“Se recorta, velada, una tragedia de aglomerados rojos, rojos zares, con un tic-tac en plenilunio, abiertos, como revoluciones de los huertos / granadas con la herida de tu florido asombro, dátiles con tu esbelta ternura sin retorno”, escribió Miguel Hernández.

Entre bancales con esos frutos que por el color de su jugo son símbolo del martirio y palmeras altivas con impactos de bala, se alzan dos vigas de hierro con cadenas rotas, un monumento que se levantó en los años 90 “en recuerdo de todos los seres humanos que sufrieron y murieron por un mundo más justo y más libre”. Cerca se ha instalado hace tan solo unos días un panel informativo en memoria de los represaliados.

Son los únicos vestigios que indican a simple vista la existencia del campo de concentración de Albatera, en la localidad alicantina de San Isidro. De los 300 que el régimen franquista diseminó por todo el país, para “propagar una atmósfera de terror” y “crear una impresión de dominación”, tal y como dijo el general Mola al inicio de la guerra, es uno de los más importantes, y también de los más desconocidos. Forma parte de esa España oculta, de esa historia no oficial todavía por contar.

Entre finales del 39 y principios del 40 lo desmantelaron y arrasaron hasta sus cimientos con el objetivo de no dejar rastro. Solo quedaron algunos escombros. Sin embargo, su silueta aún podía distinguirse en las imágenes aéreas a gran escala que los llamados vuelos americanos captaron de toda la Península en 1946. “Es curioso porque en ellas se ve la estructura”, afirma el arqueólogo e historiador Felipe Mejías. Fue lo que le permitió hace dos años determinar su ubicación exacta y su perímetro de 709 metros de longitud por 200 de ancho (14 hectáreas).

El horno de pan, en una imagen de 1938, cuando era un campo de trabajo de la República. / Luis Vidal