Burocracia sindical, “control obrero” y reformismo burgués


Durante el debate televisado, realizado el miércoles 20 de octubre, el candidato a diputado nacional por el FIT-Unidad, y militante del PTS, Nicolás Del Caño, propuso: “Es hora que los sindicatos en vez de hacer marchas para hacerle campaña al gobierno se movilicen junto con toda la población para pararle la mano a estos empresarios e imponer como medidas de emergencia el control efectivo de los precios, con control de la producción y sus costos por parte de los trabajadores de esas empresas. Y las empresas que desabastecen o maniobran para no cumplir el control de precios deben ser declaradas de utilidad pública y nacionalizadas bajo gestión de sus trabajadores” (aquí)

¿Los sindicatos en Argentina estableciendo el control obrero de la producción y los precios? ¿Esto se propone como medida revolucionaria? ¿Y las direcciones de esos sindicatos? ¿Y los programas y orientaciones políticas que defienden esas direcciones? ¿Y los intereses económicos de esas direcciones? Para ir a casos particulares e ilustrativos: ¿Se imaginan a los Moyano controlando los precios del servicio de recolección de basura? ¿A Lingeri a cargo del precio del cloro? ¿A Zanola metido con los costos de producción de los medicamentos contra el cáncer? ¿Y qué decir de las repetidas alianzas de intereses, bajo todo tipo de formas, entre esa burocracia sindical y la “burguesía nacional”? ¿Controlando producción y precios “nacionales y populares”? Las preguntas, claro está, son retóricas, pero van a una cuestión clave de la política socialista: no mentir a las masas; no vender humo (y algunos venden humo de la peor especie, reformismo-burocrático). Hay que decirlo con todas las letras: el control obrero real no puede establecerse si no se acaba con la burocracia sindical y si las masas obreras no se insurreccionan.

Lo dice la historia de las luchas revolucionarias

Efectivamente, existe una larga tradición del control obrero, vinculado a la formación de órganos de poder. Es que cuando los trabajadores elegían, en coyunturas de alta tensión revolucionaria, comités de huelga, y estos comenzaban a extenderse a más y más empresas -y eventualmente, a los soldados, campesinos, etcétera- surgía un poder que comenzaba a disputar a la clase dominante no sólo el control de los centros de producción, sino también el dominio territorial y político general. Ya Marx hablaba de los comités obreros en la revolución de 1848; luego, fue la Comuna de París, de 1871; y más tarde los soviets (o consejos) en Rusia; también los consejos obreros en las revoluciones fallidas de Alemania y Hungría; y los embriones de poder obrero en España en los 30; en las revoluciones de Alemania de 1953, y Hungría de 1956; o en Bolivia, en 1952, para citar casos salientes. Todas esas formas de control fueron producto de ascensos revolucionarios, y cuestionaron (o apuntaron a hacerlo) el poder de la clase capitalista; o de la burocracia. Por eso, en el socialismo revolucionario siempre hubo conciencia de que sin las masas sublevadas no hay poder dual, y por lo tanto no hay manera de establecer el control. En un sentido más amplio, es el sentido de la crítica de Engels a la agitación reformista burguesa de consignas de transición al socialismo (aquí, aquí).

 También la historia del control obrero burocrático-reformista

Así como hay una tradición de luchas revolucionarias en torno al control obrero, también hay tradición del control “obrero” instrumentado en sentido burgués reformista, o burocrático-reformista. Una de sus primeras versiones (lo planteó Mandel en un folleto sobre el control) la encontramos en la socialdemocracia alemana, que transformó los consejos obreros alemanes y austríacos de 1917-18 en órganos de colaboración de clases con la gran industria. Luego, en la segunda posguerra, tomó la forma del “codirección” de las empresas que se habían estatizado en muchos países europeos; una política que defendieron los partidos socialistas y comunistas.

En América Latina hubo experiencias similares; por ejemplo, en Argentina el sindicato de Luz y Fuerza “cogobernaba” Segba. Era, en realidad, un gobierno de la burguesía, o de la burocracia del capitalismo de Estado, y una forma de controlar a los trabajadores. En este respecto, es paradigmático lo ocurrido en Venezuela. Es que a partir de 2004 el control obrero fue tomado como política de Estado. En 2009 el gobierno lanzó el Plan Guayana Socialista, y llamó a formar los Consejos de Trabajadores. Pero su objetivo no era la emancipación del trabajo, sino encausar el movimiento por el control obrero que había surgido de las bases, entre 2002 y 2003. Al respecto, en 2012 Orlando Chirino, dirigente sindical y de orientación trotskista, denunciaba que los Consejos de Trabajadores eran “impuestos por los poderes constituidos”, y constituían “un arma política como lo son los consejos comunales”. Otros militantes, en referencia al Plan Guayana, reconocían que los trabajadores habían sido engañados y que se había reproducido “la vieja institucionalidad burguesa en nombre del control obrero” (“Control obrero y consejos de trabajadores: Nuevas formas de gestión productiva”, R. López Sánchez y C. A. Hernández Rodríguez, Opción, N° 80, 2016, pp. 195-225; también para la cita de Chirino, supra). Los resultados de este “control obrero” se evidencian en la falta de incidencia del movimiento obrero en la crisis que hoy agobia a Venezuela.

De manera que el “control” puede aplicarse en sentido reaccionario y anti-obrero. Es fundamental decirlo. Pero es lo que calla Del Caño. Asimismo, es necesario precisar que el control obrero real no se decide en parlamentos burgueses. Por el contrario, surge desde abajo y en oposición al capital. Cuestiona la propiedad privada (el derecho al uso y abuso) del capital y se enfrenta al Estado y a sus instituciones. Por eso, el programa revolucionario debe delimitarse del control obrero reformista y burocrático. Para lo cual es necesario explicar qué no es el control obrero real. En este punto se aplica la vieja idea de la dialéctica, de que toda negación –toda delimitación – es afirmación. En el caso que nos ocupa, afirmación del programa revolucionario. Y para esto no hay que callar, o disimular, las necesarias delimitaciones.

Interludio: Trotsky y el control obrero, 1931

El propio Trotsky, en 1931  señaló que  “El control obrero a través de los consejos de fábrica sólo es concebible sobre la base de una aguda lucha de clases, no de la colaboración. (…) El control obrero, en consecuencia, solamente puede ser logrado en las condiciones de un cambio brusco de la correlación de fuerzas desfavorable a la burguesía por la fuerza, por un proletariado que va en camino de arrancarle el poder, y por lo tanto la propiedad de los medios de producción. Así pues, el régimen de control obrero sólo puede corresponder al período de las convulsiones del Estado burgués, de la ofensiva del proletariado y el retroceso de la burguesía, es decir, al período de la revolución proletaria en el sentido más pleno del término” (La lucha contra el fascismo, Barcelona, Fontamara, p. 32; énfasis agregado).

El viejo revolucionario dice las cosas como son cuando se trata del control; no oculta ni miente (y su texto está dirigido a los obreros, a las masas).

Para terminar, el control obrero establecido como doble poder frente al capital, solo puede sobrevivir durante períodos de tiempo relativamente cortos. O se resuelve con el triunfo de la burguesía sobre los obreros, o de estos sobre la burguesía. Como explicaba Rosa Luxemburgo (en Reforma o revolución), la clase obrera no puede codirigir la producción junto al capital. Ni junto a la burocracia sindical, agregamos. Y eso también hay que decirlo. Pero es lo que no dicen los candidatos del FIT-U cuando van a los medios.

Para bajar documento: https://docs.google.com/document/d/1Pmd5ZKDv2Skn1Qjig8cJOf1HwLJVT8ZwCTzupkNZpjw/edit?usp=sharing

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