Recuperar, dice el diccionario de la Real Academia Española en su primera acepción, significa volver a tomar o adquirir lo que antes se tenía. Una definición que también puede ser aplicada a personas, aunque ello fuera sinónimo de haberlas perdido por un tiempo, por un momento. Un hecho, al fin y al cabo, que diría más del que olvida que del olvidado; y es que la Historia, siempre fructífera, a veces brinda la oportunidad de convertirte en protagonista de ella, incluso sin saberlo, incluso haciendo, únicamente, lo que consideras correcto en una época en lo que eso puede ser histórico. Y así lo hizo Nicolás Sánchez-Albornoz (Madrid, 1926), a quien, si en algún momento se le olvida, recuperar es un imperativo social.

Hijo del liberal Claudio Sánchez-Albornoz, presidente del Gobierno de la República en el exilio de 1962 a 1970, con 10 años vivió su primer exilio primero en Lisboa y luego en Burdeos. Volvió a España en 1940 y se integró en la Federación Universitaria Escolar (FUE). El 23 de marzo de 1947, cuando estaba pintando en la fachada de la actual Universidad Complutense de Madrid “¡Viva la universidad libre!”, fue detenido.

Un consejo de guerra le condenó a seis años de prisión por ello. Durante el cumplimiento de la pena pasó a formar parte de los cientos de trabajadores presos que se deslomaron en el valle de Cuelgamuros, aunque él insiste en remarcar que hubo muchas más personas con peores experiencias que la suya. De ahí se escapó el 8 de agosto de 1948, camino a Francia, consumando su segundo exilio.

Desde el país galo se trasladó a Argentina, donde desarrolló gran parte de su carrera académica como historiador y tierra de la que tuvo que huir dos años después del golpe de Estado del militar Onganía: su tercer exilio. Era 1968. Recaló en Nueva York, lugar en el que comenzó a hacer sus primeros comentarios en público sobre cárceles y exilios, el título que en 2012 encabezaría sus memorias, publicadas en Anagrama. Impartió clases de Historia de España y de América Latina Contemporánea en la New York University, llegando a ser catedrático en 1972. En 1976 volvió a su país, España, ya con el cuerpo del dictador bajo una pesada losa de mármol que se levantaría 43 años después.

Una biografía la de Sánchez-Albornoz por la que transitan algunos de los acontecimientos que, hoy en día, siguen marcando la actualidad. Él, que vivió en sus carnes, en sus manos, en sus huesos eso que ahora se denomina memoria histórica, se muestra conciso y determinante para Público. A las 12 de la mañana de un lunes de junio, Sánchez-Albornoz descuelga el teléfono. Está en el campo, sin determinar cuál, ni dónde, al que ha escapado para resguardarse del coronavirus. Una voz lenta habla sobre la represión, el destierro, el olvido, el paso del tiempo, los símbolos que nos construyen, de las personas que nos acompañan y, sobre todo, de la vida.

Vida, exilio y trabajos forzados

“Cuando volví a España en 1976 vi todavía muchas señales de represión. Pasé por la calle Alcalá y me encontré con el yugo y las fechas falangistas, pero también me encontré con unos jóvenes muy distintos a los de mi generación. Habían hecho toda una lucha, habían viajado a la Europa democrática y construían una alternativa al régimen franquista. Llegué con mi padre, que volvía tras 30 años de exilio. Él nunca lo hubiera hecho con el dictador vivo. Nos reencontramos con la familia, con amigos, con mucha gente nueva”, dice un memorístico Sánchez-Albornoz.

En Cárceles y exilios (Anagrama, 2012) el autor muestra cómo “la memoria no se circunscribe al pasado, sino que es garante de futuro”. Un futuro que mañana será presente; una sucesión de días, meses y años en los que lograr una memoria histórica real: “Yo veo un propósito por el Gobierno, pero el problema han sido los años de silencio, de ignorancia”, responde el nonagenario historiador. En la mencionada publicación contó sus “andanzas durante la etapa hostil de la historia de España comprendida entre 1936 y 1975”, como él mismo dice. Casi 40 años ignominiosos que nunca consiguieron hacerle temblar la voz y entre los que se encuentra su paso por el valle de Cuelgamuros, como prefiere denominarlo, y evitar la interesada nomenclatura de Valle de los Caídos. Allí trabajó, preso, desde el 20 de marzo hasta el 8 de agosto de 1948, el día que se fugó.

¿Qué han significado esos 141 días a lo largo de su vida?

Primero, un recuerdo muy vivo de un episodio que podía [se ríe] haber ido a mal. La verdad es que tuvimos suerte, estuvo bien organizado, le echamos valor, pero podía no haber salido bien. El caso es que se conocen 44 expedientes de fuga de Cuelgamuros hasta el momento en que nos fugamos, y de todos ellos solamente las fugas de Manuel Lamana y la mía tuvieron éxito.

En ese momento España era una cárcel en términos generales, y es lo que vi en Cuelgamuros, con diversas capas. Una de ellas, las cárceles y los destacamentos penales, pero por otro lado España entera era una prisión. No se recuerda que para tomar el tren había que tener un salvoconducto firmado por el gobernador civil y que en todos los trenes pasaba la Policía pidiendo la documentación. Era muy difícil pasar desapercibido, al igual que en las carreteras. En nuestra huida, la Guardia Civil paró el coche en el que íbamos para revisar la documentación, lo que pasa es que los compañeros la falsificaron y pasamos todos los controles.

Parece como si Sánchez-Albornoz, al otro lado del teléfono, relatara experiencias que vivió ayer y no hace siete décadas, dándoles cierta pizca de sorna: “Yo no sé lo que pasó en Cuelgamuros cuando me escapé, porque como entenderás no tenía corresponsales allí, pero los trabajadores presos fueron quienes lo levantaron, aunque otros libres también prestaran sus servicios allí. Mineros asturianos presos fueron quienes dinamitaron el agujero, pero pocos presos más estaban especializados en algo. Los trabajadores libres se dedicaron a labores para las que los presos no teníamos habilidad”.

El futuro del valle: la incógnita

Unos veinte minutos después de haber empezado la conversación, su voz no flaquea: “Eso nos trae el problema de los trabajadores presos del destacamento de Banús, la empresa contratada por el franquismo. El Estado era arrendatario de esos presos que alquilaba a las empresas y por los que cobraba 10 pesetas y media al día. Yo, que trabajé en la oficina en Cuelgamuros, sé que la Dirección General de Prisiones asignaba 5 pesetas del sueldo del preso para su propia alimentación y otros 50 céntimos iban a parar a una cartilla de ahorro que se entregaría al penado al cumplir la condena. Las 5 pesetas restantes era el remanente con el que se quedaba el Estado, el negocio mediante el que pudo construir ese monumento, así que de alguna forma podemos decir que aquello fue levantado con el remanente del salario de los presos. Habían montado un sistema bastante perverso”.

Ahora que se habla de resignificar el Valle de los Caídos, ¿qué le gustaría ver a usted en ese lugar?

No estaría mal verlo en ruinas. La cruz se tambalea, y hay una serie de elementos de la fachada que se están descomponiendo. La gente no sabe que Patrimonio Nacional ha estado gastando cientos de miles de euros para su restauración durante años, y sé que esa cifra en total alcanza los millones de euros.

La restauración de Cuelgamuros a ese coste es una inmoralidad. Mañana se deberían suprimir esas partidas para mantener lustroso el monumento. La naturaleza ve que esa excrecencia de construcción no va con ella, así que siga operando; y la conclusión sería, claro, que eso quedara en ruinas como ha pasado con tantos monumentos en el curso de la historia. Sobre todo, digo, porque ese dinero se puede utilizar para otros fines como mejorar la sanidad pública o financiar las exhumaciones de los miles de cadáveres que continúan enterrados en cunetas.

Algunos defienden convertirlo en un cementerio civil, de concordia, pero que permanezca esa cruz sobre los cuerpos de los antifascistas evidentemente es una cosa ridícula y nada coincidente con el espíritu de concordia. O, si no, que construyan una hoz y un martillo gigante al lado por todos los que murieron con el puño en alto, o una regla y un compás por los que fueron asesinados por ser masones [se ríe].

La memoria histórica corre por las expertas venas de Sánchez-Albornoz, quien señala a la derecha como la culpable de que no se haya efectuado una memoria real del pasado más reciente de España. Él, que tuvo que huir a Nueva York debido a la también dictadura militar del argentino Onganía, sabe que con el paso de los años el país latinoamericano ha museificado algunos emplazamientos clandestinos de tortura y cada 20 de marzo miles de personas recorren las calles de las principales ciudades recordando a los asesinados y repudiando la dictadura de Rafael Videla.

Una costra que se resquebraja

“La derecha no ha pedido perdón por nada en España. Es curioso que en Alemania la derecha conservadora dejara claro que no comulgaba con el pasado nazi al poco tiempo de acabar ese régimen, mientras aquí no han hecho nada por no identificarse con los asesinatos y la represión. Tenemos una derecha asilvestrada, con un profundo problema de educación y conocimiento histórico”.

De cerrar, reabrir y remover la historia, repleta de heridas, algo sabe este experto en la materia. “Hay un libro que espero que se publique a final de año, de una periodista polaca, que trata el problema de que las heridas de la Guerra Civil española no está bien curadas como para poder decir que están cerradas. Denomina este fenómeno como “la costra”, y eso es lo que se ha hecho en España, poner una costra que se resquebraja“, opina Sánchez-Albornoz antes de responder la última pregunta con la humildad grabada en cada sílaba pronunciada.

A sus espaldas corre la Historia del siglo XX español, y casi un cuarto de la del XXI. ¿Qué piensa de la vida una persona como usted, a sus 95 años?

[Se ríe] Qué voy a pensar… Estoy muy satisfecho de haber llegado a esta edad, y pienso seguir adelante. He pasado por muchas circunstancias adversas, aunque también reconozco que comparadas con otras he tenido suerte y he podido llegar a este punto. No sé qué más quiere que le diga.

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