Vuelve el No-Do

Ha ido Pedro Sánchez al Ebro a ver las riadas y los maños de buen sentido hubieran preferido que acudiera a Calatayud a preguntar por la Dolores. Nadie puede criticar la visita, pues es obvio que el secretario general socialista estaba muy mono con su jersey colorado y su cara de preocupación. Es más: de todos es sabido que, en cuanto Sánchez pisó tierra aragonesa, el Ebro se acojonó y se retiró hacia el Mediterráneo, pues los ríos saben distinguir a un estadista de una lamprea, a un presidenciable de un piragüista, a un diputado de un batelero.

“¿Qué coño tiene que pasar en este país para que Rajoy visite la ribera del Ebro, para que vea in situ la catástrofe natural que estamos viendo nosotros aquí? (…) ¿Qué coño tiene que pasar en este país para que pise el barro y se venga a estar con la gente?”, preguntó el presunto socialista acuclillado en la orilla y viendo pasar las aguas feraces como Heráclito, con la diferencia de que Heráclito no llamaba a una veintena de periodistas para que pusieran micrófono a sus profundas meditaciones. Si yo fuera el asesor de imagen de Pedro Sánchez, le hubiera obligado a encinturarse un flotador de patito ante las cámaras para que los electores tomemos conciencia de los peligros que acechan a sus zapatos Martinelli si la orilla se anega.

Estos circos electorales cada vez dan más sonrojo. La mise en scène es de No-Do en color. Y la interpretación de los actores es poco menos que landismo. En cuanto se atisba una cámara cercana, el candidato achica los ojos como comprendiendo la ira de las aguas, como meditando qué le diría al río si él fuera presidente, y después señala con el índice algún lugar fotografiable, le pregunta cualquier nimiedad muda a un paisano, y asiente circunspecto y frunciendo el ceño. He visto esta escena tantas veces que ya me provoca risa, aunque esté contemplando una catástrofe.

Tengo la impresión, en mi modestia, de que las viejas estructuras de poder, los viejos y amados partidos tradicionales de izquierdas, viven anclados en los obtusos modelos de seducción publicitaria de antañazo, aquellos que funcionaban en la época del Cuéntame, cuando un buen cartel electoral valía una victoria. Pero, en estos tiempos de riadas, ese viejo anclaje ya no sirve. Y hacerse fotos bonitas o decir obviedades ya no gana elecciones. La Syriza griega o el Podemos español no se perciben claramente como soluciones, pero la gente les anda votando porque es consciente de que al menos no son el problema.

Pedro Sánchez o Susana Díaz o quien mande hoy en el PSOE tienen la responsabilidad histórica de darse cuenta de esto. La izquierda española necesita que le devuelvan la dignidad a aquellas siglas, que fueron las de Fernando de los Ríos, y que renazcan feroces aquel puño y aquella rosa. El PSOE no fue un partido nacido para gobernar, sino para revolucionar. Y ese salpimentado de revolución es lo que le está faltando a Pedro Sánchez.

Felipe González convirtió al PSOE en un partido posfranquista, desvistiéndolo de su anti-franquismo, desnatándolo en escaparate progresista para beneficio de los viejos oligarcas de siempre. Parecía que José Luis Rodríguez Zapatero podría acabar con esa inercia, pero enseguida se rindió. En cuanto levantó el teléfono un valet de fräunlein Merkel.

Todos sabemos que Pedro Sánchez no sabe nada de riadas. Sabrá de muchas otras cosas, pues formación no le falta al chaval. Pero de riadas solo saben la lluvia y los ríos. No hacía falta esta foto con el jersey colorado y el flotador de patito a orillas del Ebro. Lo que hace falta son ideas, compañero. Y un poquito de revolución. Los nuevos partidos no gastan siglas. Se bastan con una palabra más o menos abstracta: Podemos, Ganemos, Ciudadanos… Pero los viejos rojos tenemos mucha nostalgia de lo que significaron, en un tiempo no tan lejano, una S y una O. Y si crece el río, nosotros nos lo bebemos.

Público.es

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