrada por Alfonso Zapico) se titula Carboneras (Editorial Pez de Plata, 2020) y habla sobre mujeres que fueron rasgar titilante en un tiempo extraño. Más gris, más cruel. Peor. De izquierdas cuando eso se perseguía, trabajadoras cuando aquello estaba mal visto, solidarias cuando la solidaridad te la miraban con lupa.

Situémonos. Posguerra. La primera, la más dura, años cuarenta de hambre, tiros y trabajadores esclavos. Luego, otra. Los cincuenta, los sesenta. Desarrollismo, tecnócratas, explotación turística. Pero eso es en otras latitudes, en sitios donde no se arañan las paredes del mundo para jugarte la piel cada mañana por un jornal ganado a golpe de suerte y tos. Allá, por Asturias, siguen agitadas las tardes. Hay pueblos donde la posguerra se puso fotos a color.

Es en ese contexto donde está ambientado el relato (los relatos) de Aitana y Alfonso. Mujeres fuertes que viven días oscuros. Que trabajan, que llevan las cuentas en su hogar, que hurtan tiempo al tiempo. Que sufren, también, carencias y represalias. Como las de la gran Huelgona.

Y tú, Aitana, ¿por qué las carboneras? Responde. Que tanto Alfonso Zapico como ella misma son de la Cuenca del Nalón. Que ambos comparten particularidad generacional: ser los primeros que no tienen vínculo laboral directo con el carbón, pero ser también los últimos que pudieron ver con sus propios ojos el cómo eran aquellas cosas de las minas. Eso se nota. Y las mujeres… un grupo pequeño. Duras y sacrificadas. Estuvieron, aunque nadie las viese. “En ocasiones parece que aquí solo hubo hombres, y no. Así que también me sirven como recurso literario en ese sentido”.

Le dijeron Huelgona, pero igual ustedes la conocen como Huelga de 1962, o Huelga del silencio. Primera, a gran escala, dentro del franquismo, que antes ya hubo otras entre pozos y vagonetas. María Luisa, por ejemplo, o La Nueva. Pero esa es otra historia.

“Hay una lumbre en Asturias / que calienta España entera”, dijo Sánchez Ferlosio. Primavera de aquel año. En el Pozo Nicolasa, Mieres, despiden a siete picadores. Quejas del trabajo, de las condiciones, del jornal a medio malvender mientras algunos, allá arriba, lucran con nuestro morir. El resto se solidariza con ellos. Inédito, algo nuevo late. Poco a poco se van sumando otros obreros, otras empresas. Hasta más de 60.000 solo en Asturias. Eco por toda España, incluso a nivel internacional. La represión fue durísima. Una figura, prominente. Fernando Caro Leiva, general de la Guardia Civil. Mano larga, por decirlo corto. Palizas, rapar el pelo a las chicas, patear el vientre redondo de una embarazada.

Porque ellas también estuvieron. Enlaces, papeles escondidos entre mangas, solidaridad. También lo otro. Cadenas de chicas con los brazos entrelazados, como quienes van al baile a pasar ratuco lindo. Solo que aquello no tenía nada de festivo. Se ponían así, todas juntas, frente a las bocaminas. Para que nadie pudiese entrar. Para que si lo hacías supieras que, sí, todos lo iban a saber. La vergüenza. La deshonra. Durante aquella huelga del 62 algunas mujeres echaban maíz a los pies del esquirol.

Porque es lo que se hace con las gallinas.

Testimonios. Vuelvo a preguntar a Aitana. Hablaste con ellas, buceaste en sus memorias. Asiente. El testimonio directo es fundamental a la hora de compilar estas historias. Oral, claro. “Todos los relatos del libro son ficción, pero todos tienen inspiración en la realidad. De hecho mis conversaciones con mineras y carboneras no fueron pensando en esta obra, sino algo más casual. Siempre viví en Langreo, siempre estuve rodeada de mujeres vinculadas a la lucha obrera. Así que solo me tocó recopilarme todos mis recuerdos…”.

“Las mujeres, de hecho, tenían prohibido trabajar en la mina”, me cuenta Aitana. “Ellas eran carboneras, baldeaban y elegían las piedras negras, y ese es un trabajo muy mal visto. De hecho se decía que allí solo iban las muy jóvenes o las muy mayores… las solteras o las viudas, vaya. Casadas, no. Ya te digo, tenía mala imagen”. Y continúa. “Te pongo un ejemplo. Si quedabas huérfano, de la mina tenías trabajo ahí al día siguiente. Siempre que fueses mayor de edad, claro. Y siempre que fueses hombre. Con las mujeres no pasaba eso. Y siguió sin pasar hasta los años noventa, vía Tribunal Constitucional, nada menos. Solo entonces se reconocieron derechos para ellas en este sector. No las querían dentro”.

Las mujeres hacían trabajos de exterior. Administrativos, también de limpiado y selección del mineral. Ojo, a veces también entraron. Cuando hizo falta, cuando no hubo brazos. La guerra, la primera posguerra. Y, ¿por qué no hay hombres? Porque se fueron, porque se los llevaron, porque algunos igual vuelven, pero los de más allá no. Entonces muchachas pobres buscaron futuro en grutas de silencio y negro. Algunas con su bebé en los brazos. Otras tenían la cabeza rapada. Castigo por rojas, por pensar que eran rojas, por tener algún hermano que es rojo. El monte, tan cerca. El maquis, tan lejos.

Bajaban, a veces. Otras no. Pero aunque no entres en la mina, la mina entra en ti. Enfermedades propias de las tripas terreras. Enjuagar las piedras, aspirar polvo de hulla. Silicosis. Solo que a ellas, claro, no se les reconoció. Cómo, entonces, si no entran en galerías o túneles. Pena sobre la pena. Martirio sobre el martirio.

Gentes particulares. Un modo de vida, un modo de ser. El paisaje. Niebla, panojas secando allá en aldeas, mugir de vacas que necesitan ordeño, mocos que salen negros al sonarte. Contrastes. “Supongo que la mina, como el mar, o la siderurgia, o cualquier sector que articule sociedades, tiene características propias. A esto añade la peligrosidad”. ¿Y las mujeres? ¿Podemos trasladar ese espíritu combativo, esa tenacidad que señalas en tus historias, a otros contextos? “Yo creo que esos son rasgos humanos, y se repiten en otros lugares. Es cierto que en las Cuencas Mineras se ha reivindicado su importancia durante las primeras huelgas del franquismo, por ejemplo. Pero, sin irnos muy lejos aquí, en la Cuenca del Nalón, tenemos casos parecidos. Las esposas de los obreros en Duro Felguera, se me ocurre, o, ya en la actualidad, quienes trabajan en movimientos asociativos por los barrios”.

A falta de hombres… mujeres y niños. Como en las guerras carlistas, cuando la siderurgia vizcaína se llenó de chicos en edad de estudiar, de muchachas que no podían decir, más tarde, lo que en las fábricas hacían. Jornal partido por mitades, si lo comparamos con el de ellos.

Retazos particulares que se le escapan a Aitana entre las letras. Personajes que aparecen casi como clichés. El paisano que no habla bajo ningún concepto, el cura rojo, el caciquillo cruel. Todos ellos con ecos de la realidad. Paisajes lejanos que solo están a dos valles de distancia. El sueño a través de la radio. Esperanzas que quedan.

Y, ¿cuál es la historia que más te costado contar? La más dolorosa, la más especial. Ella duda. Un trance religioso. Curiosamente, o no. En Carboneras, cuando Maruja, una de sus protagonistas, va a confesarse con el sacerdote. Y allí le cuenta todas las torturas a las que fue sometida durante la posguerra. Dos décadas más tarde.

Esa historia.

El tiempo, que se ha empeñado en opacar, como hace casi siempre. Quienes estuvieron… ausencia. Quienes fueron… olvido. Aitana acota. “En muchos casos ni se tiene en cuenta a las mujeres de las minas, porque no se las ve. Pero cuando fijas el foco sí que puedes llegar a sus vidas. Algunas incluso llegan a ser referentes, como Tina la de la Joécara o Anita Sirgo“. Nombres que quedan ahí, en al aire, recuerdos de una zona y un lugar. Sigue Aitana. “En el caso de Anita, fueron sus propios compañeros en el Partido Comunista quienes destacaron su labor. Y así siguen. Referentes, como desde hace décadas”.

Le pregunto. Si había machismo también allí, en la lucha, si los hombres veían amenazada su masculinidad cuando era mujer quien alzaba la voz buscando derechos que son de todos. Ella reflexiona. “Más bien es el contexto. Es que aquella era una sociedad machista, un tiempo machista. No creo que aquí fuese más acusado que en otros sitios, y mira que la Cuenca siempre ha tenido fama de lugar muy masculino. Es verdad que a veces las carboneras eran insultadas, o recibían burlas de sus mismos compañeros. Pero también está lo otro. El reconocimiento que te decía con Sirgo, por ejemplo. No fueron pocos quienes ponderaron el trabajo de ellas, incluso desde la clandestinidad. Sí, nosotros podíamos estar en la cárcel, pero eran las mujeres quienes se quedaban fuera, sufriendo y sacando el asunto adelante, contaban”.

No busquen fuentes documentales, porque apenas hay. Noticias en la prensa obrera, pero tratadas con tono casi anecdótico. Lo que hicieron las carboneras aquí. Lo que lograron las mujeres allá. El resto… libros personales, los pocos que hubiere. Y la memoria oral, que esa siempre recuerda.

Quedan, por ejemplo, algunos nombres. Anita Sirgo, dijimos, Celestina Marrón, Constantina Pérez. Y otros que cayeron en el olvido. Como aquella manifestante que, según recogió Radio España Independiente, durante los sucesos de 1962 se encontró acorralada en un tercer piso y, aterrorizada, decidió arrojarse al vacío.

Y el futuro. O presente. Un tiempo que se marchó, un modo de vida que era y ya no es. Restos, ruinas. Regusto familiar para mí, como hijo de ciudad con chimeneas que ahora son solo cosquillear para las nubes. Pregunto a Aitana por eso. Por lo que siente, por lo que piensa. Cuando ve. Recuerdos. “Depende del momento”, dice. “Puede ser desde la nostalgia de lo que fue hasta el desconsuelo por lo que no fue. También orgullo, claro, y responsabilidad. Ser de aquí y contarlo. Cada día piso raíles por donde no pasan trenes. Y a eso le intento buscar el aire narrativo, incluso algo de belleza. Para no decaer, claro”.

A veces los recuerdos se cuelan entre ruinas. Otras son, solo, hierbas verdes, ortigas, dos o tres flores.

Y piedras grandes, que casi no caben en la mano.

https://www.publico.es/sociedad/represion-silicosis-historia-mujeres-trabajaron-mineria-carbon-asturias-posguerra.html

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