Sáhara Occidental, el regreso de la fuerza

 

Desde hace algunos años, el mes de noviembre viene siendo rico en acontecimientos relacionados con la cuestión del Sáhara Occidental. Es la fecha del aniversario de la Marcha Verde, que marca el inicio de este conflicto. Cuando España abandona su colonia del Sáhara, el rey de Marruecos Hassan II organiza una marcha pacífica de 350.000 personas, blandiendo el Corán y la bandera marroquí para recuperar lo que la monarquía llama las “provincias del sur”.

También en noviembre, o más precisamente el 31 de octubre, el Consejo de Seguridad de la ONU vota una prórroga de la Misión de la ONU para el Referéndum del Sáhara Occidental (MINURSO), cuyo objetivo primordial era organizar un referéndum de autodeterminación que permitiera a la población de la región pronunciarse sobre la soberanía de este territorio que la ONU, encargada de resolver este tema, considera un territorio no autónomo.

Finalmente, el 8 de noviembre es la fecha de la conmemoración de los hechos de Gdeim Izik, por el nombre de los enfrentamientos que tuvieron lugar en 2010 en un campamento a unos diez kilómetros de El Aaiún entre manifestantes saharauis y fuerzas de seguridad marroquíes, con un saldo de trece muertes y varias personas heridas, y que dió lugar a duras sentencias a saharauis que aún cumplen su condena.

Estos aniversarios son una oportunidad para sacar a este conflicto de su estancamiento. Desde hace 45 años opone a dos beligerantes por la recuperación del antiguo Sáhara español. Chocan dos concepciones del derecho y la historia, entre Marruecos, que hace valer sus «derechos históricos» para defender el mantenimiento de la delimitación de fronteras vigente antes de la descolonización, y un nacionalismo saharaui defendido por el Frente Polisario que basa su reivindicación en el derecho de los pueblos a la disponer de sí mismos.

A principios de los años 80, Hassan II decidió transformar la guerrilla que beneficiaba al Frente Polisario en una guerra de desgaste para agotar militarmente a un adversario que se distinguía principalmente por su movilidad. Entonces hizo construir seis muros de defensa, lo que hizo que este conflicto perdiera su dinámica militar. En 1991 el arreglo es confiado a las Naciones Unidas y se firma un alto el fuego, poniendo así fin a la guerra sobre el terreno. Pero las negociaciones se estancan y al no lograr la ONU organizar un referéndum, los dos actores han optado por diferentes desenlaces: la autodeterminación por parte del Frente Polisario y la autonomía por parte de Marruecos, posiciones tanto más irreconciliables cuanto que los beligerantes siguen en una lógica de guerra, queriendo una victoria total sobre el adversario.

Han pasado los años y la ONU ha visto el estancamiento de este conflicto que le ha dado la imagen de un organismo impotente, apenas capaz de renovar anualmente el mandato de la MINURSO. Nada parecía sacar al conflicto de su letargo, mientras Marruecos seguía moviéndose, a través de sus acciones de soft power (poder blando), para que la comunidad internacional reconociera que el Sáhara Occidental, del que controla el 80 % del territorio, población y recursos incluido, es marroquí.

¿Hacia la reanudación de la guerra?

Marginado y con cada vez menos apoyo desde que su tutor argelino lidia con sus problemas internos, el Frente Polisario decide romper una inmovilidad que le resulta insoportable, interpelando a la comunidad internacional sobre la actuación de Marruecos en este territorio. Desde el 20 de octubre ha bloqueado a unos 200 camioneros en el cruce de Guerguerat, una zona tampón en el suroeste del Sáhara, en la frontera con Mauritania. El muro construido por Marruecos en la década de 1980 está bordeado a cada lado por una zona tampón de 5 km de ancho, colocada bajo la responsabilidad de los Cascos Azules de la Minurso. Ahora bien, Marruecos ha construido una carretera a este nivel, que considera fundamental para su comercio con el África subsahariana. Guerguerat se convierte entonces en un punto de tensión en este conflicto sahariano adormecido.

El 9 de noviembre, Brahim Ghali, secretario general del Frente Polisario [y presidente de la República Árabe Saharaui Democrática, cargos que ejerce desde 2016] advertía de que «la entrada de cualquier elemento militar, de seguridad o civil marroquí [en Guerguerat] sería considerada una agresión flagrante, a la que el partido saharaui responderá enérgicamente, en legítima defensa y defendiendo su soberanía nacional» . También pide al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que «asuma sus responsabilidades» y acusa a Francia de limitar el papel de la MINURSO a un simple control del alto el fuego.

La respuesta a sus comentarios amenazadores no se hizo esperar. El 13 de noviembre Marruecos lanzó un operativo militar en esta zona en respuesta a lo que considera “provocaciones» por parte del Frente Polisario en la región de Guerguerat. Este regreso a la ofensiva militar era totalmente inesperado de parte de Marruecos. Con la construcción de los muros de defensa, la opción militar parecía descartada; su explicación hoy puede ser la política sahariana de Mohamed VI que no está del todo en línea con los métodos adoptados por su padre Hassan II, y elige un momento que le parece oportuno a nivel regional e internacional para atacar militarmente al enemigo.

Desde hace unos cuatro años, el recurrente discurso sobre la autonomía del Sáhara dentro de un Marruecos soberano parece haber sido abandonado por la monarquía marroquí. Los observadores se preguntaban si Mohamed VI no estaba considerando volver a la fuerza para poner fin a este conflicto, una verdadera carga para Marruecos. En el plano diplomático, Rabat, que ha establecido un vínculo entre su política exterior y el reconocimiento del carácter marroquí del Sáhara por parte de sus socios, tiene sin duda la sensación de haber conseguido convencer a sus aliados para que lo apoyen en la «recuperación» del Sáhara. Es cierto que en veinte años de reinado, el Marruecos de Mohamed VI se ha labrado la imagen de ser el mejor aliado de Occidente en el mundo árabe. Su cooperación se considera valiosa, ya que monitorea el Estrecho de Gibraltar, autoriza el sobrevuelo de su territorio en caso de guerra y juega un papel importante en la gestión de los flujos migratorios, al evitar que la inmigración africana cruce hacia Europa. La Unión Europea confía así en este país del sur del Mediterráneo al que considera un aliado estable y creíble, el país del soft power (poder blando) que contribuye eficazmente a la lucha contra el yihadismo. Estas ventajas tienen un precio, y los estados occidentales muestran poca consideración por las violaciones legales de Marruecos en el Sáhara Occidental y su gestión de los derechos humanos.

Una Argelia absorbida por sus problemas internos

Asegurado de su papel como país clave en la escena internacional, Marruecos, que solo tiene dos enemigos, Argelia e Irán, tal vez ha juzgado que la solución del conflicto mediante el derecho internacional era larga y arriesgada, especialmente porque el Frente Polisario tiene mucho menos apoyo que en el pasado (mientras que en 1990, 79 países reconocían a la RASD , hoy son menos de 30), estando su principal tutor, Argelia, absorbido por sus dificultades internas, y su ejército que aún tiene las riendas del poder muy puesto en cuestión por la población desde 2019. Y el nacionalismo argelino ya no se define, entre otras cosas, por su apoyo a las y los saharauis en su lucha por la autodeterminación .

Pero los cambios observados en el escenario internacional también dejan a Marruecos un amplio margen de maniobra. Estados Unidos atraviesa un período especial entre dos presidencias de la República, y todo el planeta está preocupado por la crisis del Covid-19. En este nuevo entorno, Mohamed VI sabe que puede contar con sus amigos que gobiernan en los países del Golfo. ¿No abrieron los Emiratos Árabes Unidos un consulado en El Aayún, a cambio de la benevolencia de la monarquía marroquí con respecto al establecimiento de sus relaciones diplomáticas con Israel?

El sentimiento de seguridad de Marruecos encuentra otra explicación en su armamento y en el entrenamiento de sus tropas. Las Fuerzas Armadas Reales ( FAR ) realizan entrenamientos regulares, y en particular una vez al año el ejercicio “León Africano”, con la Infantería de Marina de los Estados Unidos 1/. Un ejercicio militar de alto vuelo, destinado a organizar operaciones de ataque. El rey, que también es el jefe de los ejércitos, es capaz de decidir rápidamente un ataque o la entrada en guerra, a diferencia del Frente Polisario, que depende del ejecutivo argelino para la decisión militar y el uso de las armas.

Marruecos, que ha adquirido muchas armas en los últimos años, tiene uno de los arsenales más importantes de África. En 2018 adquirió aviones de combate, helicópteros de ataque, por no hablar de los misiles de medio alcance, tanques de combate y vehículos pesados de los que dispone, además de un potente sistema de radar. Baste decir que las amenazas de reanudación de las acciones armadas por parte del Frente Polisario -una vieja retórica- no le impresionan demasiado, si decide hacer uso de la fuerza y pisotear el derecho internacional, ya que en última instancia nadie, ni siquiera Naciones Unidas, le pide cuentas desde 1975.

Khadija Mohsen-Finan es politóloga, enseñante (Universidad París I) e investigadora asociada al laboratorio Sirice (Identidades, relaciones internacionales y civilizaciones de Europa). Última publicación (con Pierre Vermeren): Dissidents du Maghreb (Berlín, 2018).

 

https://orientxxi.info/magazine/sahara-occidental-le-retour-de-la-force,4301

Traducción: Faustino Eguberri paraviento sur

Notas

1/ El 10 de diciembre se ha sabido que la administración saliente de Donald Trump ha reconocido oficialmente la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara Occidental a cambio del pleno establecimiento de relaciones diplomáticas de Marruecos con Israel.

https://vientosur.info/sahara-occidental-el-regreso-de-la-fuerza/

    Deja una respuesta

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *